viernes, 7 de diciembre de 2012

Acertijos en la lluvia (y 3ª parte)


***

Ella sigue paseándose inquieta por su singular boulevard de las baldosas secas, llevándose el móvil a la oreja cada pocos segundos y negando en silencio mientras la lluvia repica insistente sobre las aceras. Cada pocos pasos se detiene, mira a lo lejos e intenta buscar una explicación lógica para todo. No, no puede ser. Él nunca me haría algo así.

Así es como Ella espera un Focus gris que no ha de ser el que ansía ver, como sólo el perro de Pavlov esperaría un Panzer, y su corazón late más fuerte cada vez que los círculos de unos faros delanteros se hacen grandes en la noche.

***

La lluvia arrecia y Él, con algo de dinero en el bolsillo y sin móvil, avanza a la deriva a través de un laberinto de calles vagamente familiares, buscando una cabina de teléfono desde la que poder llamar a casa para decir que ha perdido el último autobús. Ojalá pudiera recordar el número de Ella, se lamenta, intentando asignar un orden a los nueve dígitos que bailan anárquicamente en su cabeza.

Ahora tendré que pasar la noche en una pensión, a no ser que… No, no, Ella jamás lo aprobaría. Pero por otra parte la situación es excepcional y Él no tiene a nadie más a quien acudir, así que una parte de su subconsciente necesita escuchar argumentos a favor de un plan “B”: Cuando lo dejamos me dijo que estaría ahí para cualquier cosa que yo necesitase, ¿acaso esas cosas se dicen por decir? Casi todas las semanas nos cruzamos por el Campus y la relación es cordial. Además –sonríe amargamente-, Ella no tiene por qué enterarse.

Ha cenado algo en una bocatería. El viento y el agua, en su arcana sabiduría, le guían de vuelta a la única casa y la única persona que conoce en la ciudad. Esta noche Él puede sentir las luces del tráfico hundiéndose en sus ojos, el ruido de los neumáticos al deslizarse sobre la calzada encharcada, las gotas de agua cayendo inclementes sobre su cabeza, resbalándole de la nariz a los labios y purgando su sentimiento de culpabilidad. Esta noche la calle está despierta y, por primera vez en todo el día, también Él.


***

En un rincón cualquiera de una ciudad cualquiera, una chica pelea sola contra el insomnio en una habitación a oscuras, dando vueltas bajo el edredón mientras los recuerdos las dan en su cabeza. A ratos cuenta ovejas, a ratos las ovejas le cuentan algo a ella, pero llenar el redil no parece ayudarla a olvidar que su cama sigue vacía. Lleva vacía más de un año, desde que Él la abandonó por aquella pija pavisosa que conoció en una discoteca. Más de un año..., repite para sus adentros.

Es consciente de que en noches como ésta, unos meses antes habría alargado la mano hasta el cajón de la mesilla y palpado en la oscuridad hasta dar con la superficie curva y vítrea del bote de somníferos. Pero eso hubiera sido hace unos meses, piensa antes de decidirse a estirar el brazo hasta el interruptor, incorporarse y recorrer descalza el tramo de pasillo helado que separa su habitación de la cocina. Quizá quede algo de café que recalentar en el microondas

De nuevo guarecida bajo el edredón, enciende la minicadena con el mando a distancia. Un CD pirata transporta a Kenny Rogers a su habitación y a ella al asiento trasero de un Ford Focus gris. Puede sentir cómo los primeros acordes de piano de “Lady” asedian los muros de su memoria, sin robar por ello protagonismo a la voz neutra que ahora lee en su cabeza una página del libro que sujeta entre sus manos:

«- Es una mermelada muy buena -dijo la Reina.
- Bueno, de todos modos hoy no me apetece.
- Hoy no la tendrías aunque quisieras -dijo la Reina-. La regla es: mermelada ayer, mermelada mañana... pero nunca hoy.
- Pero alguna vez tendrá que ser «mermelada hoy» —objetó Alicia.
- No; no puede ser -dijo la Reina-. La mermelada toca al otro día; como comprenderás, hoy es siempre éste.
- No os comprendo -dijo Alicia-. ¡Lo veo horriblemente confuso!
- Es lo que pasa al vivir hacia atrás -dijo la Reina con afabilidad-: siempre produce un poco de vértigo al principio...
- ¡Vivir hacia atrás! -repitió Alicia con gran asombro-. ¡Jamás había oído nada semejante!
- Sin embargo, tiene una gran ventaja: la memoria funciona en las dos direcciones.
- Desde luego, la mía sólo funciona en una -comentó Alicia-. No puedo recordar cosas antes de que hayan sucedido.
- Es mala memoria la que funciona sólo hacia atrás -comentó la Reina.»


