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viernes, 15 de agosto de 2014

Corrent

Corro. Devoro las manzanas del Eixample, avanzando entre la simetría de las celdas de una colmena.

Las esteladas cuelgan de los balcones, como también las redes cuelgan por la borda de los pesqueros que faenan en este caladero de votos. Si uso los rayos X puedo distinguir uno a uno a cientos de miles de individuos, sentados frente al televisor en las entrañas de sus apartamentos. Vulnerables y enlatados, simples sardinas con documento de identidad.

Relajo los brazos y amplío la zancada. Ya estoy en el Puerto Olímpico y enfilo el paseo marítimo. La brisa del mar se confunde con la vaporada caliente de calamares fritos que flota en el aire. Los tropezones de un vómito reciente se doran al sol sobre el cemento.

Abandono el Paseo y pronto llego al Maremagnum. Montjuïc se yergue imponente al fondo, desafiándome a subir hasta el castillo. Resoplo contrariado. Por lo visto a algún aprendiz de Jaume Canivell se le ocurrió que construir un hotel en mitad de la ladera sería una buena idea.

Zancada corta y braceo cómodo, prosigo mi ascenso. Los gemelos no tardan en tirar y aparecen los primeros síntomas de fatiga. El agua de las fuentes sabe y apesta a cloro, pero la humedad es pegajosa e insoportable; bebería mi propio sudor si fuese necesario.

Sigo el sendero, sorteando árboles y turistas asiáticos, subiendo escalinatas y superando pendientes. Vuelvo la cabeza y abajo, diminuto, puedo ver un carguero entrando en el puerto. Los coches parecen hormigas; las personas, píxeles; y sus problemas, insignificantes.

La ciudad se extiende a mis pies y no hay edificio lo suficientemente alto, ni persona lo suficientemente poderosa para ocultarme el horizonte.

El sol desciende lenta e inexorablemente hacia el Tibidabo y yo sigo corriendo montaña arriba, en otro patético intento de ganarle una carrera al atardecer.


viernes, 16 de agosto de 2013

Destroyer


Destroyer es lo que sucede cuando uno siente ahogarse y no encuentra nada seguro a lo que agarrarse más allá de una botella de ginebra. Es beber, beber con furia como si no hubiera mañana, hasta alcanzar la propia destrucción y la de todas las cosas y personas que uno ama. Pero también es bucear a través de esa marea de alcohol que todo lo engulle, buscando una corriente que conduzca a la orilla.

Destroyer es perder el dinero, los estribos, el sentido del ridículo y cualquier viso de sobriedad. Es seguir un rastro de tinto de garrafa y orines y no encontrar el camino de vuelta a casa. Pero también es caminar erguido, desafiando la verticalidad de las farolas, contando baldosas en línea recta para evitar serpentear por las aceras.

Destroyer es mirada perdida. Es elevar la vista al cielo y ver desdoblarse en dos cada una de las estrellas. Pero también es guiñar un ojo y pestañear con insistencia hasta hacerlas converger de nuevo en una sola.

Destroyer es sufrir un borrado parcial de memoria. Es trocear la madrugada y dejar caer sus pedazos a un pozo de negrura y vacío. Pero también es buscar los recuerdos huídos a la mañana siguiente y recuperarlos uno a uno, hasta recomponer el puzzle de una noche para el olvido.

Destroyer es despertar sobre una cama sin deshacer, con la ropa a medio quitar y un estúpido collar de flores hawaianas de plástico colgado del cuello. Es el olor a sudor animal y vapores etílicos que ha ido adueñándose del dormitorio a lo largo de un sueño diurno e inquieto. Pero también es una mirada desafiante al espejo, el frío lacerante del agua bajo la alcachofa de la ducha, el tacto suave de una camiseta de algodón limpia y el olor reconfortante del café recién hecho.

Destroyer es tropezar, caer y herirse. Pero también es flexionar los brazos contra el suelo, tomar impulso e incorporarse. Lentamente y con dificultad, hasta ponerse en pie. Sin ayuda de nadie.
 
Destroyer es el ave fénix consumiéndose en su propio fuego, Londres reducida a escombros durante el ‘Blitz’, un joven tilo aplastado por la lluvia torrencial y el granizo. Pero también es la primera grieta en el cascarón de un huevo que eclosiona entre las cenizas, la primera piedra de un edificio cuya silueta tiene un lugar reservado en el horizonte, el primer brote tímido de lo que algún día será un árbol frondoso y firmemente arraigado.

