Tan apenas hace un mes desde que terminaste los exámenes y aún duele la torsión de cuello al volver la vista atrás. Es comprensible teniendo en cuenta que del ius cogens acabaste hasta ahí, hasta los mismísimos “cogens”. De momento has aprendido a escribir Tchebycheff correctamente –que no es poco- y hasta has descubierto que Stackelberg es un modelo de oligopolio y no una cerveza danesa de importación como creías. Y hablando de importaciones, lo cierto es que nunca te han “importado” gran cosa; tanto es así que la palabra “divisa” te sugiere alguien vislumbrando algo a lo lejos. La indiferencia supina que profesas a lo que estudias y haces es indiscutible, y no necesitas de una función de forma Cobb-Douglas para darte cuenta de ello. Te da absolutamente igual si la finca “La Ponderosa” se ha vendido en fraude de acreedores y eres indiferente ante la idea de que Franchico pueda o no ejercer la acción revocatoria frente a Bernardo. ¿Franchico, Bernardo…? A todo esto, ¿qué fue de Cayo, Ticio y Sempronio?
Por si esto fuera poco, todavía eres incapaz de entender cómo el individuo que dispara el arma en el “caso Thyrén” sale impune, el muy cabroncete. Pero bueno, otros se encargarán de impartir justicia. Para eso están los llamados héroes de carne y hueso, como el tipejo de la kriptonita o el embajador Elorza, que lo mismo te inventa el fondo de cohesión que te baila un vals… Yendo al meollo del asunto, concluyes que ya está bien de malgastar el verano cerrando bares y bebiendo tercios y más tercios de Stackelberg. ¡A ver si te has creído que son esos los “vicios ocultos” a los que se refiere el art. 1484 Cc.!
Ahora toca volver a la rutina y ponerse las pilas de nuevo, y no sería una mala idea empezar por lo más fácil y evidente: madrugar un poco más y dejar de invertir tiempo y tinta en transcribir cada tontería que merodea por tu cabeza. Eres consciente de que no aspiras más que a ocupar el asiento vacío de cualquier escritorzuelo esnob e insalubre, de esos que sacan a pasear su ordenador portátil al Starbucks más cercano con la esperanza –ilusos- de encontrar inspiración suficiente con la que hilar la trama de su primera novela, mientras beben con fruición de sus tazas de capuccino.
Sublime.
Y sabes que mientras redactas un nuevo mecanoscrito el tiempo fluye, como fluye el Ésera entre las piedras. El tiempo vuela y desaparece entre las montañas en forma de halcón. El tiempo corre y tú ni siquiera tienes fuerzas para caminar. Prefieres sentarte a esperar una vocación, una señal o ese estímulo poderoso que vuelva a inundarte de ganas de cambiar el mundo y de hacer las cosas mejor que bien.
El tiempo se escapa y tú persistes en tu quietud, sentado frente a la pantalla del ordenador. Esperando algo.
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