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sábado, 8 de octubre de 2011

¡No somos Bolonia!

Facultad de CC. EE. y Empresariales de Zaragoza.
Por poco no se me atragantó el café cuando la pasada semana leía en el foro de debate de la asignatura cuatrimestral Política Económica un comentario de un compañero de clase acerca de la enseñanza en las Facultades de Ciencias Económicas. Ahora que la Virgencica del Pilar me brinda una semana de fiesta y algo de tiempo para escribir, me he decidido finalmente a responder a este comentario de forma no anónima.

Como el tema de discusión me parece de la más inmediata actualidad y susceptible de debate, os reproduzco únicamente mi respuesta al comentario de mi compañero, ya que éste no ha consentido que yo publique su opinión, aun anónima.

Os invito, especialmente a los que estudiáis o habéis estudiado una carrera, 
a que aportéis vuestro punto de vista acerca de cómo han evolucionado en el tiempo (máxime en estos últimos años, con la progresiva implantación del proceso de Bolonia) la docencia dentro y fuera del aula y los sistemas de evaluación.

Mi respuesta

Señor L.:

Su comentario podría estructurarse en tres partes bien definidas: el QUÉ, el POR QUÉ y el CÓMO enseñar en las Facultades de Economía. Pues bien, sepa que como mucho puedo estar de acuerdo con su forma de entender las dos primeras, porque su visión del CÓMO es diametralmente opuesta a la que yo tengo.

1. En primer lugar, comienza usted vinculando la idea de “clase magistral” a la “mera memorización de folios o tipos de problemas”. En lo que llevo andado como DADE todavía no he conocido un solo profesor (salvando los de Derecho de la Protección Social, que son ajenos a la Facultad de CC. EE.) que plantee sus clases como una invitación al alumno a memorizar información para después “ vomitarla” sobre el folio del examen... Vamos, que estoy empezando a dudar si no lleva usted confundiéndose de aula durante los tres últimos años, porque las clases a las que ha asistido poco se parecen a las mías.

Además, hasta donde yo sé, las técnicas de asimilación de conocimientos -y entre ellas la memorización- son cosa del CÓMO ESTUDIAR y no del cómo enseñar, luego el culpable de tener la cabeza llena de fórmulas a palo seco y definiciones estériles es el alumno y no el profesor. En cualquier caso, las únicas aulas en las que se prepondera la memorización sobre el aprendizaje (y hasta tienen aire acondicionado) son las de las “balsámicas e infalibles” academias para las que usted y otros muchos sólo tienen elogios. De eso puede estar seguro.

Para mí “clase magistral” significa que un señor que es una eminencia en su área o disciplina es el encargado de dirigir la clase e intentar empapar de conocimientos a sus alumnos. Esto no se traduce necesariamente en un monólogo-coñazo de un Catedrático de la vieja guardia con voz cascada y monótona y caramelos Mentolín, ni mucho menos: una clase magistral puede estar plagada de ejemplos ilustrativos y experiencias curiosas que le hayan podido acontecer al profesor a lo largo de su vida profesional.

Ya que tenemos la suerte de que muchos docentes de la Facultad desempeñan paralelamente empleos como auditores, Consejeros de alguna sociedad, puestos de responsabilidad en entidades de crédito, etc, ¿qué menos que aprovechar para aprender de su experiencia como profesionales reputados en su sector? Que a veces parece que cuando el profesor se desvía de lo que pone en el libro es porque “ya está divagando”, recreándose en su “clase magistral”, y está justificado desconectar. Pues no, oiga.

2. Continúa usted proponiendo que se valore “el trabajo diario desempeñado por el estudiante, fomentando el trabajo continuo mediante la realización de distintas cuestiones...”, argumentando que cuando el examen es el único medio de calificación el estudiante acaba por dar el callo sólo la semana de antes. ¡Hombre, Capitán Bolonia! No se enfade, pero creo que ya somos todos mayorcitos para que nos tengan que acompañar de la mano durante el trayecto septiembre-febrero.

