sábado, 23 de julio de 2011

Billete de ida para un librepensador

“El mundo es lo suficientemente pequeño como para visitarlo en una vida”. Estas palabras no pertenecen a ningún erudito ni salieron de la boca de un filósofo o historiador, simplemente las dijo Martín. De él es de quien quiero hablaros hoy. Ignoro qué edad tendrá y a qué se dedica ahora, pero cuando yo lo conocí aparentaba unos treinta y trabajaba de camarero en una pizzería italiana situada en una céntrica calle de la amurallada ciudad de York.

En esa misma pizzería recalamos por casualidad el primer día cuatro españoles hambrientos recién salidos de nuestras clases de inglés matutinas, de suerte que quedamos inmediatamente cautivados por lo gustoso de la comida y lo humano del trato. A partir entonces, los días –muchos- en los que el mal tiempo nos impedía comer al aire libre en los jardines del museo, empezamos a dejamos caer con bastante frecuencia por el número 15 de Walmgate. Hasta allí nos arrastrábamos hipnotizados por el inconfundible aroma a mozzarella, orégano y albahaca que nos asaltaba nada más abrir la puerta y que precedía el caluroso saludo de Martín, quien enseguida nos mostraba nuestra mesa y corría apresuradamente a la cocina a anunciar a Paolo, el dueño, nuestra llegada. En medio del asfixiante estilo de vida británico resultaba vivificante tener un pequeño ‘break’ durante el cual poder hablar castellano con alguien, y ese alguien era Martín.

Recuerdo a Martín como una de esas personas, tan escasas hoy en día, que se dedican a endulzar con su simpatía y buen humor el día a día de quienes les rodean, haciendo la vida de los demás un poco más agradable. Aquel hombre siempre tenía un piropo guardado para las chicas, y nunca dejaba de sorprendernos con una anécdota inédita que narraba con el donaire característico del habla argentina. Sí, Martín era argentino, pero antes de cumplir los veinte decidió hacer las maletas y coger un avión de Buenos Aires a Madrid. Allí estaría un año trabajando –dos a lo sumo- antes de tomar un nuevo avión con destino a Amberes. Cuando se cansó de Amberes tomó un vuelo a Praga y más adelante volaría a Copenhague, a Bremen y a unos cuantos lugares más que no recuerdo antes de ir a parar a York. De forma que cada día, mientras nos atendía y nos tomaba nota, compartía de buen grado con nosotros una nueva experiencia personal: una de tantas peripecias que le acontecieran en alguno de sus múltiples viajes.

En cada ciudad había aprendido un nuevo idioma y una nueva forma de ganarse la vida honradamente, había llegado a hacer unos pocos y buenos amigos y había seducido a distintas mujeres, pero lo cierto es que no había nada capaz de atarle a una ciudad en concreto. Siempre llegaba un momento en que sentía que su existencia se tornaba monótona, y quizá fuera por eso que nunca permanecía demasiado tiempo en el mismo sitio. “Yo no soy argentino, yo soy de todas partes” -solía bromear-.

Para alguien como Martín, que consideraba la vida en sí misma como un regalo, resultaba difícil concebir cosas lo suficientemente importantes como para sentir dolor o tristeza al dejarlas atrás. Nada era demasiado valioso para un hombre que había cruzado medio globo terráqueo llevando consigo únicamente una vieja mochila en la que guardaba sus escasas pertenencias; y nada era demasiado grande para una persona a la que se le antojaba pequeño este mundo. De hecho, apostaría lo que fuera a que ahora mismo el bueno de Martín se encuentra en algún otro lugar muy distinto de aquél en el que le conocí.

Nunca he creído en el destino pero, a veces, no puedo evitar pensar que las líneas maestras de mi vida han sido ya trazadas por el simple hecho de haber nacido en una ciudad concreta, en un hogar determinado y en un momento preciso; como si la casilla de salida y las reglas del juego me hubieran sido impuestas. Es entonces cuando evoco las palabras de Martín y me dejo tentar por la idea de echar en una bolsa de viaje dos mudas limpias y algo de dinero y comprar un billete para el primer avión en despegar; dejando en manos de la suerte el lugar de destino, mi casilla de aterrizaje.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la distancia más difícil de salvar no es la que cruza el Atlántico o la que atraviesa los Alpes, sino la que aleja cada vez más mi vida de la vida con la que siempre he soñado; la misma distancia que hoy separa mis pies del aeropuerto más cercano. Es cuando nada parece tener sentido, en esos momentos en que me siento fuera de lugar y nada me sale bien, cuando me obligo a mí mismo a creer que aún estoy a tiempo de tomar ese avión y volar lejos, muy lejos de aquí…

…Rumbo a cualquiera de esos lugares que sólo existen en lo más profundo de mi imaginación como una chincheta clavada sobre las coordenadas al azar de un colorido mapamundi. Con la tranquilidad de saber que no me esperan en ningún sitio. Con la certeza de pertenecer a todas partes.

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