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domingo, 2 de octubre de 2011

Cluers: cambia tu mundo

“El que vale, vale, y que que no, pa’ DADE”. Cuántas veces me habrán martirizado con la frasecita de las narices desde que empecé este suplicio que llamo carrera… Vale, es verdad que mucha gente entra aquí por puro descarte de otros palos, por falta de interés por el resto de campos del saber o, simplemente, por el prestigio que supone estudiar una carrera para la que piden una nota de entrada alta.

Víctor Manrique, artífice de Cluers.
Pero a lo largo de estos años como estudiante de la doble también he descubierto que comparto aula con algunas personas con las ideas muy claras, con proyectos de vida bien definidos y que ponen una gran ilusión en todo lo que hacen. Una de esas personas es Víctor Manrique, compañero de clase y creador de Cluersun ambicioso proyecto web que apenas lleva unas semanas en funcionamiento y que atrajo mi atención nada más supe de su existencia. “Tengo que escribir sobre esto en el blog”, fue lo primero que pensé.

A tal efecto, el pasado viernes me propuse quedar con Víctor para tomar un café y que me contara todo acerca de Cluers. Pensaba elaborar una lista de preguntas en plan entrevista formal pero terminé por desechar la idea. “¿De qué vas, Tablones? ¡Si tú no has entrevistado a nadie en tu vida!”, me reproché. Así que, finalmente, me limité a formular una única pregunta y conforme fue avanzando la charla en un ambiente distendido el resto salieron solas:


¿Qué es Cluers?

Cluers es un concepto de página web completamente innovador en el sentido de que permite a los usuarios registrados coordinarse entre sí para llevar a cabo logros -en términos de calidad de vida- que de forma individual sería imposible. Para ello, Cluers permite un acercamiento entre el consumidor de un bien (o usuario de un servicio) y las empresas. Por catalogarlo de alguna forma, podríamos definir Cluers como una equilibrada mezcla entre asociación de consumidores y red social.

Logo de Cluers.
A lo largo de un día cualquiera, se nos presenta una miríada de pequeños detalles que nos gustaría cambiar pero que no podemos, o al menos no fácilmente, por depender ese cambio muchas veces de las decisiones de grandes empresas o de administraciones públicas.

Nada más levantarnos, nos servimos un vaso de zumo y no podemos evitar que se derramen unas gotas debido a que nuestra marca de confianza no dispone de envase antigoteo; después nos duchamos y pensamos que no estaría mal que nuestro champú de toda la vida fuera 2en1 y eso que nos ahorrábamos en suavizante. Al salir de la ducha nos afeitamos y nos pegamos un buen tajo en el mentón porque nuestra cuchilla desechable de siempre ahora la fabrican con tres hojas en lugar de sólo dos. Una vez vestidos, desayunados y arreglados, nos disponemos a desplazarnos al trabajo o a la Facultad usando un transporte público saturado y que no pasa con tanta frecuencia como debería en horas puntas.

Tan apenas ha empezado el día y ya hemos sufrido unos cuantos tropiezos sin importancia pero que nos gustaría cambiar. ¡Imaginaos cuántos pueden ocurrir durante una jornada completa!

Diseño base de la página.
¿Cómo puede ayudarnos Cluers a cambiar nuestro día a día?

A través de una herramienta básica a disposición de todos los usuarios, que es la publicación de clues (así es como se llaman los comentarios públicos). Cada clue en particular tiene como destinatario la empresa, marca o administración pública de que se trate: “dirigido a…” Don Simón, Gillette, H&S, TUZSA, Ayuntamiento de Zaragoza, etc.


Cuando otros usuarios leen un clue y están de acuerdo con su contenido, pueden darle su voto favorable. Una vez se ha reunido un número de votos significativo para el caso de que se trate, la idea, sugerencia o crítica cuenta con el respaldo suficiente para ser elevada a la empresa por parte de los administradores de Cluers.

A título ilustrativo, transcribiré algunos de los clues que he ido leyendo en la página y que me han parecido interesantes. El primero de ellos está publicado por Cluencio:

“Creo que no deberían dejar subir bicis al Tranvía de Zaragoza porque ocupan mucho espacio y ya hay suficientes carriles para que puedan circular los ciclistas.

