sábado, 23 de julio de 2011

Carta a la señora Luna Lunera

Techos altos, espacios diáfanos, luz blanca, cristaleras y helechos. Muchos helechos. Trajes y vestidos se aparejan con puros y rosas; mientras que el carpaccio, el ternasco, la mousse au chocolat y los licores se conjugan con otros emblemas de esa “sociedad opulenta” de la que escribía y teorizaba J. K. Galbraith. Máximo mira a los distintos comensales de las mesas circundantes, fijándose en sus rostros. Unos hablan y otros ríen. Sus labios se mueven pero de sus bocas no brota palabra alguna, ningún sonido audible más allá del murmullo colectivo y heterogéneo que se confunde con las notas de piano del hilo musical. Für Elise, de Beethoven.

Un ejército de camareros va y viene, retirando los platos vacíos y trayendo otros nuevos con comida a un ritmo vertiginoso. Después, los cafeteros vacían la taza de un trago. Atragantarse y abrasarse la tráquea es un precio que hay que pagar para llegar al baile antes que nadie e hincar los codos en la barra de los combinados. Unos fuman y otros beben. Los flashes de las cámaras de fotos se disparan esporádicamente, en sucesivos intentos de captar la imagen de los más firmes candidatos al primer premio en el concurso al vestido más bonito y a la camisa más chabacana. En cuestión de minutos, la sala se va llenando y los cubatas se van vaciando. Hacinamiento, música, ambiente festivo, humo y vendedores de humo. La afluencia de americanas en el guardarropa es un hecho preocupante. Sus portadores parecen auténticos capullos; de auténtica seda, como sus corbatas y como los tejidos vaporosos de los vestidos de sus respectivas acompañantes. Su único delito es ser superficiales pero concurre agravante por disfraz.

Máximo sale a los jardines, con ánimo de dar un paseo. La noche es fría. Se pone la americana. En el aparcamiento, a unos metros, hay quienes aprovechan el colapso de los servicios para orinar detrás de algún coche. Máximo saca el encendedor y la cajetilla de tabaco del bolsillo interior de la americana y enciende un cigarrillo. Es difícil resistir la tentación de fumar en acontecimientos en que todo el mundo lo hace, piensa mientras camina sin saber exactamente adónde se dirige. Los árboles proyectan sus largas sombras contra el suelo, iluminados ligeramente por una hilera de farolas. El cielo está oscuro por completo pero no se ve ni una sola estrella. La luna se dibuja en la negrura como una fina rodaja en forma de “C”, tan apenas perceptible a primera vista.

Mañana habrá luna nueva.

Mientras succiona una nueva calada, Máximo se pregunta cuál fue la última vez que se detuvo a observar el cielo de verdad, como lo está mirando ahora. ¿Por qué nunca se paraba a pensar en las cosas más banales? Supongo que los ciudadanos de la sociedad opulenta ya no disponemos de tiempo para elevar la vista al cielo por un momento, piensa. El día nos regala una puesta de sol cada veinticuatro horas y nosotros construimos ciudades de acero, vidrio y hormigón para privar a nuestros ojos de algo tan hermoso. La noche nos brinda una luna muda y enigmática a la que confesar nuestras alegrías, preocupaciones y amores secretos pero nosotros elegimos caminar sin despegar la vista del suelo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada bajo el peso de los convencionalismos, la burocracia y la bolsa de deporte de ir al gimnasio. Así es como dejamos pasar esas pequeñas cosas en que consiste vivir.

Afortunadamente, Máximo se da cuenta de que esas filosofadas, tan indigestas o más que la comida que aún le repite en el estómago, merecen ser pospuestas para otra ocasión más apropiada. Ésta es una noche de fiesta: Máximo celebra que está a mitad de algo y, como especialista en dejar las cosas a medias, éste es sin duda un acontecimiento señalado para él. Sus amigos lo saben y por eso han acudido de propio, así que es con ellos con quienes debe estar ahora. Aunque sabe que ya encontrará otro rato para divagar sobre lo que más le apetezca y para entonar un nostálgico “Wish you were here”, a una parte de él no le importa aguardar a que Ella se materialice de la nada para contemplar la luna con él y conversar sobre la caducidad de la juventud y la volatilidad del momento…

…¿Que quién es Ella? Ella es la “perfecta desconocida” de la que hablan las letras de las canciones, la chica guapa de las películas y la actriz misteriosa que protagoniza cada uno de los pensamientos de Máximo. Ella es inteligente y sensible. Sus ojos son humanamente expresivos, de un color que no existe en la naturaleza y de todos los colores a la vez; y cuando sonríe, el mundo deja de ser aburrido e inhóspito para transformarse en un lugar singularmente familiar y acogedor. Ella es un ser etéreo y quimérico y está hecha del mismo material que los sueños. Ella no existe. Ella es una representación de cómo el amor debería ser.

Mañana, se promete en silencio. Mañana escribiré esa carta. Ahora tengo que volver al baile.

La noche siguiente, Máximo abre la ventana para ventilar su habitación y asoma la cabeza buscando respirar aire no viciado. Parece imposible disipar ese penetrante olor a limón. Antes de cerrar de nuevo la ventana, Máximo intenta dejar volar su imaginación pero ésta se estrella una y otra vez contra los muros encalados de un patio interior. En esta noche sin luna los apenas seis metros cuadrados en que consiste su cuartucho permanecen en semipenumbra. Sobre la mesa, la luz trémula de una vela ilumina un folio en blanco.

“Señora Luna Lunera:
Ahora que tú no puedes verme ni yo a ti, te contaré un secreto…”

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