sábado, 23 de julio de 2011

La antesala del futuro

La noche se cierne sobre la ciudad como un manto negro cuando Máximo atraviesa las columnas jónicas que flanquean la entrada del teatro Olimpia. Ya dentro, es engullido por la multitud que se empuja por subir las escaleras de acceso al anfiteatro. Para cuando logra encontrar su butaca, la mayoría están ya ocupadas. La obra “2036 OMENA-G” había sido muy elogiada por la crítica y las localidades estaban todas agotadas desde hacía varios días. Máximo advierte impresionado el renovado aspecto que ofrece el teatro tras su restauración: las paredes de la sala están pintadas en colores cálidos y los detalles en relieve revisten pan de oro. Desde lo alto, la luz de una lámpara inmensa ayuda a identificar los rostros del público. Está hecha de una sola pieza de cristal y los entendidos cuentan que no tiene nada que envidiar de la que preside el techo del mismísimo Liceo de Barcelona. La joya del teatro deja por fin la sala a oscuras y las voces también se apagan como respuesta casi inmediata. Se descorre el telón.

Año 2036. El reúma, la lumbalgia, el glaucoma y otros achaques de la vejez han hecho mella en la compañía de teatro Els Joglars. Albert Boadella ya estiró la pata y los componentes que quedan vivos pasan los últimos años de sus vidas en un asilo del extrarradio; en un suburbio perdido en algún lugar de una España futurista y venida a menos, en la que la calidad de vida, los modales y el lenguaje se han visto reducidos a su mínima expresión. A la sombra de ese decorado, seis virtuosos de la farándula pasan la mayor parte del tiempo en unos “porches” que poco tienen que ver con los de las encantadoras casitas de las películas yankis. Seis sillas de madera carcomida para seis vejestorios. Así es como dejan transcurrir los días: sentados, a la espera de lo inevitable.

Semirretirados de la comedia y caídos en el olvido, ninguno está ya para demasiados trotes y parece que su público lo sabe. No es casualidad que esta noche sea su última actuación: el homenaje (“OMENA-G”, que sería en la jerga del SMS) a toda una trayectoria como artistas, un hipotético 75º aniversario de la Compañía. El acto en cuestión tiene lugar en la propia residencia de ancianos y al cargo del evento están dos niñatos enfermeros vestidos estrafalariamente, empalagosos como ellos solos. Vienen del futuro. Ella es una pelirroja despampanante con el pelo corto y se da un cierto aire a la viajera intertemporal que les salva el cuello (y las mangas y los puños, si hay suerte) a los manazas de los anuncios de detergente para la lavadora, ésos que se derraman media copa de vino por encima en un alarde de torpeza extrema. Él es un guaperas musculado y con pintas de no guardar nada de valor debajo de su llamativo peinado a lo Elvis Presley.

Tanto el uno como la otra son incapaces de abrir la boca y pronunciar algo coherente a oídos del público de 2010. El castellano se ha ido degradando paulatinamente en este lapso de veinticinco años hasta convertirse en un chapurreo de palabras truncadas, Spanish for gringos y algún que otro parche de argot juvenil. “Lógica consecuencia de una educación autonómica, fragmentada y deficitaria en todos los sentidos”, reflexiona Máximo, abatido. Pese al entusiasmo que ponen en la presentación, ninguno de los dos jóvenes parece ser consciente de la relevancia de los homenajeados, a los que miman en exceso como a indefensos vegetales. “Difícilmente pueden sentir algo parecido al respeto hacia unos actores a los que, muy probablemente, nunca habrán visto sobre un escenario”, se indigna Máximo desde su asiento.

La obra sigue y se evoca ahora con añoranza el icono del cajero automático como “símbolo de este sistema neoliberal que todo lo corrompe”. Como vestigio de que una vez España se alzó sobre los tacones de hielo de una endeble clase media construida a golpe de talonario, procacidad hipotecaria y pura gula crediticia. La banca privada, por su parte, se resume en una única entidad financiera, “la Cacha”, como monopolista en la creación de depósitos a la vista. Máximo se revuelve inquieto en su butaca; no puede dejar de notar que todo esto le está dejando en la boca un cierto regusto a corralito.

