sábado, 23 de julio de 2011

Con los pies en el subsuelo

Son las 7:20 de la mañana y, como cada día, los individuos más variopintos de la urbe se dan cita en el metro. Personas jóvenes, adultas y ancianas; de distintas razas; altas y bajas; rellenas y flacas; casualmente vestidas unas y ostentosamente ataviadas otras. Seres humanos, al fin y al cabo: hombres y mujeres que se desplazan con celeridad por el intrincado laberinto de largos pasillos y monótonas escaleras mecánicas que parece llevar a todas partes en general y a ninguna en particular. Pese a todo, todas esas personas comparten algo en común: tienen prisa. Prisa por llegar a la oficina, a la facultad, al instituto o a cualquier otra sede del quehacer diario. Empieza un nuevo día en la ciudad, una nueva estampa del despertar de casi dos millones de almas.

Entre toda esa maraña de gente sería casi imposible reconocer a nadie; menos aún al clásico ciudadano de a pie, eterno hombre del traje gris de Sabina, con su chambergo largo y su inseparable maletín de cuero. Pues bien, ahí va uno de ésos. Resulta difícil no perderle la pista cuando, camuflado entre la multitud, enfila un corredor intentando abrirse paso entre una agobiante nube de peatones para luego descender las escaleras que conducen a la terminal. Tras esquivar a una vendedora de boletos, un trilero y un par de jóvenes vestidos a la usanza de a saber qué cultura urbana, llega finalmente a la estación: el punto de nacimiento y extinción de la línea 4, más conocida como la “línea azul”.

El panel electrónico anuncia en dígitos luminosos que 2:32 son los minutos que tardará el metro en llegar. Hace frío. Indigentes y menesterosos se arropan con mantas, resguardados en los entrantes de la pared de la estación. Los bancos están saturados de personas, así que el hombre del traje gris avanza hasta recorrer la mitad del andén y se planta ahí, de pie, pues sabe bien que son los vagones del medio los que más tardan en llenarse.

Pese a su aspecto sobrio y comedidamente elegante, este hombre es en verdad un bisoño disfrazado de adulto. Otro funcionario neófito dentro del complejo entramado de la Administración. Por eso está hoy aquí, un martes más, a quince metros bajo una ciudad que no es la suya y dispuesto a bucear entre cajas de informes caóticamente revueltos por un sueldo que tan apenas le alcanza para mantener su austero nivel de vida. Haciendo un alto en su autocrítica, el hombre del traje gris observa con impaciencia el minutero del panel: 1:15.

El maldito trabajo, las 4 manzanas de siempre hasta la boca de metro, las consabidas 8 estaciones que le conducen hasta la misma puerta de ese edificio de hormigón gris. Gris, como el cielo poluto de la ciudad sin luna ni estrellas; gris, como su sempiterna americana; gris, como él mismo. A veces no puede evitar pensar en su familia, en sus amigos y en todas las personas que se sienten orgullosas de él -¿cómo reaccionarían si supieran cómo es la verdadera vida del chaval sensible y sensato, del que siempre tuvo los pies en el suelo?-. Ya puede oírse el leve traqueteo de los vagones y un resplandor tenue parece brotar del final del túnel. 0:36.

Entonces, el señor Gris se sorprende a sí mismo preguntándose si realmente no se equivocaban quienes le solían decir con desenfado “intentas vivir demasiado rápido”. Pero es tarde para plantearse este tipo de cosas; tarde para elevar la vista y gritar al aire un dramático “por qué”. Cualquier atisbo de respuesta se hubiera visto ahogado por el ruido de la serpiente de acero al entrechocar con los raíles, un estruendo ensordecedor culminante en un haz de luz que atraviesa la boca del túnel.

0:16 ENTRA.

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