sábado, 23 de julio de 2011

Pesadilla antes de Navidad

- Disculpa, chaval, ¿queda muy lejos el Corte Inglés? –esto lo pregunta un peatón de media edad, mediana estatura y medio pelo la tarde del pasado jueves-.

¡Qué va! ¿Ve esas luces de colores? Sólo tiene que seguirlas y llegará a la primera residencia del capitalismo, al santuario del consumo sin mesura y a su magnífica entrada presidida por una consigna y cinco palabras: “Que no falte de nada”. No tiene pérdida, sólo tiene que levantar la vista a la altura de las farolas y dejarse guiar por ese ingente batallón de estrellas, campanas, trompetas y no se qué gaitas más. Y si a éstas les añadimos algún que otro “Felices Fiestas” o “Merry Christmas” (“Bon Nadal” sería ya el acabose), tenemos cubierto el paso definitivo para convertir, por plazo de dos semanitas, las calles céntricas de la metrópolis en una fulgurante Las Vegas. Se trata de un ineludible rastro de migas de pan que conduce a miles de Pulgarcitos manirrotos a la zona comercial de la ciudad: una luminosa vía Apia en la que desemboca hasta el último céntimo de la cartilla de ahorros de incautos como usted o como yo.

¡Pero a qué viene tanto recelo! También hay que pensar cosas positivas. Y es que, si bien es cierto que por estas fechas se dispara el número de contratos de compraventa, el fin último de éstos no podría ser más noble: ¡somos generosos! Sí, he dicho bien. Ya no se trata del egoísta “me gusta, ergo compro”, se trata de regalos, de bonhomía en estado puro que toma forma de sedosa corbata de Milano, de embriagadora fragancia de Hugo Boss o del último Best seller de John Grisham recién horneado en la imprenta. Sencillamente infalible. Y usted es el primero que sabe que, aunque no entusiasmen, son cosas que siempre gustan y, lo que es igual de importante, uno queda como un tío espléndido, como un señor, vaya.

¡Caray! Igual estoy siendo demasiado duro. Qué fácil es caer en la ironía en lugar de celebrar, como todo hijo de cristiano. Celebrar, ¿el qué? Podemos festejar que los españoles destruimos riqueza a un ritmo frenético, que el Estado de bienestar se va a tomar por el culo, que el gobierno “Zetaparo” cierra el año de un portazo con casi 5 millones de parados y que, tristemente, ya no quedan señores venerables y transparentes ni jóvenes emprendedores capaces de tomar las riendas de este caballo desbocado. Y por si esto le sabe a poco, también puede brindar esta noche por las 35.000 muertes que se podían haber evitado hoy en países tercermundistas, por la desigualdad de recursos, por las resoluciones de la Corte Internacional de (in)Justicia y demás organismos, figuras burocráticas y personas anónimas que hacen posible que esta noche usted vaya a aflojar dos agujeros el cinturón después de dar buena cuenta de la langosta y el pavo.

Es comprensible que todo ese rollo de antes le pueda sonar lejano y no le afecte, pero no por ello deja de ser real. De hecho, lo que le he contado es tan cierto como que también este año va a fingir ignorar que bajo el envoltorio del regalo de su suegra se esconde la consuetudinaria bufanda hortera de macramé. Aunque para topicazo está el irremediable debate de política con el “sociata” de su cuñado, que tendrá por maridaje unas copitas de Chardonnay, -¡del bueno, eh Josemari!-. Después el suegro abrirá el mueble-bar y sacará la botellita de Cardhu y la cajita de Cohibas de rigor. Usted aceptará el trago -¡a un buen güisqui ‘on the rocks’ no le diré que no, Mariano!-, pero sabe que si acepta también el puro no le quedará otra que aguantar los 45 minutos de vida útil del fario riendo chistes y anécdotas intergeneracionales y asintiendo con vehemencia a cada aseveración del tipo “la juventud no es lo que era desde que quitaron la mili”, “la buena música acabó con David Bowie y los Proclaimers” o “la edad no perdona”, entre otras.

Pero por encima de todo, la Navidad hace que usted se sienta orgulloso de sus dos hijos: el mayor, de trece años, es un chicote grande con buena percha, mejor saque y mayor bocaza. Apunta maneras para opositar al puesto de pendenciero cortito de su clase pero, pese a todo, es educado y agradecido (sólo hay que ver la cara de felicidad se le quedará al muy pánfilo cuando vea los juegos para la “Plei Estéision 3” que usted le va a comprar). Y qué me dice de la pequeña de la casa, de once años: a la mínima que se descuide la encontrará embebida de las enseñanzas frívolas de su madre, de la mujer de usted, en materia de peluquerías, moda, tarjetas de crédito, caché y otras cosas también muy ‘chic’ que me habré dejado en el tintero. ¡Menudo lujo de vástagos! Nadie le discutirá, desde luego, que son la viva imagen de usted.

Lo sé; sé que le he calado a la perfección. Pero no se conforme con admitirlo, hágase un favor y regálese algo que hace tiempo necesita: unos minutos cada día para pensar en otras personas o cosas distintas de usted mismo y unas gafas nuevas para ver lo que le rodea de una manera sobria, responsable y (¿por qué no?) crítica. Y antes de que pregunte le diré que no, el gaznápiro de Afflelou no comercializa ese tipo de lentes...

- Perdona, ¿te encuentras bien?
- Eehh... Sí, no es nada. Siga recto dos manzanas y luego otras dos a la izquierda por esta misma acera. Lo verá enseguida.
- Muchas gracias, hasta luego.

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