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viernes, 7 de diciembre de 2012

Acertijos en la lluvia (y 3ª parte)


***

Ella sigue paseándose inquieta por su singular boulevard de las baldosas secas, llevándose el móvil a la oreja cada pocos segundos y negando en silencio mientras la lluvia repica insistente sobre las aceras. Cada pocos pasos se detiene, mira a lo lejos e intenta buscar una explicación lógica para todo. No, no puede ser. Él nunca me haría algo así.

Así es como Ella espera un Focus gris que no ha de ser el que ansía ver, como sólo el perro de Pavlov esperaría un Panzer, y su corazón late más fuerte cada vez que los círculos de unos faros delanteros se hacen grandes en la noche.

***

La lluvia arrecia y Él, con algo de dinero en el bolsillo y sin móvil, avanza a la deriva a través de un laberinto de calles vagamente familiares, buscando una cabina de teléfono desde la que poder llamar a casa para decir que ha perdido el último autobús. Ojalá pudiera recordar el número de Ella, se lamenta, intentando asignar un orden a los nueve dígitos que bailan anárquicamente en su cabeza.

Ahora tendré que pasar la noche en una pensión, a no ser que… No, no, Ella jamás lo aprobaría. Pero por otra parte la situación es excepcional y Él no tiene a nadie más a quien acudir, así que una parte de su subconsciente necesita escuchar argumentos a favor de un plan “B”: Cuando lo dejamos me dijo que estaría ahí para cualquier cosa que yo necesitase, ¿acaso esas cosas se dicen por decir? Casi todas las semanas nos cruzamos por el Campus y la relación es cordial. Además –sonríe amargamente-, Ella no tiene por qué enterarse.

Ha cenado algo en una bocatería. El viento y el agua, en su arcana sabiduría, le guían de vuelta a la única casa y la única persona que conoce en la ciudad. Esta noche Él puede sentir las luces del tráfico hundiéndose en sus ojos, el ruido de los neumáticos al deslizarse sobre la calzada encharcada, las gotas de agua cayendo inclementes sobre su cabeza, resbalándole de la nariz a los labios y purgando su sentimiento de culpabilidad. Esta noche la calle está despierta y, por primera vez en todo el día, también Él.


***

En un rincón cualquiera de una ciudad cualquiera, una chica pelea sola contra el insomnio en una habitación a oscuras, dando vueltas bajo el edredón mientras los recuerdos las dan en su cabeza. A ratos cuenta ovejas, a ratos las ovejas le cuentan algo a ella, pero llenar el redil no parece ayudarla a olvidar que su cama sigue vacía. Lleva vacía más de un año, desde que Él la abandonó por aquella pija pavisosa que conoció en una discoteca. Más de un año..., repite para sus adentros.

Es consciente de que en noches como ésta, unos meses antes habría alargado la mano hasta el cajón de la mesilla y palpado en la oscuridad hasta dar con la superficie curva y vítrea del bote de somníferos. Pero eso hubiera sido hace unos meses, piensa antes de decidirse a estirar el brazo hasta el interruptor, incorporarse y recorrer descalza el tramo de pasillo helado que separa su habitación de la cocina. Quizá quede algo de café que recalentar en el microondas

De nuevo guarecida bajo el edredón, enciende la minicadena con el mando a distancia. Un CD pirata transporta a Kenny Rogers a su habitación y a ella al asiento trasero de un Ford Focus gris. Puede sentir cómo los primeros acordes de piano de “Lady” asedian los muros de su memoria, sin robar por ello protagonismo a la voz neutra que ahora lee en su cabeza una página del libro que sujeta entre sus manos:

«- Es una mermelada muy buena -dijo la Reina.
- Bueno, de todos modos hoy no me apetece.
- Hoy no la tendrías aunque quisieras -dijo la Reina-. La regla es: mermelada ayer, mermelada mañana... pero nunca hoy.
- Pero alguna vez tendrá que ser «mermelada hoy» —objetó Alicia.
- No; no puede ser -dijo la Reina-. La mermelada toca al otro día; como comprenderás, hoy es siempre éste.
- No os comprendo -dijo Alicia-. ¡Lo veo horriblemente confuso!
- Es lo que pasa al vivir hacia atrás -dijo la Reina con afabilidad-: siempre produce un poco de vértigo al principio...
- ¡Vivir hacia atrás! -repitió Alicia con gran asombro-. ¡Jamás había oído nada semejante!
- Sin embargo, tiene una gran ventaja: la memoria funciona en las dos direcciones.
- Desde luego, la mía sólo funciona en una -comentó Alicia-. No puedo recordar cosas antes de que hayan sucedido.
- Es mala memoria la que funciona sólo hacia atrás -comentó la Reina.»


Sonríe. Maldita memoria unidireccional y malditas noches de lluvia... El café todavía quema en la taza; las persianas se quejan, rogando piedad al temporal, y Kenny Rogers ha dejado de cantar: ahora es el empalagoso de Michael Bolton quien le canta a su nena lo mucho que la echa de menos. La habitación le está hablando y ella está dispuesta a escuchar.

Pero Alicia, la Reina Roja, las persianas, Michael... Todos callan cuando el ruido del timbre rasga el aire de la habitación. Una, dos... tres veces.

Es abajo.

***

FIN.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Acertijos en la lluvia (2ª parte)


***

Él siente cómo alguien lo zarandea bruscamente por los hombros. Una voz de hombre percute sus tímpanos y reverbera en su sueño; alguien le está diciendo algo. Dos palmaditas suaves, un aterrizaje forzoso, media náusea y por fin abre los ojos con dificultad, como si alguien le hubiera sellado los párpados con silicona. Ha debido de quedarse dormido con el cuello doblado hacia abajo, como un avestruz, y por eso lo primero que ve son unos zapatos negros deslustrados y los bajos de un pantalón del mismo color. Conforme va elevando la vista, aparece una corbata violeta sobre una camisa malva y, por fin, una cara que emerge de entre la fronda de una barba pelirroja.

- ¡Arriba, bella durmiente! Ya hemos llegado –se burla la misma voz que acaba de devolverlo a un mundo de luz cegadora y resaca atroz.
- ¿Qué? –acierta a decir Él, mientras recorre con sus ojos legañosos las hileras de asientos, de delante hacia detrás. El vagón está vacío.
- Que es fin de trayecto. ¡Arriba! –apremia el revisor.
- ¿Ya hemos llegado a Lérida?
- ¿A Lleida? Claro que sí, campeón… Sólo que hace tres horas.
- ¿Cómo? –Él mira el reloj. Son las 20:55. Una bola de demolición le impacta de lleno en forma de doloroso flash: Ella, el cine… ¡Mierda!
- Estamos en Girona –explica la barba parlante-. A ver, enséñame tu billete; si lo sacaste para Lleida tengo que multarte.
- ¿En serio va a multarme? Si debo de llevar dormido desde que pasamos Zaragoza, entienda que...
- Tu vida cuéntasela a otro, chaval. Por lo que a mí respecta llevas las tres últimas horas viajando de polizón, así que ya me estás enseñando el DNI. Si pagas ahora hay una bonificación.
- Lo siento, pero ni siquiera sé si llevo efectivo suficiente para comprarme un billete de vuelta.
- Ya no hay más trenes a Lleida hoy. Si no quieres hacer noche en la estación tendrás que probar suerte con los autobuses.

Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas…, repite Él como si de un mantra se tratase mientras arrastra la maleta sobre los charcos camino de un cajero. Ella lleva diez minutos, quizá más, esperándolo. Puede imaginarla en la puerta del cine, impacientándose bajo un paraguas rojo, abrigada con una gabardina sobre ese jersey blanco de lana de ochos que tan favorecedor le queda. Soy gilipollas, soy gilipollas… Él cierra ahora los puños con fuerza, arrugando inconscientemente entre los dedos el recibo de pago de la multa. Soy gilipollas… Casi hasta puede verla rebuscando en el bolso para coger el teléfono móvil y enviarle un… ¡El WhatsApp!

Él se lleva la mano al bolsillo de la cazadora y desenfunda el móvil; casi no queda batería. Ella acaba de escribirle preguntándole dónde se ha metido. En un buen lío, piensa Él, preocupado por encontrar la manera de no quedarse sin novia en el día de su aniversario: Y qué le digo, ¿debería contarle que anoche me acabaron liando los del piso para salir de fiesta por Madrid? ¿Que me quedé en un after porque pensé que podría dormir en el tren? ¿Que soy tan tonto que ni siquiera he recordado poner la alarma del móvil?

El móvil vibra de pronto avisando de que Ella ha escrito de nuevo. Él deja caer la maleta con estrépito.

“Esta noche hacemos un coito juntos. No lo estropees llegando tarde, anda”.

Definitivamente soy gilipollas, resopla Él, imaginándola ahora arrodillada sobre la cama semidesnuda; imaginándose a sí mismo frente a ella, mirándola a los ojos con dulzura, besándola despacio y retirando con suavidad aquel sujetador de pedrería que tantas veces había desabrochado.

Mientras deja que su mente se pierda irremisiblemente en las curvas de las caderas de Ella, y sin poder dejar de torturarse con la visión de unos pechos desnudos, firmes e inaccesibles, Él se apresura en activar el texto predictivo para teclear unas palabras de disculpa. Lo siento, cariño... El piloto de batería baja parpadea amenazador. Vamos, vamos, no te apagues ahora, suplica mientras aporrea las teclas compulsivamente, sin apenas mirar la pantalla: me he quedado dormido en el TALGO...  Vamos, aguanta… y ahora estoy en Gerona. ¡Ya está, enviado!

Vamos, vamos, responde. Dime que me perdonas…, implora Él en silencio.

Un doble zumbido anuncia la respuesta de Ella, pero la batería se agota y ya es tarde para leer nada. Un zumbido corto, un destello intenso y la pantalla se va a negro.