Pero lo que más me preocupa es que las bicicletas tengan preferencia sobre los ciudadanos. De hecho cuando se sube una bici se tienen que levantar unas tres personas de los asientos plegables para dejar sitio.

Me gustaría que se cambiase ese aspecto. Gracias.”


Otro ejemplo de clue útil sería el publicado por Patricia bajo el título “Más autobuses Ci1 y Ci2 en Zaragoza”:

“Se trata de un recorrido largo, que incluye la Estación Delicias (parada importante) y circula con muy poca frecuencia. En la parada de Camino las Torres 116, donde circula también el 24, han llegado a pasar 4-5 autobuses 24, y 1 del C1 en tan solo 15 minutos.”

El publicado por Sonia:

“Me gustaría que en la tienda k-tuin se pudiera navegar por internet, y probar todas las novedades de mac libremente sin que te moleste ningún dependiente. Al estilo de los apple store de los EE.UU., para poder probar todas las opciones.”

O el publicado por el propio Víctor:

“Los fluorescentes y material en general de la marca Stabilo Boss, suelen funcionar muy bien, y tienen la ventaja de que son recargables, pero es dificil saber que hacer para recargarlos, así que al final te ves obligado a comprar uno nuevo, creo que sería buena idea que hubiese mas información a este respecto en su web o en el mismo material, ganarían muchos clientes nuevos y mantendrian otros ya existentes.”

“En definitiva, la idea que queremos transmitir es que la misión de Cluers no es cambiar el mundo, al menos no de forma directa. Cluers ayuda al usuario a cambiar SU mundo”, afirma Víctor.

Interfaz gráfica de Cluers.
¿Por qué Cluers?

Víctor es un entusiasta del marketing y la empresa y según me comentó, ya ha leído cerca de veinte libros sobre la materia desde que empezamos la carrera. El porqué de la denominación “Cluers” se encuentra en The cluetrain manifiesto, un libro que cayó en manos de Víctor el año pasado y que auguraba, desde la óptica del año 2000 y a diez años vista, un papel decisivo de Internet en las relaciones empresa-consumidor en un mercado globalizado con nuevas conexiones.

Tras leerlo, Víctor se sorprendió al comprobar que con el paso del tiempo no se habían cumplido los pronósticos de los autores y decidió llevarlos el mismo a la práctica, articulando su primer arquetipo en torno a dos conceptos clave:

  • Clue = la pista, el camino a seguir (por la empresa).
  • Cluer = el que da la pista, el que marca el camino (el consumidor o usuario).

¿Qué necesita Cluers para despegar?

Básicamente, gente. “Cada persona individualmente considerada es perezosa, parada, no tiene incentivos al cambio y por eso no le importa seguir como está”, se lamenta Víctor. El equipo de la agencia de publicidad Comunica-t, que ha sido la encargada de llevar sus bocetos del papel a la red, enseguida mostró interés por Cluers, al que definió como “un Ferrari con poca aceleración”. Sin duda se trata de una idea fresca, inédita, pero lo verdaderamente complicado es “arrancar”, conseguir esos varios miles de cluers que permitan a los administradores de la web estar en situación de negociar con las empresas.

En efecto, 
en un mundo en el que son un puñado de esnobs gregarios y engreídos los que deciden lo que mola y lo que no, parece quimérico pensar que medio millón de personas pueda llegar a hacerse eco de un sitio web como el de Víctor, por muy bueno que sea. Pero estoy convencido de que una vez superada esta barrera, para una idea del potencial de Cluers el resto sería coser y cantar.

Uno de los bocetos originales de Víctor.
Por otra parte, parece indiscutible que con Cluers no sólo salen ganando los consumidores y usuarios. También las empresas salen beneficiadas al poder acceder con inmediatez a las preferencias, gustos y críticas sobre sus productos y consecuentemente amoldar su producción a la cantidad, calidad y gama que los usuarios demandan. Esto ahorraría a las compañías el tener que dotar recursos humanos y materiales para la realización de sondeos, farragosas encuestas y costosos estudios de mercado.

