sábado, 23 de julio de 2011

La hora de las amargas verdades

Eres un cielo, hagas lo que hagas y pienses en quien pienses. Tu sonrisa te delata y tu mirada limpia es tu mejor aval. Eres un cielo y no hay nada que puedas hacer para ocultarlo. La noche engulle mi esperanza como un hambriento vórtice y me impide mirar hacia delante. Eres un cielo. Miro hacia arriba y veo en cada estrella un piercing que embellece tu rostro inmortalizado en la oscuridad. Vuelvo a mirar al frente y un semáforo torna su luz en verde, como queriéndose apiadar de la cara de gilipollas que ofrezco a la luz de las farolas.

Eres un cielo y siento no saber más. Sé un poco de todo pero apenas dejo sabor a nada. Soy soso en el buen sentido de la palabra; me falta sal. ¿Me convierte eso en desalado o en insalubre? Supongo que un poco en ambas cosas. Siento no saber más que a menta y alquitrán. Tal vez unas lágrimas pudieran servir de aderezo al asfalto que piso en mi camino de vuelta a casa, pero se me ha olvidado cómo llorar. Es posible que tú puedas ayudarme.

Eres un cielo y no puedo enfadarme contigo porque gracias a ti soy mucho menos desastre de lo que sería si no hubieras irrumpido en mi vida. Eres un cielo y no tienes la culpa de que, por mucho que apriete los puños con fuerza, cuando los vuelva a abrir todos mis sueños se habrán escurrido entre mis dedos para salpicar el suelo de un líquido azul brillante. Eres un cielo y por eso camino con toda la entereza de que soy capaz en este momento, cubriendo mi rostro con mi máscara más inocua.

Eres un cielo, y por eso sigo todavía en pie mientras veo cómo todo se desmorona a mi alrededor. No siento la gravedad, se me nubla la vista por momentos. Creo que me estoy mareando, pero eres un cielo y por ti puedo seguir avanzando vertical, agónicamente elegante durante unos metros más… Ya está, parece que todo remite y que el suelo vuelve a colocarse bajo mis pies. Antes de que me dé cuenta estaré en casa, pegando puñetazos a la almohada porque no son horas de ponerse a dar golpes en la pared… Ya está, ya he llegado y de repente se me han quitado las ganas de golpear nada. Esta vez la culpa no es de la pared, ni de la almohada, ni del chachachá; y posiblemente tampoco mía.

Eres un cielo, ¿lo sabías? Y nada más lejos de mi intención que parecer patético, pero tengo que decírtelo: ahora mismo me siento el ser más miserable de este mundo. Mi aliento apesta a una mezcla de ginebra, licor y tabaco rancio y mis dedos se mueven inquietos sobre el teclado del ordenador portátil. No, no tengo sueño. Tú me lo quitaste desde el día en que te conocí, como también me arrebataste mi apetito, mis ganas de atender en clase y mi ilusión por cualquier otra cosa que no fueras tú.

Eres un cielo y no, creo que no lo sabías, pero ésa es la mayor de tus virtudes y el peor de tus defectos. Eres un cielo y eso te confiere poder ilimitado para convertir a quien tú quieras en la persona más feliz del mundo, pero también para causar un dolor que no deseo a nadie. Un dolor superior a cualquier estado físico o anímico; un dolor que no deja más huella que un hilillo de sangre en el labio inferior, al morder con fuerza mientras abandonas la mirada en medio de ninguna parte; un dolor que deja la mente en blanco y el alma hecha jirones.

Eres un cielo y ésa es tu mayor suerte y tu mayor problema, porque vas a seguir siéndolo el resto de tu vida.

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