Destroyer es destrucción. Pero también es recobrar la ilusión de construir algo desde cero.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Haikus


Lo poco que sé sobre poesía se lo debo principalmente a dos personas: una es mi abuela y la otra es Don Ramón, el profesor de Lengua y Literatura que tuve en la ESO. Este último, para estimular la participación en sus clases, solía repartir fotocopias con útiles resúmenes de cada lección entre aquellos alumnos que respondían con acierto a alguna de sus preguntas. Se trataba de unas cuartillas color amarillo limón o crema que clase tras clase fui acumulando en un clasificador, y a las que todavía hoy acudo cada vez que tengo una duda sobre sintaxis, gramática o autores de la Generación del 27.

Con la poesía no hubo excepción:

- A ver, chinchirrindines –Don Ramón era de largo el profesor más respetado del colegio, así que solía permitirse el lujo de referirse a nosotros por cualquier apelativo abochornante-, ¿quién sabría ponerme un ejemplo de pareado?

- Un gran tipo Don Ramón; que nos lleva de excursión –recité tras contar sílabas con los dedos, sin mucha convicción.

- Inmejorable, Tablones, puedes levantarte y recoger tu hoja color pis –así era como él llamaba jocosamente a las de color amarillo limón.

Aquella hoja color pis hablaba de coplas, seguidillas, serventesios, liras, sextillas, octavas reales y, en definitiva, de los distintos tipos de estrofas en función de su rima y métrica. Vale, diréis, ¿y a mí qué, Tablones? Pues que me ha entristecido comprobar recientemente que en esa hoja no aparece el haiku.

Yo no supe de la existencia de estos poemillas japoneses hasta que comencé a leer la revista Voluntas, una publicación universitaria independiente en la que escribe una amiga mía; y aunque siempre he mostrado predilección por aquellas composiciones poéticas en las que priman la simetría y las rimas en consonante, no tardé en comprender que expresar una idea inteligente en un 5-7-5 tiene cierto mérito con o sin rima.

Desde siempre he sentido gran admiración por la cultura nipona, y no me refiero al sushi, las grullas de papel o la deflación perpetua; sino a esa “zenialidad” de aislar lo esencial de lo superfluo y lo funcional de lo ornamental, a esa fascinante manía de reducirlo todo al absurdo, de no fabricar más unidades de las que previsiblemente van a comprarse, ni pronunciar más palabras de las estrictamente necesarias para que un mensaje pueda ser entendido. En los haikus, esa especie de Just-In-Time de la poesía, hay un poco de todo eso.


Si bien en sus orígenes (siglo VIII) los haikus solían versar sobre lo hipnótico y revelador que resulta contemplar la naturaleza, hoy en día es común leer haikus sobre cualquier tema, a veces fruto de mentes que zozobran en clase de Derecho de sucesiones:

***

Cierzo impetuoso;
retumban las persianas
de madrugada.

***

Gillette me ofrece,
a cambio de mis datos,
una cuchilla.

***

sabe un huevo de pájaros.
¡Quién lo diría!

***

Corbata azul,
copazos son tus máculas.
Blue gin, no lágrimas.

***

Yo iba de traje
y tú muy bien pintada:
Aliud pro alio.

***

Glasgow y Roma;
luz de estrellas fugadas
que hasta aquí llega.

***

Fuera, en un banco,
alguien soporta el frío
mientras la espera.

***

¡Animaos también vosotros!

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Del Debate, del IP, de la progresía y otros sucedáneos


El lunes noche, a las 22:00 y con puntualidad escrupulosa, encendimos la tele en mi piso de estudiantes. Esa antigualla panzuda de culo cuadrado y apellido Thomson, que tantas películas, series y buenos momentos nos ha brindado, nos permitió ser testigos televisivos de esa gran pantomima mediática que se ha dado a conocer como “el Debate”.


Parece que fue ayer cuando un Tablones más jovencito estaba despatarrado en el sofá de su casa, con 17 años, tragándose en familia los debates Rajoy-Zapatero y Pizarro-Solbes. Recuerdo que aquella noche al terminar el paripé quedé algo indiferente, con la sensación de que aquellos dos señores de la corbata me estaban intentando colar un golazo, pero no sabía muy bien por dónde.

