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viernes, 16 de agosto de 2013

Destroyer


Destroyer es lo que sucede cuando uno siente ahogarse y no encuentra nada seguro a lo que agarrarse más allá de una botella de ginebra. Es beber, beber con furia como si no hubiera mañana, hasta alcanzar la propia destrucción y la de todas las cosas y personas que uno ama. Pero también es bucear a través de esa marea de alcohol que todo lo engulle, buscando una corriente que conduzca a la orilla.

Destroyer es perder el dinero, los estribos, el sentido del ridículo y cualquier viso de sobriedad. Es seguir un rastro de tinto de garrafa y orines y no encontrar el camino de vuelta a casa. Pero también es caminar erguido, desafiando la verticalidad de las farolas, contando baldosas en línea recta para evitar serpentear por las aceras.

Destroyer es mirada perdida. Es elevar la vista al cielo y ver desdoblarse en dos cada una de las estrellas. Pero también es guiñar un ojo y pestañear con insistencia hasta hacerlas converger de nuevo en una sola.

Destroyer es sufrir un borrado parcial de memoria. Es trocear la madrugada y dejar caer sus pedazos a un pozo de negrura y vacío. Pero también es buscar los recuerdos huídos a la mañana siguiente y recuperarlos uno a uno, hasta recomponer el puzzle de una noche para el olvido.

Destroyer es despertar sobre una cama sin deshacer, con la ropa a medio quitar y un estúpido collar de flores hawaianas de plástico colgado del cuello. Es el olor a sudor animal y vapores etílicos que ha ido adueñándose del dormitorio a lo largo de un sueño diurno e inquieto. Pero también es una mirada desafiante al espejo, el frío lacerante del agua bajo la alcachofa de la ducha, el tacto suave de una camiseta de algodón limpia y el olor reconfortante del café recién hecho.

Destroyer es tropezar, caer y herirse. Pero también es flexionar los brazos contra el suelo, tomar impulso e incorporarse. Lentamente y con dificultad, hasta ponerse en pie. Sin ayuda de nadie.
 
Destroyer es el ave fénix consumiéndose en su propio fuego, Londres reducida a escombros durante el ‘Blitz’, un joven tilo aplastado por la lluvia torrencial y el granizo. Pero también es la primera grieta en el cascarón de un huevo que eclosiona entre las cenizas, la primera piedra de un edificio cuya silueta tiene un lugar reservado en el horizonte, el primer brote tímido de lo que algún día será un árbol frondoso y firmemente arraigado.

Destroyer es destrucción. Pero también es recobrar la ilusión de construir algo desde cero.

viernes, 19 de agosto de 2011

Crónica de un amanecer incompleto


Una noche más, la carpa de la Peña Alegría Laurentina está abarrotada hasta la bandera. Una marea de blanco y verde me rodea allá por donde miro. De cuando en cuando, se divisa algún rebelde con camiseta negra y sin pañoleta. “Fijo que ese panoli es de Zaragoza”, aventuro indignado.

Entre bailes, risas y abrazos, noto una repentina vibración y el corazón me da un vuelco. Me llevo la mano al bolsillo y cojo el teléfono móvil para comprobar en la pantalla principal que no hay novedades.

Falsa alarma. Era una ilusión producida por la potencia de los altavoces.

Como surgida de la nada, una mezcla de impaciencia, angustia y melancolía no tarda en apoderarse de mí. Me llevo el vaso a los labios. Está vacío.

Me abro paso hasta la barra y pido otro gin tonic. Contando con los del botellón, éste es ya el… ¿Séptimo? ¿Octavo? Todo sea por no reconocer que hace rato que he perdido la cuenta. Debo de estar dejando la cartera temblando pero ése es un problema que ya atenderé mañana. Además, como es mi dinero y no el de mis padres, puedo gastarlo en lo que me dé la gana.

De puntillas, busco unas cabezas que sobresalgan por encima de la multitud. Cuando por fin consigo avistar a esos colosos de metro noventa y pico a los que llamo amigos, vuelvo al grupo.

Bailo, o al menos eso intento, pero la música no es la más acorde con mi estado de ánimo. Me pregunto si me quedará algo de tabaco…

Hurgo en el bolsillo mágico de Doraemon hasta sacar una cajetilla algo arrugada y en las últimas. Sólo tres pitis para el resto de la noche, ¡vaya mierda!

Enciendo un cigarrillo y, casi sin darme cuenta, detengo mis bailes para pensar qué estará haciendo Ella ahora, si estará por aquí y si estará tan guapa como la última vez. Al exhalar el humo, instintivamente, no puedo evitar morderme el labio inferior. Es un tic que me sale cuando algo me preocupa.

- ¿Qué te pasa, tío? Te noto como apagado.

- Nada, joder. ¿Hacen unos chupitos?

- ¿Vodka con Martini?

- Me sirve.

Al primer chupito le sigue un segundo.

Al segundo le sucede un tercero y al tercero, un cuarto... Y así hasta que la pena estalla en una avalancha de palabras que mis labios se esfuerzan por contener en mi cabeza, sellando por una noche más las puertas de mi subconsciente sedado y alcoholizado.

