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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Del Debate, del IP, de la progresía y otros sucedáneos


El lunes noche, a las 22:00 y con puntualidad escrupulosa, encendimos la tele en mi piso de estudiantes. Esa antigualla panzuda de culo cuadrado y apellido Thomson, que tantas películas, series y buenos momentos nos ha brindado, nos permitió ser testigos televisivos de esa gran pantomima mediática que se ha dado a conocer como “el Debate”.


Parece que fue ayer cuando un Tablones más jovencito estaba despatarrado en el sofá de su casa, con 17 años, tragándose en familia los debates Rajoy-Zapatero y Pizarro-Solbes. Recuerdo que aquella noche al terminar el paripé quedé algo indiferente, con la sensación de que aquellos dos señores de la corbata me estaban intentando colar un golazo, pero no sabía muy bien por dónde.

Este año el discurso ha sido el mismo pero mi reacción ha sido distinta: me he sorprendido a mí mismo diciéndome que este par de caraduras necesitan algo más que un puñado de estadísticas y su habilidad innata para esquivar temas comprometidos para dársela con queso a este alumno de 4º de DADE. También la compañía ha sido otra: esta vez he visto el debate con mis compañeros de piso. Los tres son de Jaca, gente muy sensata y más majos que las pesetas, pero progres como ellos solos. Podéis imaginaros, entonces, el clima de efervescencia que llegó a apoderarse del chamizo que tenemos por salón durante algunos momentos de la retransmisión.

Precisamente hubo una disputa especialmente acalorada a raíz del famoso Impuesto sobre Grandes Fortunas. Hice verdaderos esfuerzos para refrenarme y no perder los papeles, pero es que me parece increíble cómo cualquier papanatas que sabe de Macroeconomía y Derecho Tributario lo que yo de ganchillo se cree autorizado para estimar la procedencia o improcedencia de un tributo, a partir de lo que ha podido leer en el periódico X o en la cadena de televisión Y. O, mejor dicho, a partir de lo que le ha parecido entender al leer o escuchar sobre un tema completamente desconocido.

Si al abordar un tema específico uno no sabe por dónde le da el aire, lo mejor que puede hacer es cerrar la boca. Más aún cuando abrirla supone erigirse en adalid de la progresía ramplona, berreando argumentos del tipo “lo justo es quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. Es triste que esta juventud iletrada de hoy en día sea así de bidimensional: o rojos o fachas, o pobres o ricos, o progresistas o retrógrados… Es triste, como digo, andar siempre buscando la cara y la cruz de todo, pero sólo así se explican puntos de vista como el que ayer expuso tan ardorosamente mi compañera de piso A.

Supongo que nunca nadie se ha detenido a explicarle a A. que en España ya existe un impuesto que grava la renta, el IRPF; ni que ese impuesto es progresivo, es decir, que aplica un mayor tipo impositivo cuanto mayor es la renta percibida. Así, frente a la exención fiscal para los que perciben ingresos anuales inferiores a 9.000 euros, contrasta el hecho de que Hacienda se queda un 43% de aquellos ingresos anuales superiores a 52.360 euros.

¿No es ya bastante justo que las rentas desiguales se redistribuyan por medio de un impuesto que las grave de forma progresiva? ¡Entonces dejad el patrimonio quieto, joder! A ver si ahora va a resultar que uno tiene el deber de soportar una mayor carga fiscal por haber ahorrado toda su vida en lugar de fundirse la nómina en cubatas, putas y otros bienes de consumo, como por lo visto hace todo el mundo en este país. Así debió de entenderlo el Gobierno cuando suprimió el Impuesto sobre Patrimonio en 2008; el mismo Gobierno que, por otra parte, ahora quiere recuperarlo. Entonces, ¿en qué quedamos?

La verdad es que con tanto vaivén aquí no hay quien se aclare, pero no me pasa desapercibido que este intento de resucitar el IP no deja de ser una argucia política para espolear a los currelas sindicados y a esos jóvenes pseudocomunistas que, de tanto fumar porros, han terminado por creerse su propia película. Una película que habla de una lucha de clases, de los pobres y de los ricos, de los buenos y de los malos. Una película que mantiene entretenidos a esos desgarramantas que sueñan con mejorar su situación sin mover un dedo, a base “quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. A base de jugar a ser Robin Hood.



Pero volvamos al debate. Más allá de mi ideología política, ayer vi a dos hombres grises. Dos líderes de puñal y camarilla, deudores para con el partido que les mantiene políticamente vivos, repitiendo hasta la saciedad las mismas consignas que han ido dando por buenas las propias encuestas electorales.

Si anteayer a las diez de la noche algún extraterrestre pudo sintonizar Antena 3 desde su planeta con una megaantena capaz de captar frecuencias intergalácticas, probablemente creería que estaban emitiendo una comedia. El pobre marcianito echaría de menos las risas enlatadas en algunos puntos de las intervenciones, no digo que no, pero se descojonaría cosa mala al ver a Rajoy y al cararoedor increpándose mutuamente el haber destrozado el país en las legislaturas precedentes y recriminando al otro su despreocupación por los ciudadanos. Que si el uno quitó el “cheque-bebé”, que si el otro tuvo la culpa de la crisis del ladrillo, que si a éste no le importa la educación pública, que si aquél es el terror de las PYMEs… Demagogia de la buena, sin adulterar.