En favor de “la Cacha” hay que decir que desempeña una importante labor social, dado que patrocina y esponsoriza numerosos eventos y actividades culturales, lo cual es de agradecer para el pensionista de a pie. Desde los viajes del Inserso a la discoteca Banana Beach a los descuentos para jubilados en las entradas al “Museo Reina Letizia”. Todo ventajas. Y a propósito de mecenazgos, no está de más aprovechar el descanso para introducir una pequeña cuña publicitaria, que el OMENA-G no se financia él solito: españoles de 2010, abróchense los cinturones y aflójense las corbatas porque este otoño-invierno el burka se lleva. Se pueden encontrar en Zara (o lo que es lo mismo, Zaratustra, su homóloga gigante textil de 2036) de todas las telas, formas y colores; para él y para ella.

“¡Atención, porches 65, 66 y 67: diríjanse al ambulatorio, por favor!”, anuncia una voz femenina y protocolariamente impecable por megafonía. ¡Qué remedio! Los entrañables vejetes se ponen el abrigo, se encasquetan la boina hasta las cejas y salen a la calle para desplazarse, renqueates, por vías con denominaciones tan notables como “Avenida de la Agrikultura” (sí, sí, con “K” de kilo) o “Travesía de D. Pedro Zerolo”. Una vez en el geriátrico, les da por pelearse entre sí al no alcanzar un acuerdo en el trueque de sus dosis nada dosificadas de orfidales, trankimazines, mascarillas de oxígeno y desfibriladores. Todo ello a costa de la Seguridad Social del momento, faltaría más. La riña no tiene importancia, pues por todos es sabido que a la gente mayor le encanta discutir por cualquier cosa. El motivo más habitual de disputa, verbigracia, es algo tan intrascendente como la programación televisiva: si a Ramón le apetece ver la corrida de toros del Japón (en la nueva España Federal, hace ya tiempo que la tauromaquia se prohibió por Ley), Pilar prefiere poner un programa del corazón y pasar así a engrosar el filón de audiencia que la telebasura encuentra en la figura del octogenario. Por absurdo que pueda sonar, como no se pongan de acuerdo acabarán a gritos, enzarzándose en una pugna por hacerse con el bastón que hace las veces de improvisado mando a distancia.

De vuelta al tablado, la orgía de fármacos paliativos toca a su fin irremisiblemente cuando aparece en escena “la enfermera choni”. ¡Qué decir de la enfermera choni! Es ruda, maleducada y atrozmente vulgar; pertenece inequívocamente a esa clase de personas a las que su trabajo aburre sobremanera y no les importa pagar su frustración con todo ser que les rodea. “Es todo aquello de lo que uno no se enamoraría jamás”, dice Máximo para sí.

La deferencia en el trato que la mujer dispensa a los “putos viejos” es denigrante: “¡Viejos yonkis de mierda! ¡Ya está bien de chutaros medicamentos, joder!”, brama ostensiblemente cabreada, mientras corre a retirarles por la fuerza sus cápsulas de pasatiempo.
“¡El próximo al que pille colocándose irá derechito al corredor eutanásico, como que me llamo Bibiana!”, les amenaza en un tono de perdonavidas del todo convincente.

“Año 2036. Para entonces yo tendré 46 años”, calcula Máximo, que no puede evitar sentir un escalofrío sólo de imaginarlo. Es ahora cuando comprende que el futuro implica un avance en la línea continua del tiempo pero no necesariamente otro tipo de avances.
“Si éste es el porvenir que me espera, puedes pasarme por el corredor eutanásico o por donde te salga de ahí”, piensa Máximo. “Por entonces yo ya estaré muerto…”

“…Porque en el Estado del bienestar la gente ya no muere como consecuencia natural de la edad, ni por el cese definitivo de las funciones cardiorrespiratorias”, razona. “Hoy en día la principal causa de mortalidad en España no son los infartos; tampoco el cáncer ni los accidentes de tráfico: es el conformismo. En el siglo XXI las personas mueren con la muerte de sus ideales, por el abandono de sus principios más básicos... Y en ese sentido hace ya mucho tiempo que este país huele a cadáver”.

Dos actos más tarde, se pone punto y final al OMENA-G de forma triste y emotiva, y con él, a la obra. El eco de los aplausos resuena por toda la sala del teatro Olimpia. La lámpara formidable se enciende y el venerable reemprende la ovación, aplaudiendo a rabiar la tragedia que no es sino su suerte inexorable. Entretanto, en la madrileña Plaza de las Cortes, los leones del Congreso se yerguen graves e impertérritos sobre su marmóreo pedestal. Como dos fieles cerberos, custodios de las puertas de una necrópolis de trescientos cincuenta nichos y un único epitafio:

“Aquí yace la esperanza de cuarenta y siete millones de españoles”.

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