Se encienden los focos. La silueta de una persona se ilumina con luz tenue, recortando su sombra negra y alargada contra el tablado del escenario. Está situada de espaldas y lleva cubierto el rostro, y sin embargo crees saber bien de quién se trata.
No tardas en salir de dudas cuando la persona anónima se desprende de la máscara y vuelve su rostro al público. ¡Pues claro que es Ella! Y además está preciosa, como la última vez. Es por eso que has comprado una entrada de palco para la misma obra a la que llevas asistiendo semana tras semana durante los dos últimos meses. Porque dos meses han pasado ya desde que encontraste aquellas dos entradas encima de la mesa de tu despacho. “Algún contribuyente agradecido”, pensaste, al tiempo que lamentabas no tener con quién ir-. Finalmente fuiste al teatro solo. “¡Igual de solo que has acudido esta noche!", te reprochas duramente.
Te obligas a dejar de pensar cuando por fin empieza la función: un sinnúmero de personajes hacen su aparición en escena; van, vienen y se mueven con más o menos torpeza a lo largo y ancho del escenario para finalmente esconderse tras los pliegues rojos del telón en un mutis patético. No les prestas la menor atención porque estás convencido de que sólo Ella la merece: sería delito perder detalle del más sutil de sus gestos y aún más terrible sería no recordar una de las pocas pero bien elegidas palabras que brotan de sus carnosos labios. Es maravillosa. No puedes apartar los ojos, y la culpa la tiene ese mismo magnetismo irresistible que te ha atraído hasta aquí esta noche y todas las anteriores.
Por eso la obra transcurre y no sabrías decir en qué momento perdiste el hilo de la trama. Ahora que el único argumento es Ella ya es tarde para reengancharse y, sin saber muy bien por qué, piensas que no te importa lo más mínimo. No tienes ni idea de cuánto tiempo llevas sentado en esa incómoda butaca, pero en este instante ése es el menor de tus problemas. “Ojalá esta función durase eternamente”, deseas.
De pronto, se hace el silencio.
Se apagan los focos. Se encienden las luces y -¡sorpresa!- Ella ya no está; se ha esfumado una vez más y la obra ha tocado a su fin. De repente, sientes la necesidad imperiosa de ir tras Ella pero algo te detiene. ¿Y si estás luchando por algo irreal, por un reflejo de lo que tienes delante de ti? ¿Qué pasaría si detrás del escenario, en la vida misma, no es tan perfecta?
Sí, tienes miedo de conocerla lejos de la luz de los focos, más allá de su papel perfecto en el guión perfecto. Así que te levantas, sin esperar a la reverencia y los aplausos, y te abres paso entre las hileras de butacas para abandonar discretamente el edificio por la salida de incendios. Ya ha pasado el último autobús, así que vuelves a casa andando, metiendo el pie en todos los charcos posibles mientras piensas en lo que has sacado en limpio de esta noche como espectador.
Sería desilusionador sentir que has estado persiguiendo una perfecta fantasía -concluyes-, una mera ilusión óptica. Luces y sombras, nada más.
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