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viernes, 16 de agosto de 2013

Destroyer


Destroyer es lo que sucede cuando uno siente ahogarse y no encuentra nada seguro a lo que agarrarse más allá de una botella de ginebra. Es beber, beber con furia como si no hubiera mañana, hasta alcanzar la propia destrucción y la de todas las cosas y personas que uno ama. Pero también es bucear a través de esa marea de alcohol que todo lo engulle, buscando una corriente que conduzca a la orilla.

Destroyer es perder el dinero, los estribos, el sentido del ridículo y cualquier viso de sobriedad. Es seguir un rastro de tinto de garrafa y orines y no encontrar el camino de vuelta a casa. Pero también es caminar erguido, desafiando la verticalidad de las farolas, contando baldosas en línea recta para evitar serpentear por las aceras.

Destroyer es mirada perdida. Es elevar la vista al cielo y ver desdoblarse en dos cada una de las estrellas. Pero también es guiñar un ojo y pestañear con insistencia hasta hacerlas converger de nuevo en una sola.

Destroyer es sufrir un borrado parcial de memoria. Es trocear la madrugada y dejar caer sus pedazos a un pozo de negrura y vacío. Pero también es buscar los recuerdos huídos a la mañana siguiente y recuperarlos uno a uno, hasta recomponer el puzzle de una noche para el olvido.

Destroyer es despertar sobre una cama sin deshacer, con la ropa a medio quitar y un estúpido collar de flores hawaianas de plástico colgado del cuello. Es el olor a sudor animal y vapores etílicos que ha ido adueñándose del dormitorio a lo largo de un sueño diurno e inquieto. Pero también es una mirada desafiante al espejo, el frío lacerante del agua bajo la alcachofa de la ducha, el tacto suave de una camiseta de algodón limpia y el olor reconfortante del café recién hecho.

Destroyer es tropezar, caer y herirse. Pero también es flexionar los brazos contra el suelo, tomar impulso e incorporarse. Lentamente y con dificultad, hasta ponerse en pie. Sin ayuda de nadie.
 
Destroyer es el ave fénix consumiéndose en su propio fuego, Londres reducida a escombros durante el ‘Blitz’, un joven tilo aplastado por la lluvia torrencial y el granizo. Pero también es la primera grieta en el cascarón de un huevo que eclosiona entre las cenizas, la primera piedra de un edificio cuya silueta tiene un lugar reservado en el horizonte, el primer brote tímido de lo que algún día será un árbol frondoso y firmemente arraigado.

Destroyer es destrucción. Pero también es recobrar la ilusión de construir algo desde cero.

martes, 23 de agosto de 2011

El botarga


Si alguno de vosotros tiene a mano o a golpe de clic un diccionario de la RAE y puede permitirse perder unos segundos en buscar la palabra “botarga”, podrá comprobar que aparecen seis posibles acepciones, que reproduzco seguidamente:

1. f. especie de calzón ancho y largo que se usaba antiguamente.
2. Vestido ridículo de varios colores, que se usa en las mojigangas y en algunas representaciones teatrales.
3. El que lleva este vestido.
4. Armazón de ballenas o de alambre, revestida de tela, que usaban los actores debajo de los trajes para deformar la figura.
5. Especie de embuchado.
6. Ar. Dominguillo que se usaba en la fiesta de toros.

Pues bien, la primera vez que yo escuché la palabra botarga fue hará cuatro o cinco años, de boca de mi amigo José Miguel R. L., si bien con un significado muy distinto.

Creo conveniente empezar explicando que en mi cuadrilla de amigos somos diecimuchos, mitad chicos y mitad chicas, aproximadamente. Es el hecho de tener amigas muy guapas en el grupo (note el lector que si digo esto es porque las hay que me leen de vez en cuando) lo que hace que no sea infrecuente que algunos chavales a los que no conocemos de nada se nos planten justo al lado en el botellón, con la inequívoca intención de ligarse a alguna de ellas.

Fue poco antes de cumplir yo los diecisiete y en una situación calcada de la que describo en el párrafo anterior cuando José Miguel me dio un codazo cómplice y me dijo:

- Macho, Tablones, este tío que ha venido es un botarga de mucho cuidado.