Este año el discurso ha sido el mismo pero mi reacción ha sido distinta: me he sorprendido a mí mismo diciéndome que este par de caraduras necesitan algo más que un puñado de estadísticas y su habilidad innata para esquivar temas comprometidos para dársela con queso a este alumno de 4º de DADE. También la compañía ha sido otra: esta vez he visto el debate con mis compañeros de piso. Los tres son de Jaca, gente muy sensata y más majos que las pesetas, pero progres como ellos solos. Podéis imaginaros, entonces, el clima de efervescencia que llegó a apoderarse del chamizo que tenemos por salón durante algunos momentos de la retransmisión.

Precisamente hubo una disputa especialmente acalorada a raíz del famoso Impuesto sobre Grandes Fortunas. Hice verdaderos esfuerzos para refrenarme y no perder los papeles, pero es que me parece increíble cómo cualquier papanatas que sabe de Macroeconomía y Derecho Tributario lo que yo de ganchillo se cree autorizado para estimar la procedencia o improcedencia de un tributo, a partir de lo que ha podido leer en el periódico X o en la cadena de televisión Y. O, mejor dicho, a partir de lo que le ha parecido entender al leer o escuchar sobre un tema completamente desconocido.

Si al abordar un tema específico uno no sabe por dónde le da el aire, lo mejor que puede hacer es cerrar la boca. Más aún cuando abrirla supone erigirse en adalid de la progresía ramplona, berreando argumentos del tipo “lo justo es quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. Es triste que esta juventud iletrada de hoy en día sea así de bidimensional: o rojos o fachas, o pobres o ricos, o progresistas o retrógrados… Es triste, como digo, andar siempre buscando la cara y la cruz de todo, pero sólo así se explican puntos de vista como el que ayer expuso tan ardorosamente mi compañera de piso A.

Supongo que nunca nadie se ha detenido a explicarle a A. que en España ya existe un impuesto que grava la renta, el IRPF; ni que ese impuesto es progresivo, es decir, que aplica un mayor tipo impositivo cuanto mayor es la renta percibida. Así, frente a la exención fiscal para los que perciben ingresos anuales inferiores a 9.000 euros, contrasta el hecho de que Hacienda se queda un 43% de aquellos ingresos anuales superiores a 52.360 euros.

¿No es ya bastante justo que las rentas desiguales se redistribuyan por medio de un impuesto que las grave de forma progresiva? ¡Entonces dejad el patrimonio quieto, joder! A ver si ahora va a resultar que uno tiene el deber de soportar una mayor carga fiscal por haber ahorrado toda su vida en lugar de fundirse la nómina en cubatas, putas y otros bienes de consumo, como por lo visto hace todo el mundo en este país. Así debió de entenderlo el Gobierno cuando suprimió el Impuesto sobre Patrimonio en 2008; el mismo Gobierno que, por otra parte, ahora quiere recuperarlo. Entonces, ¿en qué quedamos?

La verdad es que con tanto vaivén aquí no hay quien se aclare, pero no me pasa desapercibido que este intento de resucitar el IP no deja de ser una argucia política para espolear a los currelas sindicados y a esos jóvenes pseudocomunistas que, de tanto fumar porros, han terminado por creerse su propia película. Una película que habla de una lucha de clases, de los pobres y de los ricos, de los buenos y de los malos. Una película que mantiene entretenidos a esos desgarramantas que sueñan con mejorar su situación sin mover un dedo, a base “quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. A base de jugar a ser Robin Hood.



Pero volvamos al debate. Más allá de mi ideología política, ayer vi a dos hombres grises. Dos líderes de puñal y camarilla, deudores para con el partido que les mantiene políticamente vivos, repitiendo hasta la saciedad las mismas consignas que han ido dando por buenas las propias encuestas electorales.

Si anteayer a las diez de la noche algún extraterrestre pudo sintonizar Antena 3 desde su planeta con una megaantena capaz de captar frecuencias intergalácticas, probablemente creería que estaban emitiendo una comedia. El pobre marcianito echaría de menos las risas enlatadas en algunos puntos de las intervenciones, no digo que no, pero se descojonaría cosa mala al ver a Rajoy y al cararoedor increpándose mutuamente el haber destrozado el país en las legislaturas precedentes y recriminando al otro su despreocupación por los ciudadanos. Que si el uno quitó el “cheque-bebé”, que si el otro tuvo la culpa de la crisis del ladrillo, que si a éste no le importa la educación pública, que si aquél es el terror de las PYMEs… Demagogia de la buena, sin adulterar.