Ni de la democracia, ni de la LOREG, ni de la corrupción ni de la Administración. De ninguno de esos temas se hizo mención, salvo una somera alusión a la supresión de las Diputaciones Provinciales por parte de Rubalcabra. Se diría que tenían pactado de antemano no tratar ninguno de esos temas, como apuntaba un profesor mío ayer, pues a ninguno de los dos les interesaba airear las no pocas canalladas que uno y otro partido tienen en común. Y es que a día de hoy, sinceramente, no veo que la diferencia de facto entre los dos grandes partidos sea tanta: se limita a cuatro aspectos superficiales, casi de puro ornato, y a la elección del tema insustancial sobre el que dictar un par de Leyes capaces de traer polémica y focalizar la ira ciudadana en una banalidad que nada tenga que ver con los constantes fracasos económicos.

Muy señores míos, ¿cómo pueden tener el descaro de dirigirse a los doce millones de españoles que vimos el debate como si fuéramos gilipollas? Vayan a reírse de su familia y cuéntenles a ellos que el candidato rival miente como un bellaco y que tienen serias sospechas de que fue él quien mató a Kennedy, que a mí me la trae floja. Mientras analfabetos de la talla de Pepiño Blanco sigan siendo los responsables de administrar presupuestos de más de 20.000 millones de euros como el del Ministerio de Fomento -y encima cobren un sueldo anual de seis cifras por ello-, nada de lo que ustedes puedan contarme va a parecerme mínimamente serio.


Hace tres semanas vino la candidata al Congreso por UPyD Rosa Díez a impartir una conferencia en mi Facultad
, y puedo decir que ese día tuve la oportunidad de escuchar a alguien que poco tiene que ver con los dos elementos que anteayer se medían en desfachatez ante los ojos de sus potenciales votantes. Aquel día vi ante mí a una líder nata, carismática, sonriente, capaz de aportar ideas, enérgica en el discurso… Pero, sobre todo, me pareció ver a una auténtica demócrata. He de decir, eso sí, que no me gustó el detalle de que la buena mujer, en lo que supuestamente pretendía ser una charla sobre la reforma de la democracia, no tardara ni diez minutos en mencionar la palabra voto y proponer a UPyD como “la alternativa”.

En fin, a un mes vista de las urnas todos los asistentes sabíamos lo que podíamos esperar del discurso de Rosa y lo que no. Pero debo reconocer que yo soy el primer estudiante de Derecho disgustado con la ley electoral vigente y con la democracia de chichinabo en la que vivimos. No puedo dejar de pensar que, de remover las restricciones impuestas por la circunscripción provincial y el leonino Sistema D’Hondt, España entera podría haber presenciado una mesa redonda entre tres candidatos en lugar del grotesco cara a cara que vimos el lunes. Me desazona sobremanera saber que todo lo que no sea votar a uno de esos dos somardas el día 20 equivaldrá en la práctica a tirar mi voto a la papelera, pero es lo que tiene habitar una humilde provincia de tres escaños. Hay que joderse.

Mi jornada de clase de nueve horas comenzó ayer por la mañana con la siguiente frase que nos dirigió José Bermejo, Catedrático de Derecho Administrativo:


“lo que pasó ayer de diez a doce tuvo escasa relevancia para el Derecho Administrativo, muy poca para la política y ninguna para la Democracia”.

P.D.: reto desde aquí al sr. Neri, renombrado experto en corbatología, a que me explique por qué D. Alfredo llevaba -al igual que D. Mariano- una corbata azul y no una de tonos más rogelios, haciendo aprecio al color y emblema de su partido. Es un detalle que me llamó la atención.

jueves, 4 de agosto de 2011

Indignación: formas y colores


 Estoy indignado, señores, profundamente indignado
(que en estos tiempos que corren no es lo mismo que decir “soy indignado”). En un intento de comprender mejor los motivos de mi indignación he desarrollado en las siguientes líneas mi visión de algunas de las noticias que, en los últimos días, han sacudido la opinión pública en España y fuera de ella.

Todo empezó el pasado viernes. Volvía yo algo achispado a casa por la tarde-noche, después de pasar un día de campo y barbacoa entre amigos, cuando mi padre me salió con la noticia de marras: “hijo, para mí que de ésta no salimos: al final habrá elecciones anticipadas”. El 20-N (que es como se dice 20 de noviembre en progre), ¡qué coincidencia! Simbolismos aparte, tampoco le concedí a este detalle más importancia de la necesaria, pues por todos es sabido que recordar fechas nunca ha sido el fuerte de ZP. ¡Acordaos si no de la que lió el día del aniversario del hundimiento del Titanic!

Desde mi punto de vista, lo relevante del adelanto de los comicios generales no es la fecha, sino la propia noticia en sí: siguiendo con el símil zapateriano, imaginaos qué poco le debe de quedar a este “poderoso transatlántico” para hundirse cuando el mismo gobierno que lo capitanea ya está pensando en evacuar al comodoro Rubalcaba en un bote salvavidas, cuatro meses antes de llegar a puerto…

A partir de ahí mi enojo fue in crescendo hasta alcanzar una de sus mayores cotas ayer mismo, cuando un amigo de clase me pasó la noticia de que el diferencial del bono español a diez años con el bono alemán se disparaba hasta alcanzar el máximo histórico de 400 puntos. Me pregunto cuántas horas extra de asesores y cuántos desayunos con la Merkel y su homólogo chino habrán hecho falta para explicarle a nuestro Presidente que esto significa que, por cada 100 euros que nos sean prestados en concepto de deuda pública, al cabo de diez años tendremos que devolver 185'95.

