Dime qué estás haciendo aquí, pequeña. Dímelo, si es que lo tienes claro; pero antes debes saber que cada mentira que aflore de tus labios acrecerá la distancia entre tú y yo. Hoy no nos separan quince litros de gasolina sin plomo: esta vez es tu maldita frialdad lo que me hace sentir a años luz de ti. Es tu despreocupación a la hora de olvidar la pasión en el maletero del coche. Son esas dos cucharadas y media de promesas y evasivas, que tan apenas logran endulzar tus besos descafeinados.
Actúas como si nada ni nadie distinto de ti te importara. Ni siquiera yo. Sonríes y me miras burlona como si no acabaras de creerte que yo también puedo disparar a herir. Quizá no me imaginas capaz de soltarte a bocajarro que no mereces la pena, que eres poco más que una niña guapa con ganas de llamar la atención, que al lado de Ella no eres ni la sombra de una mujer, que no eres más que otra extraña visitante.
Hazte a la idea de que no me temblará la voz al decirte que tú también eres para mí un pasatiempo: un sudoku de los de “nivel fácil”. Eres esa palabra que se repite hasta la saciedad en todos los autodefinidos, ésa que antes de haber acabado de leer la pista ya te impulsa a coger el bolígrafo y rellenar los huecos en blanco inconscientemente, casi con desgana. La misma desgana que sólo puede ser provocada por lo comúnmente aburrido, por lo monótono. Por eso eres también en parte como ese lienzo que te fascinó al verlo por primera vez y que un buen día decidiste colgar en la pared de tu habitación, condenándote sin quererlo a contemplar todos los días el mismo río, con los mismos cisnes nadando con altiveza hacia el mismo atardecer. Así eres tú: eres el inmutable paisaje que un día atrajo mi atención y que jamás podrá cautivarme eternamente.
Sin embargo, después de tanto tiempo esperando verte, la sola idea de que te vayas justo ahora me da miedo. Miedo a sentirme de nuevo solo en este mundo salvaje y cambiante, en el que para vivir antes hay que aprender a sobrevivir. Así es, soy un cobarde y es por eso que en vez de decirte todo lo que pienso, morena, elijo rodear tu cintura, atraerte con delicadeza hacia mí y robarte un último beso.
Nada… no sabe a nada.
Nada… no pasa nada, preciosa, y por eso te digo al oído lo feliz que me hace que estés aquí. Luego te abrazo con ternura y acaricio tu pelo, porque me encanta tu pelo, ¿sabes? Cada mechón que prendo entre mis dedos es liso y suave, y huele a esa mezcla de vainilla y almendras que ahora se confunde con el olor a tierra mojada. Necesito sentirte, saber que todavía estás aquí conmigo. Sé que no nos queda mucho tiempo; sé que de un momento a otro este abrazo se romperá cuando me digas que…
-Tengo que irme.
-¿Tan pronto?
-Lo siento. Me esperan dentro –dices mientras te separas de mí.
-Quédate un rato más –suplico.
-No puedo, de verdad –replicas mientras diriges una mirada inquieta hacia la puerta y te recolocas la americana.
-¿Cuándo volveré a verte?
-No lo sé –respondes mientras entreabres la puerta con una mano-. Ahora te toca venir a ti.
La puerta se cierra detrás de ti y yo me quedo aquí, de pie y con cara de tonto, mirando a través del cristal cómo me dices adiós con la mano, esperando que yo haga lo mismo. Pero en lugar de eso me doy la vuelta y empiezo a caminar en sentido contrario, alejándome de ti sin levantar la vista del suelo. Ahora mismo necesito que el diluvio universal caiga sobre mí, pero quienquiera que habite las nubes no parece dispuesto a complacerme.
Una señora mayor pasea a su terrier blanco, llevándolo pegado a sus talones a base de insistentes tirones de correa. El encargado de un bar comienza a recoger las mesas de la terraza, antes de replegar el toldo. Unos metros más allá caminan cinco chavales que acarrean sendas bolsas plástico de supermercado, posiblemente buscando un lugar recogido en el que hacer botellón. Yo sigo andando sin prisa pero con decisión, notando cómo me invade una determinación casi febril que se hace mayor con cada paso que doy. Dejando que mi última imagen de ti arda en llamas, devorada por la letra de la canción que ahora suena en el iPod:
'Wait, there is a Light, there is a fire
Illuminated the attic, fate or something better
I could care less, just stay with me a while…'
Sobre el pavimento mojado se reflejan las luces de las farolas y las siluetas de los transeúntes que caminan presurosos con el paraguas cerrado en la mano, mirando alternativamente su reloj de pulsera y el cielo. Aguardando la segunda lluvia de la primavera.
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