A lo mejor a mí me apetece profundizar en el estudio de determinadas asignaturas que de verdad me gustan y que tienen mucho o todo que ver con mi vocación profesional, y sin embargo no me da el tiempo porque éste o aquel profesor de otra asignatura que no me apasiona tanto me está bombardeando semana tras semana a base de prácticas, supuestos y demás disparates.

Durante los primeros compases del curso este asedio a golpe de trabajos se hace más o menos llevadero. El problema viene cuando se acerca el mes de exámenes y el alumno tiene no a uno ni dos, sino a siete profesores por cuatrimestre que están constantemente sermoneándole y diciéndole lo que tiene que hacer y para cuándo lo tiene que hacer. En el momento en que estudiar deja de ser una opción para convertirse en una obligación, se está poniendo al universitario al mismo nivel que un arrapiezo de 2º de ESO. En este sentido, me parece legítimo que una persona de 21 años considere ese excesivo “encimamiento” como un insulto a su inteligencia, a su madurez y a su capacidad de autodeterminación.

Hablando en plata, cuando a uno le dan tanto la tabarra no es de extrañar que acabe viendo cada asignatura como un suplicio y a cada profesor como a un filántropo enamorado de su asignatura o, simplemente, como a un pesado.

Si algo he aprendido en esta Facultad es que la economía es una ciencia social que estudia el comportamiento de unos agentes racionales que cuentan con unos recursos limitados para satisfacer unas necesidades ilimitadas. Pues bien, en el caso de los estudiantes nuestro recurso más preciado y limitado es el tiempo, más aún para los que somos de fuera y (sobre)vivimos en un piso de estudiantes. Pero eso a los profesores les trae sin cuidado porque si bien es cierto que ellos nos crean esas necesidades ilimitadas, lo hacen siempre con la loable intención de que salgamos muy bien preparados y algún día podamos llegar a ser unos galácticos de la Macroeconomía, Contabilidad, Estadística o lo que quiera que a ellos les dé de comer.

3. Finaliza usted apostando por “reducir los grupos de trabajo”, aduciendo que “la masificación en un aula impide a los docentes desarrollar nuevos modelos de enseñanza colaborativa, teniendo que recurrir a modelos antiguos de evaluación”.

Para empezar, y por no perder el hilo de la definición de economía que acabo de reproducir, le diré que en el caso de la Universidad pública el recurso limitado es el dinero, y con más motivo en esta coyuntura de crisis. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que no están los tiempos como para permitirse desdobles de grupos con un profesor para cada veinte alumnos. Y si hubiera fondos para ello, antes vería más lógico que los asignaran a la instalación de aparatos de aire acondicionado en las aulas, que hay días en mayo o septiembre en los que casi estaríamos más fresquitos si diéramos la lección en unos baños turcos. ¿Y qué me dice de poner unas mesas en condiciones como las de las aulas M1 – M4 o las de la Facultad de Derecho? Es imposible que a alguien puedan resultarle cómodas esas “sillamesas” con solapas abatibles en las que a duras penas cabe un DIN A4.

Por otra parte, me hace gracia la despreocupación y el desconocimiento supino desde los que usted desacredita los “modelos antiguos de evaluación”, como si antiguo fuera sinónimo de malo. ¿Acaso la educación que recibieron nuestros enseñantes o nuestros padres fue de peor calidad? Si de verdad lo cree así, le invito a que especifique en qué aspectos (y no vale decir que lo antiguo es peor “porque es antiguo”, que ese argumento ya se lo he leído y no me convence).

Por último, habla usted del absentismo como si de algo negativo se tratara. Yo, en cambio, lo veo todo ventajas: ¿qué necesidad hay de atraer al aula mediante partes de asistencia y actividades “ obligatorias” a las personas que no tienen ningún interés en ir? El que asiste a clase lo hace porque de verdad le interesa la asignatura y al que sistemáticamente no pisa el aula en todo el año yo le diría, sencillamente, que se plantee si esto es lo que le gusta y si no se ha equivocado de carrera.

Lo que ocurre al llenar el aula de gente que en condiciones normales no iría es que estas personas van a encontrarse a disgusto, aburridas y terminarán invariablemente por matar el rato hablando entre sí. Al final lo único que se consigue es que el profesor tenga que estar continuamente interrumpiendo la explicación para poner orden, ralentizando el normal desarrollo de la clase.