“No entiendo nada ¿Por qué las mujeres se comportan así?”

“¿Qué ve Ella en ese capullo analfabeto y con pintas de colgado pseudofumeta?”

”¿Qué tiene ese jodido pinchaúvas que no tenga yo?”


Una vocecilla interior, con todos los visos de ser la de Billy, el saltamontes cazallero que hace las guardias y turnos de noche en mi conciencia cuando Pepito Grillo se coge vacaciones porque yo voy cocido, se apresura a responder no sin malicia:


“Coraje. El coraje suficiente para despegar los codos de la barra, acercarse a Ella y hablar de algo más que de trivialidades.”

Aprieto los puños con rabia, desbloqueo el móvil y miro la hora: son las 6:50 y no hay ninguna llamada ni mensaje. El indicador de batería baja parpadea en el margen superior izquierdo de la pantalla.

“Se acabó. A partir de ahora no voy a comerme más la cabeza.”

“No voy a perder ni un segundo más tirado en la cama, mirando las musarañas con cara de embobado.”

Como si de una arenga militar se tratase, noto cómo con cada palabra que suena en mi cabeza me voy envalentonando por momentos, mientras la imagen de Ella se difumina.

“Voy a poner en orden mi vida: quiero mejorar mis notas, pienso cumplir con mi propósito de ir al gimnasio con regularidad, estoy decidido a comprar de una jodida vez el temario de la oposición…”

Me resulta difícil no crecerme cuando, en mi pródiga imaginación, cada uno de mis nobles propósitos se ve respaldado por todo un coro de ángeles y arcángeles que entonan “Tablones, eres un jefe”, mientras hacen ondear los pendones y banderas de Jack Daniel’s. Así sí.

“…y, ante todo, voy a dejar de fumar y de beber como un cosaco cada vez que salgo de fiesta.”

Mientras me vengo arriba pensando en todo esto, pruebo a pellizcarme fuertemente el pómulo izquierdo y confirmo que no siento ni pizca de dolor. Mal síntoma.

Pocos minutos después llega el bajón: de súbito, parece como si la cabeza me pesara una tonelada y fuera a caérseme de su sitio encima de los hombros en cualquier momento; la música de los bafles, antes muy agradable, ahora está a punto de perforarme el tímpano; tengo la boca seca, la textura de mi lengua se asemeja a la de un estropajo sin estrenar y el estómago me da más vueltas que una lavadora en modo centrifugado.

Por supuesto, los ángeles hace ya rato que han dejado de cantar y en su lugar sólo queda un solitario pastillero con la pancarta de "TEMAZO".

”Soy un puto borracho patético. Ojalá estuviera Ella aquí para cuidarme...” Me lamento.

”Pero, ¿no habíamos quedado en que Ella ya es parte del pasado?” Recuerda Billy, burlón, desde su garita de lo políticamente correcto.

Un brusco codazo me induce una pequeña arcada contenida, a la vez que me saca de mi ensimismamiento.

- ¡Tablones, espabila! ¿Otro chupito?

- Va, dale caña.

“Bueno, esto no cuenta. Los buenos propósitos comienzan mañana...” Me apresuro a aclarar con un cierto deje autoexculpatorio.

”Si es que después de este último chupito que te vas a tomar existe un mañana”, ironiza el cabrón de Billy, el saltamontes del sombrero de Larios.

¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!

Milagrosamente sigo en pie. En un acto reflejo, vuelvo a sacar el móvil. Esta vez está apagado y no responde a mis persistentes intentos de encenderlo.

Ya es casi de día y ante lo inmediato de la disyuntiva “a ver las vaquillas o a casa” me inclino sin pensármelo dos veces por la segunda opción. El suelo y las personas no paran de girar muy rápido a mi alrededor y, cada vez más, el cielo me estorba para dar vueltas. Necesito dejarme caer sobre la cama y dormir diez horas del tirón.

“Menos mal que no son mañana las simultáneas de ajedrez”, suspiro aliviado, “porque como los del club me vieran aparecer por el parque con esta merla que llevo encima, me prohibirían darlas de por vida.”

En una última y absurda idea de alumbrado, extraigo un bolígrafo Bic del bolsillo de Doraemon y pido una servilleta en barra. A duras penas, intento escribir algo sobre su superficie rugosa:

Los bailes se extinguen mientras se apaga la luna.
Al fondo, en las montañas, el cielo ya clarea.
Muere la noche en las carpas, duermen las estrellas.
Es Venus el broche que prende de este alma oscura.

sábado, 23 de julio de 2011

Carta a la señora Luna Lunera

Techos altos, espacios diáfanos, luz blanca, cristaleras y helechos. Muchos helechos. Trajes y vestidos se aparejan con puros y rosas; mientras que el carpaccio, el ternasco, la mousse au chocolat y los licores se conjugan con otros emblemas de esa “sociedad opulenta” de la que escribía y teorizaba J. K. Galbraith. Máximo mira a los distintos comensales de las mesas circundantes, fijándose en sus rostros. Unos hablan y otros ríen. Sus labios se mueven pero de sus bocas no brota palabra alguna, ningún sonido audible más allá del murmullo colectivo y heterogéneo que se confunde con las notas de piano del hilo musical. Für Elise, de Beethoven.