- ¿Botarga? –me sorprendí.

En mi vida había oído aquella palabra y de ahí mi desconcierto inicial, pero inmediatamente supe a qué se refería y recuerdo que me eché a reír hasta acabar por los suelos. Desde aquel día, ”botarga” se convirtió para nosotros en la palabra que define al ligoncete cutre por antonomasia: el tradicional lanzacañas ibérico que se repasa con la mirada todas las minifaldas del bar nada más entrar por la puerta.

Aunque a partir de entonces tuvimos ocasión de usar la palabra botarga algunas veces más, lo cierto es que el vocablo no llegó a cuajar hasta el punto de quedar incorporado a nuestra jerigonza juvenil y finalmente cayó en el desuso… Hasta este sábado.

En efecto, este sábado, y por motivos que no vienen a cuento, mi amigo y yo pusimos fin a un largo período de letargo y olvido del botarguismo. Fue tan oportuna y exitosa la resurrección de la palabra que decidí inmediatamente que debía escribir algo al respecto. Aunque en el fondo, si acepté el reto personal de escribir un post sobre los botargas fue porque pensé que no sería mala idea derramar algo de tinta digital al servicio de una doble finalidad.

Por un lado, este post tiene unos fines puramente culturales o incluso lúdicos porque seguro que más de un lector ha llegado a tener la ocasión de echarse unas risas a costa de un botarga; pero por otro lado, espero que esta entrada sirva para advertir a mis lectoras del peligro que un encontronazo con un botarga supone, así como para proporcionarles unos conocimientos básicos que les permitan reconocer a uno de estos especímenes a varias zancadas de distancia y ahorrarles así alguna que otra mala experiencia.

Así pues, ¿cómo identificar a un botarga?

Si atendemos únicamente a los rasgos faciales, el botarga puede ser perfectamente un tío cualquiera. Suele darse que de cara no es especialmente agraciado pero tampoco es ni mucho menos una monstruosidad que avergüence al género masculino.

Físicamente, el botarga suele ser de una complexión que yo califico de indefinida: junto a unos bíceps del mismo diámetro que mi muslo, construidos a base de mojar muchas galletas energéticas en batidos hiperproteicos y de muchas horas levantando pesas en el gimnasio mientras escucha maquineta a todo trapo con los auriculares, por debajo de sus apretadas camisetas suele asomar un buen tripón que evidencia las muchas horas de clase que se ha saltado a lo largo del año para hartarse a cerveza en la cafetería de la Politécnica.

El atuendo del botarga no deja de ser también un detalle a tener un cuenta. Aunque los botargas también salen de caza en invierno, yo me voy a limitar a describiros su uniforme de campaña de verano, por ser el más peculiar.

Entre los atavíos del botarga veraniego, se hace imprescindible una camisa de manga corta bien ceñida y de colores llamativos. Es preceptivo llevar desabrochados unos cuantos de los botones de arriba, de forma que las chatis puedan ver claramente cómo asoma la cadenita. De oro, por supuesto. Se admite rematar la “joya” con un colgante del símbolo del dólar, el ying y el yang o, simplemente, la sucesión de letras que compone el mote o apelativo por el que le conocen sus otros amigos botargas.

Entre los botargas iniciados, es habitual la duda de cuántos botones de la camisa dejar desabrochados. A partir de mis observaciones, he podido establecer una regla matemática que enuncia que, si la camisa del botarga tiene “n” botones, lo protocolario es desabrochar n/2 para todo “n” par y (n/2 + ½) para todo “n” impar.

Si un botarga descubre que tiene una mancha en su camisa favorita justo antes de salir de fiesta, suele ponérsela del revés o bien tirar de fondo de armario y embutirse en una camiseta negra, ajustada hasta cortar la respiración, de “Gimnasio Alameda”, “Imperia Drink” o “NYPD” (New York Police Department). Es fundamental que marque bien los bíceps y que asomen tres dedos y medio de barriga por debajo, lo justo para que a nadie le pase desapercibido que los gayumbos los ha comprado en el mercadillo: “Anporio Hernani”, “Pier Curdín” o “Kelvin Claim” son algunas de las marcas por las que muestran predilección.