A raíz de este tema, me entristece comprobar la pérdida de autoridad de los profesores de Universidad, que en este aspecto parecen haber seguido los pasos de sus colegas, también maestros, de Secundaria y Bachillerato. Antes, ante la más mínima impertinencia, el profesor tenía entera libertad para dirigirse al alborotador comprobado y despacharlo del aula sin miramientos con un “¡tú, fuera!” Pero, claro, como eso se hacía antiguamente no puede ser cosa buena, ¿verdad?

En fin, lo que no atino a entender es ¿por qué a nosotros? Somos la promoción 2008-2014 y que yo sepa las víctimas de Bolonia, que son a quienes en teoría afecta por Ley todo este atropello, todavía nos quedan dos promociones por debajo. Así que, por favor, señor L. y señores de Unizar, SI NO SOMOS BOLONIA DEJEN DE TRATARNOS COMO SI LO FUÉRAMOS.

Afectuosamente,

El chico de los tablones.

domingo, 2 de octubre de 2011

Cluers: cambia tu mundo

“El que vale, vale, y que que no, pa’ DADE”. Cuántas veces me habrán martirizado con la frasecita de las narices desde que empecé este suplicio que llamo carrera… Vale, es verdad que mucha gente entra aquí por puro descarte de otros palos, por falta de interés por el resto de campos del saber o, simplemente, por el prestigio que supone estudiar una carrera para la que piden una nota de entrada alta.

Víctor Manrique, artífice de Cluers.
Pero a lo largo de estos años como estudiante de la doble también he descubierto que comparto aula con algunas personas con las ideas muy claras, con proyectos de vida bien definidos y que ponen una gran ilusión en todo lo que hacen. Una de esas personas es Víctor Manrique, compañero de clase y creador de Cluersun ambicioso proyecto web que apenas lleva unas semanas en funcionamiento y que atrajo mi atención nada más supe de su existencia. “Tengo que escribir sobre esto en el blog”, fue lo primero que pensé.

A tal efecto, el pasado viernes me propuse quedar con Víctor para tomar un café y que me contara todo acerca de Cluers. Pensaba elaborar una lista de preguntas en plan entrevista formal pero terminé por desechar la idea. “¿De qué vas, Tablones? ¡Si tú no has entrevistado a nadie en tu vida!”, me reproché. Así que, finalmente, me limité a formular una única pregunta y conforme fue avanzando la charla en un ambiente distendido el resto salieron solas:


¿Qué es Cluers?

Cluers es un concepto de página web completamente innovador en el sentido de que permite a los usuarios registrados coordinarse entre sí para llevar a cabo logros -en términos de calidad de vida- que de forma individual sería imposible. Para ello, Cluers permite un acercamiento entre el consumidor de un bien (o usuario de un servicio) y las empresas. Por catalogarlo de alguna forma, podríamos definir Cluers como una equilibrada mezcla entre asociación de consumidores y red social.

Logo de Cluers.
A lo largo de un día cualquiera, se nos presenta una miríada de pequeños detalles que nos gustaría cambiar pero que no podemos, o al menos no fácilmente, por depender ese cambio muchas veces de las decisiones de grandes empresas o de administraciones públicas.

Nada más levantarnos, nos servimos un vaso de zumo y no podemos evitar que se derramen unas gotas debido a que nuestra marca de confianza no dispone de envase antigoteo; después nos duchamos y pensamos que no estaría mal que nuestro champú de toda la vida fuera 2en1 y eso que nos ahorrábamos en suavizante. Al salir de la ducha nos afeitamos y nos pegamos un buen tajo en el mentón porque nuestra cuchilla desechable de siempre ahora la fabrican con tres hojas en lugar de sólo dos. Una vez vestidos, desayunados y arreglados, nos disponemos a desplazarnos al trabajo o a la Facultad usando un transporte público saturado y que no pasa con tanta frecuencia como debería en horas puntas.

Tan apenas ha empezado el día y ya hemos sufrido unos cuantos tropiezos sin importancia pero que nos gustaría cambiar. ¡Imaginaos cuántos pueden ocurrir durante una jornada completa!

