Amanece un día más. Las primeras luces del alba vuelven a sorprenderte en tu misántropo deambular por las calles desiertas. Se apaga la luz de la última farola y tu sombra se desvanece para dejarte –ahora sí- solo en tu paseo de vuelta a casa.
Cuando por fin llegas, abres la puerta haciendo el menor ruido posible, te descalzas y avanzas de puntillas con sigilo hasta conseguir dar -a tientas- la luz de la cocina. Te dejas caer pesadamente sobre una silla y permaneces inmóvil con la cabeza apoyada en la mesa, hundida entre los brazos, durante lo que a ti te parecen no más de dos minutos.
No tienes sueño; o tal vez son los sueños los que te impiden dormir. “¡Qué más da!”, piensas mientras te levantas y te dispones a preparar una cafetera. Cinco minutos más tarde, el artefacto comienza a expulsar vapor en medio de un borboteo acompañado por ese silbido tan característico que te saca de tu ensimismamiento. Apagas el fuego y te sirves una taza.
Quema.
Mientras el café se enfría te dedicas a remover el azúcar con la cucharilla en un gesto distraído y monótono, preguntándote si no habrás metido la pata como de costumbre. Actuar como un capullo no te convierte necesariamente en un capullo –razonas-. Hasta tú reconoces que la única persona a la que serías capaz de hacer daño es a ti mismo. “¡Menudo consuelo!”.
No eres perfecto (nadie lo es salvo, tal vez, Ella) pero todavía eres capaz de ver las cosas buenas que se esconden detrás de cada persona y de cada situación. Con esta absurda conclusión, y en un ademán digno de la peor copia de Kurt Wallander, coges la taza con cuidado y bebes procurando no sorber (a Graham no le habría gustado).
Entonces caes en la cuenta de que necesitas música. Es lo único capaz de animarte o sumirte de verdad en ese estado de languidez perpetua que tan atractivo te resulta. Melancolía... no es un buen nombre; a duras penas evoca el placer de estar triste del que hablaba Victor Hugo.
Hurgas en los bolsillos del pantalón hasta que encuentras el iPod. Está encendido y una canción suena en modo reproducción continua. Es irónico, pero posiblemente ese bucle infinito haya sido la banda sonora de toda una noche:
’Turn out the light
and what are you left with?
Open up my hands
and find out they’re empty.
Press my face to the ground
I’ve gotta find a reason.
Just scratching around
for something to believe in:
Something to believe in…’
No hay comentarios:
Publicar un comentario