En el ropero de todo botarga que se precie, no pueden faltar unas bermudas de lino, estilo bohemio de playa, con las que poder sentir algo de fresquillo en la entrepierna por mucho calor que haga dentro del garito.

El calzado elegido por el botarga para salir de fiesta suelen ser unas chancletas de flip-flop, de ésas de pasar sólo el dedo, con las que poder clavarse fragmentos de vasos rotos y llenarse los pies de porquería y orín con cada paso que dan sobre el suelo de su tugurio habitual.

Por si la cadenita de oro no fuera bastante, el botarga acostumbra a reafirmar su mal gusto por medio de uno o varios piercings en el pezón, los genitales o cualquier otro rincón inaccesible de la anatomía humana.

Si nos centramos en el perfil psicológico, lo que de verdad caracteriza al botarga es que está más salido que el pico de una plancha y que, lejos de sentirse avergonzado por ello, no se esfuerza en ocultar sus deseos de tirarse a todo lo que se mueva y lleve bragas.

El botarga de botellón (Botargius boteliae), al que me refería supra cuando os contaba la forma en que se acuñó el término, suele ser más moderado en su modus ligandi debido a la presencia de otros miembros del género masculino que pueden zurrarle la badana si se excede en sus comentarios.

En cambio, el botarga de bar (Botargius baris) suele encontrar en la oscuridad, la música alta y la confusión el medio idóneo para entrar a las tías a saco y dar rienda suelta a sus más perversos instintos. En caso de haber hombres o más mujeres de por medio, el botarga empleará a uno o más botargas cómplices para efectuar una maniobra de distracción y acercarse sigilosamente a su presa: “divide y vencerás” es su consigna. El Botargius baris es una subespecie fácilmente reconocible por sus piropos ordinarios, lisonjas de mal gusto y todo tipo de groserías, en las el botarga no tacañeará con tal de llevar a buen puerto su anhelado propósito: llevarse a la chati al huerto.

En aras, como decía, de fines preventivos y de ayuda a la mujer, he creído oportuno referiros algunas de estas lindeces extractadas de conversaciones verídicas.

Como ante todo soy un tipo muy profesional, me he documentado seria y concienzudamente antes de escribir este post. Para ello, además de entrevistarme en privado con algunos botargas reconocidos, he encuestado a varias amigas acerca de sus experiencias personales con los distintos botargas a los que se han ido cruzando a lo largo de su vida nocturna. A todas ellas les he hecho la misma pregunta:

¿Cuál ha sido la forma más lamentable en la que te ha entrado nunca un tío?


He seleccionado para vosotros las respuestas que más gracia me han hecho. Algunas de ellas parecen verdaderos casos de laboratorio, por lo estúpido e inverosímil de la botargada. Reíos a gusto.

CASO 1

- Si tú eres guapa y yo soy guapo, ¿por qué no nos liamos?

CASO 2

- Vamos al baño, que no te hago daño.

CASO 3

- ¿Y qué tal?
- ¿Te conozco?
- De tus sueños, guapa.

CASO 4

- Una damisela como tú no debería beber cerveza. Ven, que te invito a un cubata.

CASO 5

- ¿Conoces a…?

Dicho lo cual, el botarga peón empuja al botarga rey -que se hace el loco y el desprevenido- contra su víctima para forzar una conversación incómoda y no deseada por la chica.

CASO 6

- Se te ha caído.
- ¿El qué?
- ¡El papel que te envuelve, bombón!

CASO 7

El botarga se acerca a su potencial víctima, la mira a los ojos y se bebe la copa de trago. Conseguida la atención de la dama, coge uno de los torrocos de hielo del vaso e intenta resquebrajarlo con las llaves de casa o cualquier otro instrumento mínimamente lacerante que lleve por el bolsillo. Como evidentemente la acción no da resultado, el botarga empieza a golpear el hielo con insistencia contra la barra hasta que la mujer, mosqueada, le suelta el inevitable:

- ¿Pero se puede saber qué cojones haces? ¡Me estás salpicando, imbécil!