***

martes, 27 de noviembre de 2012

Acertijos en la lluvia (1ª parte)


Mira que insistí en que quedáramos a las nueve en punto para que le diera tiempo a pasar por su casa, dejar las maletas, darse una ducha, sacar el coche del garaje... ¡Pues no! Teníamos que quedar a menos cuarto para sacar las entradas con antelación... Ella se pasea inquieta, recorriendo en un sentido y en otro los diez metros de acera seca bajo el voladizo junto a la cartelera. Tanto ironizar sobre el tiempo que tardo en arreglarme y lo mucho que me cuesta elegir zapatos y mira ahora quién está llegando tarde.

Mientras da vueltas a la mejor forma de devolverle a su chico el rejonazo, sin duda merecido, Ella focaliza la mirada al final de la calle, esperando ver aparecer por la esquina un Ford Focus gris, esta vez gris de verdad. Es curioso, piensa, cómo a la luz de las farolas todos los coches son grises, todo parece estar teñido del mismo color pálido, como si formase parte del decorado de una película de misterio. Cada gota de lluvia es un aguijón que atraviesa la noche para ir a clavarse en el espejo negro de asfalto mojado. Únicamente el rojo, el verde y el ámbar de los semáforos infunden una chispa de color a una acuarela que por momentos se diluye en la boca de las alcantarillas.

Ella espera verlo bajarse de ese coche y caminar hacia Ella imperturbable, mientras su pelo se humedece y su cazadora vaquera va moteándose progresivamente hasta adquirir de nuevo un color uniforme, empapándose el borreguillo hasta quedar adherido a su cuerpo. Se muere por abandonar su refugio bajo el alero, por acudir corriendo a su encuentro, apartarle el flequillo mojado y comerle la boca en medio del diluvio porque, antes que en la Sala 2, Ella quisiera poder entrar en el grupo de Facebook “A mí también me han dado un beso bajo la lluvia”. Y habrá merecido la pena tirar por la borda en un segundo más de media hora planchándose el pelo si una vez dentro se sientan butaca con butaca, mano sobre mano, y Él le susurra tonterías al oído hasta hacerla romper a reír, a destiempo, sin importar los diálogos de la comedia barata que en la sesión se proyecta, hasta oír chistar malhumorado al tipo cascarrabias del asiento de detrás.

Hace tiempo que Ella dejó de creer en eso de que la lluvia nos moja a todos por igual. Desde su primer amor sabe que, cuando llueve de verdad, los que están tristes se dejan calar hasta los huesos por la depresión, el Prozac y el blues; y los enamorados se abandonan a la pasión incondicional, al aroma del café y el calor de las baladas; y esta noche Ella se ha abandonado de tal forma que ni siquiera piensa recriminarle a Él los 10 minutos de retraso que ya lleva. Seguro que estará al llegar, piensa mientras se dispone a conectarse al WhatsApp para ver cuánto le falta.

“¿Dónde te has metido? Habíamos quedado a menos cuarto, bonito”.

Él está conectado pero su respuesta no llega. Estará conduciendo y por eso no contesta, razona, pero con mi puntualidad me he ganado el derecho a meterle un poco de prisa: Esta noche hacemos un añito juntos, murmura mientras sus dedos se deslizan ágilmente sobre el teclado. No lo estropees llegando tarde, anda.
Venga, di algo. Tras dos o tres minutos deambulando por la pequeña porción de acera a cubierto, el móvil vibra por fin.

“Lo siento, casino, me he quedado fornido en el VALIÓ y ahora estoy en Hermon?”

Asombrosa colección de chorradas inconexas, se dice Ella al tiempo que teclea ligeramente nerviosa.

“¿Qué dices de un casino? ¿Y dónde diablos queda Hermón? ¿Te falta mucho?”

Ella intenta rastrearlo con el GPS del móvil pero Él se desconecta sin previo aviso. Este chico tiene la inteligencia justa para pasar el día, maldice en silencio odiándose a sí misma por la facilidad que tiene para idealizarlo constantemente.

Ella maldice ahora en voz alta, aullando “hijo de la gran puta” como si el viento pudiera llevar su mensaje hasta Él de algún modo. El GPS ha detectado su ubicación pese a todo. Está donde la zorra de su ex.

***
(Leer segunda parte)

viernes, 19 de agosto de 2011

Crónica de un amanecer incompleto


Una noche más, la carpa de la Peña Alegría Laurentina está abarrotada hasta la bandera. Una marea de blanco y verde me rodea allá por donde miro. De cuando en cuando, se divisa algún rebelde con camiseta negra y sin pañoleta. “Fijo que ese panoli es de Zaragoza”, aventuro indignado.

Entre bailes, risas y abrazos, noto una repentina vibración y el corazón me da un vuelco. Me llevo la mano al bolsillo y cojo el teléfono móvil para comprobar en la pantalla principal que no hay novedades.

Falsa alarma. Era una ilusión producida por la potencia de los altavoces.

Como surgida de la nada, una mezcla de impaciencia, angustia y melancolía no tarda en apoderarse de mí. Me llevo el vaso a los labios. Está vacío.

Me abro paso hasta la barra y pido otro gin tonic. Contando con los del botellón, éste es ya el… ¿Séptimo? ¿Octavo? Todo sea por no reconocer que hace rato que he perdido la cuenta. Debo de estar dejando la cartera temblando pero ése es un problema que ya atenderé mañana. Además, como es mi dinero y no el de mis padres, puedo gastarlo en lo que me dé la gana.

De puntillas, busco unas cabezas que sobresalgan por encima de la multitud. Cuando por fin consigo avistar a esos colosos de metro noventa y pico a los que llamo amigos, vuelvo al grupo.

Bailo, o al menos eso intento, pero la música no es la más acorde con mi estado de ánimo. Me pregunto si me quedará algo de tabaco…

Hurgo en el bolsillo mágico de Doraemon hasta sacar una cajetilla algo arrugada y en las últimas. Sólo tres pitis para el resto de la noche, ¡vaya mierda!

Enciendo un cigarrillo y, casi sin darme cuenta, detengo mis bailes para pensar qué estará haciendo Ella ahora, si estará por aquí y si estará tan guapa como la última vez. Al exhalar el humo, instintivamente, no puedo evitar morderme el labio inferior. Es un tic que me sale cuando algo me preocupa.

- ¿Qué te pasa, tío? Te noto como apagado.

- Nada, joder. ¿Hacen unos chupitos?

- ¿Vodka con Martini?

- Me sirve.

Al primer chupito le sigue un segundo.

Al segundo le sucede un tercero y al tercero, un cuarto... Y así hasta que la pena estalla en una avalancha de palabras que mis labios se esfuerzan por contener en mi cabeza, sellando por una noche más las puertas de mi subconsciente sedado y alcoholizado.

“No entiendo nada ¿Por qué las mujeres se comportan así?”

“¿Qué ve Ella en ese capullo analfabeto y con pintas de colgado pseudofumeta?”

”¿Qué tiene ese jodido pinchaúvas que no tenga yo?”


Una vocecilla interior, con todos los visos de ser la de Billy, el saltamontes cazallero que hace las guardias y turnos de noche en mi conciencia cuando Pepito Grillo se coge vacaciones porque yo voy cocido, se apresura a responder no sin malicia:


“Coraje. El coraje suficiente para despegar los codos de la barra, acercarse a Ella y hablar de algo más que de trivialidades.”

Aprieto los puños con rabia, desbloqueo el móvil y miro la hora: son las 6:50 y no hay ninguna llamada ni mensaje. El indicador de batería baja parpadea en el margen superior izquierdo de la pantalla.

“Se acabó. A partir de ahora no voy a comerme más la cabeza.”

“No voy a perder ni un segundo más tirado en la cama, mirando las musarañas con cara de embobado.”

Como si de una arenga militar se tratase, noto cómo con cada palabra que suena en mi cabeza me voy envalentonando por momentos, mientras la imagen de Ella se difumina.

“Voy a poner en orden mi vida: quiero mejorar mis notas, pienso cumplir con mi propósito de ir al gimnasio con regularidad, estoy decidido a comprar de una jodida vez el temario de la oposición…”

Me resulta difícil no crecerme cuando, en mi pródiga imaginación, cada uno de mis nobles propósitos se ve respaldado por todo un coro de ángeles y arcángeles que entonan “Tablones, eres un jefe”, mientras hacen ondear los pendones y banderas de Jack Daniel’s. Así sí.

“…y, ante todo, voy a dejar de fumar y de beber como un cosaco cada vez que salgo de fiesta.”

Mientras me vengo arriba pensando en todo esto, pruebo a pellizcarme fuertemente el pómulo izquierdo y confirmo que no siento ni pizca de dolor. Mal síntoma.

Pocos minutos después llega el bajón: de súbito, parece como si la cabeza me pesara una tonelada y fuera a caérseme de su sitio encima de los hombros en cualquier momento; la música de los bafles, antes muy agradable, ahora está a punto de perforarme el tímpano; tengo la boca seca, la textura de mi lengua se asemeja a la de un estropajo sin estrenar y el estómago me da más vueltas que una lavadora en modo centrifugado.

Por supuesto, los ángeles hace ya rato que han dejado de cantar y en su lugar sólo queda un solitario pastillero con la pancarta de "TEMAZO".

”Soy un puto borracho patético. Ojalá estuviera Ella aquí para cuidarme...” Me lamento.

”Pero, ¿no habíamos quedado en que Ella ya es parte del pasado?” Recuerda Billy, burlón, desde su garita de lo políticamente correcto.

Un brusco codazo me induce una pequeña arcada contenida, a la vez que me saca de mi ensimismamiento.

- ¡Tablones, espabila! ¿Otro chupito?

- Va, dale caña.

“Bueno, esto no cuenta. Los buenos propósitos comienzan mañana...” Me apresuro a aclarar con un cierto deje autoexculpatorio.

