sábado, 23 de julio de 2011

Cuando acabe la canción

Máximo tomó asiento en una mesa cerca de la entrada. Enseguida se acercó un camarero.

- Tomaré un gin tonic, por favor -pidió.

Inconscientemente, Máximo comenzó a buscarla con la mirada entre la multitud. No era tarea fácil por estar el local abarrotado. Apenas pasaba de medianoche y casi todas las mesas estaban ya ocupadas. Buena culpa de ello la tenía el hecho de que era jueves.

Los espectáculos nocturnos de los jueves eran el mayor atractivo de la terraza de “El Búho” y poca gente del lugar se los perdía. Aquel día no era la excepción: sobre el escenario, un tal Marcus Vandell destrozaba una conocida balada en inglés con ayuda de una guitarra y su vocecilla de cacerola desportillada.

Y no lejos de allí, en una mesa junto al escenario, estaba Ella. Sentada sola y con aire absorto, repiqueteando con los dedos en el vidrio de un vaso medio vacío al ritmo de la música. Estaba increíblemente guapa con aquel vestido verde a juego con sus ojos, en perfecta consonancia con sus facciones suaves y sus rasgos armoniosos. No se trataba de una belleza abrumadora, exuberante, eléctrica; sino de la belleza esencial y lógica que hay en lo misterioso, en lo intemporal, en lo desconocido...

Ella no reparó en la presencia de Máximo, que la observaba con una mezcla de curiosidad y fascinación mientras humedecía los labios en lo amargo de su gin tonic. Ella parecía estar pensando en algo. Su cara no reflejaba preocupación alguna, pero su mente estaba a buen seguro a años luz de allí, lejos de aquel pub musical, de aquella ciudad, incluso de aquel mundo.

Aquel momento mágico no tardó en hacerse añicos, al igual que la copa de Máximo contra el suelo embaldosado, cuando Ella volvió la cabeza y advirtió que él la estaba mirando. Máximo se estremeció al leer en su semblante aquella nota de indiferencia hacia él. Hacia la persona que lo único que deseaba era poder llegar algún día a conocerla de verdad, a saber un poquito más sobre la chica que le daba fuerzas para levantarse cada mañana al sonido del despertador, aquélla cuyo solo recuerdo le alentaba a cambiar y a ser mejor persona.

No tenía más que decirle eso mismo que estaba pensando en ese mismo instante, decírselo de verdad, sin trabas, sin tapujos. Pero nunca encontraba el momento, ni el lugar, ni las palabras adecuadas. Las veces –pocas- que lograba entablar conversación con Ella, él se sentía incapaz de ocultar su embelesamiento y solía acabar pronunciando alguna idiotez ininteligible. Balbuceos que eran invariablemente correspondidos con una sonrisa fugaz y una mirada gélida y esquiva que, durante la fracción de segundo en que se cruzaba con la suya, Máximo podía sentir cómo le desgarraba el corazón por varios puntos distintos.

No podía aguantar más así. ”Cuando acabe la canción hablaré con Ella”, se dijo. “Necesito oír de su boca que no soy más que un miserable mortal al lado de semejante diosa”. “Dímelo”, pensó. “Tan sólo dímelo, y te aseguro que te dejaré en paz para siempre. Pídeme que desaparezca y te prometo que no volverás a saber de mí. Nunca más. Pero no me pidas que te olvide porque aunque no lo creas me resulta imposible”.

Máximo tomó asiento en una mesa junto al escenario. Enseguida se acercó un camarero.

- Disculpe, ¿sabe adónde ha ido la señorita del vestido verde que estaba aquí sentada?
- Se fue hace tan solo un momento sin darme tiempo siquiera a devolverle las vueltas –respondió el camarero encogiéndose de hombros-. Parecía tener prisa.

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