A lo cual el botarga, haciéndose el dolido, responde:

- Perdona, sólo intentaba romper el hielo.

CASO 8

El botarga se sitúa frente a la mujer deseada y, sin mediar palabra, coge un buen montón de fichas de póquer -que ha sacado nadie sabe de dónde- y se dispone a lanzárselas a la señorita, apuntando al canalillo.

- ¿Pero tú eres subnormal o qué te pasa, chaval? –le grita la chica, posiblemente bofetón mediante.

- No lo sé, pero a ti se te nota que no estás acostumbrada a que te metan fichas.

CASO 9

- ¡Moceta! ¿Arrejuntamos meaderos?

CASO 10

- ¡Eres más guapa que un remolque recién pintau!

CASO 11

- ¿Trabajas en Seur?
- No, ¿por qué?
- Es que he notado que me mirabas el paquete.

CASO 12

- Bonitas piernas, ¿a qué hora abren?

CASO 13

- Oye, mira, estoy muy borracho. ¿Te vienes a mi piso y lo hacemos?


* Agradecimientos:

A Julia M. E., Lucía S. E. y Marta L. S., por acceder de buen grado a participar en la encuesta y alegrar mis mañanas de estudio en la biblioteca con esos almuerzos interminables.

A Inés C. C., por atesorar el mayor índice de botargadas per capita que se conoce, y por padecer los casos 1 y 2.

A Clara G. T., Lydia L. B., Marta B. L., Paula A. V., Sara B. A., Sheila R. L., Ignacio N. D. y Míchel T. V., por ser también parte de la encuesta y prestarse a relatarme cuantas botargadas conocían.

Y, en especial, a José Miguel R. L., por hacer posible este post.

¡Gracias a todos vosotros!

viernes, 19 de agosto de 2011

Crónica de un amanecer incompleto


Una noche más, la carpa de la Peña Alegría Laurentina está abarrotada hasta la bandera. Una marea de blanco y verde me rodea allá por donde miro. De cuando en cuando, se divisa algún rebelde con camiseta negra y sin pañoleta. “Fijo que ese panoli es de Zaragoza”, aventuro indignado.

Entre bailes, risas y abrazos, noto una repentina vibración y el corazón me da un vuelco. Me llevo la mano al bolsillo y cojo el teléfono móvil para comprobar en la pantalla principal que no hay novedades.

Falsa alarma. Era una ilusión producida por la potencia de los altavoces.

Como surgida de la nada, una mezcla de impaciencia, angustia y melancolía no tarda en apoderarse de mí. Me llevo el vaso a los labios. Está vacío.

Me abro paso hasta la barra y pido otro gin tonic. Contando con los del botellón, éste es ya el… ¿Séptimo? ¿Octavo? Todo sea por no reconocer que hace rato que he perdido la cuenta. Debo de estar dejando la cartera temblando pero ése es un problema que ya atenderé mañana. Además, como es mi dinero y no el de mis padres, puedo gastarlo en lo que me dé la gana.

De puntillas, busco unas cabezas que sobresalgan por encima de la multitud. Cuando por fin consigo avistar a esos colosos de metro noventa y pico a los que llamo amigos, vuelvo al grupo.

Bailo, o al menos eso intento, pero la música no es la más acorde con mi estado de ánimo. Me pregunto si me quedará algo de tabaco…

Hurgo en el bolsillo mágico de Doraemon hasta sacar una cajetilla algo arrugada y en las últimas. Sólo tres pitis para el resto de la noche, ¡vaya mierda!

Enciendo un cigarrillo y, casi sin darme cuenta, detengo mis bailes para pensar qué estará haciendo Ella ahora, si estará por aquí y si estará tan guapa como la última vez. Al exhalar el humo, instintivamente, no puedo evitar morderme el labio inferior. Es un tic que me sale cuando algo me preocupa.

- ¿Qué te pasa, tío? Te noto como apagado.

- Nada, joder. ¿Hacen unos chupitos?

- ¿Vodka con Martini?

- Me sirve.

Al primer chupito le sigue un segundo.