Adelantándose a los acontecimientos, Víctor anticipa que en un futuro cada empresa podría tener su propio dominio en Cluers (por ejemplo, http://danone.cluers.com), desde el cual poder acceder a una base de datos con toda una serie de estadísticas tanto públicas como privadas e interactuar con los clientes con eficacia e inmediatez. De esta forma, si Danone desease estudiar el grado de aceptación por parte de los consumidores de un yogur nuevo que ha lanzado al mercado, podría serle de gran utilidad observar los votos y opiniones de los cluers, en la medida en que éstos sean suficientes en número para conformar una muestra representativa de la realidad.

Desde UPMS os invito a que probéis Cluers, al mismo tiempo que me solidarizo con el ilusionante proyecto de Víctor Manrique, a quien deseo mucha suerte, no sólo como recompensa a su dedicación y a su espíritu emprendedor, sino también porque resulta esperanzador saber que existen empresas comprometidas con el ciudadano y con el bienestar social.

Puede que cambiar el mundo no esté en nuestras manos, pero sí que podemos empezar por cambiar nuestro mundo particular y ayudar a otras personas a que cambien el suyo. Podemos empezar por marcar el camino, por dar la pista.

Yo ya soy cluer, ¿y vosotros?

viernes, 16 de septiembre de 2011

El sabor del éxito

Yo, el día de la cena de fin de Bachillerato.
Este septiembre hace tres años que comenzó mi andadura como universitario. Tres años. Se dice pronto, pero lejos queda la vida despreocupada de aquel chaval que, con los dieciocho recién cumplidos, vestía ilusionado su traje recién estrenado para la cena de fin de Bachillerato. Una media nada desdeñable, unida a una buena nota de Selectividad, me dejaba las puertas abiertas a prácticamente cualquier carrera que quisiera estudiar. Salvo Medicina, claro.

Yo iba para ingeniero industrial (desde los doce años estaba empeñado en seguir los pasos de mi tío, probablemente la persona a la que más admiro en lo que a vida profesional se refiere), pero después de los palos que me llevaba en las matemáticas del Bachillerato de Ciencias acabé curado de espanto y pensé que, después de todo, quizá lo mío fueran las letras y no los números. Total, que acabé por desechar mi sueño infantil de diseñar mi propio parque eólico y empecé a preguntarme seriamente cuáles eran las asignaturas o materias que de verdad se me daban bien.

Lengua, Historia, Filosofía, Idiomas… Eran áreas para las que yo siempre había tenido facilidad, pero no bastaba con eso. Si algo tenía claro era que aquello a lo que fuera a dedicarme durante treinta y muchos años de cotización a la Seguridad Social también tenía que gustarme, además de, claro está, tener salidas en el mercado laboral.

La respuesta a mi búsqueda no tardó en llegar: la Economía. En mi decisión influyó mucho el hecho de que la profesora que impartía Economía en el centro donde estudié el Bachillerato fuera una señora encantadora que, además de promover nuestro interés por la materia, a los del grupo de optativa de ciencias, por ser cuatro gatos, nos trataba casi como a sus hijos. Hasta nos dejaba organizar un pequeño ágape el último día de cada trimestre. El caso es que yo iba a las clases de Economía poco menos que dando saltos de contento y ávido de nuevos conocimientos, así que ya a finales de Primero de Bachillerato empecé a plantearme que tal vez ADE fuera lo mío.

Fue más adelante, hablando con una prima mía, cuando me enteré de que existía desde hacía no mucho un programa conjunto que permitía obtener las licenciaturas en Derecho y en ADE en sólo seis años. Cuando les comenté la idea a mis padres, no dudaron en animarme a que me metiera en este berenjenal argumentando que “si Derecho a secas ya son cinco años, por un añito de esfuerzo adicional puedes sacar las dos cosas”.

Así que cuando llegó el momento de echar solicitud para la Universidad de Zaragoza, presenté el siguiente orden de preferencias:

1. Programa conjunto en Derecho y ADE.
2. ADE. 
3. Derecho.

La nota media de corte se situó finalmente en torno al 7’6, de modo que pude obtener plaza para mi primera opción.

