Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2011

Crónica de un amanecer incompleto


Una noche más, la carpa de la Peña Alegría Laurentina está abarrotada hasta la bandera. Una marea de blanco y verde me rodea allá por donde miro. De cuando en cuando, se divisa algún rebelde con camiseta negra y sin pañoleta. “Fijo que ese panoli es de Zaragoza”, aventuro indignado.

Entre bailes, risas y abrazos, noto una repentina vibración y el corazón me da un vuelco. Me llevo la mano al bolsillo y cojo el teléfono móvil para comprobar en la pantalla principal que no hay novedades.

Falsa alarma. Era una ilusión producida por la potencia de los altavoces.

Como surgida de la nada, una mezcla de impaciencia, angustia y melancolía no tarda en apoderarse de mí. Me llevo el vaso a los labios. Está vacío.

Me abro paso hasta la barra y pido otro gin tonic. Contando con los del botellón, éste es ya el… ¿Séptimo? ¿Octavo? Todo sea por no reconocer que hace rato que he perdido la cuenta. Debo de estar dejando la cartera temblando pero ése es un problema que ya atenderé mañana. Además, como es mi dinero y no el de mis padres, puedo gastarlo en lo que me dé la gana.

De puntillas, busco unas cabezas que sobresalgan por encima de la multitud. Cuando por fin consigo avistar a esos colosos de metro noventa y pico a los que llamo amigos, vuelvo al grupo.

Bailo, o al menos eso intento, pero la música no es la más acorde con mi estado de ánimo. Me pregunto si me quedará algo de tabaco…

Hurgo en el bolsillo mágico de Doraemon hasta sacar una cajetilla algo arrugada y en las últimas. Sólo tres pitis para el resto de la noche, ¡vaya mierda!

Enciendo un cigarrillo y, casi sin darme cuenta, detengo mis bailes para pensar qué estará haciendo Ella ahora, si estará por aquí y si estará tan guapa como la última vez. Al exhalar el humo, instintivamente, no puedo evitar morderme el labio inferior. Es un tic que me sale cuando algo me preocupa.

- ¿Qué te pasa, tío? Te noto como apagado.

- Nada, joder. ¿Hacen unos chupitos?

- ¿Vodka con Martini?

- Me sirve.

Al primer chupito le sigue un segundo.

Al segundo le sucede un tercero y al tercero, un cuarto... Y así hasta que la pena estalla en una avalancha de palabras que mis labios se esfuerzan por contener en mi cabeza, sellando por una noche más las puertas de mi subconsciente sedado y alcoholizado.

“No entiendo nada ¿Por qué las mujeres se comportan así?”

“¿Qué ve Ella en ese capullo analfabeto y con pintas de colgado pseudofumeta?”

”¿Qué tiene ese jodido pinchaúvas que no tenga yo?”


Una vocecilla interior, con todos los visos de ser la de Billy, el saltamontes cazallero que hace las guardias y turnos de noche en mi conciencia cuando Pepito Grillo se coge vacaciones porque yo voy cocido, se apresura a responder no sin malicia:


“Coraje. El coraje suficiente para despegar los codos de la barra, acercarse a Ella y hablar de algo más que de trivialidades.”

Aprieto los puños con rabia, desbloqueo el móvil y miro la hora: son las 6:50 y no hay ninguna llamada ni mensaje. El indicador de batería baja parpadea en el margen superior izquierdo de la pantalla.

“Se acabó. A partir de ahora no voy a comerme más la cabeza.”

“No voy a perder ni un segundo más tirado en la cama, mirando las musarañas con cara de embobado.”

Como si de una arenga militar se tratase, noto cómo con cada palabra que suena en mi cabeza me voy envalentonando por momentos, mientras la imagen de Ella se difumina.

