Cuando cada rincón de la habitación parece revestir el mismo color gris anodino y lóbrego, cuando el paisaje que se asoma al cristal de la ventana se tiñe de rojos y ocres, cuando no pasa nada y nada espero, salvo el amanecer… Es entonces cuando lo único capaz de salvarme son las señales. A veces son difíciles de percibir porque no tienen apariencia concreta: una señal puede ser cualquier cosa que llame mi atención, todo aquello que me invite a echar un vistazo a mi alrededor y comprobar que algo ha cambiado, aunque sea muy sutilmente. Así, el fuerte olor a carbonilla que proviene de la cocina es una buena señal de que se están quemando las tostadas, y el hecho de que mi encantador vecino de abajo golpee el techo con la escoba violentamente es señal inequívoca de que la música de mi minicadena le ha levantado de la cama en día festivo.
Pero ninguna de ésas son señales a las que uno ha de conceder más importancia de la estrictamente necesaria; no. La señal que sin saberlo llevaba tiempo buscando aparece estando yo encerrado en el cuartucho que de crío tuve a bien apellidar “de lectura”. Es al volver la página de una de las novelas del prolífico Georges Simenon cuando se materializa ante mí, a modo de improvisada marca de lectura, una fotografía en color escondida entre dos de los cientos de páginas que dan vida al humilde e introspectivo comisario Jules Maigret.
El corazón me da un vuelco y tardo unos segundos en reaccionar. Es desconcertante la forma en que una y otra vez vuelvo a encontrarme con esta estampa del pasado. La tomo entre mis manos. Allí estamos ella y yo, agarrados por la cintura, al borde del acantilado, con el Atlántico a nuestras espaldas. Sonriendo con sinceridad, como no recordaba haber sonreído desde entonces. Si miro la foto fijamente, todavía puedo sentir la brisa y el olor a sal y a brea; todavía puedo oír el graznido de las gaviotas interrumpido por la sirena de un carguero entrando en el puerto.
Recuerdo que aquel día, entre dos platos de fish & chips, ella me hablaba del capitán James Cook, héroe local descubridor de Australia y las islas Hawai. Yo me embebía de aquella satisfacción de llegar más lejos que nadie; de la misma emoción que debió de sentir el primer hombre en la luna al caminar sobre una tierra que nadie jamás había pisado.
Recuerdo que, entre dos vasos de un café algo aguado, yo le expresé mi absurda vocación: mis ganas de sacar adelante una carrera para algún día convertirme en un burócrata conformista, con un sueldo fijo mensual de cuatro cifras encabezado por un dos y mis veintitantos días de vacaciones al año. Veintitantos días que me gustaría dedicar en exclusiva en viajar alrededor del mundo. Con ella, por supuesto.
Fue en aquella ocasión cuando ella me confesó que en realidad viajaba para olvidar.
Yo no recuerdo por qué lo hacía.
Súbitamente, mis cavilaciones se ven interrumpidas por la chispa de un recuerdo vago que va tomando forma en mi cabeza hasta prender y estallar en un fogonazo. El papel de la fotografía quema en mis manos y le doy la vuelta instintivamente. En el reverso, escrita con tinta roja y letra apretada, puede leerse una única frase:
“El sueño de la razón produce monstruos.”
Profundamente conmovido, y zarandeado por el huracán de imágenes que sacude mi cabeza, vuelvo a introducir rápidamente la fotografía entre las páginas 92 y 93 de ”El Puerto de las Brumas” y deposito el libro en su lugar en la estantería. Es en la tercera balda donde conviven los distintos autores de novela negra: están Henning Mankell, James M. Cain, Craig Russell y el recientemente célebre Stieg Larsson, entre otros. ¡Cuánto ocio me habrán brindado de forma altruista estos señores! ¡Cuántas horas muertas habré pasado sentado en este sillón orejero, enfrascado en la lectura de alguno de esos libros!
Conforme mi mirada se desplaza por la estantería la infancia me sobreviene, y con ella los recuerdos: aquellas tardes enteras en que me sumergía en las aventuras de otros detectives menos avezados pero igual de sagaces que Maigret, devorando las aventuras de Los Cinco o Los Hollister con la misma avidez que el bocadillo de jamón que me preparaba mi padre nada más de salir del colegio. Entonces era divertido jugar a ser Flanagan. Con nueve o diez años era fácil de creer que un chico valiente y bastante maduro para su tierna edad, armado únicamente con su inteligencia y un tirachinas trucado, tenía poder para cambiar el mundo y acabar con las injusticias para siempre.
Muchas primaveras han pasado desde aquella época de escolar despierto y aplicado, y hoy en el sillón orejero se sienta un individuo abismado con barba de tres días envuelto en una bata de franela a cuadros rojos y verdes; un escéptico que cuestiona la existencia de buenas personas en una sociedad compleja; un agorero que pone fecha a la muerte del romanticismo y de todo aquello en lo que una vez creyó; un hombre resignado a tachar días en un calendario, mientras contagia su corazón de la amargura de su taza de té.
Creo que es por eso que oculté esa fotografía en un lugar en el que pudiera volverla a encontrar: porque supe que llegarían momentos de recaída como éste y entonces necesitaría más que nunca una ayuda para volver a creer, una señal. Puede que a aquel colegial se le quedaran pequeños los zapatos, pero nunca los ideales. Es posible que para hacer frente a mis monstruos necesite reencontrarme con mi “yo” más valiente; y tal vez para poder volver a amar necesito recordar que una vez fui capaz de amar.
Y algo me dice que tampoco es casualidad que la señal esperase escondida en el interior de una novela, pues cada vez que algo me inquieta y siempre que no tengo ganas de nada acudo a un libro. A veces pienso que es porque, después de sus brazos, esa colección páginas amarillentas es el mejor refugio que este pobre soñador ha sabido encontrar.

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