Casi sin enterarme, el verano más largo y feliz de mi vida tocó a su fin, dando paso a los rigores de septiembre. De repente me vi en una ciudad nueva y desconocida, ante unos compañeros de clase nuevos y desarrollando ese instinto de supervivencia tan necesario en un piso de estudiantes. Empezaron las clases y con ellas llegaron un montón de conceptos técnicos desconocidos para mí: llegó el álgebra líneal, acompañando a las ecuaciones diferenciales; llegaron el debe y el haber; se presentaron Kelsen y Ihering, las fuentes del Derecho y la Constitución, con sus partes dogmática y orgánica; también vinieron Adam Smith, la oferta y la demanda, el sistema de mercado y el de planificación central…

Pillándome un poco por sorpresa, llegaron los exámenes. Llegó el primer aprobado (en Romano) y también el primer suspenso (en Matemáticas, cómo no).

Todo llegaba. Conforme pasaba el tiempo, los distintos acontecimientos de la vida estudiantil se sucedían y, poco a poco, yo iba tomando conciencia de que, por primera vez en mi vida académica, estaba rodeado de una nutrida mayoría de personas inteligentes e inusitadamente competentes. La cosa no era tan fácil como prometía y encima la gente de mi entorno, acostumbrada a nombres cortos y contundentes como “Medicina”, “Arquitectura”, “Magisterio” o “Aeronáutica”, no tenía ni pajolera de qué era lo que yo estaba estudiando. Es más, ni siquiera yo mismo lo tenía muy claro.

Me vienen a la cabeza las inevitables conversaciones de ascensor con la vecina de abajo que todavía hoy tienen lugar, en mis idas y venidas de Huesca a la capital aragonesa con la maleta a cuestas.


- ¿Y qué vienes, pues, de Zaragoza?
- Sí, que como en casa a uno no le cuidan en ningún sitio -confirmo entre risas.
- ¿Y qué tal van los estudios?
- Pues ahí andamos… Ya no queda mucho para los exámenes.
- Porque… ¿Tú estudiabas Derecho, puede ser?
- Bueno, en realidad estudio DADE –preciso, henchido de orgullo.
- ¿DADE? ¿Y eso qué es? ¿Un módulo de ésos que hay ahora?
- No, es Derecho y ADE –replico mientras veo cómo mi autoestima se desinfla como un neumático reventado.
- O sea, Derecho, ¿no? Eso me parecía a mí.
- Bueno, sí, y también ADE.
- ¡Anda! ¡Míralo el zagal qué aplicado! Que además de Derecho hace un módulo –insiste la señora, seguramente con toda su buena intención.
- No, vamos a ver, yo no hago ningún módulo –me apresuro a aclarar haciendo acopio de mi infinita paciencia-. Estoy cursando dos licenciaturas.
- ¿Derecho y…?
- Derecho y ADE.
- ¿Y entonces eso de ADE qué es?

Como en Huesca yo vivo en el último piso del bloque, normalmente a estas alturas de la conversación se abren las puertas del ascensor, mi vecina se apea del mismo y cada uno sigue su camino, yo rumiando sobre lo infravalorados que están mis estudios y ella en la convicción de que el hijo mayor de los del cuarto compagina Derecho con un grado superior en chapa y soldadura.

En lo que dura un pestañeo, terminó Primero de carrera. Este primer escalón me sirvió para descubrir que me había metido en un fregado de mucho cuidado y que aprobar todo en junio estaba únicamente al alcance de unos pocos afortunados. En ese aspecto, Segundo fue peor si cabe, con las incomprensibles Estadísticas, el árido Derecho de Obligaciones y Contratos, el Penal y las puñeteras Micros.

Pero Segundo pasó y, para cuando me quise dar cuenta, ya había empezado Tercero, que venía de la mano con las enrevesadas Macros, la minuciosa Contabilidad Financiera, el soporífero Administrativo, más Civil y Penal, la esotérica OGI…  

Por suerte, hoy puedo decir que tercero ya es cosa del pasado. He aprobado las dos asignaturas que suspendí en junio y puedo estar satisfecho de que voy a empezar Cuarto con el contador a cero y sin presión. Pienso disfrutar de estos tres años que me quedan por delante todo lo que no lo he hecho durante los otros tres que dejo atrás. Además, he aprobado la prueba teórica del examen de conducir y por fin me he decidido a comprar el primer volumen del temario de la oposición, no sin antes prometerme a mí mismo que voy a dedicarle un pequeño rato todos los días.

