Llevas todo el día ahí tumbado, dejando fluir la música a través de los auriculares. La lluvia golpea el cristal de la ventana y el café está frío. Al menos habrás escuchado diez veces la misma canción...
Pulsas el ‘pause’ de tu reproductor de música, te quitas los auriculares y lo dejas sobre la alfombra. Abres los ojos lentamente y, sin saber por qué, sonríes. El techo sigue ahí, las fotos y viejos recortes de periódico que revisten tres de las cuatro paredes de la habitación tampoco parecen haberse movido. Todo está exactamente como siempre ha estado... bueno, casi todo: tú estás sensiblemente más ojeroso, barbudo y arrogante.
Una vez más, te sorprendes pensando en lo de siempre; en todo y en nada; en una suerte de ‘collage’ de tonterías inconexas; en todas esas cosas que te hacían sentir bien. Coleccionas recuerdos en papel y sepia, páginas robadas de diarios sin palabras ni candado y retazos de sueños por cumplir para, algún día, terminar de componer una imagen a modo de escalofriante mural: esos malditos ojos que te tienen cautivado y que parecen burlarse de ti porque nunca sabrás si son azules o verdes. Alargas la mano hacia el primer cajón de la cómoda para extraer una pitillera y un encendedor acerado del que, con un practicado a la vez que inconsciente gesto, enseguida haces brotar una llama azulada para encender el Marlboro, Chesterfield o cualesquiera que sean tus marcas de confianza de esa dosis de ponzoña que humea entre tus labios -¿pero cuándo cojones piensas dejarlo?-.
Las volutas de humo se elevan en espirales que se difuminan en una niebla que lo envuelve todo. Te incorporas lentamente y, con cuidado, te levantas del colchón, duro y frío como el mismo suelo. Notas que aquella extraña sensación que se había adueñado de ti hacía ya un tiempo parece desaparecer por momentos. Sí, conoces bien esa sensación. Sabes lo que es vivir en esa mansión de cristal, desde cuyo interior te sientes incapaz de ver, por miedo a ser visto; y de moverte, por miedo a romper cualquiera de los pilares que mantienen en un frágil equilibrio tu pequeño universo.
Aspiras una nueva calada, tuerces el gesto, y de repente, como movido por un resorte, te diriges hacia el ropero, te calas tu mejor gabán y te dispones a salir a dar una vuelta, con sombrero pero sin paraguas -los odias-. Empezarás deambulando, sin rumbo; irás allá adonde te lleven tus pasos para tomar, una vez lo encuentres, el camino que te llevará de vuelta a allá de donde vienes. Todo volverá a ser como antes, incluso puede que tú mismo vuelvas a conocer tu mejor versión. Vamos, adelante, lárgate a hacer algo productivo. Es tan fácil...
¡Y una mierda, fácil! Sabes de sobra que no. Hoy es lunes, la semana no ha hecho más que empezar. Todavía dispones de seis días más para ordenar tus pensamientos, tus emociones y hasta ese paraíso de Diógenes al que gustas en llamar tu casa. Hoy no es el mejor día para salir de casa y lo sabes. Seguramente es por eso que vuelves a dejarte caer sobre el colchón e, inconscientemente, acabas mirando fijamente al mismo punto del techo mientras das vueltas y más vueltas a las mismas estupideces. Por eso has vuelto a perder la noción del tiempo y permaneces en ese estado catalépsico hasta que notas que los párpados quieren cerrarse. Por eso ahora presionas de nuevo el ‘play’.
Llevas todo el día ahí tumbado, dejando fluir la música a través de los auriculares. La lluvia golpea el cristal de la ventana y el café está frío. Al menos habrás escuchado once veces la misma canción...
No hay comentarios:
Publicar un comentario