”Si es que después de este último chupito que te vas a tomar existe un mañana”, ironiza el cabrón de Billy, el saltamontes del sombrero de Larios.

¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!

Milagrosamente sigo en pie. En un acto reflejo, vuelvo a sacar el móvil. Esta vez está apagado y no responde a mis persistentes intentos de encenderlo.

Ya es casi de día y ante lo inmediato de la disyuntiva “a ver las vaquillas o a casa” me inclino sin pensármelo dos veces por la segunda opción. El suelo y las personas no paran de girar muy rápido a mi alrededor y, cada vez más, el cielo me estorba para dar vueltas. Necesito dejarme caer sobre la cama y dormir diez horas del tirón.

“Menos mal que no son mañana las simultáneas de ajedrez”, suspiro aliviado, “porque como los del club me vieran aparecer por el parque con esta merla que llevo encima, me prohibirían darlas de por vida.”

En una última y absurda idea de alumbrado, extraigo un bolígrafo Bic del bolsillo de Doraemon y pido una servilleta en barra. A duras penas, intento escribir algo sobre su superficie rugosa:

Los bailes se extinguen mientras se apaga la luna.
Al fondo, en las montañas, el cielo ya clarea.
Muere la noche en las carpas, duermen las estrellas.
Es Venus el broche que prende de este alma oscura.

sábado, 23 de julio de 2011

La antesala del futuro

La noche se cierne sobre la ciudad como un manto negro cuando Máximo atraviesa las columnas jónicas que flanquean la entrada del teatro Olimpia. Ya dentro, es engullido por la multitud que se empuja por subir las escaleras de acceso al anfiteatro. Para cuando logra encontrar su butaca, la mayoría están ya ocupadas. La obra “2036 OMENA-G” había sido muy elogiada por la crítica y las localidades estaban todas agotadas desde hacía varios días. Máximo advierte impresionado el renovado aspecto que ofrece el teatro tras su restauración: las paredes de la sala están pintadas en colores cálidos y los detalles en relieve revisten pan de oro. Desde lo alto, la luz de una lámpara inmensa ayuda a identificar los rostros del público. Está hecha de una sola pieza de cristal y los entendidos cuentan que no tiene nada que envidiar de la que preside el techo del mismísimo Liceo de Barcelona. La joya del teatro deja por fin la sala a oscuras y las voces también se apagan como respuesta casi inmediata. Se descorre el telón.

Año 2036. El reúma, la lumbalgia, el glaucoma y otros achaques de la vejez han hecho mella en la compañía de teatro Els Joglars. Albert Boadella ya estiró la pata y los componentes que quedan vivos pasan los últimos años de sus vidas en un asilo del extrarradio; en un suburbio perdido en algún lugar de una España futurista y venida a menos, en la que la calidad de vida, los modales y el lenguaje se han visto reducidos a su mínima expresión. A la sombra de ese decorado, seis virtuosos de la farándula pasan la mayor parte del tiempo en unos “porches” que poco tienen que ver con los de las encantadoras casitas de las películas yankis. Seis sillas de madera carcomida para seis vejestorios. Así es como dejan transcurrir los días: sentados, a la espera de lo inevitable.

Semirretirados de la comedia y caídos en el olvido, ninguno está ya para demasiados trotes y parece que su público lo sabe. No es casualidad que esta noche sea su última actuación: el homenaje (“OMENA-G”, que sería en la jerga del SMS) a toda una trayectoria como artistas, un hipotético 75º aniversario de la Compañía. El acto en cuestión tiene lugar en la propia residencia de ancianos y al cargo del evento están dos niñatos enfermeros vestidos estrafalariamente, empalagosos como ellos solos. Vienen del futuro. Ella es una pelirroja despampanante con el pelo corto y se da un cierto aire a la viajera intertemporal que les salva el cuello (y las mangas y los puños, si hay suerte) a los manazas de los anuncios de detergente para la lavadora, ésos que se derraman media copa de vino por encima en un alarde de torpeza extrema. Él es un guaperas musculado y con pintas de no guardar nada de valor debajo de su llamativo peinado a lo Elvis Presley.

Tanto el uno como la otra son incapaces de abrir la boca y pronunciar algo coherente a oídos del público de 2010. El castellano se ha ido degradando paulatinamente en este lapso de veinticinco años hasta convertirse en un chapurreo de palabras truncadas, Spanish for gringos y algún que otro parche de argot juvenil. “Lógica consecuencia de una educación autonómica, fragmentada y deficitaria en todos los sentidos”, reflexiona Máximo, abatido. Pese al entusiasmo que ponen en la presentación, ninguno de los dos jóvenes parece ser consciente de la relevancia de los homenajeados, a los que miman en exceso como a indefensos vegetales. “Difícilmente pueden sentir algo parecido al respeto hacia unos actores a los que, muy probablemente, nunca habrán visto sobre un escenario”, se indigna Máximo desde su asiento.

La obra sigue y se evoca ahora con añoranza el icono del cajero automático como “símbolo de este sistema neoliberal que todo lo corrompe”. Como vestigio de que una vez España se alzó sobre los tacones de hielo de una endeble clase media construida a golpe de talonario, procacidad hipotecaria y pura gula crediticia. La banca privada, por su parte, se resume en una única entidad financiera, “la Cacha”, como monopolista en la creación de depósitos a la vista. Máximo se revuelve inquieto en su butaca; no puede dejar de notar que todo esto le está dejando en la boca un cierto regusto a corralito.

En favor de “la Cacha” hay que decir que desempeña una importante labor social, dado que patrocina y esponsoriza numerosos eventos y actividades culturales, lo cual es de agradecer para el pensionista de a pie. Desde los viajes del Inserso a la discoteca Banana Beach a los descuentos para jubilados en las entradas al “Museo Reina Letizia”. Todo ventajas. Y a propósito de mecenazgos, no está de más aprovechar el descanso para introducir una pequeña cuña publicitaria, que el OMENA-G no se financia él solito: españoles de 2010, abróchense los cinturones y aflójense las corbatas porque este otoño-invierno el burka se lleva. Se pueden encontrar en Zara (o lo que es lo mismo, Zaratustra, su homóloga gigante textil de 2036) de todas las telas, formas y colores; para él y para ella.

“¡Atención, porches 65, 66 y 67: diríjanse al ambulatorio, por favor!”, anuncia una voz femenina y protocolariamente impecable por megafonía. ¡Qué remedio! Los entrañables vejetes se ponen el abrigo, se encasquetan la boina hasta las cejas y salen a la calle para desplazarse, renqueates, por vías con denominaciones tan notables como “Avenida de la Agrikultura” (sí, sí, con “K” de kilo) o “Travesía de D. Pedro Zerolo”. Una vez en el geriátrico, les da por pelearse entre sí al no alcanzar un acuerdo en el trueque de sus dosis nada dosificadas de orfidales, trankimazines, mascarillas de oxígeno y desfibriladores. Todo ello a costa de la Seguridad Social del momento, faltaría más. La riña no tiene importancia, pues por todos es sabido que a la gente mayor le encanta discutir por cualquier cosa. El motivo más habitual de disputa, verbigracia, es algo tan intrascendente como la programación televisiva: si a Ramón le apetece ver la corrida de toros del Japón (en la nueva España Federal, hace ya tiempo que la tauromaquia se prohibió por Ley), Pilar prefiere poner un programa del corazón y pasar así a engrosar el filón de audiencia que la telebasura encuentra en la figura del octogenario. Por absurdo que pueda sonar, como no se pongan de acuerdo acabarán a gritos, enzarzándose en una pugna por hacerse con el bastón que hace las veces de improvisado mando a distancia.

De vuelta al tablado, la orgía de fármacos paliativos toca a su fin irremisiblemente cuando aparece en escena “la enfermera choni”. ¡Qué decir de la enfermera choni! Es ruda, maleducada y atrozmente vulgar; pertenece inequívocamente a esa clase de personas a las que su trabajo aburre sobremanera y no les importa pagar su frustración con todo ser que les rodea. “Es todo aquello de lo que uno no se enamoraría jamás”, dice Máximo para sí.

La deferencia en el trato que la mujer dispensa a los “putos viejos” es denigrante: “¡Viejos yonkis de mierda! ¡Ya está bien de chutaros medicamentos, joder!”, brama ostensiblemente cabreada, mientras corre a retirarles por la fuerza sus cápsulas de pasatiempo.
“¡El próximo al que pille colocándose irá derechito al corredor eutanásico, como que me llamo Bibiana!”, les amenaza en un tono de perdonavidas del todo convincente.

“Año 2036. Para entonces yo tendré 46 años”, calcula Máximo, que no puede evitar sentir un escalofrío sólo de imaginarlo. Es ahora cuando comprende que el futuro implica un avance en la línea continua del tiempo pero no necesariamente otro tipo de avances.
“Si éste es el porvenir que me espera, puedes pasarme por el corredor eutanásico o por donde te salga de ahí”, piensa Máximo. “Por entonces yo ya estaré muerto…”

“…Porque en el Estado del bienestar la gente ya no muere como consecuencia natural de la edad, ni por el cese definitivo de las funciones cardiorrespiratorias”, razona. “Hoy en día la principal causa de mortalidad en España no son los infartos; tampoco el cáncer ni los accidentes de tráfico: es el conformismo. En el siglo XXI las personas mueren con la muerte de sus ideales, por el abandono de sus principios más básicos... Y en ese sentido hace ya mucho tiempo que este país huele a cadáver”.

Dos actos más tarde, se pone punto y final al OMENA-G de forma triste y emotiva, y con él, a la obra. El eco de los aplausos resuena por toda la sala del teatro Olimpia. La lámpara formidable se enciende y el venerable reemprende la ovación, aplaudiendo a rabiar la tragedia que no es sino su suerte inexorable. Entretanto, en la madrileña Plaza de las Cortes, los leones del Congreso se yerguen graves e impertérritos sobre su marmóreo pedestal. Como dos fieles cerberos, custodios de las puertas de una necrópolis de trescientos cincuenta nichos y un único epitafio:

“Aquí yace la esperanza de cuarenta y siete millones de españoles”.