Un ejército de camareros va y viene, retirando los platos vacíos y trayendo otros nuevos con comida a un ritmo vertiginoso. Después, los cafeteros vacían la taza de un trago. Atragantarse y abrasarse la tráquea es un precio que hay que pagar para llegar al baile antes que nadie e hincar los codos en la barra de los combinados. Unos fuman y otros beben. Los flashes de las cámaras de fotos se disparan esporádicamente, en sucesivos intentos de captar la imagen de los más firmes candidatos al primer premio en el concurso al vestido más bonito y a la camisa más chabacana. En cuestión de minutos, la sala se va llenando y los cubatas se van vaciando. Hacinamiento, música, ambiente festivo, humo y vendedores de humo. La afluencia de americanas en el guardarropa es un hecho preocupante. Sus portadores parecen auténticos capullos; de auténtica seda, como sus corbatas y como los tejidos vaporosos de los vestidos de sus respectivas acompañantes. Su único delito es ser superficiales pero concurre agravante por disfraz.

Máximo sale a los jardines, con ánimo de dar un paseo. La noche es fría. Se pone la americana. En el aparcamiento, a unos metros, hay quienes aprovechan el colapso de los servicios para orinar detrás de algún coche. Máximo saca el encendedor y la cajetilla de tabaco del bolsillo interior de la americana y enciende un cigarrillo. Es difícil resistir la tentación de fumar en acontecimientos en que todo el mundo lo hace, piensa mientras camina sin saber exactamente adónde se dirige. Los árboles proyectan sus largas sombras contra el suelo, iluminados ligeramente por una hilera de farolas. El cielo está oscuro por completo pero no se ve ni una sola estrella. La luna se dibuja en la negrura como una fina rodaja en forma de “C”, tan apenas perceptible a primera vista.

Mañana habrá luna nueva.

Mientras succiona una nueva calada, Máximo se pregunta cuál fue la última vez que se detuvo a observar el cielo de verdad, como lo está mirando ahora. ¿Por qué nunca se paraba a pensar en las cosas más banales? Supongo que los ciudadanos de la sociedad opulenta ya no disponemos de tiempo para elevar la vista al cielo por un momento, piensa. El día nos regala una puesta de sol cada veinticuatro horas y nosotros construimos ciudades de acero, vidrio y hormigón para privar a nuestros ojos de algo tan hermoso. La noche nos brinda una luna muda y enigmática a la que confesar nuestras alegrías, preocupaciones y amores secretos pero nosotros elegimos caminar sin despegar la vista del suelo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada bajo el peso de los convencionalismos, la burocracia y la bolsa de deporte de ir al gimnasio. Así es como dejamos pasar esas pequeñas cosas en que consiste vivir.

Afortunadamente, Máximo se da cuenta de que esas filosofadas, tan indigestas o más que la comida que aún le repite en el estómago, merecen ser pospuestas para otra ocasión más apropiada. Ésta es una noche de fiesta: Máximo celebra que está a mitad de algo y, como especialista en dejar las cosas a medias, éste es sin duda un acontecimiento señalado para él. Sus amigos lo saben y por eso han acudido de propio, así que es con ellos con quienes debe estar ahora. Aunque sabe que ya encontrará otro rato para divagar sobre lo que más le apetezca y para entonar un nostálgico “Wish you were here”, a una parte de él no le importa aguardar a que Ella se materialice de la nada para contemplar la luna con él y conversar sobre la caducidad de la juventud y la volatilidad del momento…

…¿Que quién es Ella? Ella es la “perfecta desconocida” de la que hablan las letras de las canciones, la chica guapa de las películas y la actriz misteriosa que protagoniza cada uno de los pensamientos de Máximo. Ella es inteligente y sensible. Sus ojos son humanamente expresivos, de un color que no existe en la naturaleza y de todos los colores a la vez; y cuando sonríe, el mundo deja de ser aburrido e inhóspito para transformarse en un lugar singularmente familiar y acogedor. Ella es un ser etéreo y quimérico y está hecha del mismo material que los sueños. Ella no existe. Ella es una representación de cómo el amor debería ser.

Mañana, se promete en silencio. Mañana escribiré esa carta. Ahora tengo que volver al baile.

La noche siguiente, Máximo abre la ventana para ventilar su habitación y asoma la cabeza buscando respirar aire no viciado. Parece imposible disipar ese penetrante olor a limón. Antes de cerrar de nuevo la ventana, Máximo intenta dejar volar su imaginación pero ésta se estrella una y otra vez contra los muros encalados de un patio interior. En esta noche sin luna los apenas seis metros cuadrados en que consiste su cuartucho permanecen en semipenumbra. Sobre la mesa, la luz trémula de una vela ilumina un folio en blanco.

“Señora Luna Lunera:
Ahora que tú no puedes verme ni yo a ti, te contaré un secreto…”