El caso es que, de una u otra forma, alguien ha conseguido hacerle ver a nuestro Presi la gravedad de la situación y le ha instado a tomar medidas: hoy Zipizape ha interrumpido sus vacaciones en el Parque Nacional de Doñana, donde con toda probabilidad estaba buscando en la plácida existencia de los patos y los flamencos una sabia enseñanza con la que renovar su repertorio de citas-gilipolleces célebres, y ha vuelto a Madrid. Su precipitada vuelta a la capital tenía por motivo una reunión con la Salgado a eso de las 7 de la tarde. El encuentro prometía, y desde luego no ha defraudado: he estado poco menos que mordiéndome las uñas esperando a que terminara el telediario para al final oír de boca de la Ministra de Economía que “la situación es mala, pero no desesperada” y que por eso “no tomaremos medidas”. Ya está. Así de fácil.

Qué medidas, qué recortes en gastos sociales ni qué ocho cuartos: para la Salgado es mucho más cómodo dejar correr el diferencial como un caballo desbocado hasta que alcance los 500 puntos y, entonces, todo el mundo a llorar y a pedir que nos intervengan. Como eso no ocurrirá hasta enero o febrero y por entonces será el PP quien gobierne, los socialistas podrán lavarse las manos para después frotárselas mientras piensan en lo redonda que les ha salido la jugada: justo habrá sido pasarle la patata caliente al PP y estallar ésta en la cara de Mariano Rajoy.

Pero para encontrar el incidente que colmó mi exasperación tenemos que retrotraernos de nuevo al pasado viernes, cuando una marcha de “indignados” intentó cercar la Moncloa. En el momento en que un destacamento de policía se opuso a sus pretensiones de colarse hasta las mismas puertas a armar la algarada padre, la respuesta no se hizo esperar: una lluvia de escupitajos progres cayó sobre esos pobres agentes, ciudadanos españoles ante todo, que sólo cumplían con el deber derivado del ejercicio de su profesión de garantizar el orden público; deber previsto en sus estatutos y en la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Hasta hubo una perroflauta impudorosa que, jaleada por sus semejantes, tuvo la osadía de orinarse en las botas de uno de los agentes.
Como queda terminantemente prohibido descargar porrazos contra estos energúmenos por órdenes de Alfredo (¡que eso baja puntos en las encuestas, caray!), el agente en cuestión, claro, no pudo hacer más que reprender a esa cavernícola asilvestrada y advertirle de que no lo volviera a hacer. ¿…O qué? La “autoridad pública” lo único que tiene de autoridad es el nombre, y es ésta una de las principales características de una sociedad decadente. Cualquier pintamonas puede tomar a un agente de Policía por el pito del sereno y salir indemne, y así lo único que se consigue es fomentar la inseguridad jurídica y el “todo vale”.

Ahora bien, me da a mí que el de la incontinencia llega a ser un hombre y de poco o nada hubieran servido las órdenes de Rubalcaba de quedarse quietos como exánimes soldaditos de plomo: fijo que a ese hipotético cafre le habrían roto dos o tres costillas de un porrazo. Pero claro, siendo la infractora una mujer sólo a un “facha misógino” se le ocurriría emplear la violencia contra ella. La igualdad, señores, ese principio consagrado en el artículo 14 de nuestra Carta Magna y que sin saber muy bien cómo ha devenido en “bibianismo”, empieza por soltarle el mismo porrazo a cualquier persona que se le orine encima a un agente “sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Muchas malas noticias en tan pocos días; demasiadas. Y lo peor de todo es que me hierve la sangre sólo de pensar que mientras yo intento manifestar de forma coherente mi indignación a través de estas líneas, varios cientos de simpatizantes de la izquierda perrofláutica se están indignando también a su manera en Sol porque los 400 euros de subsidio por desempleo en su modalidad asistencial no les alcanzan para comprar todos los porros, monociclos, tiendas de campaña, cachimbas, armónicas y pelotas de malabarismos que necesitan para subsistir. Cuatrocientos euros que, permitidme que lo recuerde, al nuevo tipo de interés de los bonos nos cuestan 743'80. Y subiendo.

Más que indignante, es para mí descorazonador inferir a partir de conversaciones con amigos o gente cercana que siete de cada diez españoles ignoran qué es la prima de riesgo y su repercusión sobre la economía española y, además, “se la pela”. Sí, sí, así de llanamente: ¿a quién le importa la economía cuando dispone de 400 euros caídos del cielo para echarse el carajillo de brandy de después de comer mientras juega el musete en el bar?

¿Y a quién puede importarle el largo plazo cuando cuatro pancartas con faltas de ortografía y ochenta decibelios de ruido de rebaño bastan para conseguir que Zapatero se baje los pantalones aquí y ahora?

sábado, 30 de julio de 2011

Mi ciudad en días oscuros


La imagen que ilustra el post de hoy está tomada recientemente. Es la foto de una ciudad, de mi ciudad. De ella voy a hablaros hoy.