Carta a la señora Luna Lunera

Techos altos, espacios diáfanos, luz blanca, cristaleras y helechos. Muchos helechos. Trajes y vestidos se aparejan con puros y rosas; mientras que el carpaccio, el ternasco, la mousse au chocolat y los licores se conjugan con otros emblemas de esa “sociedad opulenta” de la que escribía y teorizaba J. K. Galbraith. Máximo mira a los distintos comensales de las mesas circundantes, fijándose en sus rostros. Unos hablan y otros ríen. Sus labios se mueven pero de sus bocas no brota palabra alguna, ningún sonido audible más allá del murmullo colectivo y heterogéneo que se confunde con las notas de piano del hilo musical. Für Elise, de Beethoven.

Un ejército de camareros va y viene, retirando los platos vacíos y trayendo otros nuevos con comida a un ritmo vertiginoso. Después, los cafeteros vacían la taza de un trago. Atragantarse y abrasarse la tráquea es un precio que hay que pagar para llegar al baile antes que nadie e hincar los codos en la barra de los combinados. Unos fuman y otros beben. Los flashes de las cámaras de fotos se disparan esporádicamente, en sucesivos intentos de captar la imagen de los más firmes candidatos al primer premio en el concurso al vestido más bonito y a la camisa más chabacana. En cuestión de minutos, la sala se va llenando y los cubatas se van vaciando. Hacinamiento, música, ambiente festivo, humo y vendedores de humo. La afluencia de americanas en el guardarropa es un hecho preocupante. Sus portadores parecen auténticos capullos; de auténtica seda, como sus corbatas y como los tejidos vaporosos de los vestidos de sus respectivas acompañantes. Su único delito es ser superficiales pero concurre agravante por disfraz.

Máximo sale a los jardines, con ánimo de dar un paseo. La noche es fría. Se pone la americana. En el aparcamiento, a unos metros, hay quienes aprovechan el colapso de los servicios para orinar detrás de algún coche. Máximo saca el encendedor y la cajetilla de tabaco del bolsillo interior de la americana y enciende un cigarrillo. Es difícil resistir la tentación de fumar en acontecimientos en que todo el mundo lo hace, piensa mientras camina sin saber exactamente adónde se dirige. Los árboles proyectan sus largas sombras contra el suelo, iluminados ligeramente por una hilera de farolas. El cielo está oscuro por completo pero no se ve ni una sola estrella. La luna se dibuja en la negrura como una fina rodaja en forma de “C”, tan apenas perceptible a primera vista.

Mañana habrá luna nueva.

Mientras succiona una nueva calada, Máximo se pregunta cuál fue la última vez que se detuvo a observar el cielo de verdad, como lo está mirando ahora. ¿Por qué nunca se paraba a pensar en las cosas más banales? Supongo que los ciudadanos de la sociedad opulenta ya no disponemos de tiempo para elevar la vista al cielo por un momento, piensa. El día nos regala una puesta de sol cada veinticuatro horas y nosotros construimos ciudades de acero, vidrio y hormigón para privar a nuestros ojos de algo tan hermoso. La noche nos brinda una luna muda y enigmática a la que confesar nuestras alegrías, preocupaciones y amores secretos pero nosotros elegimos caminar sin despegar la vista del suelo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada bajo el peso de los convencionalismos, la burocracia y la bolsa de deporte de ir al gimnasio. Así es como dejamos pasar esas pequeñas cosas en que consiste vivir.

Afortunadamente, Máximo se da cuenta de que esas filosofadas, tan indigestas o más que la comida que aún le repite en el estómago, merecen ser pospuestas para otra ocasión más apropiada. Ésta es una noche de fiesta: Máximo celebra que está a mitad de algo y, como especialista en dejar las cosas a medias, éste es sin duda un acontecimiento señalado para él. Sus amigos lo saben y por eso han acudido de propio, así que es con ellos con quienes debe estar ahora. Aunque sabe que ya encontrará otro rato para divagar sobre lo que más le apetezca y para entonar un nostálgico “Wish you were here”, a una parte de él no le importa aguardar a que Ella se materialice de la nada para contemplar la luna con él y conversar sobre la caducidad de la juventud y la volatilidad del momento…

…¿Que quién es Ella? Ella es la “perfecta desconocida” de la que hablan las letras de las canciones, la chica guapa de las películas y la actriz misteriosa que protagoniza cada uno de los pensamientos de Máximo. Ella es inteligente y sensible. Sus ojos son humanamente expresivos, de un color que no existe en la naturaleza y de todos los colores a la vez; y cuando sonríe, el mundo deja de ser aburrido e inhóspito para transformarse en un lugar singularmente familiar y acogedor. Ella es un ser etéreo y quimérico y está hecha del mismo material que los sueños. Ella no existe. Ella es una representación de cómo el amor debería ser.

Mañana, se promete en silencio. Mañana escribiré esa carta. Ahora tengo que volver al baile.

La noche siguiente, Máximo abre la ventana para ventilar su habitación y asoma la cabeza buscando respirar aire no viciado. Parece imposible disipar ese penetrante olor a limón. Antes de cerrar de nuevo la ventana, Máximo intenta dejar volar su imaginación pero ésta se estrella una y otra vez contra los muros encalados de un patio interior. En esta noche sin luna los apenas seis metros cuadrados en que consiste su cuartucho permanecen en semipenumbra. Sobre la mesa, la luz trémula de una vela ilumina un folio en blanco.

“Señora Luna Lunera:
Ahora que tú no puedes verme ni yo a ti, te contaré un secreto…”

Máquinas irracionales

El viento soplaba racheado, corriendo tupidas cortinas de lluvia y poniendo a su merced las hojas caídas que revoloteaban sobre las adoquinadas aceras de Stonebow. Una mujer caminaba encogida, avanzando a duras penas entre el diluvio, agarrando la solapa de la gabardina con una mano y sosteniendo en la otra un paraguas ladeado por el fuerte viento. Tan sólo el rojo intenso de las luces de posición traseras de un viejo Pontiac se atrevía a romper la uniformidad gris del paisaje.

Eran las cinco en punto de la tarde cuando Alice hizo su aparición por la puerta trasera del Shambles Tea Room. Una vez dentro, avanzó sobre la gruesa moqueta sorteando la miríada de mesitas redondas hasta llegar a la sala del fondo. Allí, en una mesa situada junto a la chimenea, la esperaba sentado un hombre de unos cuarenta años, de complexión atlética y el pelo castaño peinado en un tupé que se levantaba como vestigio de una época de rebeldía no tan lejana. Se trataba de su viejo amigo de la Facultad, Anthony Blackmar, quien enseguida se levantó nada más verla llegar.

- ¡Siempre tan puntual, Blackmar! –saludó ella, burlona, antes de correr a estrecharle en un cálido abrazo.
- Mi querida Alice, nunca hay que perder las buenas costumbres –respondió él, esbozando una sonrisa.
- Tenía ganas de verte, después de tanto tiempo. Cuéntame, ¿cómo te van las cosas?
- Las cosas ni van ni vienen, simplemente pasan o no pasan. Y lo cierto es que últimamente no me pasa nada interesante.
- Veo que sigues tan misterioso como de costumbre.

Él le ayudó a quitarse la gabardina empapada y le ofreció sentarse en la silla que había estado guardando a propósito. Siempre se reunían en esa mesa en concreto. En la chimenea, un par de leños se consumían lentamente, avivando un fuego que proporcionaba a la pequeña salita la luz y el reconfortante calor tan necesarios para olvidar los rigores del clima otoñal en aquella ciudad del norte de Inglaterra.
Blackmar pidió té y prosiguieron con la conversación.

- Y tú, ¿qué novedades tienes para contarme? –preguntó él.
- No gran cosa, la verdad –respondió Alice, evasiva.
- No esperarás que me crea eso, ¿verdad? Siempre que me convocas aquí es porque hay algo que te preocupa, y mucho.
- Está bien, tú ganas –concedió ella-. Hay algo que me preocupa hasta el punto de entristecerme cada vez que pienso en ello.
- Dime, pues, ¿de qué se trata?
- He tenido una discusión con un amigo, con el mejor, y llevamos días negándonos la palabra.

Blackmar se quedó pensativo, mientras tomaba la tetera y servía dos generosas tazas. Sin mudar la expresión, vació la mitad del sobrecito de azúcar y vertió el contenido del dedal de leche en su taza, para después remover la mezcla mientras recorría con la mirada todos y cada uno de los grabados en blanco y negro que cubrían una de las paredes. Sobre la chimenea, descansaba enmarcado un disco de vinilo firmado por Morrissey. “Definitivamente, me gusta este sitio”, se dijo.

- ¿Recuerdas el motivo de la discusión? –preguntó, sin dejar de remover con la cucharilla.
- Bueno, el desencadenante del enfado es posible que fuera una tontería, pero el motivo verdadero venía ya de lejos.
- Prefiero no entrar en detalles, así que simplemente te haré una pregunta.
- Dispara –le animó Alice.
- ¿Echas de menos poder hablar con él?
- Sí –contestó ella sin dudarlo-, más que ninguna otra cosa.
- Entonces ten por seguro que a él le ocurre lo mismo.
- ¿Cómo estás tan seguro de eso?

Anthony Blackmar se tomó su tiempo antes de contestar. Se llevó la taza a los labios e inmediatamente la volvió a depositar bruscamente sobre el platito, antes de prorrumpir en exclamaciones: “¡joder, cómo quema esto!”. Algunos de los silenciosos clientes de las mesas de alrededor volvieron la cabeza hacia la mesa de Blackmar y dirigieron a éste una mirada reprobadora. Alice rompió a reír.