Diseño base de la página.
¿Cómo puede ayudarnos Cluers a cambiar nuestro día a día?

A través de una herramienta básica a disposición de todos los usuarios, que es la publicación de clues (así es como se llaman los comentarios públicos). Cada clue en particular tiene como destinatario la empresa, marca o administración pública de que se trate: “dirigido a…” Don Simón, Gillette, H&S, TUZSA, Ayuntamiento de Zaragoza, etc.


Cuando otros usuarios leen un clue y están de acuerdo con su contenido, pueden darle su voto favorable. Una vez se ha reunido un número de votos significativo para el caso de que se trate, la idea, sugerencia o crítica cuenta con el respaldo suficiente para ser elevada a la empresa por parte de los administradores de Cluers.

A título ilustrativo, transcribiré algunos de los clues que he ido leyendo en la página y que me han parecido interesantes. El primero de ellos está publicado por Cluencio:

“Creo que no deberían dejar subir bicis al Tranvía de Zaragoza porque ocupan mucho espacio y ya hay suficientes carriles para que puedan circular los ciclistas.

Pero lo que más me preocupa es que las bicicletas tengan preferencia sobre los ciudadanos. De hecho cuando se sube una bici se tienen que levantar unas tres personas de los asientos plegables para dejar sitio.

Me gustaría que se cambiase ese aspecto. Gracias.”


Otro ejemplo de clue útil sería el publicado por Patricia bajo el título “Más autobuses Ci1 y Ci2 en Zaragoza”:

“Se trata de un recorrido largo, que incluye la Estación Delicias (parada importante) y circula con muy poca frecuencia. En la parada de Camino las Torres 116, donde circula también el 24, han llegado a pasar 4-5 autobuses 24, y 1 del C1 en tan solo 15 minutos.”

El publicado por Sonia:

“Me gustaría que en la tienda k-tuin se pudiera navegar por internet, y probar todas las novedades de mac libremente sin que te moleste ningún dependiente. Al estilo de los apple store de los EE.UU., para poder probar todas las opciones.”

O el publicado por el propio Víctor:

“Los fluorescentes y material en general de la marca Stabilo Boss, suelen funcionar muy bien, y tienen la ventaja de que son recargables, pero es dificil saber que hacer para recargarlos, así que al final te ves obligado a comprar uno nuevo, creo que sería buena idea que hubiese mas información a este respecto en su web o en el mismo material, ganarían muchos clientes nuevos y mantendrian otros ya existentes.”

“En definitiva, la idea que queremos transmitir es que la misión de Cluers no es cambiar el mundo, al menos no de forma directa. Cluers ayuda al usuario a cambiar SU mundo”, afirma Víctor.

Interfaz gráfica de Cluers.
¿Por qué Cluers?

Víctor es un entusiasta del marketing y la empresa y según me comentó, ya ha leído cerca de veinte libros sobre la materia desde que empezamos la carrera. El porqué de la denominación “Cluers” se encuentra en The cluetrain manifiesto, un libro que cayó en manos de Víctor el año pasado y que auguraba, desde la óptica del año 2000 y a diez años vista, un papel decisivo de Internet en las relaciones empresa-consumidor en un mercado globalizado con nuevas conexiones.

Tras leerlo, Víctor se sorprendió al comprobar que con el paso del tiempo no se habían cumplido los pronósticos de los autores y decidió llevarlos el mismo a la práctica, articulando su primer arquetipo en torno a dos conceptos clave:

  • Clue = la pista, el camino a seguir (por la empresa).
  • Cluer = el que da la pista, el que marca el camino (el consumidor o usuario).

¿Qué necesita Cluers para despegar?

Básicamente, gente. “Cada persona individualmente considerada es perezosa, parada, no tiene incentivos al cambio y por eso no le importa seguir como está”, se lamenta Víctor. El equipo de la agencia de publicidad Comunica-t, que ha sido la encargada de llevar sus bocetos del papel a la red, enseguida mostró interés por Cluers, al que definió como “un Ferrari con poca aceleración”. Sin duda se trata de una idea fresca, inédita, pero lo verdaderamente complicado es “arrancar”, conseguir esos varios miles de cluers que permitan a los administradores de la web estar en situación de negociar con las empresas.