Ni de la democracia, ni de la LOREG, ni de la corrupción ni de la Administración. De ninguno de esos temas se hizo mención, salvo una somera alusión a la supresión de las Diputaciones Provinciales por parte de Rubalcabra. Se diría que tenían pactado de antemano no tratar ninguno de esos temas, como apuntaba un profesor mío ayer, pues a ninguno de los dos les interesaba airear las no pocas canalladas que uno y otro partido tienen en común. Y es que a día de hoy, sinceramente, no veo que la diferencia de facto entre los dos grandes partidos sea tanta: se limita a cuatro aspectos superficiales, casi de puro ornato, y a la elección del tema insustancial sobre el que dictar un par de Leyes capaces de traer polémica y focalizar la ira ciudadana en una banalidad que nada tenga que ver con los constantes fracasos económicos.

Muy señores míos, ¿cómo pueden tener el descaro de dirigirse a los doce millones de españoles que vimos el debate como si fuéramos gilipollas? Vayan a reírse de su familia y cuéntenles a ellos que el candidato rival miente como un bellaco y que tienen serias sospechas de que fue él quien mató a Kennedy, que a mí me la trae floja. Mientras analfabetos de la talla de Pepiño Blanco sigan siendo los responsables de administrar presupuestos de más de 20.000 millones de euros como el del Ministerio de Fomento -y encima cobren un sueldo anual de seis cifras por ello-, nada de lo que ustedes puedan contarme va a parecerme mínimamente serio.


Hace tres semanas vino la candidata al Congreso por UPyD Rosa Díez a impartir una conferencia en mi Facultad
, y puedo decir que ese día tuve la oportunidad de escuchar a alguien que poco tiene que ver con los dos elementos que anteayer se medían en desfachatez ante los ojos de sus potenciales votantes. Aquel día vi ante mí a una líder nata, carismática, sonriente, capaz de aportar ideas, enérgica en el discurso… Pero, sobre todo, me pareció ver a una auténtica demócrata. He de decir, eso sí, que no me gustó el detalle de que la buena mujer, en lo que supuestamente pretendía ser una charla sobre la reforma de la democracia, no tardara ni diez minutos en mencionar la palabra voto y proponer a UPyD como “la alternativa”.

En fin, a un mes vista de las urnas todos los asistentes sabíamos lo que podíamos esperar del discurso de Rosa y lo que no. Pero debo reconocer que yo soy el primer estudiante de Derecho disgustado con la ley electoral vigente y con la democracia de chichinabo en la que vivimos. No puedo dejar de pensar que, de remover las restricciones impuestas por la circunscripción provincial y el leonino Sistema D’Hondt, España entera podría haber presenciado una mesa redonda entre tres candidatos en lugar del grotesco cara a cara que vimos el lunes. Me desazona sobremanera saber que todo lo que no sea votar a uno de esos dos somardas el día 20 equivaldrá en la práctica a tirar mi voto a la papelera, pero es lo que tiene habitar una humilde provincia de tres escaños. Hay que joderse.

Mi jornada de clase de nueve horas comenzó ayer por la mañana con la siguiente frase que nos dirigió José Bermejo, Catedrático de Derecho Administrativo:


“lo que pasó ayer de diez a doce tuvo escasa relevancia para el Derecho Administrativo, muy poca para la política y ninguna para la Democracia”.

P.D.: reto desde aquí al sr. Neri, renombrado experto en corbatología, a que me explique por qué D. Alfredo llevaba -al igual que D. Mariano- una corbata azul y no una de tonos más rogelios, haciendo aprecio al color y emblema de su partido. Es un detalle que me llamó la atención.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La canción del domingo (IV)


En días como hoy me gustaría poder dormirme y no despertar hasta dentro de diez o doce años. Me muero de sed pero me faltan fuerzas para levantarme e ir a la cocina a por un vaso de agua. Lo único que me apetece es seguir tumbado donde estoy, sin mover ni un músculo. Solo. Haciendo de la espera una tortura. Preguntándome en qué preciso momento la felicidad de otra persona pasó a importarme más que la mía propia.

In your house I long to be
Room by room, patiently
I'll wait for you there
Like a stone
I'll wait for you there
Alone

viernes, 16 de septiembre de 2011

El sabor del éxito

Yo, el día de la cena de fin de Bachillerato.
Este septiembre hace tres años que comenzó mi andadura como universitario. Tres años. Se dice pronto, pero lejos queda la vida despreocupada de aquel chaval que, con los dieciocho recién cumplidos, vestía ilusionado su traje recién estrenado para la cena de fin de Bachillerato. Una media nada desdeñable, unida a una buena nota de Selectividad, me dejaba las puertas abiertas a prácticamente cualquier carrera que quisiera estudiar. Salvo Medicina, claro.

