sábado, 23 de julio de 2011

La pared

Hoy tengo ganas de alzar la voz, de gritar a pleno pulmón hasta expulsar el alma por la boca; nada me apetece más ahora mismo que levantarme de la cama y descargar puñetazos contra la pared con toda mi fuerza, hasta que el quejido de un hueso roto me suplique “basta”. La pared está pintada de color verde, o tal vez de azul... dependiendo de la hora del día, según cómo entren los rayos de luz que se cuelan a través de la ventana. En eso me recuerda un poco a tus ojos. Creo que es por eso que los últimos meses he pasado tantas horas mirando fijamente esa pared; y seguramente es por eso que necesito hacer sangrar mis nudillos hasta teñirla entera de rojo. Sólo así me dejarás en paz y dejarás de colarte en mis sueños sin llamar a la puerta.

…Pero no, no soy un tipo violento; nunca lo he sido, y sé que no me pega nada hacer ese tipo de cosas. Así que, en lugar de eso, voy a sacar de su escondite el cuaderno verde y voy a intentar plasmar en algo coherente toda la tristeza y la rabia que me consumen por dentro lentamente.

Es adictivo. A las pocas líneas, la ansiedad y la angustia abren paso a la calma. Es una sensación agradable. Siento que todo fluye, como la tensión invisible de las piezas en una posición táctica de ajedrez; intuyo cerca la presencia de esa lógica aplastante que es mi timonel en medio de este mar de ideas. Pero, ¿sabes qué? Prefiero romper el timón, también de un puñetazo; llevo media vida a la deriva y creo que podré aguantar un poco más. No sé si ya te lo he dicho, pero lo caótico me gusta y el desorden me inspira, como también me inspira este insípido día de lluvia.

Ahora puedo decirte lo que me apetezca. Y ya no me apetece desvelarte cuál es mi color favorito, mi número de la suerte, mi película favorita, mi marca de refresco favorita ni cualquier otra de mis sandeces predilectas. Ya va siendo hora de expresarte las inquietudes que me impiden conciliar el sueño, de compartir contigo mis proyectos más ambiciosos, todo aquello capaz de frustrarme o ilusionarme hasta límites que desconoces; y, sobre todo, ya ha llegado el momento de dejarte que conozcas mis debilidades, mis secretos más dolorosos. Sólo así podrás llegar a hacerme daño realmente.

No es masoquismo, ni siquiera autocompasión. Simplemente es que no temo por mí; ya no. Últimamente tengo la sensación de que no entiendes nada de lo que intento contarte, es más, creo que no entenderías lo que siento ni aunque algún día yo lo transcribiese para ti en arial del 20. Por eso me da igual ya todo, ya no pretendo que me conozcas un poco mejor a través de estas líneas: me sirve con saber que mientras lees esto te estás sintiendo una infinitésima parte de lo mal que me siento yo ahora mismo mientras te escribo.

Me sirve con saber que entre las páginas del cuaderno verde amarillean las palabras que tú misma inspiraste desde el primer momento, esas palabras que nunca te susurrará al oído otra boca que no sea la mía. Me sirve con saber que algún día ese mismo cuaderno aparecerá envuelto en papel de regalo plateado sobre la colcha de tu cama, y no habrán sido los Reyes Magos ni tus padres: habré sido yo. Quizá ese día comprendas por fin todo lo que he intentado decirte; quizá ese día sea capaz de descansar la vista en la pared sin sentir ganas de reducirla a escombros.

Una triste sonrisa acude a mis labios cuando pienso que con el paso del tiempo sólo veré un muro de yeso estucado donde antes mi mirada se encontraba con la tuya. Pasarán los días, los meses y los años y yo seguiré siendo un idiota enamoradizo, un fantasma y un poeta trasnochado; pero tú no serás más que una imagen borrosa y lejana, como estas nubes grises que amenazan con descargar lluvia sobre mi cabeza de soñador empedernido. Como un recuerdo perdido en el laberinto de la memoria.

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