En efecto, 
en un mundo en el que son un puñado de esnobs gregarios y engreídos los que deciden lo que mola y lo que no, parece quimérico pensar que medio millón de personas pueda llegar a hacerse eco de un sitio web como el de Víctor, por muy bueno que sea. Pero estoy convencido de que una vez superada esta barrera, para una idea del potencial de Cluers el resto sería coser y cantar.

Uno de los bocetos originales de Víctor.
Por otra parte, parece indiscutible que con Cluers no sólo salen ganando los consumidores y usuarios. También las empresas salen beneficiadas al poder acceder con inmediatez a las preferencias, gustos y críticas sobre sus productos y consecuentemente amoldar su producción a la cantidad, calidad y gama que los usuarios demandan. Esto ahorraría a las compañías el tener que dotar recursos humanos y materiales para la realización de sondeos, farragosas encuestas y costosos estudios de mercado.

Adelantándose a los acontecimientos, Víctor anticipa que en un futuro cada empresa podría tener su propio dominio en Cluers (por ejemplo, http://danone.cluers.com), desde el cual poder acceder a una base de datos con toda una serie de estadísticas tanto públicas como privadas e interactuar con los clientes con eficacia e inmediatez. De esta forma, si Danone desease estudiar el grado de aceptación por parte de los consumidores de un yogur nuevo que ha lanzado al mercado, podría serle de gran utilidad observar los votos y opiniones de los cluers, en la medida en que éstos sean suficientes en número para conformar una muestra representativa de la realidad.

Desde UPMS os invito a que probéis Cluers, al mismo tiempo que me solidarizo con el ilusionante proyecto de Víctor Manrique, a quien deseo mucha suerte, no sólo como recompensa a su dedicación y a su espíritu emprendedor, sino también porque resulta esperanzador saber que existen empresas comprometidas con el ciudadano y con el bienestar social.

Puede que cambiar el mundo no esté en nuestras manos, pero sí que podemos empezar por cambiar nuestro mundo particular y ayudar a otras personas a que cambien el suyo. Podemos empezar por marcar el camino, por dar la pista.

Yo ya soy cluer, ¿y vosotros?

viernes, 16 de septiembre de 2011

El sabor del éxito

Yo, el día de la cena de fin de Bachillerato.
Este septiembre hace tres años que comenzó mi andadura como universitario. Tres años. Se dice pronto, pero lejos queda la vida despreocupada de aquel chaval que, con los dieciocho recién cumplidos, vestía ilusionado su traje recién estrenado para la cena de fin de Bachillerato. Una media nada desdeñable, unida a una buena nota de Selectividad, me dejaba las puertas abiertas a prácticamente cualquier carrera que quisiera estudiar. Salvo Medicina, claro.

Yo iba para ingeniero industrial (desde los doce años estaba empeñado en seguir los pasos de mi tío, probablemente la persona a la que más admiro en lo que a vida profesional se refiere), pero después de los palos que me llevaba en las matemáticas del Bachillerato de Ciencias acabé curado de espanto y pensé que, después de todo, quizá lo mío fueran las letras y no los números. Total, que acabé por desechar mi sueño infantil de diseñar mi propio parque eólico y empecé a preguntarme seriamente cuáles eran las asignaturas o materias que de verdad se me daban bien.

Lengua, Historia, Filosofía, Idiomas… Eran áreas para las que yo siempre había tenido facilidad, pero no bastaba con eso. Si algo tenía claro era que aquello a lo que fuera a dedicarme durante treinta y muchos años de cotización a la Seguridad Social también tenía que gustarme, además de, claro está, tener salidas en el mercado laboral.

La respuesta a mi búsqueda no tardó en llegar: la Economía. En mi decisión influyó mucho el hecho de que la profesora que impartía Economía en el centro donde estudié el Bachillerato fuera una señora encantadora que, además de promover nuestro interés por la materia, a los del grupo de optativa de ciencias, por ser cuatro gatos, nos trataba casi como a sus hijos. Hasta nos dejaba organizar un pequeño ágape el último día de cada trimestre. El caso es que yo iba a las clases de Economía poco menos que dando saltos de contento y ávido de nuevos conocimientos, así que ya a finales de Primero de Bachillerato empecé a plantearme que tal vez ADE fuera lo mío.