Yo iba para ingeniero industrial (desde los doce años estaba empeñado en seguir los pasos de mi tío, probablemente la persona a la que más admiro en lo que a vida profesional se refiere), pero después de los palos que me llevaba en las matemáticas del Bachillerato de Ciencias acabé curado de espanto y pensé que, después de todo, quizá lo mío fueran las letras y no los números. Total, que acabé por desechar mi sueño infantil de diseñar mi propio parque eólico y empecé a preguntarme seriamente cuáles eran las asignaturas o materias que de verdad se me daban bien.

Lengua, Historia, Filosofía, Idiomas… Eran áreas para las que yo siempre había tenido facilidad, pero no bastaba con eso. Si algo tenía claro era que aquello a lo que fuera a dedicarme durante treinta y muchos años de cotización a la Seguridad Social también tenía que gustarme, además de, claro está, tener salidas en el mercado laboral.

La respuesta a mi búsqueda no tardó en llegar: la Economía. En mi decisión influyó mucho el hecho de que la profesora que impartía Economía en el centro donde estudié el Bachillerato fuera una señora encantadora que, además de promover nuestro interés por la materia, a los del grupo de optativa de ciencias, por ser cuatro gatos, nos trataba casi como a sus hijos. Hasta nos dejaba organizar un pequeño ágape el último día de cada trimestre. El caso es que yo iba a las clases de Economía poco menos que dando saltos de contento y ávido de nuevos conocimientos, así que ya a finales de Primero de Bachillerato empecé a plantearme que tal vez ADE fuera lo mío.

Fue más adelante, hablando con una prima mía, cuando me enteré de que existía desde hacía no mucho un programa conjunto que permitía obtener las licenciaturas en Derecho y en ADE en sólo seis años. Cuando les comenté la idea a mis padres, no dudaron en animarme a que me metiera en este berenjenal argumentando que “si Derecho a secas ya son cinco años, por un añito de esfuerzo adicional puedes sacar las dos cosas”.

Así que cuando llegó el momento de echar solicitud para la Universidad de Zaragoza, presenté el siguiente orden de preferencias:

1. Programa conjunto en Derecho y ADE.
2. ADE. 
3. Derecho.

La nota media de corte se situó finalmente en torno al 7’6, de modo que pude obtener plaza para mi primera opción.

Casi sin enterarme, el verano más largo y feliz de mi vida tocó a su fin, dando paso a los rigores de septiembre. De repente me vi en una ciudad nueva y desconocida, ante unos compañeros de clase nuevos y desarrollando ese instinto de supervivencia tan necesario en un piso de estudiantes. Empezaron las clases y con ellas llegaron un montón de conceptos técnicos desconocidos para mí: llegó el álgebra líneal, acompañando a las ecuaciones diferenciales; llegaron el debe y el haber; se presentaron Kelsen y Ihering, las fuentes del Derecho y la Constitución, con sus partes dogmática y orgánica; también vinieron Adam Smith, la oferta y la demanda, el sistema de mercado y el de planificación central…

Pillándome un poco por sorpresa, llegaron los exámenes. Llegó el primer aprobado (en Romano) y también el primer suspenso (en Matemáticas, cómo no).

Todo llegaba. Conforme pasaba el tiempo, los distintos acontecimientos de la vida estudiantil se sucedían y, poco a poco, yo iba tomando conciencia de que, por primera vez en mi vida académica, estaba rodeado de una nutrida mayoría de personas inteligentes e inusitadamente competentes. La cosa no era tan fácil como prometía y encima la gente de mi entorno, acostumbrada a nombres cortos y contundentes como “Medicina”, “Arquitectura”, “Magisterio” o “Aeronáutica”, no tenía ni pajolera de qué era lo que yo estaba estudiando. Es más, ni siquiera yo mismo lo tenía muy claro.

Me vienen a la cabeza las inevitables conversaciones de ascensor con la vecina de abajo que todavía hoy tienen lugar, en mis idas y venidas de Huesca a la capital aragonesa con la maleta a cuestas.