“Voy a poner en orden mi vida: quiero mejorar mis notas, pienso cumplir con mi propósito de ir al gimnasio con regularidad, estoy decidido a comprar de una jodida vez el temario de la oposición…”

Me resulta difícil no crecerme cuando, en mi pródiga imaginación, cada uno de mis nobles propósitos se ve respaldado por todo un coro de ángeles y arcángeles que entonan “Tablones, eres un jefe”, mientras hacen ondear los pendones y banderas de Jack Daniel’s. Así sí.

“…y, ante todo, voy a dejar de fumar y de beber como un cosaco cada vez que salgo de fiesta.”

Mientras me vengo arriba pensando en todo esto, pruebo a pellizcarme fuertemente el pómulo izquierdo y confirmo que no siento ni pizca de dolor. Mal síntoma.

Pocos minutos después llega el bajón: de súbito, parece como si la cabeza me pesara una tonelada y fuera a caérseme de su sitio encima de los hombros en cualquier momento; la música de los bafles, antes muy agradable, ahora está a punto de perforarme el tímpano; tengo la boca seca, la textura de mi lengua se asemeja a la de un estropajo sin estrenar y el estómago me da más vueltas que una lavadora en modo centrifugado.

Por supuesto, los ángeles hace ya rato que han dejado de cantar y en su lugar sólo queda un solitario pastillero con la pancarta de "TEMAZO".

”Soy un puto borracho patético. Ojalá estuviera Ella aquí para cuidarme...” Me lamento.

”Pero, ¿no habíamos quedado en que Ella ya es parte del pasado?” Recuerda Billy, burlón, desde su garita de lo políticamente correcto.

Un brusco codazo me induce una pequeña arcada contenida, a la vez que me saca de mi ensimismamiento.

- ¡Tablones, espabila! ¿Otro chupito?

- Va, dale caña.

“Bueno, esto no cuenta. Los buenos propósitos comienzan mañana...” Me apresuro a aclarar con un cierto deje autoexculpatorio.

”Si es que después de este último chupito que te vas a tomar existe un mañana”, ironiza el cabrón de Billy, el saltamontes del sombrero de Larios.

¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!

Milagrosamente sigo en pie. En un acto reflejo, vuelvo a sacar el móvil. Esta vez está apagado y no responde a mis persistentes intentos de encenderlo.

Ya es casi de día y ante lo inmediato de la disyuntiva “a ver las vaquillas o a casa” me inclino sin pensármelo dos veces por la segunda opción. El suelo y las personas no paran de girar muy rápido a mi alrededor y, cada vez más, el cielo me estorba para dar vueltas. Necesito dejarme caer sobre la cama y dormir diez horas del tirón.

“Menos mal que no son mañana las simultáneas de ajedrez”, suspiro aliviado, “porque como los del club me vieran aparecer por el parque con esta merla que llevo encima, me prohibirían darlas de por vida.”

En una última y absurda idea de alumbrado, extraigo un bolígrafo Bic del bolsillo de Doraemon y pido una servilleta en barra. A duras penas, intento escribir algo sobre su superficie rugosa:

Los bailes se extinguen mientras se apaga la luna.
Al fondo, en las montañas, el cielo ya clarea.
Muere la noche en las carpas, duermen las estrellas.
Es Venus el broche que prende de este alma oscura.

sábado, 23 de julio de 2011

La hora de las amargas verdades

Eres un cielo, hagas lo que hagas y pienses en quien pienses. Tu sonrisa te delata y tu mirada limpia es tu mejor aval. Eres un cielo y no hay nada que puedas hacer para ocultarlo. La noche engulle mi esperanza como un hambriento vórtice y me impide mirar hacia delante. Eres un cielo. Miro hacia arriba y veo en cada estrella un piercing que embellece tu rostro inmortalizado en la oscuridad. Vuelvo a mirar al frente y un semáforo torna su luz en verde, como queriéndose apiadar de la cara de gilipollas que ofrezco a la luz de las farolas.