Fue más adelante, hablando con una prima mía, cuando me enteré de que existía desde hacía no mucho un programa conjunto que permitía obtener las licenciaturas en Derecho y en ADE en sólo seis años. Cuando les comenté la idea a mis padres, no dudaron en animarme a que me metiera en este berenjenal argumentando que “si Derecho a secas ya son cinco años, por un añito de esfuerzo adicional puedes sacar las dos cosas”.

Así que cuando llegó el momento de echar solicitud para la Universidad de Zaragoza, presenté el siguiente orden de preferencias:

1. Programa conjunto en Derecho y ADE.
2. ADE. 
3. Derecho.

La nota media de corte se situó finalmente en torno al 7’6, de modo que pude obtener plaza para mi primera opción.

Casi sin enterarme, el verano más largo y feliz de mi vida tocó a su fin, dando paso a los rigores de septiembre. De repente me vi en una ciudad nueva y desconocida, ante unos compañeros de clase nuevos y desarrollando ese instinto de supervivencia tan necesario en un piso de estudiantes. Empezaron las clases y con ellas llegaron un montón de conceptos técnicos desconocidos para mí: llegó el álgebra líneal, acompañando a las ecuaciones diferenciales; llegaron el debe y el haber; se presentaron Kelsen y Ihering, las fuentes del Derecho y la Constitución, con sus partes dogmática y orgánica; también vinieron Adam Smith, la oferta y la demanda, el sistema de mercado y el de planificación central…

Pillándome un poco por sorpresa, llegaron los exámenes. Llegó el primer aprobado (en Romano) y también el primer suspenso (en Matemáticas, cómo no).

Todo llegaba. Conforme pasaba el tiempo, los distintos acontecimientos de la vida estudiantil se sucedían y, poco a poco, yo iba tomando conciencia de que, por primera vez en mi vida académica, estaba rodeado de una nutrida mayoría de personas inteligentes e inusitadamente competentes. La cosa no era tan fácil como prometía y encima la gente de mi entorno, acostumbrada a nombres cortos y contundentes como “Medicina”, “Arquitectura”, “Magisterio” o “Aeronáutica”, no tenía ni pajolera de qué era lo que yo estaba estudiando. Es más, ni siquiera yo mismo lo tenía muy claro.

Me vienen a la cabeza las inevitables conversaciones de ascensor con la vecina de abajo que todavía hoy tienen lugar, en mis idas y venidas de Huesca a la capital aragonesa con la maleta a cuestas.


- ¿Y qué vienes, pues, de Zaragoza?
- Sí, que como en casa a uno no le cuidan en ningún sitio -confirmo entre risas.
- ¿Y qué tal van los estudios?
- Pues ahí andamos… Ya no queda mucho para los exámenes.
- Porque… ¿Tú estudiabas Derecho, puede ser?
- Bueno, en realidad estudio DADE –preciso, henchido de orgullo.
- ¿DADE? ¿Y eso qué es? ¿Un módulo de ésos que hay ahora?
- No, es Derecho y ADE –replico mientras veo cómo mi autoestima se desinfla como un neumático reventado.
- O sea, Derecho, ¿no? Eso me parecía a mí.
- Bueno, sí, y también ADE.
- ¡Anda! ¡Míralo el zagal qué aplicado! Que además de Derecho hace un módulo –insiste la señora, seguramente con toda su buena intención.
- No, vamos a ver, yo no hago ningún módulo –me apresuro a aclarar haciendo acopio de mi infinita paciencia-. Estoy cursando dos licenciaturas.
- ¿Derecho y…?
- Derecho y ADE.
- ¿Y entonces eso de ADE qué es?

Como en Huesca yo vivo en el último piso del bloque, normalmente a estas alturas de la conversación se abren las puertas del ascensor, mi vecina se apea del mismo y cada uno sigue su camino, yo rumiando sobre lo infravalorados que están mis estudios y ella en la convicción de que el hijo mayor de los del cuarto compagina Derecho con un grado superior en chapa y soldadura.