El Tablones actual, tomando un copazo.
Animado por tanta buena noticia, anteayer me desplacé a Zaragoza sin otra intención que celebrar el fin de los exámenes de septiembre con el Capitán Alatriste y otros buenos amigos de clase, de los que sin duda puedo decir que conocerlos ha sido mi mejor experiencia en tres años de carrera. Los cinco que estuvimos cenamos por ahí de picoteo y luego fuimos a tomar un “digestivo” (que es una forma elegante de decir “copazo”) a un bar de al lado.

Fiel a mi combinado estrella, le pregunté al barman por las ginebras que tenían.

- Tenemos Beefeater, Larios, Gordon's, Tanqueray, Bombay, Bombay Shappire…
- Hoy tengo algo que celebrar, quiero algo especial –atajé.
- En ese caso tenemos Hendrick's, Citadelle, Bulldog…
- Que sea Citadelle con tónica india, por favor.

Balón reglamentario, jugo de cítricos natural y frutos de enebro. Diez euros de mi alma me costó la gracia, pero mereció la pena porque el sabor de ese gin tonic me recordó un poco al de aquel tercio de Pilsner Urquell que tomamos una noche de febrero en el bar de enfrente del hotel, nada más aterrizar en Praga en nuestro periplo post exámenes. Sabía a triunfo y a recompensa. Sabía a libertad.

sábado, 23 de julio de 2011

As time goes by

Tan apenas hace un mes desde que terminaste los exámenes y aún duele la torsión de cuello al volver la vista atrás. Es comprensible teniendo en cuenta que del ius cogens acabaste hasta ahí, hasta los mismísimos “cogens”. De momento has aprendido a escribir Tchebycheff correctamente –que no es poco- y hasta has descubierto que Stackelberg es un modelo de oligopolio y no una cerveza danesa de importación como creías. Y hablando de importaciones, lo cierto es que nunca te han “importado” gran cosa; tanto es así que la palabra “divisa” te sugiere alguien vislumbrando algo a lo lejos. La indiferencia supina que profesas a lo que estudias y haces es indiscutible, y no necesitas de una función de forma Cobb-Douglas para darte cuenta de ello. Te da absolutamente igual si la finca “La Ponderosa” se ha vendido en fraude de acreedores y eres indiferente ante la idea de que Franchico pueda o no ejercer la acción revocatoria frente a Bernardo. ¿Franchico, Bernardo…? A todo esto, ¿qué fue de Cayo, Ticio y Sempronio?

Por si esto fuera poco, todavía eres incapaz de entender cómo el individuo que dispara el arma en el “caso Thyrén” sale impune, el muy cabroncete. Pero bueno, otros se encargarán de impartir justicia. Para eso están los llamados héroes de carne y hueso, como el tipejo de la kriptonita o el embajador Elorza, que lo mismo te inventa el fondo de cohesión que te baila un vals… Yendo al meollo del asunto, concluyes que ya está bien de malgastar el verano cerrando bares y bebiendo tercios y más tercios de Stackelberg. ¡A ver si te has creído que son esos los “vicios ocultos” a los que se refiere el art. 1484 Cc.!

Ahora toca volver a la rutina y ponerse las pilas de nuevo, y no sería una mala idea empezar por lo más fácil y evidente: madrugar un poco más y dejar de invertir tiempo y tinta en transcribir cada tontería que merodea por tu cabeza. Eres consciente de que no aspiras más que a ocupar el asiento vacío de cualquier escritorzuelo esnob e insalubre, de esos que sacan a pasear su ordenador portátil al Starbucks más cercano con la esperanza –ilusos- de encontrar inspiración suficiente con la que hilar la trama de su primera novela, mientras beben con fruición de sus tazas de capuccino.

Sublime.

