sábado, 23 de julio de 2011

Destrucción de la monotonía / Construcción de suerte

Aquella mañana me levanté lleno de energía, dispuesto a zambullirme de lleno en la rutina de siempre pero con más ganas que nunca. Me embutí en un chándal, me calcé las zapatillas y salí a la calle a correr los cuatro kilómetros que me separaban de las luces del puerto y del amanecer. Una vez de vuelta en casa me duché con agua caliente, sintiendo cómo cada gota de agua resbalaba por mi piel abrazándome en una sensación de calidez. Envolví mi cuerpo en una toalla mullida y escribí con el dedo índice tu nombre en el vaho que empañaba el espejo. Las letras no tardaron en difuminarse hasta desdibujarse por completo y dar paso al reflejo de mi rostro, que me miraba fijamente y parecía decirme “sí, te veo feliz y sonriente, pero necesitas un afeitado a la voz de ya”.

Siguiendo mi propio consejo me afeité a conciencia, aunque la cuchilla estaba tan desgastada que se hicieron necesarias varias pasadas hasta conseguir el apurado deseado. Después me puse unos vaqueros desgastados, elegí la única camisa de la que a priori podría decirse que estaba planchada y me dirigí a la cocina a preparar un buen desayuno, el mismo de todos los días: una taza de té verde con media cucharilla de azúcar, un huevo duro, tostadas con cualquier cosa que hubiera por la nevera y un bol gigante de leche con Corn Flakes…

…No, no quedaban Corn Flakes pero no importaba. Me sentía tremendamente bien y nada podía echarme a perder el día, de modo que me colgué la “chupa” al hombro, salí por la puerta y salté los escalones de dos en dos para bajar al súper a por los puñeteros cereales.

Antes de pasar por caja, me acordé de comprar también cuchillas desechables para la maquinilla y un par de cosas más que necesitaba. No pude menos que maldecir entre dientes cuando me encontré con que en la caja rápida había una cola de seis o siete personas. Si había algo que aborrecía sobre todas las cosas, ese algo era sin duda esperar. Siempre me había considerado a mí mismo un tipo al que le gustaba llegar a todo en la vida y lo cierto es que, por aquel entonces, estaba aprendiendo a valorar mi tiempo por encima de todas las cosas.

- ¿Te pongo bolsica? –la voz de la cajera sonaba con una amabilidad entrenada, rayana en el automatismo.
- No hace falta, gracias.
- Serán trece con cincuenta y ocho.

Entonces, mientras mi compra y yo atravesábamos las puertas correderas del supermercado, me di cuenta de la hilera de clientes que se había formado detrás de mí y de pronto pensé que, sin quererlo así, yo también había hecho esperar a otras personas. Personas que, por suerte o por desgracia, iban a llegar por mi culpa unos preciosos segundos más tarde a dondequiera que se dirigieren. Ese lugar podía ser cualquiera: desde una importante entrevista de trabajo hasta el estanco donde se vendía el último décimo del número de lotería que -a la postre- sería el premiado, pasando por el kilómetro de la carretera en el que iba a producirse un accidente de tráfico o, simplemente, su casa.

Y hacia la mía caminaba precisamente yo, intentando acaso comprender la escalofriante magnitud y el alcance del caprichoso poema de lo cotidiano, cuando me topé con un semáforo en rojo. Uno de esos modernísimos semáforos empalagosos que incorporan un segundero, como si quisieran burlarse del transeúnte midiendo el tiempo que le están haciendo perder. “¡Otra vez a esperar, joder! 70 interminables segundos con la vista fija en la cuenta atrás y en el muñeco rojo estático”.

Fue entonces, cuando apenas habrían transcurrido 30 de aquellos eternos segundos, cuando apareciste tú de la nada, al otro lado del paso de peatones. Me miraste y me dedicaste una de esas sonrisas con las que sin saberlo ni pretenderlo habías conseguido en tan poco tiempo volver mi mundo del revés. La misma sonrisa que en ese momento derretía mi corazón y congelaba en algún lugar de mi mente cada palabra de amor sincero que luchaba por escapar de mi boca.

Y yo te devolví la sonrisa, mientras en silencio daba una y otra vez las gracias a la caja vacía de Corn Flakes, a mi barba de leñador, al filo prácticamente romo de la cuchilla de afeitar, a esos seis o siete clientes que me habían precedido en el la caja del supermercado, a ese semáforo en rojo y a todas y cada una de las insignificantes cosas que habían hecho posible que tú y yo coincidiéramos, de la manera más absurda, en aquel lugar y en aquel instante; en aquel irrepetible rincón del espacio-tiempo. ¿Era el destino quien lo había querido así? ¿Podía yo considerarme un tipo con suerte? Quizá Oscar Wilde ya se planteara este tipo de cosas en su época cuando dijo aquello de que “el destino baraja las cartas pero nosotros jugamos”.

El semáforo se puso en verde y caminé decidido hacia ti, sin importarme lo cómico de mi aspecto con una caja de cereales bajo el brazo. Las cartas estaban ya magistralmente mezcladas y me tocaba jugar. Nos tocaba jugar.

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