Miriam cerró los ojos deseando abrirlos y encontrarse en un lugar o en un momento lejanos. Apretó los párpados con fuerza, mientras imaginaba que nada de lo que le rodeaba era remotamente real, e inspiró hondo varias veces intentando relajarse y alcanzar ese estado de semiinconsciencia que conocía tan bien. El aroma a espliego y a césped recién cortado no tardó en reconfortarla y hacerla sentir bien. Quizá era por eso que siempre que necesitaba pensar acababa refugiándose en el jardín.
Allí solía extender una manta sobre la hierba y dejaba pasar las horas tumbada boca arriba, mientras observaba los lentos movimientos de las nubes. Era realmente relajante, y ella sabía que allí ni siquiera sus padres se atrevían a molestarla, que era completamente libre para dejar volar su imaginación y sumergirse en los recuerdos. Recuerdos en los que Él no era parte de su día a día; cuando aún no tenía autorización de ningún tipo para colarse en su cabeza y ocupar la mayor parte de sus pensamientos. Entonces todo era fácil y no tenía que enfrentarse a decisiones complicadas…
Era sábado, y aquella noche tocaba reunirse en casa de su mejor amiga. Estarían todas y el plan era el mismo de siempre, cuidando hasta el último detalle: prepararían una cena suave, después verían una película acompañada de las pertinentes tarrinas de helado de chocolate y, finalmente, tendría lugar la parte en la que abrían sus corazones y un par de botellas de vodka para contarse todo tipo de confidencias y reírse de las pintorescas personas que pasaban por sus vidas, hasta que se hacía la hora de salir a bailar al garito habitual.
En esta ocasión, toda la atención correspondería a Miriam. Todas ardían en deseos de que les hablara de aquel chico nuevo que había conocido, y Miriam necesitaba más que nunca poder confiar en sus amigas porque sentía que toda ella era un mar de dudas. Por un lado estaba harta de sufrir y no quería volver a pasarlo mal enamorándose pero, por otro, era inevitable que las preguntas de siempre surgieran de la nada para hostigarla de la forma más inoportuna: ¿y si por una vez merecía la pena? ¿Y si Él era distinto a los demás? ¿Y si por culpa de su escepticismo hacia los hombres estaba a punto de perder la oportunidad única de conocer a una persona excepcional?
Entonces Miriam contuvo la risa al preguntarse qué diría Él si fuera someramente consciente del acalorado debate que iba a suscitarse en su nombre aquella misma noche. Ella ya había elaborado mentalmente una lista con los “pros”: era un chico sensible y algo tímido, a la vez que divertido e ingenioso, que sabía hacerla reír, y, bueno… a ella le parecía bastante guapo. Pero algo le decía que no podía existir nadie así, y confiaba en que sus amigas y el vodka se encargarían de derribar con una larga lista de “contras” aquella fachada perfecta para descubrir al cretino que se escondía tras ella.
En fin, ya se había comido la cabeza más de lo recomendable por aquel día. Además, se estaba haciendo tarde y todavía tenía que hacer varias cosas, entre ellas arreglarse para esa noche. Quería estar deslumbrante, y el chándal desgastado que vestía unido al pelo encrespado que lucía en aquel momento no era la mejor manera de conseguirlo. Así que ya iba siendo hora de dejar las tonterías para más adelante y aterrizar de nuevo en el jardín.
Al volver a abrir los ojos, Miriam se encontró a sí misma tumbada sobre la misma manta y bajo el mismo cielo azul. Todo seguía igual. No había cambiado su situación, ni sus sentimientos hacia Él. Tampoco habían cambiado sus miedos ni su forma de hacerles frente. Nada había cambiado, salvo la forma de las nubes.
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