- Verás –continúo Blackmar-, la amistad es lo que entre juristas podríamos llamar un contrato bilateral, un sentimiento de ida y vuelta.
- De modo que las emociones, se trate de alegría o de tristeza, son siempre compartidas –apuntó Alice.
- Exactamente –convino Blackmar-. Aunque si esa situación de impasse y silencios helados se prolonga demasiado, podríais llegar a un punto de no retorno.
- ¿Y qué puedo hacer yo para que todo se arregle?
- Muy sencillo. Habla con él.
- ¡No es tan fácil! –protestó ella-. Los dos creemos tener la razón y ni él ni yo queremos dar nuestro brazo a torcer...
- Ninguno tenéis la razón –interrumpió Blackmar-, pues difícilmente se puede tener algo que no existe.
- ¿Cómo que no? ¡Usted es juez, ilustrísima! Precisamente le pagan por que dé la razón a una de las partes litigantes –replicó ella, sarcástica.
- La razón, como un absoluto, no existe –insistió él-. Y si existe ha de ser algo demasiado grande y poderoso como para pertenecer en su totalidad a una sola persona.

Alice reflexionó seriamente sobre lo que para ella significaba su mejor amigo. Si se sentía tan cómoda hablando con él, era porque sabía que siempre estaba dispuesto a escuchar atentamente sus problemas, que muchas veces no eran éstos más que tonterías pasajeras, y él siempre le ofrecía un punto de vista diferente, un cristal a través del cual poder ver las cosas de otro color. Era por eso que deseaba que todo volviera a ser como antes.

- Aun así, no quiero ser yo quien dé el primer paso. Ir a hablar con él significaría arrastrarme.
- ¡Qué fácil es decir “daría la vida por ti” y qué difícil, a veces, decir “me tragaría mi orgullo por ti”! –suspiró Blackmar-. Eso a lo que tú llamas arrastrarse, yo lo llamo ceder.
- Esta vez no hay nada por lo que deba disculparme, nada por lo que ceder. Fue él quien me hizo daño.
- Todos nos equivocamos, ¿sabes? Es parte de nuestra condición de personas.
- ¡Claro, si no seríamos máquinas!
- No exactamente –puntualizó él-. Hasta las máquinas cometen errores. Lo que de verdad nos hace humanos no es nuestra facilidad innata para equivocarnos, sino nuestra capacidad para arrepentirnos después, para pedir disculpas y aceptarlas.
- Suena del todo lógico. Aceptaré gustosa sus disculpas cuando él me las pida.
-Todo empezó por intentar dilucidar quién tenía razón, ¿no es así?
- Así es.
- En tal caso me temo, aunque pueda sonar paradójico, que la búsqueda de la razón os ha ido llevando poco a poco al terreno de lo irracional. Ahora mismo sois incapaces de pensar. Ya sólo os guiáis por impulsos, por sentimientos ciegos.
- Es inevitable. Las personas pensamos muy lentamente para la rapidez con que sentimos –arguyó ella, pesarosa.
- Tal vez sea por eso que la “razón” se ve contenida en la palabra “corazón”, como una parte de una realidad superior.

Se quedaron en silencio. Con la mirada concentrada en sus respectivas tazas de té. Alice echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Faltaban dos minutos para las seis, y a las seis y media Blackmar comenzaría los juicios rápidos. La conversación empezaba a agonizar ante lo inminente de la despedida.
Eran pocas las cosas que sabía sobre Blackmar, aparte de que era un hombre ocupado que se entregaba apasionadamente a su trabajo. Las ocasionales veces que quedaban para ponerse al día no solían platicar más allá de una hora, pero ella era consciente de la indisponibilidad de su viejo amigo y por eso le agradecía cada minuto del valioso tiempo que empleaba en escucharla. Cada vez que Alice le preguntaba por algún detalle de su vida privada, él cambiaba de tema de conversación con sorprendente habilidad. “Un tipo misterioso”, pensaba ella.

Eran las seis y diez minutos y fuera seguía lloviendo con la misma intensidad. Alice paró un taxi.
Las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal de la ventanilla, impidiéndole reconocer las calles que atravesaban. Los charcos salpicaban ruidosamente bajo las ruedas del vehículo, sin lograr acallar del todo el aullido del viento. Únicamente las luces borrosas del tráfico infundían algo de color a aquel lienzo gris y desvaído.

“Como una parte de una realidad superior...”, repitió Alice para sí. “La parte más importante. Aquélla que pone el acento y la musicalidad en la palabra”.

La extraña visitante

3:10 AM. Desde las alturas de Manhattan, un hombre y una mujer admiran en todo su esplendor la ciudad durmiente de Nueva York. Los rascacielos irrumpen majestuosos en medio del cielo nocturno, dejando adivinar una vida latente detrás de cada ventana iluminada. Da vértigo mirar hacia abajo, donde los coches no son más que destellos diminutos atravesando el cruce de la 47 con Madison a toda velocidad, en un parpadeo efímero.

Luz tenue, tonalidades pastel, ostentosos muebles de diseño y alguna pieza de decoración de estilo bohemio componen el clima del ático junto con un vinilo que da vueltas incansable sobre un viejo tocadiscos, inundando la estancia de una música que invita a relajarse. Ella está descalza, arrellanada al lado de él en uno de los sofás de cuero frente a la pared acristalada, con la mirada perdida en la negra espesura de Central Park. Ha bebido demasiado y la copa de vino tiembla ligeramente entre los dedos de su mano, mientras ríe ahora escandalosamente por algo muy gracioso y oportuno que él ha dicho o hecho.

Ella se aproxima más a él, que le dedica una amplia sonrisa. Están peligrosamente cerca y pueden sentirse, hasta el punto de que él puede oler cada gota del fragante perfume que impregna el grácil cuello de ella; puede hasta oír su excitada respiración por encima del ruido ambiental que emana del impasible tocadiscos. Están cada vez más cerca el uno de la otra. Ella se arrima más aún y abre la boca para decir algo, pero él sabe que no le dará tiempo a terminar la frase porque la besará antes. Se besarán apasionadamente y acabarán haciendo el amor envueltos en un halo de locura, deseo y frenesí.

Él sabe que, como tantas otras veces, despertará al día siguiente y se encontrará a sí mismo abrazando el hueco vacío que habrá dejado en su cama la extraña visitante antes de irse sin avisar. Sabe también que nada más abrir los ojos todavía podrá sentir el calor residual que quedará entre las sábanas junto a un fuerte sentimiento de vacío y de culpa: de vacío, porque de nada le servía sentirse deseado cuando lo único capaz de llenarle era querer y saberse querido; y de culpa, por creer que con sus escarceos amorosos estaba traicionando sus sentimientos hacia la persona que de verdad amaba.

Por suerte, sabe que esa aflicción inicial no durará más allá del tiempo que le cueste lavarse la cara, preparar café y devorar con avidez los titulares en negrita del Wall Street Journal y el Financial Times. Después de eso, se desplazará en metro hasta Pearl Street, donde se encuentra la sede de la prestigiosa firma auditora para la que trabaja. Allí pasará el día entero facturando las muchas y muy bien pagadas horas que le permiten financiar su desenfrenado estilo de vida y la hipoteca de su piso de ensueño; y cuando finalmente vuelva a éste, seguramente se dejará caer agotado sobre el mismo sofá en el que está sentado ahora y engullirá con apatía el plato de tallarines fríos de la nevera, con la voz del locutor de algún programa de radio insustancial por toda compañía.

Como de costumbre, al terminar la emisión agarrará la botella de The Glenrothes y un vaso con hielo para poder así reunir el valor necesario para hablar con la única persona capaz de hacerle sentir lleno. Tres o cuatro vasos más tarde, acabará una vez más con el teléfono móvil en la mano, un número de prefijo extranjero marcado y el pulgar bailando indeciso sobre la tecla verde de “llamar”, que terminará por no pulsar.

Así es la vida de él: la vida de un hombre retraído que vive para el trabajo. De vez en cuando, y de forma pasajera, consigue olvidar su soledad gracias a esas “extrañas visitantes” que entran en su vida con tanta facilidad como salen de la misma; pero la realidad es que la gran mayoría de las noches las pasa tirado en el sofá, con la radio sintonizada en una de esas emisoras para conductores e insomnes, imaginando qué estará haciendo su amor platónico en cada preciso instante, preguntándose si también ella dedica un pedacito de su día a pensar en él.

- Es precioso –musitó por fin ella-, algo así como una ventana abierta al mundo.
- Sí, lo es –repuso él, lacónico, antes de desencadenarse un incómodo silencio.
- ¿Qué te ocurre? De repente te has quedado callado.
- Nada, estoy bien –dijo él bajando la mirada para disimular una lágrima que rodaba por su mejilla.
- ¡Estás llorando! –se sorprendió-. En serio, ¿qué te pasa?
- Nada, estoy bien –repitió, esta vez con mayor entereza.
- ¿Quieres que me vaya?
- No lo sé –confesó él.
- ¿Es porque no te apetece estar conmigo?
- Sí, y porque es tarde –mintió.
- Entonces creo que estoy perdiendo el tiempo aquí –dijo ella visiblemente irritada antes de calzarse, coger el bolso y el abrigo y salir dando un portazo.

3:55 AM. Desde las alturas de Manhattan, él deja morir la noche y marchitar sus sueños. Bebiendo de más lo mucho que la echa de menos, mientras cada lágrima le recuerda que su vida no siempre fue así.

Billete de ida para un librepensador

“El mundo es lo suficientemente pequeño como para visitarlo en una vida”. Estas palabras no pertenecen a ningún erudito ni salieron de la boca de un filósofo o historiador, simplemente las dijo Martín. De él es de quien quiero hablaros hoy. Ignoro qué edad tendrá y a qué se dedica ahora, pero cuando yo lo conocí aparentaba unos treinta y trabajaba de camarero en una pizzería italiana situada en una céntrica calle de la amurallada ciudad de York.