- ¿Y qué vienes, pues, de Zaragoza?
- Sí, que como en casa a uno no le cuidan en ningún sitio -confirmo entre risas.
- ¿Y qué tal van los estudios?
- Pues ahí andamos… Ya no queda mucho para los exámenes.
- Porque… ¿Tú estudiabas Derecho, puede ser?
- Bueno, en realidad estudio DADE –preciso, henchido de orgullo.
- ¿DADE? ¿Y eso qué es? ¿Un módulo de ésos que hay ahora?
- No, es Derecho y ADE –replico mientras veo cómo mi autoestima se desinfla como un neumático reventado.
- O sea, Derecho, ¿no? Eso me parecía a mí.
- Bueno, sí, y también ADE.
- ¡Anda! ¡Míralo el zagal qué aplicado! Que además de Derecho hace un módulo –insiste la señora, seguramente con toda su buena intención.
- No, vamos a ver, yo no hago ningún módulo –me apresuro a aclarar haciendo acopio de mi infinita paciencia-. Estoy cursando dos licenciaturas.
- ¿Derecho y…?
- Derecho y ADE.
- ¿Y entonces eso de ADE qué es?

Como en Huesca yo vivo en el último piso del bloque, normalmente a estas alturas de la conversación se abren las puertas del ascensor, mi vecina se apea del mismo y cada uno sigue su camino, yo rumiando sobre lo infravalorados que están mis estudios y ella en la convicción de que el hijo mayor de los del cuarto compagina Derecho con un grado superior en chapa y soldadura.

En lo que dura un pestañeo, terminó Primero de carrera. Este primer escalón me sirvió para descubrir que me había metido en un fregado de mucho cuidado y que aprobar todo en junio estaba únicamente al alcance de unos pocos afortunados. En ese aspecto, Segundo fue peor si cabe, con las incomprensibles Estadísticas, el árido Derecho de Obligaciones y Contratos, el Penal y las puñeteras Micros.

Pero Segundo pasó y, para cuando me quise dar cuenta, ya había empezado Tercero, que venía de la mano con las enrevesadas Macros, la minuciosa Contabilidad Financiera, el soporífero Administrativo, más Civil y Penal, la esotérica OGI…  

Por suerte, hoy puedo decir que tercero ya es cosa del pasado. He aprobado las dos asignaturas que suspendí en junio y puedo estar satisfecho de que voy a empezar Cuarto con el contador a cero y sin presión. Pienso disfrutar de estos tres años que me quedan por delante todo lo que no lo he hecho durante los otros tres que dejo atrás. Además, he aprobado la prueba teórica del examen de conducir y por fin me he decidido a comprar el primer volumen del temario de la oposición, no sin antes prometerme a mí mismo que voy a dedicarle un pequeño rato todos los días.

El Tablones actual, tomando un copazo.
Animado por tanta buena noticia, anteayer me desplacé a Zaragoza sin otra intención que celebrar el fin de los exámenes de septiembre con el Capitán Alatriste y otros buenos amigos de clase, de los que sin duda puedo decir que conocerlos ha sido mi mejor experiencia en tres años de carrera. Los cinco que estuvimos cenamos por ahí de picoteo y luego fuimos a tomar un “digestivo” (que es una forma elegante de decir “copazo”) a un bar de al lado.

Fiel a mi combinado estrella, le pregunté al barman por las ginebras que tenían.

- Tenemos Beefeater, Larios, Gordon's, Tanqueray, Bombay, Bombay Shappire…
- Hoy tengo algo que celebrar, quiero algo especial –atajé.
- En ese caso tenemos Hendrick's, Citadelle, Bulldog…
- Que sea Citadelle con tónica india, por favor.

Balón reglamentario, jugo de cítricos natural y frutos de enebro. Diez euros de mi alma me costó la gracia, pero mereció la pena porque el sabor de ese gin tonic me recordó un poco al de aquel tercio de Pilsner Urquell que tomamos una noche de febrero en el bar de enfrente del hotel, nada más aterrizar en Praga en nuestro periplo post exámenes. Sabía a triunfo y a recompensa. Sabía a libertad.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La canción del domingo (III)


Es domingo, domingo de estudio. La única biblioteca que abre los domingos en Huesca se convierte en una auténtica sauna por estas fechas, así que he optado por quedarme a echar codos en casa. La luz de primera hora de la tarde se cuela por la cristalera de mi habitación y el manual de Derecho de la Protección Social reposa sus quinientas páginas sobre el escritorio. Un café solo empuja mi mente al vacío, obligándola a zambullirse en un océano de bases de cotización, tipos impositivos, contingencias y prestaciones.