El lugar desde el que hice la foto es uno de tantos a los que me gusta acudir en mis paseos. Desde allí puedo repasar a vista de pájaro cada uno de los lugares emblemáticos de Huesca; puedo pasear con la imaginación por cada una de las calles que me han visto crecer. Pese a ser de noche y mi cámara de fotos francamente mala, además de varias hileras de farolas, puede verse al fondo cómo la Catedral se eleva por encima de los edificios del casco histórico.

Huesca es en buena medida una ciudad de funcionarios y empleados públicos, en la que el sector servicios ocupa a una gran parte de la población. A la sombra de ese tejido administrativo, encuentran cobijo una serie de autónomos y pequeños comerciantes que estimulan la vida económica de una población de poco más de 50.000 habitantes.

La escasa industria que la ciudad es capaz de atraer se resume en un puñado de PYMES que ocupan un par de polígonos industriales semivacíos. Para mayor preocupación, dos de las principales empresas que había –una de ellas constructora, por supuesto- cerraron, con consecuencias nefatas sobre el empleo y el sostenimiento de más de 300 economías domésticas. La agricultura, por su parte, se concentra mayoritariamente en el cultivo del cereal, con especial intensidad en la cebada.

Como no podía ser de otra manera, la presente crisis económica se ha dejado sentir también en las calles de mi ciudad. El impopular recorte salarial a los funcionarios conocido como "el zapatazo", sumado a las subidas de impuestos tanto a nivel estatal como local, ha privado de poder adquisitivo a una gran parte de los oscenses. Yo soy hijo de funcionarios y echando un cálculo rápido puedo afirmar que en 2011 entra en mi casa un 10% menos del dinero que entraba en 2010.

Poniéndonos en extremo simplistas, esto conlleva que por cada diez días que salíamos a tomar algo, ahora sólo podremos salir nueve. En la práctica esto supondría que, bien todos los bares ven reducido su margen de beneficios en un 10%, o bien uno de cada diez bares se verá obligado a cerrar. Esta misma idea es extensible a tiendas de ropa, muebles, electrodomésticos y, en definitiva, a cualquier empresa exclusivamente comercial u orientada al consumo.

Son malos tiempos para España, pero los malos tiempos en Huesca están todavía por llegar. El paro aquí no es todavía una realidad alarmante, pero va a ir incrementándose poco a poco, por medio de una lenta e inexorable desaceleración del consumo.

Pese a ser Huesca una ciudad bastante tranquila, en la que la vida transcurre sin grandes incidentes, se cumple como en todas partes que el desempleo, la delincuencia y la inseguridad ciudadana van de la mano. De dos años a esta parte, se están registrando casos de bandas organizadas que entran a robar en pisos en determinadas zonas de la ciudad; año y medio atrás, se perpetró un atraco a un banco; hace algunos meses atracaron una joyería; y hace tan sólo tres días se produjo un asesinato en un piso de inmigrantes. "Justo ahora, mientras abríamos, estaban levantando el cadáver", comentaba a sus clientes la dependienta de un pequeño establecimiento ubicado cerca del lugar del crimen.

¿Puede alguien explicarme qué está pasando?

Que se avecinan días oscuros, y esto es así tanto en Huesca como en cualquier otro rincón de España.

Podemos sentirnos afortunados por haber vivido la época de mayor esplendor que ha conocido y conocerá la humanidad, y digo
"y conocerá" porque hasta los gurús más optimistas saben que estos años dorados no han de volver. No había que ser un Paul Krugman para darse cuenta de que esta capa de hielo ya no aguantaba un solo idiota más patinando encima: el Estado del bienestar se resquebraja y yo no sé si quiero quedarme aquí para verlo. La idea de marchar al extranjero cobra fuerza por momentos…

Pero cuando algunas noches admiro Huesca iluminada pienso que, después de todo, tampoco estamos tan mal. Es sin duda el alumbrado eléctrico, ese servicio mínimo e ineludible que todo municipio debe prestar, uno de los símbolos del progreso de este país. Una noche más, somos un punto luminoso sobre el mapa de Google Earth: una bombilla diminuta vista desde el espacio que parece querer decirnos que, mientras luzca, aquí es posible vivir. Mejor o peor, eso ya se verá.

miércoles, 27 de julio de 2011

Ciudadano Abós

Una vez un profesor mío de Ciencias Sociales, intentando explicar el concepto de ciudadanía, se dirigió a la clase en estos términos: “cada vez que ustedes salgan a la calle, deben recordar en todo momento quiénes son. Ustedes son ciudadanos españoles pero también ciudadanos de la Unión Europea y, por encima de todo, ciudadanos del mundo”.

Hoy, cinco o seis años después, todavía sigo preguntándome a qué se refería exactamente aquel hombrecillo histriónico de los jerséis de punto y el pelo engominado cuando nos planteaba aquellas reflexiones macrocósmicas sobre nuestra identidad. Empezaré diciendo que mi nombre es Antonio, aunque casi todos me llaman por el apellido, Abós.