En lo que dura un pestañeo, terminó Primero de carrera. Este primer escalón me sirvió para descubrir que me había metido en un fregado de mucho cuidado y que aprobar todo en junio estaba únicamente al alcance de unos pocos afortunados. En ese aspecto, Segundo fue peor si cabe, con las incomprensibles Estadísticas, el árido Derecho de Obligaciones y Contratos, el Penal y las puñeteras Micros.

Pero Segundo pasó y, para cuando me quise dar cuenta, ya había empezado Tercero, que venía de la mano con las enrevesadas Macros, la minuciosa Contabilidad Financiera, el soporífero Administrativo, más Civil y Penal, la esotérica OGI…  

Por suerte, hoy puedo decir que tercero ya es cosa del pasado. He aprobado las dos asignaturas que suspendí en junio y puedo estar satisfecho de que voy a empezar Cuarto con el contador a cero y sin presión. Pienso disfrutar de estos tres años que me quedan por delante todo lo que no lo he hecho durante los otros tres que dejo atrás. Además, he aprobado la prueba teórica del examen de conducir y por fin me he decidido a comprar el primer volumen del temario de la oposición, no sin antes prometerme a mí mismo que voy a dedicarle un pequeño rato todos los días.

El Tablones actual, tomando un copazo.
Animado por tanta buena noticia, anteayer me desplacé a Zaragoza sin otra intención que celebrar el fin de los exámenes de septiembre con el Capitán Alatriste y otros buenos amigos de clase, de los que sin duda puedo decir que conocerlos ha sido mi mejor experiencia en tres años de carrera. Los cinco que estuvimos cenamos por ahí de picoteo y luego fuimos a tomar un “digestivo” (que es una forma elegante de decir “copazo”) a un bar de al lado.

Fiel a mi combinado estrella, le pregunté al barman por las ginebras que tenían.

- Tenemos Beefeater, Larios, Gordon's, Tanqueray, Bombay, Bombay Shappire…
- Hoy tengo algo que celebrar, quiero algo especial –atajé.
- En ese caso tenemos Hendrick's, Citadelle, Bulldog…
- Que sea Citadelle con tónica india, por favor.

Balón reglamentario, jugo de cítricos natural y frutos de enebro. Diez euros de mi alma me costó la gracia, pero mereció la pena porque el sabor de ese gin tonic me recordó un poco al de aquel tercio de Pilsner Urquell que tomamos una noche de febrero en el bar de enfrente del hotel, nada más aterrizar en Praga en nuestro periplo post exámenes. Sabía a triunfo y a recompensa. Sabía a libertad.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La canción del domingo (III)


Es domingo, domingo de estudio. La única biblioteca que abre los domingos en Huesca se convierte en una auténtica sauna por estas fechas, así que he optado por quedarme a echar codos en casa. La luz de primera hora de la tarde se cuela por la cristalera de mi habitación y el manual de Derecho de la Protección Social reposa sus quinientas páginas sobre el escritorio. Un café solo empuja mi mente al vacío, obligándola a zambullirse en un océano de bases de cotización, tipos impositivos, contingencias y prestaciones.

Toda una colección de cifras, porcentajes y datos inútiles que de nada sirve memorizar cuando cada año cambian con la correspondiente Ley de Presupuestos Generales del Estado. Mi ánimo y mis ganas de estudiar languidecen delante de un libro sin jurisprudencia, sin posiciones doctrinales, sin opiniones de autor... Sólo datos; poco más que un copia-pega de cuatro leyes y reglamentos. Es desapasionante.

Acudo al índice del libro. ¿Nueve lecciones de protección frente a los riesgos laborales? ¿De verdad es necesario dedicar 180 páginas a un tema tan coñazo? Quizá no sea para tanto. A fin de cuentas, todo se reduce a la siguiente cuestión: “¿qué haría Homer Simpson que no haría yo durante un día en el curro?”

Antes de empezar a empollar a fondo, decido comenzar por mi habitual lectura “en diagonal”, para ir recordando conceptos y hacerme una idea de la magnitud de lo que me espera. Toda una serie de palabros e ideas vagamente familiares van desfilando por mi cabeza sin orden ni concierto.