Toda una colección de cifras, porcentajes y datos inútiles que de nada sirve memorizar cuando cada año cambian con la correspondiente Ley de Presupuestos Generales del Estado. Mi ánimo y mis ganas de estudiar languidecen delante de un libro sin jurisprudencia, sin posiciones doctrinales, sin opiniones de autor... Sólo datos; poco más que un copia-pega de cuatro leyes y reglamentos. Es desapasionante.

Acudo al índice del libro. ¿Nueve lecciones de protección frente a los riesgos laborales? ¿De verdad es necesario dedicar 180 páginas a un tema tan coñazo? Quizá no sea para tanto. A fin de cuentas, todo se reduce a la siguiente cuestión: “¿qué haría Homer Simpson que no haría yo durante un día en el curro?”

Antes de empezar a empollar a fondo, decido comenzar por mi habitual lectura “en diagonal”, para ir recordando conceptos y hacerme una idea de la magnitud de lo que me espera. Toda una serie de palabros e ideas vagamente familiares van desfilando por mi cabeza sin orden ni concierto.

Supuestos generales, excepciones, incompatibilidades, órganos gestores, Mutuas, empresarios, representantes sindicales, TRLISOS, LET, LPRL, TRLGSS...

Bostezo.

Baja por maternidad, riesgo durante el embarazo y riesgo durante la lactancia natural; jubilación anticipada; auxilio por defunción; Inspección de Trabajo y Seguridad Social...

Doble bostezo.

Régimen especial de trabajadores autónomos, incapacidad permanente, período de carencia, dinámica de la prestación, cuantía, protección por desempleo, 107 por 100 del IPREM incrementado en 1/6...

El café no es suficiente. La modorra de después de comer se apodera de cada músculo de mi cuerpo y me invita a relajar los párpados, apoyar la cabeza sobre el tema 10 y echar una buena cabezada.

Pero no, no puedo. Tengo sólo cuatro días y medio para introducir a empujones toda esta información estéril en la mollera. Es ahora cuando hay que aguantar; es ahora cuando se impone realizar un último esfuerzo. Tal vez con un poco de música...

Nada, casi que me voy a la biblio.

lunes, 8 de agosto de 2011

Aves de rapiña


El sábado jugué un torneo de ajedrez que duró todo el día: un total de nueve partidas a un ritmo de 15 minutos por jugador más 3 segundos de incremento por jugada. Es un torneo que se celebra todos los años con motivo de las Fiestas de San Lorenzo, patrón de Huesca.

El torneo lo organiza mi club, que es el que tiene más historia, mayor presupuesto y mayor número de afiliados de los tres que hay actualmente en la ciudad. Para incentivar la participación de los jugadores del propio club, además de los jugosos premios de la clasificación general por los que pugnan los Grandes Maestros y Maestros Internacionales (600 euros para el primer clasificado, 500 para el segundo, 400 para el tercero; etc), en las bases del torneo estaban previstos tres premios para los tres socios mejor clasificados del club, de 100, 70 y 50 euros.

Como este torneo viene organizándose desde que yo tengo uso de razón, algunos perspicaces peseteros de otros clubes (o incluso de otras ciudades) han tenido tiempo de averiguar que la cuota que hay que pagar para hacerse socio de mi club es ínfima, y que ello no obliga necesariamente a ser jugador federado por mi club. Además, la condición de socio supone no pocos privilegios, como pagar una inscripción más barata en cualquier torneo organizado por mi club u optar a premios previstos para los socios de mi club como los que acabo de mencionar.

Siguiendo la tónica de las últimas ediciones, el sábado, de esos tres premios uno fue a parar a manos de un cazarrecompensas que juega en un club de Zaragoza. Se trata de un jugador de muy buen nivel pero que no mantiene ningún tipo de vínculo con mi club: jamás ha jugado una partida como federado con nosotros, en su vida ha defendido el escudo del club delante de un tablero, ni ha pasado una sola tarde impartiendo clases a las jóvenes y no tan jóvenes promesas que acuden a aprender algunos días entre semana. Qué va. Él simplemente es socio “de facto”, que es condición suficiente para ganar premios con una facilidad casi insultante, dada la diferencia de nivel entre la inmensa mayoría de jugadores de mi club y él.

