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Ahora tendré que pasar la noche en una pensión, a no ser que… No, no, Ella jamás lo aprobaría. Pero por otra parte la situación es excepcional y Él no tiene a nadie más a quien acudir, así que una parte de su subconsciente necesita escuchar argumentos a favor de un plan “B”: Cuando lo dejamos me dijo que estaría ahí para cualquier cosa que yo necesitase, ¿acaso esas cosas se dicen por decir? Casi todas las semanas nos cruzamos por el Campus y la relación es cordial. Además –sonríe amargamente-, Ella no tiene por qué enterarse.
Ha cenado algo en una bocatería. El viento y el agua, en su arcana sabiduría, le guían de vuelta a la única casa y la única persona que conoce en la ciudad. Esta noche Él puede sentir las luces del tráfico hundiéndose en sus ojos, el ruido de los neumáticos al deslizarse sobre la calzada encharcada, las gotas de agua cayendo inclementes sobre su cabeza, resbalándole de la nariz a los labios y purgando su sentimiento de culpabilidad. Esta noche la calle está despierta y, por primera vez en todo el día, también Él.
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Es consciente de que en noches como ésta, unos meses antes habría alargado la mano hasta el cajón de la mesilla y palpado en la oscuridad hasta dar con la superficie curva y vítrea del bote de somníferos. Pero eso hubiera sido hace unos meses, piensa antes de decidirse a estirar el brazo hasta el interruptor, incorporarse y recorrer descalza el tramo de pasillo helado que separa su habitación de la cocina. Quizá quede algo de café que recalentar en el microondas.
De nuevo guarecida bajo el edredón, enciende la minicadena con el mando a distancia. Un CD pirata transporta a Kenny Rogers a su habitación y a ella al asiento trasero de un Ford Focus gris. Puede sentir cómo los primeros acordes de piano de “Lady” asedian los muros de su memoria, sin robar por ello protagonismo a la voz neutra que ahora lee en su cabeza una página del libro que sujeta entre sus manos:
«- Es una mermelada muy buena -dijo la Reina.
- Bueno, de todos modos hoy no me apetece.
- Hoy no la tendrías aunque quisieras -dijo la Reina-. La regla es: mermelada ayer, mermelada mañana... pero nunca hoy.
- Pero alguna vez tendrá que ser «mermelada hoy» —objetó Alicia.
- No; no puede ser -dijo la Reina-. La mermelada toca al otro día; como comprenderás, hoy es siempre éste.
- No os comprendo -dijo Alicia-. ¡Lo veo horriblemente confuso!
- Es lo que pasa al vivir hacia atrás -dijo la Reina con afabilidad-: siempre produce un poco de vértigo al principio...
- ¡Vivir hacia atrás! -repitió Alicia con gran asombro-. ¡Jamás había oído nada semejante!
- Sin embargo, tiene una gran ventaja: la memoria funciona en las dos direcciones.
- Desde luego, la mía sólo funciona en una -comentó Alicia-. No puedo recordar cosas antes de que hayan sucedido.
- Es mala memoria la que funciona sólo hacia atrás -comentó la Reina.»
Sonríe. Maldita memoria unidireccional y malditas noches de lluvia... El café todavía quema en la taza; las persianas se quejan, rogando piedad al temporal, y Kenny Rogers ha dejado de cantar: ahora es el empalagoso de Michael Bolton quien le canta a su nena lo mucho que la echa de menos. La habitación le está hablando y ella está dispuesta a escuchar.
Pero Alicia, la Reina Roja, las persianas, Michael... Todos callan cuando el ruido del timbre rasga el aire de la habitación. Una, dos... tres veces.
Es abajo.
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