Soy Abós y vivo en el país de las costas soleadas, de los toros y el flamenco. Mi existencia se desarrolla en la tierra del buen vino, de las tapas y las cañas, de las discotecas y la bacanal mediterránea: el país de la picaresca y del placer por la ociosidad, no tanto como por el descanso. Vivo en el país de los éxitos deportivos y los fracasos políticos, del mal cine y de la música mediocre. Soy votante en el mismo país que ayer gobernó Felipe y hoy gobierna Zetapé, con la inestimable ayuda de Ministerios como el de “Igual Da”. Me refiero al país donde tantísimos jetas se resumen en dos caras: los rojos y los fachas, los progres y los retrógrados, los jóvenes y los carcas...

Soy Abós, habitante del viejo continente; el de la Unión Monetaria, donde las barreras idiomáticas, culturales y afectivas se elevan muy por encima de las arancelarias. Soy parte del territorio de la Champions, la UEFA y la Eurocopa; y me enorgullezco de ser de la tierra de Churchill, de Mozart, de Kafka, de Saint-Exupéry, de Maquiavelo y de Goethe. Me estremezco con cada paso que doy sobre el escenario de la democracia, de dos revoluciones industriales y otras tantas guerras mundiales.

Soy Abós y un buen día aterricé en la “mitad” rica del planeta azul. Vivo en el mundo de la desigualdad de recursos, de las guerras encubiertas y las intimidades nimias descubiertas. Soy uno más en el hemisferio norte, donde se consume toda la droga y el crudo que enriquece a los gobiernos títeres y líderes populistas del sur, al tiempo que empobrece a millones de personas que abrazan la miseria con tanta resignación como respuestas encuentran en las religiones y el fanatismo.

Soy Abós y vivo en la época de la crisis financiera y medioambiental, de la quiebra de Bancos (de peces gordos) y banquisas por igual. Soy testigo de los adelantos de la era informática: ese campo de batalla en el que Microsoft y Apple disparan y esquivan balas virtuales, mientras algunos todavía nos lamentamos de que el verbo chatear perdiera hace tiempo el significado de “arrejuntarse con unos colegas con ánimo de beber chatos de vino”. Vivo en la edad de los avances en la medicina, en la que la cura contra el cáncer sigue siendo una incógnita; aunque duermo más tranquilo desde que sé que Sanidad reparte “píldoras del día de después” como si de golosinas se tratara. Sobrevivo en los tiempos del consumismo y de las modas veleidosas, de las revistas cuyas portadas protagonizan personas-maniquíes de cuerpo escultural, vientre plano y encefalograma más si cabe.

Soy Abós, y cada vez que salgo a la calle mi único consuelo consiste en caminar con ligereza entre esa caterva de “ciudadanos”, desoyendo las recomendaciones de marquesinas y vallas publicitarias, ignorando la barahúnda del tráfico y el levantamiento de nuevos edificios. Soy Abós y ésta es mi forma de olvidar por un momento que pertenezco a este lugar y a esta época.

sábado, 23 de julio de 2011

La antesala del futuro

La noche se cierne sobre la ciudad como un manto negro cuando Máximo atraviesa las columnas jónicas que flanquean la entrada del teatro Olimpia. Ya dentro, es engullido por la multitud que se empuja por subir las escaleras de acceso al anfiteatro. Para cuando logra encontrar su butaca, la mayoría están ya ocupadas. La obra “2036 OMENA-G” había sido muy elogiada por la crítica y las localidades estaban todas agotadas desde hacía varios días. Máximo advierte impresionado el renovado aspecto que ofrece el teatro tras su restauración: las paredes de la sala están pintadas en colores cálidos y los detalles en relieve revisten pan de oro. Desde lo alto, la luz de una lámpara inmensa ayuda a identificar los rostros del público. Está hecha de una sola pieza de cristal y los entendidos cuentan que no tiene nada que envidiar de la que preside el techo del mismísimo Liceo de Barcelona. La joya del teatro deja por fin la sala a oscuras y las voces también se apagan como respuesta casi inmediata. Se descorre el telón.

Año 2036. El reúma, la lumbalgia, el glaucoma y otros achaques de la vejez han hecho mella en la compañía de teatro Els Joglars. Albert Boadella ya estiró la pata y los componentes que quedan vivos pasan los últimos años de sus vidas en un asilo del extrarradio; en un suburbio perdido en algún lugar de una España futurista y venida a menos, en la que la calidad de vida, los modales y el lenguaje se han visto reducidos a su mínima expresión. A la sombra de ese decorado, seis virtuosos de la farándula pasan la mayor parte del tiempo en unos “porches” que poco tienen que ver con los de las encantadoras casitas de las películas yankis. Seis sillas de madera carcomida para seis vejestorios. Así es como dejan transcurrir los días: sentados, a la espera de lo inevitable.

Semirretirados de la comedia y caídos en el olvido, ninguno está ya para demasiados trotes y parece que su público lo sabe. No es casualidad que esta noche sea su última actuación: el homenaje (“OMENA-G”, que sería en la jerga del SMS) a toda una trayectoria como artistas, un hipotético 75º aniversario de la Compañía. El acto en cuestión tiene lugar en la propia residencia de ancianos y al cargo del evento están dos niñatos enfermeros vestidos estrafalariamente, empalagosos como ellos solos. Vienen del futuro. Ella es una pelirroja despampanante con el pelo corto y se da un cierto aire a la viajera intertemporal que les salva el cuello (y las mangas y los puños, si hay suerte) a los manazas de los anuncios de detergente para la lavadora, ésos que se derraman media copa de vino por encima en un alarde de torpeza extrema. Él es un guaperas musculado y con pintas de no guardar nada de valor debajo de su llamativo peinado a lo Elvis Presley.

