El viento soplaba racheado, corriendo tupidas cortinas de lluvia y poniendo a su merced las hojas caídas que revoloteaban sobre las adoquinadas aceras de Stonebow. Una mujer caminaba encogida, avanzando a duras penas entre el diluvio, agarrando la solapa de la gabardina con una mano y sosteniendo en la otra un paraguas ladeado por el fuerte viento. Tan sólo el rojo intenso de las luces de posición traseras de un viejo Pontiac se atrevía a romper la uniformidad gris del paisaje.
Eran las cinco en punto de la tarde cuando Alice hizo su aparición por la puerta trasera del Shambles Tea Room. Una vez dentro, avanzó sobre la gruesa moqueta sorteando la miríada de mesitas redondas hasta llegar a la sala del fondo. Allí, en una mesa situada junto a la chimenea, la esperaba sentado un hombre de unos cuarenta años, de complexión atlética y el pelo castaño peinado en un tupé que se levantaba como vestigio de una época de rebeldía no tan lejana. Se trataba de su viejo amigo de la Facultad, Anthony Blackmar, quien enseguida se levantó nada más verla llegar.
- ¡Siempre tan puntual, Blackmar! –saludó ella, burlona, antes de correr a estrecharle en un cálido abrazo.
- Mi querida Alice, nunca hay que perder las buenas costumbres –respondió él, esbozando una sonrisa.
- Tenía ganas de verte, después de tanto tiempo. Cuéntame, ¿cómo te van las cosas?
- Las cosas ni van ni vienen, simplemente pasan o no pasan. Y lo cierto es que últimamente no me pasa nada interesante.
- Veo que sigues tan misterioso como de costumbre.
Él le ayudó a quitarse la gabardina empapada y le ofreció sentarse en la silla que había estado guardando a propósito. Siempre se reunían en esa mesa en concreto. En la chimenea, un par de leños se consumían lentamente, avivando un fuego que proporcionaba a la pequeña salita la luz y el reconfortante calor tan necesarios para olvidar los rigores del clima otoñal en aquella ciudad del norte de Inglaterra.
Blackmar pidió té y prosiguieron con la conversación.
- Y tú, ¿qué novedades tienes para contarme? –preguntó él.
- No gran cosa, la verdad –respondió Alice, evasiva.
- No esperarás que me crea eso, ¿verdad? Siempre que me convocas aquí es porque hay algo que te preocupa, y mucho.
- Está bien, tú ganas –concedió ella-. Hay algo que me preocupa hasta el punto de entristecerme cada vez que pienso en ello.
- Dime, pues, ¿de qué se trata?
- He tenido una discusión con un amigo, con el mejor, y llevamos días negándonos la palabra.
Blackmar se quedó pensativo, mientras tomaba la tetera y servía dos generosas tazas. Sin mudar la expresión, vació la mitad del sobrecito de azúcar y vertió el contenido del dedal de leche en su taza, para después remover la mezcla mientras recorría con la mirada todos y cada uno de los grabados en blanco y negro que cubrían una de las paredes. Sobre la chimenea, descansaba enmarcado un disco de vinilo firmado por Morrissey. “Definitivamente, me gusta este sitio”, se dijo.
- ¿Recuerdas el motivo de la discusión? –preguntó, sin dejar de remover con la cucharilla.
- Bueno, el desencadenante del enfado es posible que fuera una tontería, pero el motivo verdadero venía ya de lejos.
- Prefiero no entrar en detalles, así que simplemente te haré una pregunta.
- Dispara –le animó Alice.
- ¿Echas de menos poder hablar con él?
- Sí –contestó ella sin dudarlo-, más que ninguna otra cosa.
- Entonces ten por seguro que a él le ocurre lo mismo.
- ¿Cómo estás tan seguro de eso?
Anthony Blackmar se tomó su tiempo antes de contestar. Se llevó la taza a los labios e inmediatamente la volvió a depositar bruscamente sobre el platito, antes de prorrumpir en exclamaciones: “¡joder, cómo quema esto!”. Algunos de los silenciosos clientes de las mesas de alrededor volvieron la cabeza hacia la mesa de Blackmar y dirigieron a éste una mirada reprobadora. Alice rompió a reír.
- Verás –continúo Blackmar-, la amistad es lo que entre juristas podríamos llamar un contrato bilateral, un sentimiento de ida y vuelta.