Al segundo le sucede un tercero y al tercero, un cuarto... Y así hasta que la pena estalla en una avalancha de palabras que mis labios se esfuerzan por contener en mi cabeza, sellando por una noche más las puertas de mi subconsciente sedado y alcoholizado.

“No entiendo nada ¿Por qué las mujeres se comportan así?”

“¿Qué ve Ella en ese capullo analfabeto y con pintas de colgado pseudofumeta?”

”¿Qué tiene ese jodido pinchaúvas que no tenga yo?”


Una vocecilla interior, con todos los visos de ser la de Billy, el saltamontes cazallero que hace las guardias y turnos de noche en mi conciencia cuando Pepito Grillo se coge vacaciones porque yo voy cocido, se apresura a responder no sin malicia:


“Coraje. El coraje suficiente para despegar los codos de la barra, acercarse a Ella y hablar de algo más que de trivialidades.”

Aprieto los puños con rabia, desbloqueo el móvil y miro la hora: son las 6:50 y no hay ninguna llamada ni mensaje. El indicador de batería baja parpadea en el margen superior izquierdo de la pantalla.

“Se acabó. A partir de ahora no voy a comerme más la cabeza.”

“No voy a perder ni un segundo más tirado en la cama, mirando las musarañas con cara de embobado.”

Como si de una arenga militar se tratase, noto cómo con cada palabra que suena en mi cabeza me voy envalentonando por momentos, mientras la imagen de Ella se difumina.

“Voy a poner en orden mi vida: quiero mejorar mis notas, pienso cumplir con mi propósito de ir al gimnasio con regularidad, estoy decidido a comprar de una jodida vez el temario de la oposición…”

Me resulta difícil no crecerme cuando, en mi pródiga imaginación, cada uno de mis nobles propósitos se ve respaldado por todo un coro de ángeles y arcángeles que entonan “Tablones, eres un jefe”, mientras hacen ondear los pendones y banderas de Jack Daniel’s. Así sí.

“…y, ante todo, voy a dejar de fumar y de beber como un cosaco cada vez que salgo de fiesta.”

Mientras me vengo arriba pensando en todo esto, pruebo a pellizcarme fuertemente el pómulo izquierdo y confirmo que no siento ni pizca de dolor. Mal síntoma.

Pocos minutos después llega el bajón: de súbito, parece como si la cabeza me pesara una tonelada y fuera a caérseme de su sitio encima de los hombros en cualquier momento; la música de los bafles, antes muy agradable, ahora está a punto de perforarme el tímpano; tengo la boca seca, la textura de mi lengua se asemeja a la de un estropajo sin estrenar y el estómago me da más vueltas que una lavadora en modo centrifugado.

Por supuesto, los ángeles hace ya rato que han dejado de cantar y en su lugar sólo queda un solitario pastillero con la pancarta de "TEMAZO".

”Soy un puto borracho patético. Ojalá estuviera Ella aquí para cuidarme...” Me lamento.

”Pero, ¿no habíamos quedado en que Ella ya es parte del pasado?” Recuerda Billy, burlón, desde su garita de lo políticamente correcto.

Un brusco codazo me induce una pequeña arcada contenida, a la vez que me saca de mi ensimismamiento.

- ¡Tablones, espabila! ¿Otro chupito?

- Va, dale caña.

“Bueno, esto no cuenta. Los buenos propósitos comienzan mañana...” Me apresuro a aclarar con un cierto deje autoexculpatorio.

”Si es que después de este último chupito que te vas a tomar existe un mañana”, ironiza el cabrón de Billy, el saltamontes del sombrero de Larios.

¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!

Milagrosamente sigo en pie. En un acto reflejo, vuelvo a sacar el móvil. Esta vez está apagado y no responde a mis persistentes intentos de encenderlo.

Ya es casi de día y ante lo inmediato de la disyuntiva “a ver las vaquillas o a casa” me inclino sin pensármelo dos veces por la segunda opción. El suelo y las personas no paran de girar muy rápido a mi alrededor y, cada vez más, el cielo me estorba para dar vueltas. Necesito dejarme caer sobre la cama y dormir diez horas del tirón.