Tanto el uno como la otra son incapaces de abrir la boca y pronunciar algo coherente a oídos del público de 2010. El castellano se ha ido degradando paulatinamente en este lapso de veinticinco años hasta convertirse en un chapurreo de palabras truncadas, Spanish for gringos y algún que otro parche de argot juvenil. “Lógica consecuencia de una educación autonómica, fragmentada y deficitaria en todos los sentidos”, reflexiona Máximo, abatido. Pese al entusiasmo que ponen en la presentación, ninguno de los dos jóvenes parece ser consciente de la relevancia de los homenajeados, a los que miman en exceso como a indefensos vegetales. “Difícilmente pueden sentir algo parecido al respeto hacia unos actores a los que, muy probablemente, nunca habrán visto sobre un escenario”, se indigna Máximo desde su asiento.

La obra sigue y se evoca ahora con añoranza el icono del cajero automático como “símbolo de este sistema neoliberal que todo lo corrompe”. Como vestigio de que una vez España se alzó sobre los tacones de hielo de una endeble clase media construida a golpe de talonario, procacidad hipotecaria y pura gula crediticia. La banca privada, por su parte, se resume en una única entidad financiera, “la Cacha”, como monopolista en la creación de depósitos a la vista. Máximo se revuelve inquieto en su butaca; no puede dejar de notar que todo esto le está dejando en la boca un cierto regusto a corralito.

En favor de “la Cacha” hay que decir que desempeña una importante labor social, dado que patrocina y esponsoriza numerosos eventos y actividades culturales, lo cual es de agradecer para el pensionista de a pie. Desde los viajes del Inserso a la discoteca Banana Beach a los descuentos para jubilados en las entradas al “Museo Reina Letizia”. Todo ventajas. Y a propósito de mecenazgos, no está de más aprovechar el descanso para introducir una pequeña cuña publicitaria, que el OMENA-G no se financia él solito: españoles de 2010, abróchense los cinturones y aflójense las corbatas porque este otoño-invierno el burka se lleva. Se pueden encontrar en Zara (o lo que es lo mismo, Zaratustra, su homóloga gigante textil de 2036) de todas las telas, formas y colores; para él y para ella.

“¡Atención, porches 65, 66 y 67: diríjanse al ambulatorio, por favor!”, anuncia una voz femenina y protocolariamente impecable por megafonía. ¡Qué remedio! Los entrañables vejetes se ponen el abrigo, se encasquetan la boina hasta las cejas y salen a la calle para desplazarse, renqueates, por vías con denominaciones tan notables como “Avenida de la Agrikultura” (sí, sí, con “K” de kilo) o “Travesía de D. Pedro Zerolo”. Una vez en el geriátrico, les da por pelearse entre sí al no alcanzar un acuerdo en el trueque de sus dosis nada dosificadas de orfidales, trankimazines, mascarillas de oxígeno y desfibriladores. Todo ello a costa de la Seguridad Social del momento, faltaría más. La riña no tiene importancia, pues por todos es sabido que a la gente mayor le encanta discutir por cualquier cosa. El motivo más habitual de disputa, verbigracia, es algo tan intrascendente como la programación televisiva: si a Ramón le apetece ver la corrida de toros del Japón (en la nueva España Federal, hace ya tiempo que la tauromaquia se prohibió por Ley), Pilar prefiere poner un programa del corazón y pasar así a engrosar el filón de audiencia que la telebasura encuentra en la figura del octogenario. Por absurdo que pueda sonar, como no se pongan de acuerdo acabarán a gritos, enzarzándose en una pugna por hacerse con el bastón que hace las veces de improvisado mando a distancia.

De vuelta al tablado, la orgía de fármacos paliativos toca a su fin irremisiblemente cuando aparece en escena “la enfermera choni”. ¡Qué decir de la enfermera choni! Es ruda, maleducada y atrozmente vulgar; pertenece inequívocamente a esa clase de personas a las que su trabajo aburre sobremanera y no les importa pagar su frustración con todo ser que les rodea. “Es todo aquello de lo que uno no se enamoraría jamás”, dice Máximo para sí.

La deferencia en el trato que la mujer dispensa a los “putos viejos” es denigrante: “¡Viejos yonkis de mierda! ¡Ya está bien de chutaros medicamentos, joder!”, brama ostensiblemente cabreada, mientras corre a retirarles por la fuerza sus cápsulas de pasatiempo.
“¡El próximo al que pille colocándose irá derechito al corredor eutanásico, como que me llamo Bibiana!”, les amenaza en un tono de perdonavidas del todo convincente.