Eres un cielo y siento no saber más. Sé un poco de todo pero apenas dejo sabor a nada. Soy soso en el buen sentido de la palabra; me falta sal. ¿Me convierte eso en desalado o en insalubre? Supongo que un poco en ambas cosas. Siento no saber más que a menta y alquitrán. Tal vez unas lágrimas pudieran servir de aderezo al asfalto que piso en mi camino de vuelta a casa, pero se me ha olvidado cómo llorar. Es posible que tú puedas ayudarme.

Eres un cielo y no puedo enfadarme contigo porque gracias a ti soy mucho menos desastre de lo que sería si no hubieras irrumpido en mi vida. Eres un cielo y no tienes la culpa de que, por mucho que apriete los puños con fuerza, cuando los vuelva a abrir todos mis sueños se habrán escurrido entre mis dedos para salpicar el suelo de un líquido azul brillante. Eres un cielo y por eso camino con toda la entereza de que soy capaz en este momento, cubriendo mi rostro con mi máscara más inocua.

Eres un cielo, y por eso sigo todavía en pie mientras veo cómo todo se desmorona a mi alrededor. No siento la gravedad, se me nubla la vista por momentos. Creo que me estoy mareando, pero eres un cielo y por ti puedo seguir avanzando vertical, agónicamente elegante durante unos metros más… Ya está, parece que todo remite y que el suelo vuelve a colocarse bajo mis pies. Antes de que me dé cuenta estaré en casa, pegando puñetazos a la almohada porque no son horas de ponerse a dar golpes en la pared… Ya está, ya he llegado y de repente se me han quitado las ganas de golpear nada. Esta vez la culpa no es de la pared, ni de la almohada, ni del chachachá; y posiblemente tampoco mía.

Eres un cielo, ¿lo sabías? Y nada más lejos de mi intención que parecer patético, pero tengo que decírtelo: ahora mismo me siento el ser más miserable de este mundo. Mi aliento apesta a una mezcla de ginebra, licor y tabaco rancio y mis dedos se mueven inquietos sobre el teclado del ordenador portátil. No, no tengo sueño. Tú me lo quitaste desde el día en que te conocí, como también me arrebataste mi apetito, mis ganas de atender en clase y mi ilusión por cualquier otra cosa que no fueras tú.

Eres un cielo y no, creo que no lo sabías, pero ésa es la mayor de tus virtudes y el peor de tus defectos. Eres un cielo y eso te confiere poder ilimitado para convertir a quien tú quieras en la persona más feliz del mundo, pero también para causar un dolor que no deseo a nadie. Un dolor superior a cualquier estado físico o anímico; un dolor que no deja más huella que un hilillo de sangre en el labio inferior, al morder con fuerza mientras abandonas la mirada en medio de ninguna parte; un dolor que deja la mente en blanco y el alma hecha jirones.

Eres un cielo y ésa es tu mayor suerte y tu mayor problema, porque vas a seguir siéndolo el resto de tu vida.

Carta a la señora Luna Lunera

Techos altos, espacios diáfanos, luz blanca, cristaleras y helechos. Muchos helechos. Trajes y vestidos se aparejan con puros y rosas; mientras que el carpaccio, el ternasco, la mousse au chocolat y los licores se conjugan con otros emblemas de esa “sociedad opulenta” de la que escribía y teorizaba J. K. Galbraith. Máximo mira a los distintos comensales de las mesas circundantes, fijándose en sus rostros. Unos hablan y otros ríen. Sus labios se mueven pero de sus bocas no brota palabra alguna, ningún sonido audible más allá del murmullo colectivo y heterogéneo que se confunde con las notas de piano del hilo musical. Für Elise, de Beethoven.

Un ejército de camareros va y viene, retirando los platos vacíos y trayendo otros nuevos con comida a un ritmo vertiginoso. Después, los cafeteros vacían la taza de un trago. Atragantarse y abrasarse la tráquea es un precio que hay que pagar para llegar al baile antes que nadie e hincar los codos en la barra de los combinados. Unos fuman y otros beben. Los flashes de las cámaras de fotos se disparan esporádicamente, en sucesivos intentos de captar la imagen de los más firmes candidatos al primer premio en el concurso al vestido más bonito y a la camisa más chabacana. En cuestión de minutos, la sala se va llenando y los cubatas se van vaciando. Hacinamiento, música, ambiente festivo, humo y vendedores de humo. La afluencia de americanas en el guardarropa es un hecho preocupante. Sus portadores parecen auténticos capullos; de auténtica seda, como sus corbatas y como los tejidos vaporosos de los vestidos de sus respectivas acompañantes. Su único delito es ser superficiales pero concurre agravante por disfraz.

