Había pasado ya un tiempo, y Máximo comenzaba a advertir día tras día una serie de cambios para mejor. Después de todo, la brisa marina y el trabajo al aire libre le habían venido bien para cambiar de aires, y las sales y el yodo del agua del mar estaban resultando ser el mejor bálsamo para cicatrizar las múltiples heridas y laceraciones que salpicaban su torso desnudo. Pero la mejor noticia era sin duda que, tras varios días de duro trabajo, parecía que la embarcación no tardaría en estar reparada por completo y pronto llegaría el día en que debiera zarpar de nuevo. Máximo podía sentirse orgulloso de haber superado con éxito los desafíos que se había planteado como punto de partida. No estaba mal para empezar, pero él mismo era consciente de eso…
…de que las cosas no habían hecho sino comenzar.
De momento lo estaba consiguiendo. Antes se habría arrugado ante la mínima adversidad, y ahora, sin embargo, seguía todavía ahí, aguantando estoicamente el ardor del sol sobre su espalda, enjugándose cada gota de sudor que perlaba su frente mientras remendaba las jarcias o claveteaba las tablas sueltas de la cubierta. Sentía que cada segundo que pasaba embreando el casco de su viejo velero era un instante precioso; que todo esfuerzo era poco con tal de hacerse de nuevo a la mar, a bordo del ‘Maverick’.
Entonces Máximo tendría una nueva oportunidad para llegar hasta ella, dondequiera que estuviere. Y no pensaba zozobrar tan fácilmente como la última vez, no: en esta ocasión no iba a dejarse embaucar por los cantos de las sirenas, conseguiría burlar la persecución de los más hábiles piratas, lograría esquivar hasta el último escollo, y se juró a sí mismo que cuando llegaran las primeras tormentas permanecería erguido delante del timón, impasible, hasta las últimas consecuencias. Esta vez -se convenció- no habría ola lo suficientemente grande para derribarle.
Pero muy en el fondo de su ser, Máximo descubrió que ardía en deseos de volver a naufragar…
…y naufragaría cuantas veces hiciera falta, con tal de poder hundirse por siempre en las profundidades grises de aquellos ojos misteriosos e insondables.
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