“Menos mal que no son mañana las simultáneas de ajedrez”, suspiro aliviado, “porque como los del club me vieran aparecer por el parque con esta merla que llevo encima, me prohibirían darlas de por vida.”

En una última y absurda idea de alumbrado, extraigo un bolígrafo Bic del bolsillo de Doraemon y pido una servilleta en barra. A duras penas, intento escribir algo sobre su superficie rugosa:

Los bailes se extinguen mientras se apaga la luna.
Al fondo, en las montañas, el cielo ya clarea.
Muere la noche en las carpas, duermen las estrellas.
Es Venus el broche que prende de este alma oscura.

sábado, 23 de julio de 2011

Carta a la señora Luna Lunera

Techos altos, espacios diáfanos, luz blanca, cristaleras y helechos. Muchos helechos. Trajes y vestidos se aparejan con puros y rosas; mientras que el carpaccio, el ternasco, la mousse au chocolat y los licores se conjugan con otros emblemas de esa “sociedad opulenta” de la que escribía y teorizaba J. K. Galbraith. Máximo mira a los distintos comensales de las mesas circundantes, fijándose en sus rostros. Unos hablan y otros ríen. Sus labios se mueven pero de sus bocas no brota palabra alguna, ningún sonido audible más allá del murmullo colectivo y heterogéneo que se confunde con las notas de piano del hilo musical. Für Elise, de Beethoven.

Un ejército de camareros va y viene, retirando los platos vacíos y trayendo otros nuevos con comida a un ritmo vertiginoso. Después, los cafeteros vacían la taza de un trago. Atragantarse y abrasarse la tráquea es un precio que hay que pagar para llegar al baile antes que nadie e hincar los codos en la barra de los combinados. Unos fuman y otros beben. Los flashes de las cámaras de fotos se disparan esporádicamente, en sucesivos intentos de captar la imagen de los más firmes candidatos al primer premio en el concurso al vestido más bonito y a la camisa más chabacana. En cuestión de minutos, la sala se va llenando y los cubatas se van vaciando. Hacinamiento, música, ambiente festivo, humo y vendedores de humo. La afluencia de americanas en el guardarropa es un hecho preocupante. Sus portadores parecen auténticos capullos; de auténtica seda, como sus corbatas y como los tejidos vaporosos de los vestidos de sus respectivas acompañantes. Su único delito es ser superficiales pero concurre agravante por disfraz.

Máximo sale a los jardines, con ánimo de dar un paseo. La noche es fría. Se pone la americana. En el aparcamiento, a unos metros, hay quienes aprovechan el colapso de los servicios para orinar detrás de algún coche. Máximo saca el encendedor y la cajetilla de tabaco del bolsillo interior de la americana y enciende un cigarrillo. Es difícil resistir la tentación de fumar en acontecimientos en que todo el mundo lo hace, piensa mientras camina sin saber exactamente adónde se dirige. Los árboles proyectan sus largas sombras contra el suelo, iluminados ligeramente por una hilera de farolas. El cielo está oscuro por completo pero no se ve ni una sola estrella. La luna se dibuja en la negrura como una fina rodaja en forma de “C”, tan apenas perceptible a primera vista.

Mañana habrá luna nueva.

Mientras succiona una nueva calada, Máximo se pregunta cuál fue la última vez que se detuvo a observar el cielo de verdad, como lo está mirando ahora. ¿Por qué nunca se paraba a pensar en las cosas más banales? Supongo que los ciudadanos de la sociedad opulenta ya no disponemos de tiempo para elevar la vista al cielo por un momento, piensa. El día nos regala una puesta de sol cada veinticuatro horas y nosotros construimos ciudades de acero, vidrio y hormigón para privar a nuestros ojos de algo tan hermoso. La noche nos brinda una luna muda y enigmática a la que confesar nuestras alegrías, preocupaciones y amores secretos pero nosotros elegimos caminar sin despegar la vista del suelo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada bajo el peso de los convencionalismos, la burocracia y la bolsa de deporte de ir al gimnasio. Así es como dejamos pasar esas pequeñas cosas en que consiste vivir.