Sonríe. Maldita memoria unidireccional y malditas noches de lluvia... El café todavía quema en la taza; las persianas se quejan, rogando piedad al temporal, y Kenny Rogers ha dejado de cantar: ahora es el empalagoso de Michael Bolton quien le canta a su nena lo mucho que la echa de menos. La habitación le está hablando y ella está dispuesta a escuchar.

Pero Alicia, la Reina Roja, las persianas, Michael... Todos callan cuando el ruido del timbre rasga el aire de la habitación. Una, dos... tres veces.

Es abajo.

***

FIN.

martes, 4 de diciembre de 2012

"Poemagramas"


-          ¡Bolinche desleal tosco!
(al botones dócil) ¡Leches!
-          Hostal doble “Lince Seco”.
Sencillo techo, sabedlo;
dosel, colcha, bisón, tele…
-          ¿Este snob? Celdilla ocho.

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Costilla de lechón (sebo),
el denso bistec, alcohol
(botellín, los de cosecha);
centollo, oblea… ¡Chis! Sed.

***

La Chelo: “sensible, docto,
bolsista de coche lleno
de billetes, con las ocho.
¡Dichoso contable Esell!”

***

El chico de los tablones.

***

Vos, postor bardo;
bravo, post sordo...
¡Probad vosotros!

domingo, 2 de diciembre de 2012

Acertijos en la lluvia (2ª parte)


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Él siente cómo alguien lo zarandea bruscamente por los hombros. Una voz de hombre percute sus tímpanos y reverbera en su sueño; alguien le está diciendo algo. Dos palmaditas suaves, un aterrizaje forzoso, media náusea y por fin abre los ojos con dificultad, como si alguien le hubiera sellado los párpados con silicona. Ha debido de quedarse dormido con el cuello doblado hacia abajo, como un avestruz, y por eso lo primero que ve son unos zapatos negros deslustrados y los bajos de un pantalón del mismo color. Conforme va elevando la vista, aparece una corbata violeta sobre una camisa malva y, por fin, una cara que emerge de entre la fronda de una barba pelirroja.

- ¡Arriba, bella durmiente! Ya hemos llegado –se burla la misma voz que acaba de devolverlo a un mundo de luz cegadora y resaca atroz.
- ¿Qué? –acierta a decir Él, mientras recorre con sus ojos legañosos las hileras de asientos, de delante hacia detrás. El vagón está vacío.
- Que es fin de trayecto. ¡Arriba! –apremia el revisor.
- ¿Ya hemos llegado a Lérida?
- ¿A Lleida? Claro que sí, campeón… Sólo que hace tres horas.
- ¿Cómo? –Él mira el reloj. Son las 20:55. Una bola de demolición le impacta de lleno en forma de doloroso flash: Ella, el cine… ¡Mierda!
- Estamos en Girona –explica la barba parlante-. A ver, enséñame tu billete; si lo sacaste para Lleida tengo que multarte.
- ¿En serio va a multarme? Si debo de llevar dormido desde que pasamos Zaragoza, entienda que...
- Tu vida cuéntasela a otro, chaval. Por lo que a mí respecta llevas las tres últimas horas viajando de polizón, así que ya me estás enseñando el DNI. Si pagas ahora hay una bonificación.
- Lo siento, pero ni siquiera sé si llevo efectivo suficiente para comprarme un billete de vuelta.
- Ya no hay más trenes a Lleida hoy. Si no quieres hacer noche en la estación tendrás que probar suerte con los autobuses.

Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas…, repite Él como si de un mantra se tratase mientras arrastra la maleta sobre los charcos camino de un cajero. Ella lleva diez minutos, quizá más, esperándolo. Puede imaginarla en la puerta del cine, impacientándose bajo un paraguas rojo, abrigada con una gabardina sobre ese jersey blanco de lana de ochos que tan favorecedor le queda. Soy gilipollas, soy gilipollas… Él cierra ahora los puños con fuerza, arrugando inconscientemente entre los dedos el recibo de pago de la multa. Soy gilipollas… Casi hasta puede verla rebuscando en el bolso para coger el teléfono móvil y enviarle un… ¡El WhatsApp!

Él se lleva la mano al bolsillo de la cazadora y desenfunda el móvil; casi no queda batería. Ella acaba de escribirle preguntándole dónde se ha metido. En un buen lío, piensa Él, preocupado por encontrar la manera de no quedarse sin novia en el día de su aniversario: Y qué le digo, ¿debería contarle que anoche me acabaron liando los del piso para salir de fiesta por Madrid? ¿Que me quedé en un after porque pensé que podría dormir en el tren? ¿Que soy tan tonto que ni siquiera he recordado poner la alarma del móvil?

