sábado, 23 de julio de 2011

El álbum de los gatos

Los días precedentes a los exámenes de septiembre fueron muy ajetreados para Máximo. El recientemente recobrado afán de superación y el incipiente pánico ante la proximidad de las terceras convocatorias habían hecho de la biblioteca su segundo hogar. El primero, por el que tan apenas se dejaba caer para comer y dormir, empezaba a echar en falta su presencia. Buena prueba de ello era el hecho de que su habitación ofrecía un aspecto bastante descuidado.

Algunos de sus CDs favoritos de rock alternativo estaban desparramados sobre la cama, todavía sin hacer. Unos cuantos ejemplares atrasados de la revista Jaque ocupaban la mayor parte del espacio útil del escritorio, junto a un tablero de ajedrez vacío y varios cientos de fichas de póquer meticulosamente agrupadas en pequeños montoncitos iguales. Sobre la silla, una montaña de ropa todavía por planchar hacía ridícula la idea de que alguien pudiera sentarse allí algún día, mientras que un arsenal de bolas de papel arrugadas -y que horas antes bien pudieron haber sido apuntes de microeconomía- salpicaban el suelo aleatoriamente. Todos esos trastos y muchos otros coexistían asombrosamente en medio del caos más absoluto que presidía la habitación de Máximo.

“Parece que aquí hace falta un poco de orden” –se dijo, ladeando la cabeza en un gesto de desaprobación-.

De modo que nada más acabar la jornada de estudio decidió ponerse manos a la obra. Se propuso empezar por lo más aburrido, planchar la ropa, pero el calor que despedía la plancha unido al bochorno proveniente de la calle hacían la atmósfera irrespirable, así que Máximo no tardó en desistir de su propósito. “Mejor será que siga con mi limpieza por otro lado” –razonó, mientras se enjugaba el sudor con una toalla-.

Y así, erguido sobre una banqueta, mientras buscaba a las revistas y CDs un hueco libre en la balda más alta de la estantería, fue como Máximo hizo su descubrimiento. Al principio no recordó de qué se trataba pero cuando extrajo el grueso volumen de la estantería no pudo reprimir una sonrisa: era “el álbum de los gatos”. Él siempre lo había llamado así en honor a la encuadernación hortera que revestía sus tapas duras de cartón: un estampado de gatos gordos, con cara de simpáticos y de colores chillones que se destacaban sobre un fondo azulón.

Máximo llevaba tantos años sin saber de la existencia de aquel álbum que había llegado a olvidar por completo las fotos que contenía; así que decidió aparcar momentáneamente sus intenciones de recoger el cuarto y abrió el álbum por la primera página.

Desde la primera instantánea, un chavalín de unos cinco años le devolvía una mirada desafiante y llena de vida, posando orgulloso junto a un castillo de arena casi tan alto como él. Tenía el mar a sus espaldas y la brisa hacía ondear aquella camiseta de Mickey Mouse que le venía un pelín holgada, al mismo tiempo que revolvía su rebelde mata de pelo rubio, con su eterno remolino imposible de peinar.

A pie de foto, la ágil e indescifrable caligrafía de médico de su madre decía únicamente:
“septiembre de 1995”.

Quince años exactos separaban a aquel pipiolo rubito de mirada limpia y despreocupada en sus ojos oscuros de ese veinteañero, con más problemas en la cabeza y menos pelo, que le contemplaba emocionado a través del tiempo.

De pronto Máximo pensó que, a pesar del paso de los años, algunas cosas no habían cambiado ni cambiarían nunca: aquel día de septiembre de 1995 dedicó una tarde entera de cubo y pala a construir aquel castillo; y quince años después, la vida no se cansaba de plantearle nuevos retos en su día a día: castillos de arena mucho mayores que habitualmente requerían de todo su tiempo, ingenio y dedicación para ser erigidos.

Pero todo problema parecía pequeño y todo obstáculo era salvable para Máximo porque, al igual que el chico de la camiseta de Mickey Mouse, nunca se rendía cuando se trataba de encontrar la felicidad.

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