Y sabes que mientras redactas un nuevo mecanoscrito el tiempo fluye, como fluye el Ésera entre las piedras. El tiempo vuela y desaparece entre las montañas en forma de halcón. El tiempo corre y tú ni siquiera tienes fuerzas para caminar. Prefieres sentarte a esperar una vocación, una señal o ese estímulo poderoso que vuelva a inundarte de ganas de cambiar el mundo y de hacer las cosas mejor que bien.

El tiempo se escapa y tú persistes en tu quietud, sentado frente a la pantalla del ordenador. Esperando algo.

Con los pies en el subsuelo

Son las 7:20 de la mañana y, como cada día, los individuos más variopintos de la urbe se dan cita en el metro. Personas jóvenes, adultas y ancianas; de distintas razas; altas y bajas; rellenas y flacas; casualmente vestidas unas y ostentosamente ataviadas otras. Seres humanos, al fin y al cabo: hombres y mujeres que se desplazan con celeridad por el intrincado laberinto de largos pasillos y monótonas escaleras mecánicas que parece llevar a todas partes en general y a ninguna en particular. Pese a todo, todas esas personas comparten algo en común: tienen prisa. Prisa por llegar a la oficina, a la facultad, al instituto o a cualquier otra sede del quehacer diario. Empieza un nuevo día en la ciudad, una nueva estampa del despertar de casi dos millones de almas.

Entre toda esa maraña de gente sería casi imposible reconocer a nadie; menos aún al clásico ciudadano de a pie, eterno hombre del traje gris de Sabina, con su chambergo largo y su inseparable maletín de cuero. Pues bien, ahí va uno de ésos. Resulta difícil no perderle la pista cuando, camuflado entre la multitud, enfila un corredor intentando abrirse paso entre una agobiante nube de peatones para luego descender las escaleras que conducen a la terminal. Tras esquivar a una vendedora de boletos, un trilero y un par de jóvenes vestidos a la usanza de a saber qué cultura urbana, llega finalmente a la estación: el punto de nacimiento y extinción de la línea 4, más conocida como la “línea azul”.

El panel electrónico anuncia en dígitos luminosos que 2:32 son los minutos que tardará el metro en llegar. Hace frío. Indigentes y menesterosos se arropan con mantas, resguardados en los entrantes de la pared de la estación. Los bancos están saturados de personas, así que el hombre del traje gris avanza hasta recorrer la mitad del andén y se planta ahí, de pie, pues sabe bien que son los vagones del medio los que más tardan en llenarse.

Pese a su aspecto sobrio y comedidamente elegante, este hombre es en verdad un bisoño disfrazado de adulto. Otro funcionario neófito dentro del complejo entramado de la Administración. Por eso está hoy aquí, un martes más, a quince metros bajo una ciudad que no es la suya y dispuesto a bucear entre cajas de informes caóticamente revueltos por un sueldo que tan apenas le alcanza para mantener su austero nivel de vida. Haciendo un alto en su autocrítica, el hombre del traje gris observa con impaciencia el minutero del panel: 1:15.

El maldito trabajo, las 4 manzanas de siempre hasta la boca de metro, las consabidas 8 estaciones que le conducen hasta la misma puerta de ese edificio de hormigón gris. Gris, como el cielo poluto de la ciudad sin luna ni estrellas; gris, como su sempiterna americana; gris, como él mismo. A veces no puede evitar pensar en su familia, en sus amigos y en todas las personas que se sienten orgullosas de él -¿cómo reaccionarían si supieran cómo es la verdadera vida del chaval sensible y sensato, del que siempre tuvo los pies en el suelo?-. Ya puede oírse el leve traqueteo de los vagones y un resplandor tenue parece brotar del final del túnel. 0:36.

Entonces, el señor Gris se sorprende a sí mismo preguntándose si realmente no se equivocaban quienes le solían decir con desenfado “intentas vivir demasiado rápido”. Pero es tarde para plantearse este tipo de cosas; tarde para elevar la vista y gritar al aire un dramático “por qué”. Cualquier atisbo de respuesta se hubiera visto ahogado por el ruido de la serpiente de acero al entrechocar con los raíles, un estruendo ensordecedor culminante en un haz de luz que atraviesa la boca del túnel.

0:16 ENTRA.