El móvil vibra de pronto avisando de que Ella ha escrito de nuevo. Él deja caer la maleta con estrépito.

“Esta noche hacemos un coito juntos. No lo estropees llegando tarde, anda”.

Definitivamente soy gilipollas, resopla Él, imaginándola ahora arrodillada sobre la cama semidesnuda; imaginándose a sí mismo frente a ella, mirándola a los ojos con dulzura, besándola despacio y retirando con suavidad aquel sujetador de pedrería que tantas veces había desabrochado.

Mientras deja que su mente se pierda irremisiblemente en las curvas de las caderas de Ella, y sin poder dejar de torturarse con la visión de unos pechos desnudos, firmes e inaccesibles, Él se apresura en activar el texto predictivo para teclear unas palabras de disculpa. Lo siento, cariño... El piloto de batería baja parpadea amenazador. Vamos, vamos, no te apagues ahora, suplica mientras aporrea las teclas compulsivamente, sin apenas mirar la pantalla: me he quedado dormido en el TALGO...  Vamos, aguanta… y ahora estoy en Gerona. ¡Ya está, enviado!

Vamos, vamos, responde. Dime que me perdonas…, implora Él en silencio.

Un doble zumbido anuncia la respuesta de Ella, pero la batería se agota y ya es tarde para leer nada. Un zumbido corto, un destello intenso y la pantalla se va a negro.

***

jueves, 29 de noviembre de 2012

Haikus


Lo poco que sé sobre poesía se lo debo principalmente a dos personas: una es mi abuela y la otra es Don Ramón, el profesor de Lengua y Literatura que tuve en la ESO. Este último, para estimular la participación en sus clases, solía repartir fotocopias con útiles resúmenes de cada lección entre aquellos alumnos que respondían con acierto a alguna de sus preguntas. Se trataba de unas cuartillas color amarillo limón o crema que clase tras clase fui acumulando en un clasificador, y a las que todavía hoy acudo cada vez que tengo una duda sobre sintaxis, gramática o autores de la Generación del 27.

Con la poesía no hubo excepción:

- A ver, chinchirrindines –Don Ramón era de largo el profesor más respetado del colegio, así que solía permitirse el lujo de referirse a nosotros por cualquier apelativo abochornante-, ¿quién sabría ponerme un ejemplo de pareado?

- Un gran tipo Don Ramón; que nos lleva de excursión –recité tras contar sílabas con los dedos, sin mucha convicción.

- Inmejorable, Tablones, puedes levantarte y recoger tu hoja color pis –así era como él llamaba jocosamente a las de color amarillo limón.

Aquella hoja color pis hablaba de coplas, seguidillas, serventesios, liras, sextillas, octavas reales y, en definitiva, de los distintos tipos de estrofas en función de su rima y métrica. Vale, diréis, ¿y a mí qué, Tablones? Pues que me ha entristecido comprobar recientemente que en esa hoja no aparece el haiku.

Yo no supe de la existencia de estos poemillas japoneses hasta que comencé a leer la revista Voluntas, una publicación universitaria independiente en la que escribe una amiga mía; y aunque siempre he mostrado predilección por aquellas composiciones poéticas en las que priman la simetría y las rimas en consonante, no tardé en comprender que expresar una idea inteligente en un 5-7-5 tiene cierto mérito con o sin rima.

Desde siempre he sentido gran admiración por la cultura nipona, y no me refiero al sushi, las grullas de papel o la deflación perpetua; sino a esa “zenialidad” de aislar lo esencial de lo superfluo y lo funcional de lo ornamental, a esa fascinante manía de reducirlo todo al absurdo, de no fabricar más unidades de las que previsiblemente van a comprarse, ni pronunciar más palabras de las estrictamente necesarias para que un mensaje pueda ser entendido. En los haikus, esa especie de Just-In-Time de la poesía, hay un poco de todo eso.


Si bien en sus orígenes (siglo VIII) los haikus solían versar sobre lo hipnótico y revelador que resulta contemplar la naturaleza, hoy en día es común leer haikus sobre cualquier tema, a veces fruto de mentes que zozobran en clase de Derecho de sucesiones:

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Cierzo impetuoso;
retumban las persianas
de madrugada.

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Gillette me ofrece,
a cambio de mis datos,
una cuchilla.

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sabe un huevo de pájaros.
¡Quién lo diría!