Máximo sale a los jardines, con ánimo de dar un paseo. La noche es fría. Se pone la americana. En el aparcamiento, a unos metros, hay quienes aprovechan el colapso de los servicios para orinar detrás de algún coche. Máximo saca el encendedor y la cajetilla de tabaco del bolsillo interior de la americana y enciende un cigarrillo. Es difícil resistir la tentación de fumar en acontecimientos en que todo el mundo lo hace, piensa mientras camina sin saber exactamente adónde se dirige. Los árboles proyectan sus largas sombras contra el suelo, iluminados ligeramente por una hilera de farolas. El cielo está oscuro por completo pero no se ve ni una sola estrella. La luna se dibuja en la negrura como una fina rodaja en forma de “C”, tan apenas perceptible a primera vista.

Mañana habrá luna nueva.

Mientras succiona una nueva calada, Máximo se pregunta cuál fue la última vez que se detuvo a observar el cielo de verdad, como lo está mirando ahora. ¿Por qué nunca se paraba a pensar en las cosas más banales? Supongo que los ciudadanos de la sociedad opulenta ya no disponemos de tiempo para elevar la vista al cielo por un momento, piensa. El día nos regala una puesta de sol cada veinticuatro horas y nosotros construimos ciudades de acero, vidrio y hormigón para privar a nuestros ojos de algo tan hermoso. La noche nos brinda una luna muda y enigmática a la que confesar nuestras alegrías, preocupaciones y amores secretos pero nosotros elegimos caminar sin despegar la vista del suelo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada bajo el peso de los convencionalismos, la burocracia y la bolsa de deporte de ir al gimnasio. Así es como dejamos pasar esas pequeñas cosas en que consiste vivir.

Afortunadamente, Máximo se da cuenta de que esas filosofadas, tan indigestas o más que la comida que aún le repite en el estómago, merecen ser pospuestas para otra ocasión más apropiada. Ésta es una noche de fiesta: Máximo celebra que está a mitad de algo y, como especialista en dejar las cosas a medias, éste es sin duda un acontecimiento señalado para él. Sus amigos lo saben y por eso han acudido de propio, así que es con ellos con quienes debe estar ahora. Aunque sabe que ya encontrará otro rato para divagar sobre lo que más le apetezca y para entonar un nostálgico “Wish you were here”, a una parte de él no le importa aguardar a que Ella se materialice de la nada para contemplar la luna con él y conversar sobre la caducidad de la juventud y la volatilidad del momento…

…¿Que quién es Ella? Ella es la “perfecta desconocida” de la que hablan las letras de las canciones, la chica guapa de las películas y la actriz misteriosa que protagoniza cada uno de los pensamientos de Máximo. Ella es inteligente y sensible. Sus ojos son humanamente expresivos, de un color que no existe en la naturaleza y de todos los colores a la vez; y cuando sonríe, el mundo deja de ser aburrido e inhóspito para transformarse en un lugar singularmente familiar y acogedor. Ella es un ser etéreo y quimérico y está hecha del mismo material que los sueños. Ella no existe. Ella es una representación de cómo el amor debería ser.

Mañana, se promete en silencio. Mañana escribiré esa carta. Ahora tengo que volver al baile.

La noche siguiente, Máximo abre la ventana para ventilar su habitación y asoma la cabeza buscando respirar aire no viciado. Parece imposible disipar ese penetrante olor a limón. Antes de cerrar de nuevo la ventana, Máximo intenta dejar volar su imaginación pero ésta se estrella una y otra vez contra los muros encalados de un patio interior. En esta noche sin luna los apenas seis metros cuadrados en que consiste su cuartucho permanecen en semipenumbra. Sobre la mesa, la luz trémula de una vela ilumina un folio en blanco.