Afortunadamente, Máximo se da cuenta de que esas filosofadas, tan indigestas o más que la comida que aún le repite en el estómago, merecen ser pospuestas para otra ocasión más apropiada. Ésta es una noche de fiesta: Máximo celebra que está a mitad de algo y, como especialista en dejar las cosas a medias, éste es sin duda un acontecimiento señalado para él. Sus amigos lo saben y por eso han acudido de propio, así que es con ellos con quienes debe estar ahora. Aunque sabe que ya encontrará otro rato para divagar sobre lo que más le apetezca y para entonar un nostálgico “Wish you were here”, a una parte de él no le importa aguardar a que Ella se materialice de la nada para contemplar la luna con él y conversar sobre la caducidad de la juventud y la volatilidad del momento…

…¿Que quién es Ella? Ella es la “perfecta desconocida” de la que hablan las letras de las canciones, la chica guapa de las películas y la actriz misteriosa que protagoniza cada uno de los pensamientos de Máximo. Ella es inteligente y sensible. Sus ojos son humanamente expresivos, de un color que no existe en la naturaleza y de todos los colores a la vez; y cuando sonríe, el mundo deja de ser aburrido e inhóspito para transformarse en un lugar singularmente familiar y acogedor. Ella es un ser etéreo y quimérico y está hecha del mismo material que los sueños. Ella no existe. Ella es una representación de cómo el amor debería ser.

Mañana, se promete en silencio. Mañana escribiré esa carta. Ahora tengo que volver al baile.

La noche siguiente, Máximo abre la ventana para ventilar su habitación y asoma la cabeza buscando respirar aire no viciado. Parece imposible disipar ese penetrante olor a limón. Antes de cerrar de nuevo la ventana, Máximo intenta dejar volar su imaginación pero ésta se estrella una y otra vez contra los muros encalados de un patio interior. En esta noche sin luna los apenas seis metros cuadrados en que consiste su cuartucho permanecen en semipenumbra. Sobre la mesa, la luz trémula de una vela ilumina un folio en blanco.

“Señora Luna Lunera:
Ahora que tú no puedes verme ni yo a ti, te contaré un secreto…”

Cuando acabe la canción

Máximo tomó asiento en una mesa cerca de la entrada. Enseguida se acercó un camarero.

- Tomaré un gin tonic, por favor -pidió.

Inconscientemente, Máximo comenzó a buscarla con la mirada entre la multitud. No era tarea fácil por estar el local abarrotado. Apenas pasaba de medianoche y casi todas las mesas estaban ya ocupadas. Buena culpa de ello la tenía el hecho de que era jueves.

Los espectáculos nocturnos de los jueves eran el mayor atractivo de la terraza de “El Búho” y poca gente del lugar se los perdía. Aquel día no era la excepción: sobre el escenario, un tal Marcus Vandell destrozaba una conocida balada en inglés con ayuda de una guitarra y su vocecilla de cacerola desportillada.

Y no lejos de allí, en una mesa junto al escenario, estaba Ella. Sentada sola y con aire absorto, repiqueteando con los dedos en el vidrio de un vaso medio vacío al ritmo de la música. Estaba increíblemente guapa con aquel vestido verde a juego con sus ojos, en perfecta consonancia con sus facciones suaves y sus rasgos armoniosos. No se trataba de una belleza abrumadora, exuberante, eléctrica; sino de la belleza esencial y lógica que hay en lo misterioso, en lo intemporal, en lo desconocido...

Ella no reparó en la presencia de Máximo, que la observaba con una mezcla de curiosidad y fascinación mientras humedecía los labios en lo amargo de su gin tonic. Ella parecía estar pensando en algo. Su cara no reflejaba preocupación alguna, pero su mente estaba a buen seguro a años luz de allí, lejos de aquel pub musical, de aquella ciudad, incluso de aquel mundo.

Aquel momento mágico no tardó en hacerse añicos, al igual que la copa de Máximo contra el suelo embaldosado, cuando Ella volvió la cabeza y advirtió que él la estaba mirando. Máximo se estremeció al leer en su semblante aquella nota de indiferencia hacia él. Hacia la persona que lo único que deseaba era poder llegar algún día a conocerla de verdad, a saber un poquito más sobre la chica que le daba fuerzas para levantarse cada mañana al sonido del despertador, aquélla cuyo solo recuerdo le alentaba a cambiar y a ser mejor persona.