En esa misma pizzería recalamos por casualidad el primer día cuatro españoles hambrientos recién salidos de nuestras clases de inglés matutinas, de suerte que quedamos inmediatamente cautivados por lo gustoso de la comida y lo humano del trato. A partir entonces, los días –muchos- en los que el mal tiempo nos impedía comer al aire libre en los jardines del museo, empezamos a dejamos caer con bastante frecuencia por el número 15 de Walmgate. Hasta allí nos arrastrábamos hipnotizados por el inconfundible aroma a mozzarella, orégano y albahaca que nos asaltaba nada más abrir la puerta y que precedía el caluroso saludo de Martín, quien enseguida nos mostraba nuestra mesa y corría apresuradamente a la cocina a anunciar a Paolo, el dueño, nuestra llegada. En medio del asfixiante estilo de vida británico resultaba vivificante tener un pequeño ‘break’ durante el cual poder hablar castellano con alguien, y ese alguien era Martín.

Recuerdo a Martín como una de esas personas, tan escasas hoy en día, que se dedican a endulzar con su simpatía y buen humor el día a día de quienes les rodean, haciendo la vida de los demás un poco más agradable. Aquel hombre siempre tenía un piropo guardado para las chicas, y nunca dejaba de sorprendernos con una anécdota inédita que narraba con el donaire característico del habla argentina. Sí, Martín era argentino, pero antes de cumplir los veinte decidió hacer las maletas y coger un avión de Buenos Aires a Madrid. Allí estaría un año trabajando –dos a lo sumo- antes de tomar un nuevo avión con destino a Amberes. Cuando se cansó de Amberes tomó un vuelo a Praga y más adelante volaría a Copenhague, a Bremen y a unos cuantos lugares más que no recuerdo antes de ir a parar a York. De forma que cada día, mientras nos atendía y nos tomaba nota, compartía de buen grado con nosotros una nueva experiencia personal: una de tantas peripecias que le acontecieran en alguno de sus múltiples viajes.

En cada ciudad había aprendido un nuevo idioma y una nueva forma de ganarse la vida honradamente, había llegado a hacer unos pocos y buenos amigos y había seducido a distintas mujeres, pero lo cierto es que no había nada capaz de atarle a una ciudad en concreto. Siempre llegaba un momento en que sentía que su existencia se tornaba monótona, y quizá fuera por eso que nunca permanecía demasiado tiempo en el mismo sitio. “Yo no soy argentino, yo soy de todas partes” -solía bromear-.

Para alguien como Martín, que consideraba la vida en sí misma como un regalo, resultaba difícil concebir cosas lo suficientemente importantes como para sentir dolor o tristeza al dejarlas atrás. Nada era demasiado valioso para un hombre que había cruzado medio globo terráqueo llevando consigo únicamente una vieja mochila en la que guardaba sus escasas pertenencias; y nada era demasiado grande para una persona a la que se le antojaba pequeño este mundo. De hecho, apostaría lo que fuera a que ahora mismo el bueno de Martín se encuentra en algún otro lugar muy distinto de aquél en el que le conocí.

Nunca he creído en el destino pero, a veces, no puedo evitar pensar que las líneas maestras de mi vida han sido ya trazadas por el simple hecho de haber nacido en una ciudad concreta, en un hogar determinado y en un momento preciso; como si la casilla de salida y las reglas del juego me hubieran sido impuestas. Es entonces cuando evoco las palabras de Martín y me dejo tentar por la idea de echar en una bolsa de viaje dos mudas limpias y algo de dinero y comprar un billete para el primer avión en despegar; dejando en manos de la suerte el lugar de destino, mi casilla de aterrizaje.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la distancia más difícil de salvar no es la que cruza el Atlántico o la que atraviesa los Alpes, sino la que aleja cada vez más mi vida de la vida con la que siempre he soñado; la misma distancia que hoy separa mis pies del aeropuerto más cercano. Es cuando nada parece tener sentido, en esos momentos en que me siento fuera de lugar y nada me sale bien, cuando me obligo a mí mismo a creer que aún estoy a tiempo de tomar ese avión y volar lejos, muy lejos de aquí…

…Rumbo a cualquiera de esos lugares que sólo existen en lo más profundo de mi imaginación como una chincheta clavada sobre las coordenadas al azar de un colorido mapamundi. Con la tranquilidad de saber que no me esperan en ningún sitio. Con la certeza de pertenecer a todas partes.

Destrucción de la monotonía / Construcción de suerte

Aquella mañana me levanté lleno de energía, dispuesto a zambullirme de lleno en la rutina de siempre pero con más ganas que nunca. Me embutí en un chándal, me calcé las zapatillas y salí a la calle a correr los cuatro kilómetros que me separaban de las luces del puerto y del amanecer. Una vez de vuelta en casa me duché con agua caliente, sintiendo cómo cada gota de agua resbalaba por mi piel abrazándome en una sensación de calidez. Envolví mi cuerpo en una toalla mullida y escribí con el dedo índice tu nombre en el vaho que empañaba el espejo. Las letras no tardaron en difuminarse hasta desdibujarse por completo y dar paso al reflejo de mi rostro, que me miraba fijamente y parecía decirme “sí, te veo feliz y sonriente, pero necesitas un afeitado a la voz de ya”.

Siguiendo mi propio consejo me afeité a conciencia, aunque la cuchilla estaba tan desgastada que se hicieron necesarias varias pasadas hasta conseguir el apurado deseado. Después me puse unos vaqueros desgastados, elegí la única camisa de la que a priori podría decirse que estaba planchada y me dirigí a la cocina a preparar un buen desayuno, el mismo de todos los días: una taza de té verde con media cucharilla de azúcar, un huevo duro, tostadas con cualquier cosa que hubiera por la nevera y un bol gigante de leche con Corn Flakes…

…No, no quedaban Corn Flakes pero no importaba. Me sentía tremendamente bien y nada podía echarme a perder el día, de modo que me colgué la “chupa” al hombro, salí por la puerta y salté los escalones de dos en dos para bajar al súper a por los puñeteros cereales.

Antes de pasar por caja, me acordé de comprar también cuchillas desechables para la maquinilla y un par de cosas más que necesitaba. No pude menos que maldecir entre dientes cuando me encontré con que en la caja rápida había una cola de seis o siete personas. Si había algo que aborrecía sobre todas las cosas, ese algo era sin duda esperar. Siempre me había considerado a mí mismo un tipo al que le gustaba llegar a todo en la vida y lo cierto es que, por aquel entonces, estaba aprendiendo a valorar mi tiempo por encima de todas las cosas.

- ¿Te pongo bolsica? –la voz de la cajera sonaba con una amabilidad entrenada, rayana en el automatismo.
- No hace falta, gracias.
- Serán trece con cincuenta y ocho.

Entonces, mientras mi compra y yo atravesábamos las puertas correderas del supermercado, me di cuenta de la hilera de clientes que se había formado detrás de mí y de pronto pensé que, sin quererlo así, yo también había hecho esperar a otras personas. Personas que, por suerte o por desgracia, iban a llegar por mi culpa unos preciosos segundos más tarde a dondequiera que se dirigieren. Ese lugar podía ser cualquiera: desde una importante entrevista de trabajo hasta el estanco donde se vendía el último décimo del número de lotería que -a la postre- sería el premiado, pasando por el kilómetro de la carretera en el que iba a producirse un accidente de tráfico o, simplemente, su casa.

Y hacia la mía caminaba precisamente yo, intentando acaso comprender la escalofriante magnitud y el alcance del caprichoso poema de lo cotidiano, cuando me topé con un semáforo en rojo. Uno de esos modernísimos semáforos empalagosos que incorporan un segundero, como si quisieran burlarse del transeúnte midiendo el tiempo que le están haciendo perder. “¡Otra vez a esperar, joder! 70 interminables segundos con la vista fija en la cuenta atrás y en el muñeco rojo estático”.

Fue entonces, cuando apenas habrían transcurrido 30 de aquellos eternos segundos, cuando apareciste tú de la nada, al otro lado del paso de peatones. Me miraste y me dedicaste una de esas sonrisas con las que sin saberlo ni pretenderlo habías conseguido en tan poco tiempo volver mi mundo del revés. La misma sonrisa que en ese momento derretía mi corazón y congelaba en algún lugar de mi mente cada palabra de amor sincero que luchaba por escapar de mi boca.

Y yo te devolví la sonrisa, mientras en silencio daba una y otra vez las gracias a la caja vacía de Corn Flakes, a mi barba de leñador, al filo prácticamente romo de la cuchilla de afeitar, a esos seis o siete clientes que me habían precedido en el la caja del supermercado, a ese semáforo en rojo y a todas y cada una de las insignificantes cosas que habían hecho posible que tú y yo coincidiéramos, de la manera más absurda, en aquel lugar y en aquel instante; en aquel irrepetible rincón del espacio-tiempo. ¿Era el destino quien lo había querido así? ¿Podía yo considerarme un tipo con suerte? Quizá Oscar Wilde ya se planteara este tipo de cosas en su época cuando dijo aquello de que “el destino baraja las cartas pero nosotros jugamos”.

El semáforo se puso en verde y caminé decidido hacia ti, sin importarme lo cómico de mi aspecto con una caja de cereales bajo el brazo. Las cartas estaban ya magistralmente mezcladas y me tocaba jugar. Nos tocaba jugar.

La forma de las nubes

Miriam cerró los ojos deseando abrirlos y encontrarse en un lugar o en un momento lejanos. Apretó los párpados con fuerza, mientras imaginaba que nada de lo que le rodeaba era remotamente real, e inspiró hondo varias veces intentando relajarse y alcanzar ese estado de semiinconsciencia que conocía tan bien. El aroma a espliego y a césped recién cortado no tardó en reconfortarla y hacerla sentir bien. Quizá era por eso que siempre que necesitaba pensar acababa refugiándose en el jardín.