- De modo que las emociones, se trate de alegría o de tristeza, son siempre compartidas –apuntó Alice.
- Exactamente –convino Blackmar-. Aunque si esa situación de impasse y silencios helados se prolonga demasiado, podríais llegar a un punto de no retorno.
- ¿Y qué puedo hacer yo para que todo se arregle?
- Muy sencillo. Habla con él.
- ¡No es tan fácil! –protestó ella-. Los dos creemos tener la razón y ni él ni yo queremos dar nuestro brazo a torcer...
- Ninguno tenéis la razón –interrumpió Blackmar-, pues difícilmente se puede tener algo que no existe.
- ¿Cómo que no? ¡Usted es juez, ilustrísima! Precisamente le pagan por que dé la razón a una de las partes litigantes –replicó ella, sarcástica.
- La razón, como un absoluto, no existe –insistió él-. Y si existe ha de ser algo demasiado grande y poderoso como para pertenecer en su totalidad a una sola persona.
Alice reflexionó seriamente sobre lo que para ella significaba su mejor amigo. Si se sentía tan cómoda hablando con él, era porque sabía que siempre estaba dispuesto a escuchar atentamente sus problemas, que muchas veces no eran éstos más que tonterías pasajeras, y él siempre le ofrecía un punto de vista diferente, un cristal a través del cual poder ver las cosas de otro color. Era por eso que deseaba que todo volviera a ser como antes.
- Aun así, no quiero ser yo quien dé el primer paso. Ir a hablar con él significaría arrastrarme.
- ¡Qué fácil es decir “daría la vida por ti” y qué difícil, a veces, decir “me tragaría mi orgullo por ti”! –suspiró Blackmar-. Eso a lo que tú llamas arrastrarse, yo lo llamo ceder.
- Esta vez no hay nada por lo que deba disculparme, nada por lo que ceder. Fue él quien me hizo daño.
- Todos nos equivocamos, ¿sabes? Es parte de nuestra condición de personas.
- ¡Claro, si no seríamos máquinas!
- No exactamente –puntualizó él-. Hasta las máquinas cometen errores. Lo que de verdad nos hace humanos no es nuestra facilidad innata para equivocarnos, sino nuestra capacidad para arrepentirnos después, para pedir disculpas y aceptarlas.
- Suena del todo lógico. Aceptaré gustosa sus disculpas cuando él me las pida.
-Todo empezó por intentar dilucidar quién tenía razón, ¿no es así?
- Así es.
- En tal caso me temo, aunque pueda sonar paradójico, que la búsqueda de la razón os ha ido llevando poco a poco al terreno de lo irracional. Ahora mismo sois incapaces de pensar. Ya sólo os guiáis por impulsos, por sentimientos ciegos.
- Es inevitable. Las personas pensamos muy lentamente para la rapidez con que sentimos –arguyó ella, pesarosa.
- Tal vez sea por eso que la “razón” se ve contenida en la palabra “corazón”, como una parte de una realidad superior.
Se quedaron en silencio. Con la mirada concentrada en sus respectivas tazas de té. Alice echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Faltaban dos minutos para las seis, y a las seis y media Blackmar comenzaría los juicios rápidos. La conversación empezaba a agonizar ante lo inminente de la despedida.
Eran pocas las cosas que sabía sobre Blackmar, aparte de que era un hombre ocupado que se entregaba apasionadamente a su trabajo. Las ocasionales veces que quedaban para ponerse al día no solían platicar más allá de una hora, pero ella era consciente de la indisponibilidad de su viejo amigo y por eso le agradecía cada minuto del valioso tiempo que empleaba en escucharla. Cada vez que Alice le preguntaba por algún detalle de su vida privada, él cambiaba de tema de conversación con sorprendente habilidad. “Un tipo misterioso”, pensaba ella.
Eran las seis y diez minutos y fuera seguía lloviendo con la misma intensidad. Alice paró un taxi.
Las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal de la ventanilla, impidiéndole reconocer las calles que atravesaban. Los charcos salpicaban ruidosamente bajo las ruedas del vehículo, sin lograr acallar del todo el aullido del viento. Únicamente las luces borrosas del tráfico infundían algo de color a aquel lienzo gris y desvaído.
“Como una parte de una realidad superior...”, repitió Alice para sí. “La parte más importante. Aquélla que pone el acento y la musicalidad en la palabra”.
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