“Señora Luna Lunera:
Ahora que tú no puedes verme ni yo a ti, te contaré un secreto…”

La extraña visitante

3:10 AM. Desde las alturas de Manhattan, un hombre y una mujer admiran en todo su esplendor la ciudad durmiente de Nueva York. Los rascacielos irrumpen majestuosos en medio del cielo nocturno, dejando adivinar una vida latente detrás de cada ventana iluminada. Da vértigo mirar hacia abajo, donde los coches no son más que destellos diminutos atravesando el cruce de la 47 con Madison a toda velocidad, en un parpadeo efímero.

Luz tenue, tonalidades pastel, ostentosos muebles de diseño y alguna pieza de decoración de estilo bohemio componen el clima del ático junto con un vinilo que da vueltas incansable sobre un viejo tocadiscos, inundando la estancia de una música que invita a relajarse. Ella está descalza, arrellanada al lado de él en uno de los sofás de cuero frente a la pared acristalada, con la mirada perdida en la negra espesura de Central Park. Ha bebido demasiado y la copa de vino tiembla ligeramente entre los dedos de su mano, mientras ríe ahora escandalosamente por algo muy gracioso y oportuno que él ha dicho o hecho.

Ella se aproxima más a él, que le dedica una amplia sonrisa. Están peligrosamente cerca y pueden sentirse, hasta el punto de que él puede oler cada gota del fragante perfume que impregna el grácil cuello de ella; puede hasta oír su excitada respiración por encima del ruido ambiental que emana del impasible tocadiscos. Están cada vez más cerca el uno de la otra. Ella se arrima más aún y abre la boca para decir algo, pero él sabe que no le dará tiempo a terminar la frase porque la besará antes. Se besarán apasionadamente y acabarán haciendo el amor envueltos en un halo de locura, deseo y frenesí.

Él sabe que, como tantas otras veces, despertará al día siguiente y se encontrará a sí mismo abrazando el hueco vacío que habrá dejado en su cama la extraña visitante antes de irse sin avisar. Sabe también que nada más abrir los ojos todavía podrá sentir el calor residual que quedará entre las sábanas junto a un fuerte sentimiento de vacío y de culpa: de vacío, porque de nada le servía sentirse deseado cuando lo único capaz de llenarle era querer y saberse querido; y de culpa, por creer que con sus escarceos amorosos estaba traicionando sus sentimientos hacia la persona que de verdad amaba.

Por suerte, sabe que esa aflicción inicial no durará más allá del tiempo que le cueste lavarse la cara, preparar café y devorar con avidez los titulares en negrita del Wall Street Journal y el Financial Times. Después de eso, se desplazará en metro hasta Pearl Street, donde se encuentra la sede de la prestigiosa firma auditora para la que trabaja. Allí pasará el día entero facturando las muchas y muy bien pagadas horas que le permiten financiar su desenfrenado estilo de vida y la hipoteca de su piso de ensueño; y cuando finalmente vuelva a éste, seguramente se dejará caer agotado sobre el mismo sofá en el que está sentado ahora y engullirá con apatía el plato de tallarines fríos de la nevera, con la voz del locutor de algún programa de radio insustancial por toda compañía.

Como de costumbre, al terminar la emisión agarrará la botella de The Glenrothes y un vaso con hielo para poder así reunir el valor necesario para hablar con la única persona capaz de hacerle sentir lleno. Tres o cuatro vasos más tarde, acabará una vez más con el teléfono móvil en la mano, un número de prefijo extranjero marcado y el pulgar bailando indeciso sobre la tecla verde de “llamar”, que terminará por no pulsar.