No tenía más que decirle eso mismo que estaba pensando en ese mismo instante, decírselo de verdad, sin trabas, sin tapujos. Pero nunca encontraba el momento, ni el lugar, ni las palabras adecuadas. Las veces –pocas- que lograba entablar conversación con Ella, él se sentía incapaz de ocultar su embelesamiento y solía acabar pronunciando alguna idiotez ininteligible. Balbuceos que eran invariablemente correspondidos con una sonrisa fugaz y una mirada gélida y esquiva que, durante la fracción de segundo en que se cruzaba con la suya, Máximo podía sentir cómo le desgarraba el corazón por varios puntos distintos.

No podía aguantar más así. ”Cuando acabe la canción hablaré con Ella”, se dijo. “Necesito oír de su boca que no soy más que un miserable mortal al lado de semejante diosa”. “Dímelo”, pensó. “Tan sólo dímelo, y te aseguro que te dejaré en paz para siempre. Pídeme que desaparezca y te prometo que no volverás a saber de mí. Nunca más. Pero no me pidas que te olvide porque aunque no lo creas me resulta imposible”.

Máximo tomó asiento en una mesa junto al escenario. Enseguida se acercó un camarero.

- Disculpe, ¿sabe adónde ha ido la señorita del vestido verde que estaba aquí sentada?
- Se fue hace tan solo un momento sin darme tiempo siquiera a devolverle las vueltas –respondió el camarero encogiéndose de hombros-. Parecía tener prisa.

Something to believe in

Amanece un día más. Las primeras luces del alba vuelven a sorprenderte en tu misántropo deambular por las calles desiertas. Se apaga la luz de la última farola y tu sombra se desvanece para dejarte –ahora sí- solo en tu paseo de vuelta a casa.

Cuando por fin llegas, abres la puerta haciendo el menor ruido posible, te descalzas y avanzas de puntillas con sigilo hasta conseguir dar -a tientas- la luz de la cocina. Te dejas caer pesadamente sobre una silla y permaneces inmóvil con la cabeza apoyada en la mesa, hundida entre los brazos, durante lo que a ti te parecen no más de dos minutos.

No tienes sueño; o tal vez son los sueños los que te impiden dormir. “¡Qué más da!”, piensas mientras te levantas y te dispones a preparar una cafetera. Cinco minutos más tarde, el artefacto comienza a expulsar vapor en medio de un borboteo acompañado por ese silbido tan característico que te saca de tu ensimismamiento. Apagas el fuego y te sirves una taza.

Quema.

Mientras el café se enfría te dedicas a remover el azúcar con la cucharilla en un gesto distraído y monótono, preguntándote si no habrás metido la pata como de costumbre. Actuar como un capullo no te convierte necesariamente en un capullo –razonas-. Hasta tú reconoces que la única persona a la que serías capaz de hacer daño es a ti mismo. “¡Menudo consuelo!”.

No eres perfecto (nadie lo es salvo, tal vez, Ella) pero todavía eres capaz de ver las cosas buenas que se esconden detrás de cada persona y de cada situación. Con esta absurda conclusión, y en un ademán digno de la peor copia de Kurt Wallander, coges la taza con cuidado y bebes procurando no sorber (a Graham no le habría gustado).

Entonces caes en la cuenta de que necesitas música. Es lo único capaz de animarte o sumirte de verdad en ese estado de languidez perpetua que tan atractivo te resulta. Melancolía... no es un buen nombre; a duras penas evoca el placer de estar triste del que hablaba Victor Hugo.

Hurgas en los bolsillos del pantalón hasta que encuentras el iPod. Está encendido y una canción suena en modo reproducción continua. Es irónico, pero posiblemente ese bucle infinito haya sido la banda sonora de toda una noche:

’Turn out the light
and what are you left with?
Open up my hands
and find out they’re empty.
Press my face to the ground
I’ve gotta find a reason.
Just scratching around
for something to believe in:
Something to believe in…’