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Corbata azul,
copazos son tus máculas.
Blue gin, no lágrimas.

***

Yo iba de traje
y tú muy bien pintada:
Aliud pro alio.

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Glasgow y Roma;
luz de estrellas fugadas
que hasta aquí llega.

***

Fuera, en un banco,
alguien soporta el frío
mientras la espera.

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¡Animaos también vosotros!

martes, 27 de noviembre de 2012

Acertijos en la lluvia (1ª parte)


Mira que insistí en que quedáramos a las nueve en punto para que le diera tiempo a pasar por su casa, dejar las maletas, darse una ducha, sacar el coche del garaje... ¡Pues no! Teníamos que quedar a menos cuarto para sacar las entradas con antelación... Ella se pasea inquieta, recorriendo en un sentido y en otro los diez metros de acera seca bajo el voladizo junto a la cartelera. Tanto ironizar sobre el tiempo que tardo en arreglarme y lo mucho que me cuesta elegir zapatos y mira ahora quién está llegando tarde.

Mientras da vueltas a la mejor forma de devolverle a su chico el rejonazo, sin duda merecido, Ella focaliza la mirada al final de la calle, esperando ver aparecer por la esquina un Ford Focus gris, esta vez gris de verdad. Es curioso, piensa, cómo a la luz de las farolas todos los coches son grises, todo parece estar teñido del mismo color pálido, como si formase parte del decorado de una película de misterio. Cada gota de lluvia es un aguijón que atraviesa la noche para ir a clavarse en el espejo negro de asfalto mojado. Únicamente el rojo, el verde y el ámbar de los semáforos infunden una chispa de color a una acuarela que por momentos se diluye en la boca de las alcantarillas.

Ella espera verlo bajarse de ese coche y caminar hacia Ella imperturbable, mientras su pelo se humedece y su cazadora vaquera va moteándose progresivamente hasta adquirir de nuevo un color uniforme, empapándose el borreguillo hasta quedar adherido a su cuerpo. Se muere por abandonar su refugio bajo el alero, por acudir corriendo a su encuentro, apartarle el flequillo mojado y comerle la boca en medio del diluvio porque, antes que en la Sala 2, Ella quisiera poder entrar en el grupo de Facebook “A mí también me han dado un beso bajo la lluvia”. Y habrá merecido la pena tirar por la borda en un segundo más de media hora planchándose el pelo si una vez dentro se sientan butaca con butaca, mano sobre mano, y Él le susurra tonterías al oído hasta hacerla romper a reír, a destiempo, sin importar los diálogos de la comedia barata que en la sesión se proyecta, hasta oír chistar malhumorado al tipo cascarrabias del asiento de detrás.

Hace tiempo que Ella dejó de creer en eso de que la lluvia nos moja a todos por igual. Desde su primer amor sabe que, cuando llueve de verdad, los que están tristes se dejan calar hasta los huesos por la depresión, el Prozac y el blues; y los enamorados se abandonan a la pasión incondicional, al aroma del café y el calor de las baladas; y esta noche Ella se ha abandonado de tal forma que ni siquiera piensa recriminarle a Él los 10 minutos de retraso que ya lleva. Seguro que estará al llegar, piensa mientras se dispone a conectarse al WhatsApp para ver cuánto le falta.

“¿Dónde te has metido? Habíamos quedado a menos cuarto, bonito”.

Él está conectado pero su respuesta no llega. Estará conduciendo y por eso no contesta, razona, pero con mi puntualidad me he ganado el derecho a meterle un poco de prisa: Esta noche hacemos un añito juntos, murmura mientras sus dedos se deslizan ágilmente sobre el teclado. No lo estropees llegando tarde, anda.
Venga, di algo. Tras dos o tres minutos deambulando por la pequeña porción de acera a cubierto, el móvil vibra por fin.

“Lo siento, casino, me he quedado fornido en el VALIÓ y ahora estoy en Hermon?”

Asombrosa colección de chorradas inconexas, se dice Ella al tiempo que teclea ligeramente nerviosa.

“¿Qué dices de un casino? ¿Y dónde diablos queda Hermón? ¿Te falta mucho?”

Ella intenta rastrearlo con el GPS del móvil pero Él se desconecta sin previo aviso. Este chico tiene la inteligencia justa para pasar el día, maldice en silencio odiándose a sí misma por la facilidad que tiene para idealizarlo constantemente.

Ella maldice ahora en voz alta, aullando “hijo de la gran puta” como si el viento pudiera llevar su mensaje hasta Él de algún modo. El GPS ha detectado su ubicación pese a todo. Está donde la zorra de su ex.

***
(Leer segunda parte)