![]() |
| Facultad de CC. EE. y Empresariales de Zaragoza. |
Como el tema de discusión me parece de la más inmediata actualidad y susceptible de debate, os reproduzco únicamente mi respuesta al comentario de mi compañero, ya que éste no ha consentido que yo publique su opinión, aun anónima.
Os invito, especialmente a los que estudiáis o habéis estudiado una carrera, a que aportéis vuestro punto de vista acerca de cómo han evolucionado en el tiempo (máxime en estos últimos años, con la progresiva implantación del proceso de Bolonia) la docencia dentro y fuera del aula y los sistemas de evaluación.
Mi respuesta
Señor L.:
Su comentario podría estructurarse en tres partes bien definidas: el QUÉ, el POR QUÉ y el CÓMO enseñar en las Facultades de Economía. Pues bien, sepa que como mucho puedo estar de acuerdo con su forma de entender las dos primeras, porque su visión del CÓMO es diametralmente opuesta a la que yo tengo.
1. En primer lugar, comienza usted vinculando la idea de “clase magistral” a la “mera memorización de folios o tipos de problemas”. En lo que llevo andado como DADE todavía no he conocido un solo profesor (salvando los de Derecho de la Protección Social, que son ajenos a la Facultad de CC. EE.) que plantee sus clases como una invitación al alumno a memorizar información para después “ vomitarla” sobre el folio del examen... Vamos, que estoy empezando a dudar si no lleva usted confundiéndose de aula durante los tres últimos años, porque las clases a las que ha asistido poco se parecen a las mías.
Además, hasta donde yo sé, las técnicas de asimilación de conocimientos -y entre ellas la memorización- son cosa del CÓMO ESTUDIAR y no del cómo enseñar, luego el culpable de tener la cabeza llena de fórmulas a palo seco y definiciones estériles es el alumno y no el profesor. En cualquier caso, las únicas aulas en las que se prepondera la memorización sobre el aprendizaje (y hasta tienen aire acondicionado) son las de las “balsámicas e infalibles” academias para las que usted y otros muchos sólo tienen elogios. De eso puede estar seguro.
Para mí “clase magistral” significa que un señor que es una eminencia en su área o disciplina es el encargado de dirigir la clase e intentar empapar de conocimientos a sus alumnos. Esto no se traduce necesariamente en un monólogo-coñazo de un Catedrático de la vieja guardia con voz cascada y monótona y caramelos Mentolín, ni mucho menos: una clase magistral puede estar plagada de ejemplos ilustrativos y experiencias curiosas que le hayan podido acontecer al profesor a lo largo de su vida profesional.
Ya que tenemos la suerte de que muchos docentes de la Facultad desempeñan paralelamente empleos como auditores, Consejeros de alguna sociedad, puestos de responsabilidad en entidades de crédito, etc, ¿qué menos que aprovechar para aprender de su experiencia como profesionales reputados en su sector? Que a veces parece que cuando el profesor se desvía de lo que pone en el libro es porque “ya está divagando”, recreándose en su “clase magistral”, y está justificado desconectar. Pues no, oiga.
2. Continúa usted proponiendo que se valore “el trabajo diario desempeñado por el estudiante, fomentando el trabajo continuo mediante la realización de distintas cuestiones...”, argumentando que cuando el examen es el único medio de calificación el estudiante acaba por dar el callo sólo la semana de antes. ¡Hombre, Capitán Bolonia! No se enfade, pero creo que ya somos todos mayorcitos para que nos tengan que acompañar de la mano durante el trayecto septiembre-febrero.
A lo mejor a mí me apetece profundizar en el estudio de determinadas asignaturas que de verdad me gustan y que tienen mucho o todo que ver con mi vocación profesional, y sin embargo no me da el tiempo porque éste o aquel profesor de otra asignatura que no me apasiona tanto me está bombardeando semana tras semana a base de prácticas, supuestos y demás disparates.
Durante los primeros compases del curso este asedio a golpe de trabajos se hace más o menos llevadero. El problema viene cuando se acerca el mes de exámenes y el alumno tiene no a uno ni dos, sino a siete profesores por cuatrimestre que están constantemente sermoneándole y diciéndole lo que tiene que hacer y para cuándo lo tiene que hacer. En el momento en que estudiar deja de ser una opción para convertirse en una obligación, se está poniendo al universitario al mismo nivel que un arrapiezo de 2º de ESO. En este sentido, me parece legítimo que una persona de 21 años considere ese excesivo “encimamiento” como un insulto a su inteligencia, a su madurez y a su capacidad de autodeterminación.