Supuestos generales, excepciones, incompatibilidades, órganos gestores, Mutuas, empresarios, representantes sindicales, TRLISOS, LET, LPRL, TRLGSS...

Bostezo.

Baja por maternidad, riesgo durante el embarazo y riesgo durante la lactancia natural; jubilación anticipada; auxilio por defunción; Inspección de Trabajo y Seguridad Social...

Doble bostezo.

Régimen especial de trabajadores autónomos, incapacidad permanente, período de carencia, dinámica de la prestación, cuantía, protección por desempleo, 107 por 100 del IPREM incrementado en 1/6...

El café no es suficiente. La modorra de después de comer se apodera de cada músculo de mi cuerpo y me invita a relajar los párpados, apoyar la cabeza sobre el tema 10 y echar una buena cabezada.

Pero no, no puedo. Tengo sólo cuatro días y medio para introducir a empujones toda esta información estéril en la mollera. Es ahora cuando hay que aguantar; es ahora cuando se impone realizar un último esfuerzo. Tal vez con un poco de música...

Nada, casi que me voy a la biblio.

sábado, 23 de julio de 2011

As time goes by

Tan apenas hace un mes desde que terminaste los exámenes y aún duele la torsión de cuello al volver la vista atrás. Es comprensible teniendo en cuenta que del ius cogens acabaste hasta ahí, hasta los mismísimos “cogens”. De momento has aprendido a escribir Tchebycheff correctamente –que no es poco- y hasta has descubierto que Stackelberg es un modelo de oligopolio y no una cerveza danesa de importación como creías. Y hablando de importaciones, lo cierto es que nunca te han “importado” gran cosa; tanto es así que la palabra “divisa” te sugiere alguien vislumbrando algo a lo lejos. La indiferencia supina que profesas a lo que estudias y haces es indiscutible, y no necesitas de una función de forma Cobb-Douglas para darte cuenta de ello. Te da absolutamente igual si la finca “La Ponderosa” se ha vendido en fraude de acreedores y eres indiferente ante la idea de que Franchico pueda o no ejercer la acción revocatoria frente a Bernardo. ¿Franchico, Bernardo…? A todo esto, ¿qué fue de Cayo, Ticio y Sempronio?

Por si esto fuera poco, todavía eres incapaz de entender cómo el individuo que dispara el arma en el “caso Thyrén” sale impune, el muy cabroncete. Pero bueno, otros se encargarán de impartir justicia. Para eso están los llamados héroes de carne y hueso, como el tipejo de la kriptonita o el embajador Elorza, que lo mismo te inventa el fondo de cohesión que te baila un vals… Yendo al meollo del asunto, concluyes que ya está bien de malgastar el verano cerrando bares y bebiendo tercios y más tercios de Stackelberg. ¡A ver si te has creído que son esos los “vicios ocultos” a los que se refiere el art. 1484 Cc.!

Ahora toca volver a la rutina y ponerse las pilas de nuevo, y no sería una mala idea empezar por lo más fácil y evidente: madrugar un poco más y dejar de invertir tiempo y tinta en transcribir cada tontería que merodea por tu cabeza. Eres consciente de que no aspiras más que a ocupar el asiento vacío de cualquier escritorzuelo esnob e insalubre, de esos que sacan a pasear su ordenador portátil al Starbucks más cercano con la esperanza –ilusos- de encontrar inspiración suficiente con la que hilar la trama de su primera novela, mientras beben con fruición de sus tazas de capuccino.

Sublime.

Y sabes que mientras redactas un nuevo mecanoscrito el tiempo fluye, como fluye el Ésera entre las piedras. El tiempo vuela y desaparece entre las montañas en forma de halcón. El tiempo corre y tú ni siquiera tienes fuerzas para caminar. Prefieres sentarte a esperar una vocación, una señal o ese estímulo poderoso que vuelva a inundarte de ganas de cambiar el mundo y de hacer las cosas mejor que bien.

El tiempo se escapa y tú persistes en tu quietud, sentado frente a la pantalla del ordenador. Esperando algo.