“Año 2036. Para entonces yo tendré 46 años”, calcula Máximo, que no puede evitar sentir un escalofrío sólo de imaginarlo. Es ahora cuando comprende que el futuro implica un avance en la línea continua del tiempo pero no necesariamente otro tipo de avances.
“Si éste es el porvenir que me espera, puedes pasarme por el corredor eutanásico o por donde te salga de ahí”, piensa Máximo. “Por entonces yo ya estaré muerto…”

“…Porque en el Estado del bienestar la gente ya no muere como consecuencia natural de la edad, ni por el cese definitivo de las funciones cardiorrespiratorias”, razona. “Hoy en día la principal causa de mortalidad en España no son los infartos; tampoco el cáncer ni los accidentes de tráfico: es el conformismo. En el siglo XXI las personas mueren con la muerte de sus ideales, por el abandono de sus principios más básicos... Y en ese sentido hace ya mucho tiempo que este país huele a cadáver”.

Dos actos más tarde, se pone punto y final al OMENA-G de forma triste y emotiva, y con él, a la obra. El eco de los aplausos resuena por toda la sala del teatro Olimpia. La lámpara formidable se enciende y el venerable reemprende la ovación, aplaudiendo a rabiar la tragedia que no es sino su suerte inexorable. Entretanto, en la madrileña Plaza de las Cortes, los leones del Congreso se yerguen graves e impertérritos sobre su marmóreo pedestal. Como dos fieles cerberos, custodios de las puertas de una necrópolis de trescientos cincuenta nichos y un único epitafio:

“Aquí yace la esperanza de cuarenta y siete millones de españoles”.

Pesadilla antes de Navidad

- Disculpa, chaval, ¿queda muy lejos el Corte Inglés? –esto lo pregunta un peatón de media edad, mediana estatura y medio pelo la tarde del pasado jueves-.

¡Qué va! ¿Ve esas luces de colores? Sólo tiene que seguirlas y llegará a la primera residencia del capitalismo, al santuario del consumo sin mesura y a su magnífica entrada presidida por una consigna y cinco palabras: “Que no falte de nada”. No tiene pérdida, sólo tiene que levantar la vista a la altura de las farolas y dejarse guiar por ese ingente batallón de estrellas, campanas, trompetas y no se qué gaitas más. Y si a éstas les añadimos algún que otro “Felices Fiestas” o “Merry Christmas” (“Bon Nadal” sería ya el acabose), tenemos cubierto el paso definitivo para convertir, por plazo de dos semanitas, las calles céntricas de la metrópolis en una fulgurante Las Vegas. Se trata de un ineludible rastro de migas de pan que conduce a miles de Pulgarcitos manirrotos a la zona comercial de la ciudad: una luminosa vía Apia en la que desemboca hasta el último céntimo de la cartilla de ahorros de incautos como usted o como yo.

¡Pero a qué viene tanto recelo! También hay que pensar cosas positivas. Y es que, si bien es cierto que por estas fechas se dispara el número de contratos de compraventa, el fin último de éstos no podría ser más noble: ¡somos generosos! Sí, he dicho bien. Ya no se trata del egoísta “me gusta, ergo compro”, se trata de regalos, de bonhomía en estado puro que toma forma de sedosa corbata de Milano, de embriagadora fragancia de Hugo Boss o del último Best seller de John Grisham recién horneado en la imprenta. Sencillamente infalible. Y usted es el primero que sabe que, aunque no entusiasmen, son cosas que siempre gustan y, lo que es igual de importante, uno queda como un tío espléndido, como un señor, vaya.

¡Caray! Igual estoy siendo demasiado duro. Qué fácil es caer en la ironía en lugar de celebrar, como todo hijo de cristiano. Celebrar, ¿el qué? Podemos festejar que los españoles destruimos riqueza a un ritmo frenético, que el Estado de bienestar se va a tomar por el culo, que el gobierno “Zetaparo” cierra el año de un portazo con casi 5 millones de parados y que, tristemente, ya no quedan señores venerables y transparentes ni jóvenes emprendedores capaces de tomar las riendas de este caballo desbocado. Y por si esto le sabe a poco, también puede brindar esta noche por las 35.000 muertes que se podían haber evitado hoy en países tercermundistas, por la desigualdad de recursos, por las resoluciones de la Corte Internacional de (in)Justicia y demás organismos, figuras burocráticas y personas anónimas que hacen posible que esta noche usted vaya a aflojar dos agujeros el cinturón después de dar buena cuenta de la langosta y el pavo.

Es comprensible que todo ese rollo de antes le pueda sonar lejano y no le afecte, pero no por ello deja de ser real. De hecho, lo que le he contado es tan cierto como que también este año va a fingir ignorar que bajo el envoltorio del regalo de su suegra se esconde la consuetudinaria bufanda hortera de macramé. Aunque para topicazo está el irremediable debate de política con el “sociata” de su cuñado, que tendrá por maridaje unas copitas de Chardonnay, -¡del bueno, eh Josemari!-. Después el suegro abrirá el mueble-bar y sacará la botellita de Cardhu y la cajita de Cohibas de rigor. Usted aceptará el trago -¡a un buen güisqui ‘on the rocks’ no le diré que no, Mariano!-, pero sabe que si acepta también el puro no le quedará otra que aguantar los 45 minutos de vida útil del fario riendo chistes y anécdotas intergeneracionales y asintiendo con vehemencia a cada aseveración del tipo “la juventud no es lo que era desde que quitaron la mili”, “la buena música acabó con David Bowie y los Proclaimers” o “la edad no perdona”, entre otras.