Así es la vida de él: la vida de un hombre retraído que vive para el trabajo. De vez en cuando, y de forma pasajera, consigue olvidar su soledad gracias a esas “extrañas visitantes” que entran en su vida con tanta facilidad como salen de la misma; pero la realidad es que la gran mayoría de las noches las pasa tirado en el sofá, con la radio sintonizada en una de esas emisoras para conductores e insomnes, imaginando qué estará haciendo su amor platónico en cada preciso instante, preguntándose si también ella dedica un pedacito de su día a pensar en él.

- Es precioso –musitó por fin ella-, algo así como una ventana abierta al mundo.
- Sí, lo es –repuso él, lacónico, antes de desencadenarse un incómodo silencio.
- ¿Qué te ocurre? De repente te has quedado callado.
- Nada, estoy bien –dijo él bajando la mirada para disimular una lágrima que rodaba por su mejilla.
- ¡Estás llorando! –se sorprendió-. En serio, ¿qué te pasa?
- Nada, estoy bien –repitió, esta vez con mayor entereza.
- ¿Quieres que me vaya?
- No lo sé –confesó él.
- ¿Es porque no te apetece estar conmigo?
- Sí, y porque es tarde –mintió.
- Entonces creo que estoy perdiendo el tiempo aquí –dijo ella visiblemente irritada antes de calzarse, coger el bolso y el abrigo y salir dando un portazo.

3:55 AM. Desde las alturas de Manhattan, él deja morir la noche y marchitar sus sueños. Bebiendo de más lo mucho que la echa de menos, mientras cada lágrima le recuerda que su vida no siempre fue así.

La forma de las nubes

Miriam cerró los ojos deseando abrirlos y encontrarse en un lugar o en un momento lejanos. Apretó los párpados con fuerza, mientras imaginaba que nada de lo que le rodeaba era remotamente real, e inspiró hondo varias veces intentando relajarse y alcanzar ese estado de semiinconsciencia que conocía tan bien. El aroma a espliego y a césped recién cortado no tardó en reconfortarla y hacerla sentir bien. Quizá era por eso que siempre que necesitaba pensar acababa refugiándose en el jardín.

Allí solía extender una manta sobre la hierba y dejaba pasar las horas tumbada boca arriba, mientras observaba los lentos movimientos de las nubes. Era realmente relajante, y ella sabía que allí ni siquiera sus padres se atrevían a molestarla, que era completamente libre para dejar volar su imaginación y sumergirse en los recuerdos. Recuerdos en los que Él no era parte de su día a día; cuando aún no tenía autorización de ningún tipo para colarse en su cabeza y ocupar la mayor parte de sus pensamientos. Entonces todo era fácil y no tenía que enfrentarse a decisiones complicadas…

Era sábado, y aquella noche tocaba reunirse en casa de su mejor amiga. Estarían todas y el plan era el mismo de siempre, cuidando hasta el último detalle: prepararían una cena suave, después verían una película acompañada de las pertinentes tarrinas de helado de chocolate y, finalmente, tendría lugar la parte en la que abrían sus corazones y un par de botellas de vodka para contarse todo tipo de confidencias y reírse de las pintorescas personas que pasaban por sus vidas, hasta que se hacía la hora de salir a bailar al garito habitual.

En esta ocasión, toda la atención correspondería a Miriam. Todas ardían en deseos de que les hablara de aquel chico nuevo que había conocido, y Miriam necesitaba más que nunca poder confiar en sus amigas porque sentía que toda ella era un mar de dudas. Por un lado estaba harta de sufrir y no quería volver a pasarlo mal enamorándose pero, por otro, era inevitable que las preguntas de siempre surgieran de la nada para hostigarla de la forma más inoportuna: ¿y si por una vez merecía la pena? ¿Y si Él era distinto a los demás? ¿Y si por culpa de su escepticismo hacia los hombres estaba a punto de perder la oportunidad única de conocer a una persona excepcional?