Allí solía extender una manta sobre la hierba y dejaba pasar las horas tumbada boca arriba, mientras observaba los lentos movimientos de las nubes. Era realmente relajante, y ella sabía que allí ni siquiera sus padres se atrevían a molestarla, que era completamente libre para dejar volar su imaginación y sumergirse en los recuerdos. Recuerdos en los que Él no era parte de su día a día; cuando aún no tenía autorización de ningún tipo para colarse en su cabeza y ocupar la mayor parte de sus pensamientos. Entonces todo era fácil y no tenía que enfrentarse a decisiones complicadas…

Era sábado, y aquella noche tocaba reunirse en casa de su mejor amiga. Estarían todas y el plan era el mismo de siempre, cuidando hasta el último detalle: prepararían una cena suave, después verían una película acompañada de las pertinentes tarrinas de helado de chocolate y, finalmente, tendría lugar la parte en la que abrían sus corazones y un par de botellas de vodka para contarse todo tipo de confidencias y reírse de las pintorescas personas que pasaban por sus vidas, hasta que se hacía la hora de salir a bailar al garito habitual.

En esta ocasión, toda la atención correspondería a Miriam. Todas ardían en deseos de que les hablara de aquel chico nuevo que había conocido, y Miriam necesitaba más que nunca poder confiar en sus amigas porque sentía que toda ella era un mar de dudas. Por un lado estaba harta de sufrir y no quería volver a pasarlo mal enamorándose pero, por otro, era inevitable que las preguntas de siempre surgieran de la nada para hostigarla de la forma más inoportuna: ¿y si por una vez merecía la pena? ¿Y si Él era distinto a los demás? ¿Y si por culpa de su escepticismo hacia los hombres estaba a punto de perder la oportunidad única de conocer a una persona excepcional?

Entonces Miriam contuvo la risa al preguntarse qué diría Él si fuera someramente consciente del acalorado debate que iba a suscitarse en su nombre aquella misma noche. Ella ya había elaborado mentalmente una lista con los “pros”: era un chico sensible y algo tímido, a la vez que divertido e ingenioso, que sabía hacerla reír, y, bueno… a ella le parecía bastante guapo. Pero algo le decía que no podía existir nadie así, y confiaba en que sus amigas y el vodka se encargarían de derribar con una larga lista de “contras” aquella fachada perfecta para descubrir al cretino que se escondía tras ella.

En fin, ya se había comido la cabeza más de lo recomendable por aquel día. Además, se estaba haciendo tarde y todavía tenía que hacer varias cosas, entre ellas arreglarse para esa noche. Quería estar deslumbrante, y el chándal desgastado que vestía unido al pelo encrespado que lucía en aquel momento no era la mejor manera de conseguirlo. Así que ya iba siendo hora de dejar las tonterías para más adelante y aterrizar de nuevo en el jardín.

Al volver a abrir los ojos, Miriam se encontró a sí misma tumbada sobre la misma manta y bajo el mismo cielo azul. Todo seguía igual. No había cambiado su situación, ni sus sentimientos hacia Él. Tampoco habían cambiado sus miedos ni su forma de hacerles frente. Nada había cambiado, salvo la forma de las nubes.

El álbum de los gatos

Los días precedentes a los exámenes de septiembre fueron muy ajetreados para Máximo. El recientemente recobrado afán de superación y el incipiente pánico ante la proximidad de las terceras convocatorias habían hecho de la biblioteca su segundo hogar. El primero, por el que tan apenas se dejaba caer para comer y dormir, empezaba a echar en falta su presencia. Buena prueba de ello era el hecho de que su habitación ofrecía un aspecto bastante descuidado.

Algunos de sus CDs favoritos de rock alternativo estaban desparramados sobre la cama, todavía sin hacer. Unos cuantos ejemplares atrasados de la revista Jaque ocupaban la mayor parte del espacio útil del escritorio, junto a un tablero de ajedrez vacío y varios cientos de fichas de póquer meticulosamente agrupadas en pequeños montoncitos iguales. Sobre la silla, una montaña de ropa todavía por planchar hacía ridícula la idea de que alguien pudiera sentarse allí algún día, mientras que un arsenal de bolas de papel arrugadas -y que horas antes bien pudieron haber sido apuntes de microeconomía- salpicaban el suelo aleatoriamente. Todos esos trastos y muchos otros coexistían asombrosamente en medio del caos más absoluto que presidía la habitación de Máximo.

“Parece que aquí hace falta un poco de orden” –se dijo, ladeando la cabeza en un gesto de desaprobación-.

De modo que nada más acabar la jornada de estudio decidió ponerse manos a la obra. Se propuso empezar por lo más aburrido, planchar la ropa, pero el calor que despedía la plancha unido al bochorno proveniente de la calle hacían la atmósfera irrespirable, así que Máximo no tardó en desistir de su propósito. “Mejor será que siga con mi limpieza por otro lado” –razonó, mientras se enjugaba el sudor con una toalla-.

Y así, erguido sobre una banqueta, mientras buscaba a las revistas y CDs un hueco libre en la balda más alta de la estantería, fue como Máximo hizo su descubrimiento. Al principio no recordó de qué se trataba pero cuando extrajo el grueso volumen de la estantería no pudo reprimir una sonrisa: era “el álbum de los gatos”. Él siempre lo había llamado así en honor a la encuadernación hortera que revestía sus tapas duras de cartón: un estampado de gatos gordos, con cara de simpáticos y de colores chillones que se destacaban sobre un fondo azulón.

Máximo llevaba tantos años sin saber de la existencia de aquel álbum que había llegado a olvidar por completo las fotos que contenía; así que decidió aparcar momentáneamente sus intenciones de recoger el cuarto y abrió el álbum por la primera página.

Desde la primera instantánea, un chavalín de unos cinco años le devolvía una mirada desafiante y llena de vida, posando orgulloso junto a un castillo de arena casi tan alto como él. Tenía el mar a sus espaldas y la brisa hacía ondear aquella camiseta de Mickey Mouse que le venía un pelín holgada, al mismo tiempo que revolvía su rebelde mata de pelo rubio, con su eterno remolino imposible de peinar.

A pie de foto, la ágil e indescifrable caligrafía de médico de su madre decía únicamente:
“septiembre de 1995”.

Quince años exactos separaban a aquel pipiolo rubito de mirada limpia y despreocupada en sus ojos oscuros de ese veinteañero, con más problemas en la cabeza y menos pelo, que le contemplaba emocionado a través del tiempo.

De pronto Máximo pensó que, a pesar del paso de los años, algunas cosas no habían cambiado ni cambiarían nunca: aquel día de septiembre de 1995 dedicó una tarde entera de cubo y pala a construir aquel castillo; y quince años después, la vida no se cansaba de plantearle nuevos retos en su día a día: castillos de arena mucho mayores que habitualmente requerían de todo su tiempo, ingenio y dedicación para ser erigidos.

Pero todo problema parecía pequeño y todo obstáculo era salvable para Máximo porque, al igual que el chico de la camiseta de Mickey Mouse, nunca se rendía cuando se trataba de encontrar la felicidad.

Luces y sombras

Se encienden los focos. La silueta de una persona se ilumina con luz tenue, recortando su sombra negra y alargada contra el tablado del escenario. Está situada de espaldas y lleva cubierto el rostro, y sin embargo crees saber bien de quién se trata.

No tardas en salir de dudas cuando la persona anónima se desprende de la máscara y vuelve su rostro al público. ¡Pues claro que es Ella! Y además está preciosa, como la última vez. Es por eso que has comprado una entrada de palco para la misma obra a la que llevas asistiendo semana tras semana durante los dos últimos meses. Porque dos meses han pasado ya desde que encontraste aquellas dos entradas encima de la mesa de tu despacho. “Algún contribuyente agradecido”, pensaste, al tiempo que lamentabas no tener con quién ir-. Finalmente fuiste al teatro solo. “¡Igual de solo que has acudido esta noche!", te reprochas duramente.

Te obligas a dejar de pensar cuando por fin empieza la función: un sinnúmero de personajes hacen su aparición en escena; van, vienen y se mueven con más o menos torpeza a lo largo y ancho del escenario para finalmente esconderse tras los pliegues rojos del telón en un mutis patético. No les prestas la menor atención porque estás convencido de que sólo Ella la merece: sería delito perder detalle del más sutil de sus gestos y aún más terrible sería no recordar una de las pocas pero bien elegidas palabras que brotan de sus carnosos labios. Es maravillosa. No puedes apartar los ojos, y la culpa la tiene ese mismo magnetismo irresistible que te ha atraído hasta aquí esta noche y todas las anteriores.

Por eso la obra transcurre y no sabrías decir en qué momento perdiste el hilo de la trama. Ahora que el único argumento es Ella ya es tarde para reengancharse y, sin saber muy bien por qué, piensas que no te importa lo más mínimo. No tienes ni idea de cuánto tiempo llevas sentado en esa incómoda butaca, pero en este instante ése es el menor de tus problemas. “Ojalá esta función durase eternamente”, deseas.

De pronto, se hace el silencio.

Se apagan los focos. Se encienden las luces y -¡sorpresa!- Ella ya no está; se ha esfumado una vez más y la obra ha tocado a su fin. De repente, sientes la necesidad imperiosa de ir tras Ella pero algo te detiene. ¿Y si estás luchando por algo irreal, por un reflejo de lo que tienes delante de ti? ¿Qué pasaría si detrás del escenario, en la vida misma, no es tan perfecta?