Pero por encima de todo, la Navidad hace que usted se sienta orgulloso de sus dos hijos: el mayor, de trece años, es un chicote grande con buena percha, mejor saque y mayor bocaza. Apunta maneras para opositar al puesto de pendenciero cortito de su clase pero, pese a todo, es educado y agradecido (sólo hay que ver la cara de felicidad se le quedará al muy pánfilo cuando vea los juegos para la “Plei Estéision 3” que usted le va a comprar). Y qué me dice de la pequeña de la casa, de once años: a la mínima que se descuide la encontrará embebida de las enseñanzas frívolas de su madre, de la mujer de usted, en materia de peluquerías, moda, tarjetas de crédito, caché y otras cosas también muy ‘chic’ que me habré dejado en el tintero. ¡Menudo lujo de vástagos! Nadie le discutirá, desde luego, que son la viva imagen de usted.

Lo sé; sé que le he calado a la perfección. Pero no se conforme con admitirlo, hágase un favor y regálese algo que hace tiempo necesita: unos minutos cada día para pensar en otras personas o cosas distintas de usted mismo y unas gafas nuevas para ver lo que le rodea de una manera sobria, responsable y (¿por qué no?) crítica. Y antes de que pregunte le diré que no, el gaznápiro de Afflelou no comercializa ese tipo de lentes...

- Perdona, ¿te encuentras bien?
- Eehh... Sí, no es nada. Siga recto dos manzanas y luego otras dos a la izquierda por esta misma acera. Lo verá enseguida.
- Muchas gracias, hasta luego.

Con los pies en el subsuelo

Son las 7:20 de la mañana y, como cada día, los individuos más variopintos de la urbe se dan cita en el metro. Personas jóvenes, adultas y ancianas; de distintas razas; altas y bajas; rellenas y flacas; casualmente vestidas unas y ostentosamente ataviadas otras. Seres humanos, al fin y al cabo: hombres y mujeres que se desplazan con celeridad por el intrincado laberinto de largos pasillos y monótonas escaleras mecánicas que parece llevar a todas partes en general y a ninguna en particular. Pese a todo, todas esas personas comparten algo en común: tienen prisa. Prisa por llegar a la oficina, a la facultad, al instituto o a cualquier otra sede del quehacer diario. Empieza un nuevo día en la ciudad, una nueva estampa del despertar de casi dos millones de almas.

Entre toda esa maraña de gente sería casi imposible reconocer a nadie; menos aún al clásico ciudadano de a pie, eterno hombre del traje gris de Sabina, con su chambergo largo y su inseparable maletín de cuero. Pues bien, ahí va uno de ésos. Resulta difícil no perderle la pista cuando, camuflado entre la multitud, enfila un corredor intentando abrirse paso entre una agobiante nube de peatones para luego descender las escaleras que conducen a la terminal. Tras esquivar a una vendedora de boletos, un trilero y un par de jóvenes vestidos a la usanza de a saber qué cultura urbana, llega finalmente a la estación: el punto de nacimiento y extinción de la línea 4, más conocida como la “línea azul”.

El panel electrónico anuncia en dígitos luminosos que 2:32 son los minutos que tardará el metro en llegar. Hace frío. Indigentes y menesterosos se arropan con mantas, resguardados en los entrantes de la pared de la estación. Los bancos están saturados de personas, así que el hombre del traje gris avanza hasta recorrer la mitad del andén y se planta ahí, de pie, pues sabe bien que son los vagones del medio los que más tardan en llenarse.

Pese a su aspecto sobrio y comedidamente elegante, este hombre es en verdad un bisoño disfrazado de adulto. Otro funcionario neófito dentro del complejo entramado de la Administración. Por eso está hoy aquí, un martes más, a quince metros bajo una ciudad que no es la suya y dispuesto a bucear entre cajas de informes caóticamente revueltos por un sueldo que tan apenas le alcanza para mantener su austero nivel de vida. Haciendo un alto en su autocrítica, el hombre del traje gris observa con impaciencia el minutero del panel: 1:15.

El maldito trabajo, las 4 manzanas de siempre hasta la boca de metro, las consabidas 8 estaciones que le conducen hasta la misma puerta de ese edificio de hormigón gris. Gris, como el cielo poluto de la ciudad sin luna ni estrellas; gris, como su sempiterna americana; gris, como él mismo. A veces no puede evitar pensar en su familia, en sus amigos y en todas las personas que se sienten orgullosas de él -¿cómo reaccionarían si supieran cómo es la verdadera vida del chaval sensible y sensato, del que siempre tuvo los pies en el suelo?-. Ya puede oírse el leve traqueteo de los vagones y un resplandor tenue parece brotar del final del túnel. 0:36.

Entonces, el señor Gris se sorprende a sí mismo preguntándose si realmente no se equivocaban quienes le solían decir con desenfado “intentas vivir demasiado rápido”. Pero es tarde para plantearse este tipo de cosas; tarde para elevar la vista y gritar al aire un dramático “por qué”. Cualquier atisbo de respuesta se hubiera visto ahogado por el ruido de la serpiente de acero al entrechocar con los raíles, un estruendo ensordecedor culminante en un haz de luz que atraviesa la boca del túnel.

0:16 ENTRA.