Entonces Miriam contuvo la risa al preguntarse qué diría Él si fuera someramente consciente del acalorado debate que iba a suscitarse en su nombre aquella misma noche. Ella ya había elaborado mentalmente una lista con los “pros”: era un chico sensible y algo tímido, a la vez que divertido e ingenioso, que sabía hacerla reír, y, bueno… a ella le parecía bastante guapo. Pero algo le decía que no podía existir nadie así, y confiaba en que sus amigas y el vodka se encargarían de derribar con una larga lista de “contras” aquella fachada perfecta para descubrir al cretino que se escondía tras ella.

En fin, ya se había comido la cabeza más de lo recomendable por aquel día. Además, se estaba haciendo tarde y todavía tenía que hacer varias cosas, entre ellas arreglarse para esa noche. Quería estar deslumbrante, y el chándal desgastado que vestía unido al pelo encrespado que lucía en aquel momento no era la mejor manera de conseguirlo. Así que ya iba siendo hora de dejar las tonterías para más adelante y aterrizar de nuevo en el jardín.

Al volver a abrir los ojos, Miriam se encontró a sí misma tumbada sobre la misma manta y bajo el mismo cielo azul. Todo seguía igual. No había cambiado su situación, ni sus sentimientos hacia Él. Tampoco habían cambiado sus miedos ni su forma de hacerles frente. Nada había cambiado, salvo la forma de las nubes.

Luces y sombras

Se encienden los focos. La silueta de una persona se ilumina con luz tenue, recortando su sombra negra y alargada contra el tablado del escenario. Está situada de espaldas y lleva cubierto el rostro, y sin embargo crees saber bien de quién se trata.

No tardas en salir de dudas cuando la persona anónima se desprende de la máscara y vuelve su rostro al público. ¡Pues claro que es Ella! Y además está preciosa, como la última vez. Es por eso que has comprado una entrada de palco para la misma obra a la que llevas asistiendo semana tras semana durante los dos últimos meses. Porque dos meses han pasado ya desde que encontraste aquellas dos entradas encima de la mesa de tu despacho. “Algún contribuyente agradecido”, pensaste, al tiempo que lamentabas no tener con quién ir-. Finalmente fuiste al teatro solo. “¡Igual de solo que has acudido esta noche!", te reprochas duramente.

Te obligas a dejar de pensar cuando por fin empieza la función: un sinnúmero de personajes hacen su aparición en escena; van, vienen y se mueven con más o menos torpeza a lo largo y ancho del escenario para finalmente esconderse tras los pliegues rojos del telón en un mutis patético. No les prestas la menor atención porque estás convencido de que sólo Ella la merece: sería delito perder detalle del más sutil de sus gestos y aún más terrible sería no recordar una de las pocas pero bien elegidas palabras que brotan de sus carnosos labios. Es maravillosa. No puedes apartar los ojos, y la culpa la tiene ese mismo magnetismo irresistible que te ha atraído hasta aquí esta noche y todas las anteriores.

Por eso la obra transcurre y no sabrías decir en qué momento perdiste el hilo de la trama. Ahora que el único argumento es Ella ya es tarde para reengancharse y, sin saber muy bien por qué, piensas que no te importa lo más mínimo. No tienes ni idea de cuánto tiempo llevas sentado en esa incómoda butaca, pero en este instante ése es el menor de tus problemas. “Ojalá esta función durase eternamente”, deseas.

De pronto, se hace el silencio.

Se apagan los focos. Se encienden las luces y -¡sorpresa!- Ella ya no está; se ha esfumado una vez más y la obra ha tocado a su fin. De repente, sientes la necesidad imperiosa de ir tras Ella pero algo te detiene. ¿Y si estás luchando por algo irreal, por un reflejo de lo que tienes delante de ti? ¿Qué pasaría si detrás del escenario, en la vida misma, no es tan perfecta?

Sí, tienes miedo de conocerla lejos de la luz de los focos, más allá de su papel perfecto en el guión perfecto. Así que te levantas, sin esperar a la reverencia y los aplausos, y te abres paso entre las hileras de butacas para abandonar discretamente el edificio por la salida de incendios. Ya ha pasado el último autobús, así que vuelves a casa andando, metiendo el pie en todos los charcos posibles mientras piensas en lo que has sacado en limpio de esta noche como espectador.