Hablando en plata, cuando a uno le dan tanto la tabarra no es de extrañar que acabe viendo cada asignatura como un suplicio y a cada profesor como a un filántropo enamorado de su asignatura o, simplemente, como a un pesado.
Si algo he aprendido en esta Facultad es que la economía es una ciencia social que estudia el comportamiento de unos agentes racionales que cuentan con unos recursos limitados para satisfacer unas necesidades ilimitadas. Pues bien, en el caso de los estudiantes nuestro recurso más preciado y limitado es el tiempo, más aún para los que somos de fuera y (sobre)vivimos en un piso de estudiantes. Pero eso a los profesores les trae sin cuidado porque si bien es cierto que ellos nos crean esas necesidades ilimitadas, lo hacen siempre con la loable intención de que salgamos muy bien preparados y algún día podamos llegar a ser unos galácticos de la Macroeconomía, Contabilidad, Estadística o lo que quiera que a ellos les dé de comer.
3. Finaliza usted apostando por “reducir los grupos de trabajo”, aduciendo que “la masificación en un aula impide a los docentes desarrollar nuevos modelos de enseñanza colaborativa, teniendo que recurrir a modelos antiguos de evaluación”.
Para empezar, y por no perder el hilo de la definición de economía que acabo de reproducir, le diré que en el caso de la Universidad pública el recurso limitado es el dinero, y con más motivo en esta coyuntura de crisis. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que no están los tiempos como para permitirse desdobles de grupos con un profesor para cada veinte alumnos. Y si hubiera fondos para ello, antes vería más lógico que los asignaran a la instalación de aparatos de aire acondicionado en las aulas, que hay días en mayo o septiembre en los que casi estaríamos más fresquitos si diéramos la lección en unos baños turcos. ¿Y qué me dice de poner unas mesas en condiciones como las de las aulas M1 – M4 o las de la Facultad de Derecho? Es imposible que a alguien puedan resultarle cómodas esas “sillamesas” con solapas abatibles en las que a duras penas cabe un DIN A4.
Por otra parte, me hace gracia la despreocupación y el desconocimiento supino desde los que usted desacredita los “modelos antiguos de evaluación”, como si antiguo fuera sinónimo de malo. ¿Acaso la educación que recibieron nuestros enseñantes o nuestros padres fue de peor calidad? Si de verdad lo cree así, le invito a que especifique en qué aspectos (y no vale decir que lo antiguo es peor “porque es antiguo”, que ese argumento ya se lo he leído y no me convence).
Por último, habla usted del absentismo como si de algo negativo se tratara. Yo, en cambio, lo veo todo ventajas: ¿qué necesidad hay de atraer al aula mediante partes de asistencia y actividades “ obligatorias” a las personas que no tienen ningún interés en ir? El que asiste a clase lo hace porque de verdad le interesa la asignatura y al que sistemáticamente no pisa el aula en todo el año yo le diría, sencillamente, que se plantee si esto es lo que le gusta y si no se ha equivocado de carrera.
Lo que ocurre al llenar el aula de gente que en condiciones normales no iría es que estas personas van a encontrarse a disgusto, aburridas y terminarán invariablemente por matar el rato hablando entre sí. Al final lo único que se consigue es que el profesor tenga que estar continuamente interrumpiendo la explicación para poner orden, ralentizando el normal desarrollo de la clase.
A raíz de este tema, me entristece comprobar la pérdida de autoridad de los profesores de Universidad, que en este aspecto parecen haber seguido los pasos de sus colegas, también maestros, de Secundaria y Bachillerato. Antes, ante la más mínima impertinencia, el profesor tenía entera libertad para dirigirse al alborotador comprobado y despacharlo del aula sin miramientos con un “¡tú, fuera!” Pero, claro, como eso se hacía antiguamente no puede ser cosa buena, ¿verdad?
En fin, lo que no atino a entender es ¿por qué a nosotros? Somos la promoción 2008-2014 y que yo sepa las víctimas de Bolonia, que son a quienes en teoría afecta por Ley todo este atropello, todavía nos quedan dos promociones por debajo. Así que, por favor, señor L. y señores de Unizar, SI NO SOMOS BOLONIA DEJEN DE TRATARNOS COMO SI LO FUÉRAMOS.
Afectuosamente,
El chico de los tablones.