Sí, tienes miedo de conocerla lejos de la luz de los focos, más allá de su papel perfecto en el guión perfecto. Así que te levantas, sin esperar a la reverencia y los aplausos, y te abres paso entre las hileras de butacas para abandonar discretamente el edificio por la salida de incendios. Ya ha pasado el último autobús, así que vuelves a casa andando, metiendo el pie en todos los charcos posibles mientras piensas en lo que has sacado en limpio de esta noche como espectador.

Sería desilusionador sentir que has estado persiguiendo una perfecta fantasía -concluyes-, una mera ilusión óptica. Luces y sombras, nada más.

La cima

Todo empezó siendo un juego, el desafío de llegar a lo más alto. Subir sin parar hasta alcanzar la cima. Ha pasado mucho tiempo desde que todo empezó y hoy, un día cualquiera, me confiesas que has sido incapaz de llevar a cabo tan ambiciosa aspiración.

Dime sinceramente, ¿qué esperabas encontrar arriba? ¿Tal vez un rótulo de neón gigante que rezase “Enhorabuena, ha llegado usted más lejos que nadie en la vida”? ¿O quizás un mirador desde el que lanzar una mirada al infinito y sentir el mundo bajo tus pies como una realidad distinta?

La única realidad, amiga mía, es que no hay cima, por lo menos no la que tú buscas. Tu subida siempre va a estar marcada por laderas escarpadas y pendientes pronunciadas, pues no hay otra cosa. Lo más sensato era subir poco a poco, haciendo descansos y deteniéndote de vez en cuando para ofrecer y recibir ayuda de otros escaladores. Tú, en cambio, preferiste continuar con tu alocado ascenso en pos de nadie sabe qué. Ni siquiera tú sabías lo que perseguías.

Pero nada es eterno, salvo la propia ladera, y llegará un momento en el que tus fuerzas habrán de flaquear. Ése será el día en que caigas de verdad: tu mano se desasirá de la roca –la misma a la que en su día estuvo firmemente agarrada- y sentirás tu cuerpo precipitándose al vacío. Entonces suplicarás por que uno de tus no tan intrépidos amigos a los que dejaste atrás siga ahí abajo para tensar la cuerda, porque de lo contrario tan sólo un mar de rocas afiladas te esperará al final para frenar tu caída.

Todo empezó siendo un juego, aunque dejó de serlo desde el día en que olvidaste que quien llega más alto es también quien más trozo tiene para caer.

'Maverick'

Había pasado ya un tiempo, y Máximo comenzaba a advertir día tras día una serie de cambios para mejor. Después de todo, la brisa marina y el trabajo al aire libre le habían venido bien para cambiar de aires, y las sales y el yodo del agua del mar estaban resultando ser el mejor bálsamo para cicatrizar las múltiples heridas y laceraciones que salpicaban su torso desnudo. Pero la mejor noticia era sin duda que, tras varios días de duro trabajo, parecía que la embarcación no tardaría en estar reparada por completo y pronto llegaría el día en que debiera zarpar de nuevo. Máximo podía sentirse orgulloso de haber superado con éxito los desafíos que se había planteado como punto de partida. No estaba mal para empezar, pero él mismo era consciente de eso…
…de que las cosas no habían hecho sino comenzar.

De momento lo estaba consiguiendo. Antes se habría arrugado ante la mínima adversidad, y ahora, sin embargo, seguía todavía ahí, aguantando estoicamente el ardor del sol sobre su espalda, enjugándose cada gota de sudor que perlaba su frente mientras remendaba las jarcias o claveteaba las tablas sueltas de la cubierta. Sentía que cada segundo que pasaba embreando el casco de su viejo velero era un instante precioso; que todo esfuerzo era poco con tal de hacerse de nuevo a la mar, a bordo del ‘Maverick’.

Entonces Máximo tendría una nueva oportunidad para llegar hasta ella, dondequiera que estuviere. Y no pensaba zozobrar tan fácilmente como la última vez, no: en esta ocasión no iba a dejarse embaucar por los cantos de las sirenas, conseguiría burlar la persecución de los más hábiles piratas, lograría esquivar hasta el último escollo, y se juró a sí mismo que cuando llegaran las primeras tormentas permanecería erguido delante del timón, impasible, hasta las últimas consecuencias. Esta vez -se convenció- no habría ola lo suficientemente grande para derribarle.

Pero muy en el fondo de su ser, Máximo descubrió que ardía en deseos de volver a naufragar…
…y naufragaría cuantas veces hiciera falta, con tal de poder hundirse por siempre en las profundidades grises de aquellos ojos misteriosos e insondables.

Pesadilla antes de Navidad

- Disculpa, chaval, ¿queda muy lejos el Corte Inglés? –esto lo pregunta un peatón de media edad, mediana estatura y medio pelo la tarde del pasado jueves-.

¡Qué va! ¿Ve esas luces de colores? Sólo tiene que seguirlas y llegará a la primera residencia del capitalismo, al santuario del consumo sin mesura y a su magnífica entrada presidida por una consigna y cinco palabras: “Que no falte de nada”. No tiene pérdida, sólo tiene que levantar la vista a la altura de las farolas y dejarse guiar por ese ingente batallón de estrellas, campanas, trompetas y no se qué gaitas más. Y si a éstas les añadimos algún que otro “Felices Fiestas” o “Merry Christmas” (“Bon Nadal” sería ya el acabose), tenemos cubierto el paso definitivo para convertir, por plazo de dos semanitas, las calles céntricas de la metrópolis en una fulgurante Las Vegas. Se trata de un ineludible rastro de migas de pan que conduce a miles de Pulgarcitos manirrotos a la zona comercial de la ciudad: una luminosa vía Apia en la que desemboca hasta el último céntimo de la cartilla de ahorros de incautos como usted o como yo.

¡Pero a qué viene tanto recelo! También hay que pensar cosas positivas. Y es que, si bien es cierto que por estas fechas se dispara el número de contratos de compraventa, el fin último de éstos no podría ser más noble: ¡somos generosos! Sí, he dicho bien. Ya no se trata del egoísta “me gusta, ergo compro”, se trata de regalos, de bonhomía en estado puro que toma forma de sedosa corbata de Milano, de embriagadora fragancia de Hugo Boss o del último Best seller de John Grisham recién horneado en la imprenta. Sencillamente infalible. Y usted es el primero que sabe que, aunque no entusiasmen, son cosas que siempre gustan y, lo que es igual de importante, uno queda como un tío espléndido, como un señor, vaya.

¡Caray! Igual estoy siendo demasiado duro. Qué fácil es caer en la ironía en lugar de celebrar, como todo hijo de cristiano. Celebrar, ¿el qué? Podemos festejar que los españoles destruimos riqueza a un ritmo frenético, que el Estado de bienestar se va a tomar por el culo, que el gobierno “Zetaparo” cierra el año de un portazo con casi 5 millones de parados y que, tristemente, ya no quedan señores venerables y transparentes ni jóvenes emprendedores capaces de tomar las riendas de este caballo desbocado. Y por si esto le sabe a poco, también puede brindar esta noche por las 35.000 muertes que se podían haber evitado hoy en países tercermundistas, por la desigualdad de recursos, por las resoluciones de la Corte Internacional de (in)Justicia y demás organismos, figuras burocráticas y personas anónimas que hacen posible que esta noche usted vaya a aflojar dos agujeros el cinturón después de dar buena cuenta de la langosta y el pavo.

Es comprensible que todo ese rollo de antes le pueda sonar lejano y no le afecte, pero no por ello deja de ser real. De hecho, lo que le he contado es tan cierto como que también este año va a fingir ignorar que bajo el envoltorio del regalo de su suegra se esconde la consuetudinaria bufanda hortera de macramé. Aunque para topicazo está el irremediable debate de política con el “sociata” de su cuñado, que tendrá por maridaje unas copitas de Chardonnay, -¡del bueno, eh Josemari!-. Después el suegro abrirá el mueble-bar y sacará la botellita de Cardhu y la cajita de Cohibas de rigor. Usted aceptará el trago -¡a un buen güisqui ‘on the rocks’ no le diré que no, Mariano!-, pero sabe que si acepta también el puro no le quedará otra que aguantar los 45 minutos de vida útil del fario riendo chistes y anécdotas intergeneracionales y asintiendo con vehemencia a cada aseveración del tipo “la juventud no es lo que era desde que quitaron la mili”, “la buena música acabó con David Bowie y los Proclaimers” o “la edad no perdona”, entre otras.

Pero por encima de todo, la Navidad hace que usted se sienta orgulloso de sus dos hijos: el mayor, de trece años, es un chicote grande con buena percha, mejor saque y mayor bocaza. Apunta maneras para opositar al puesto de pendenciero cortito de su clase pero, pese a todo, es educado y agradecido (sólo hay que ver la cara de felicidad se le quedará al muy pánfilo cuando vea los juegos para la “Plei Estéision 3” que usted le va a comprar). Y qué me dice de la pequeña de la casa, de once años: a la mínima que se descuide la encontrará embebida de las enseñanzas frívolas de su madre, de la mujer de usted, en materia de peluquerías, moda, tarjetas de crédito, caché y otras cosas también muy ‘chic’ que me habré dejado en el tintero. ¡Menudo lujo de vástagos! Nadie le discutirá, desde luego, que son la viva imagen de usted.

Lo sé; sé que le he calado a la perfección. Pero no se conforme con admitirlo, hágase un favor y regálese algo que hace tiempo necesita: unos minutos cada día para pensar en otras personas o cosas distintas de usted mismo y unas gafas nuevas para ver lo que le rodea de una manera sobria, responsable y (¿por qué no?) crítica. Y antes de que pregunte le diré que no, el gaznápiro de Afflelou no comercializa ese tipo de lentes...

- Perdona, ¿te encuentras bien?
- Eehh... Sí, no es nada. Siga recto dos manzanas y luego otras dos a la izquierda por esta misma acera. Lo verá enseguida.
- Muchas gracias, hasta luego.