Sería desilusionador sentir que has estado persiguiendo una perfecta fantasía -concluyes-, una mera ilusión óptica. Luces y sombras, nada más.

Cuando acabe la canción

Máximo tomó asiento en una mesa cerca de la entrada. Enseguida se acercó un camarero.

- Tomaré un gin tonic, por favor -pidió.

Inconscientemente, Máximo comenzó a buscarla con la mirada entre la multitud. No era tarea fácil por estar el local abarrotado. Apenas pasaba de medianoche y casi todas las mesas estaban ya ocupadas. Buena culpa de ello la tenía el hecho de que era jueves.

Los espectáculos nocturnos de los jueves eran el mayor atractivo de la terraza de “El Búho” y poca gente del lugar se los perdía. Aquel día no era la excepción: sobre el escenario, un tal Marcus Vandell destrozaba una conocida balada en inglés con ayuda de una guitarra y su vocecilla de cacerola desportillada.

Y no lejos de allí, en una mesa junto al escenario, estaba Ella. Sentada sola y con aire absorto, repiqueteando con los dedos en el vidrio de un vaso medio vacío al ritmo de la música. Estaba increíblemente guapa con aquel vestido verde a juego con sus ojos, en perfecta consonancia con sus facciones suaves y sus rasgos armoniosos. No se trataba de una belleza abrumadora, exuberante, eléctrica; sino de la belleza esencial y lógica que hay en lo misterioso, en lo intemporal, en lo desconocido...

Ella no reparó en la presencia de Máximo, que la observaba con una mezcla de curiosidad y fascinación mientras humedecía los labios en lo amargo de su gin tonic. Ella parecía estar pensando en algo. Su cara no reflejaba preocupación alguna, pero su mente estaba a buen seguro a años luz de allí, lejos de aquel pub musical, de aquella ciudad, incluso de aquel mundo.

Aquel momento mágico no tardó en hacerse añicos, al igual que la copa de Máximo contra el suelo embaldosado, cuando Ella volvió la cabeza y advirtió que él la estaba mirando. Máximo se estremeció al leer en su semblante aquella nota de indiferencia hacia él. Hacia la persona que lo único que deseaba era poder llegar algún día a conocerla de verdad, a saber un poquito más sobre la chica que le daba fuerzas para levantarse cada mañana al sonido del despertador, aquélla cuyo solo recuerdo le alentaba a cambiar y a ser mejor persona.

No tenía más que decirle eso mismo que estaba pensando en ese mismo instante, decírselo de verdad, sin trabas, sin tapujos. Pero nunca encontraba el momento, ni el lugar, ni las palabras adecuadas. Las veces –pocas- que lograba entablar conversación con Ella, él se sentía incapaz de ocultar su embelesamiento y solía acabar pronunciando alguna idiotez ininteligible. Balbuceos que eran invariablemente correspondidos con una sonrisa fugaz y una mirada gélida y esquiva que, durante la fracción de segundo en que se cruzaba con la suya, Máximo podía sentir cómo le desgarraba el corazón por varios puntos distintos.

No podía aguantar más así. ”Cuando acabe la canción hablaré con Ella”, se dijo. “Necesito oír de su boca que no soy más que un miserable mortal al lado de semejante diosa”. “Dímelo”, pensó. “Tan sólo dímelo, y te aseguro que te dejaré en paz para siempre. Pídeme que desaparezca y te prometo que no volverás a saber de mí. Nunca más. Pero no me pidas que te olvide porque aunque no lo creas me resulta imposible”.

Máximo tomó asiento en una mesa junto al escenario. Enseguida se acercó un camarero.

- Disculpe, ¿sabe adónde ha ido la señorita del vestido verde que estaba aquí sentada?
- Se fue hace tan solo un momento sin darme tiempo siquiera a devolverle las vueltas –respondió el camarero encogiéndose de hombros-. Parecía tener prisa.