Era jueves, o tal vez fuera viernes. Era tarde. El leve traqueteo del tren amortiguaba el ritmo de la música que espiraban los auriculares del iPod. Una bandada de pájaros se empequeñecía cada vez más en el horizonte mientras los últimos rayos de sol se posaban sobre los raíles de la vía, revistiéndolos de un fulgor anaranjado e incandescente.
De pronto, como si acabara de despertar de un profundo trance, desvié la mirada de la ventanilla y la dirigí a mi derecha. Ahí estabas tú, recostada sobre el asiento, con los ojos cerrados y arropada con una manta de viaje. Tu respiración era suave y tus labios dibujaban una sonrisa que irradiaba una especie de paz interior.
Sin saber por qué, extraje una hoja en blanco de mi carpeta y me decidí a ordenar aquel amalgama de pensamientos que bullían en mi cabeza. Era realmente sorprendente cómo lo caótico podía tomar una forma tan simple y comprensible cuando se plasmaba sobre el papel:
“Tengo miedo de no ser capaz de decirte lo que siento. Me aterra la sola posibilidad de tener que apearme de este vagón y no volver a verte nunca más. Me horroriza la sola idea de abrir los ojos y ver a través de la ventanilla cómo tu silueta se pierde en la distancia hasta convertirse en un punto minúsculo para, finalmente, desaparecer (…)”
“(…) no soportaría tener que asimilar que es demasiado tarde y que ya nada puede hacerse, que este tren no ha de volver más a la estación en que uno de los dos tenga que bajar. Porque el momento en que nos despidamos quizá sea la última vez que te vea. Porque desde el mismo instante en que nos demos la espalda y comencemos a caminar en direcciones opuestas no durarán más de unos pocos pasos nuestras sonrisas. Porque serán esos pocos pasos los que nos conviertan, ya para siempre, en dos personas distintas del ‘tú’ y del ‘yo’ que hubiéramos podido ser.”
Nada más poner el último punto sonreí entre la amargura y la satisfacción, cogí el folio y lo rompí en sucesivas mitades, hasta cuatro veces. Antes de que despertaras reuní los dieciséis pedazos, abrí la ventanilla y los arrojé con fuerza, dejando que el viento arrastrara consigo mis últimos recuerdos de los ‘sweet sixteen’.
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