Además de por su infinita ambición, el tipo en cuestión es ya famoso por ser un chaquetero que en un corto período de tiempo ha pululado por unos cuantos clubes de Aragón, esquilmando a su paso premios en metálico de todo tipo de eventos y torneos sociales. Con semejante historial, lo más gordo es que en mi club (y en otros tantos) no hagan por modificar las bases de los torneos ni los estatutos del club para poder así disuadir a este tipo de buitres… Y digo buitres porque, después de pensar un rato, he sido incapaz de encontrar una palabra que caracterice mejor a estos impresentables: son aves de rapiña, capaces de oler el dinero a kilómetros y que, una vez visualizado éste, no paran de volar en círculos hasta que ven la oportunidad de caer en picado sobre él. Y todo por cincuenta cochinos euros que a nadie nos van a sacar de la crisis; aunque hay que reconocer que para un tío que no estudia, ni trabaja ni hace nada con su vida el ajedrez puede llegar a ser una fuente de ingresos. Mejor eso que nada.

Podéis imaginar la cara, durante la entrega de premios, de un compañero de club de los de toda la vida al ver a este sujeto saliendo entre aplausos a recoger los 50 euros que le tenían que haber correspondido a él, como recompensa no sólo al buen torneo realizado sino a sus muchos años de dedicación y fidelidad al club: por de pronto, me vienen a la cabeza las incontables tardes de invierno en las que él se ha ofrecido a poner el coche y llevarnos de punta a punta de Aragón, año tras año, durante el Campeonato Autonómico por Equipos.

Mi cara también traslucía una mezcla de cabreo y estupor a partes iguales, aunque no tanto en la medida en que pude ganar otro premio por otra vía distinta de la clasificación. El premio lo obtuve gracias a que gané mi última partida, en la que una vez más pude comprobar que la pillería y los tejemanejes no sólo se dan en los altos niveles del ajedrez: a veces los jugadores mediocres tampoco escatiman en artimañas oscuras y tretas de dudosa legalidad cuando se trata de llevarse un pellizco.

Mi rival de la última partida, inferior a mí a priori, optaba a un premio de su tramo de rating si me ganaba. Yo llevaba las piezas blancas y estaba también obligado a ganar si quería obtener el premio correspondiente a mi tramo. Ya desde la apertura salí con una posición favorable, que fui mejorando poco a poco y sin correr grandes riesgos a base de ir acumulando pequeñas ventajas posicionales. Una vez la partida ya estaba decidida y me disponía yo a ejecutar una secuencia de mate en tres jugadas, mi rival se revolvió en la silla, miró inquieto hacia los lados y cuando finalmente se cercioró de que no había ningún árbitro ni ningún observador cerca dijo:

- ¿Cobras?
- ¿…Perdón? –me sobresalté, interrumpido en mis cálculos.
- Que si cobras si ganas la partida.
- Sí, casi seguro que sí.
- Lo decía porque yo si gano cobro seguro y podríamos ir a medias, pero si cobras tú ya… Entonces nada.
- Sí, algún premio me llevaré seguro –fue todo lo que acerté a decir ante el desconcierto que me produjo escuchar su oferta de amaño.
- Me alegro, entonces. Pero más te vale que cobres, ¿eh? Más que nada porque pudiendo cobrar yo y repartir… Joder, que sería una tontería que nos quedáramos los dos sin cobrar, ¿no?

Lo verdaderamente alucinante, más que el chanchullo en sí, fue el descaro y la naturalidad con que me lo propuso el tío. Como si no hubiera nada de malo en hacer trampa con tal de ganar algo de dinero; como si no importara lo más mínimo privar del premio a otro jugador que de verdad se lo mereciera por haber demostrado un buen nivel jugando al ajedrez y, lo que es más importante, por haber jugado todas sus partidas con deportividad.

Me quedé tan molesto ante semejante falta de escrúpulos que después de darle jaque mate no le tendí la mano: al fin y al cabo se trata de una muestra de respeto y, a mi juicio, aquel señor no merecía ninguno. Pero al poco de terminar la partida me sobrevino la sombra de la duda: ¿y si yo hubiera estado en situación de aceptar la oferta? ¿Qué habría pasado si la victoria no me hubiera servido para llevarme ningún premio?

Pongámonos en situación: me queda casi un minuto en el reloj; los árbitros están pendientes de las partidas de los maestros por haber más dinero en juego; no hay nadie alrededor del tablero; sólo mi rival, yo y una oferta sobre la mesa. Sólo tengo que rendirme, esperar a que termine la entrega de premios y aguardar en un lugar apartado, lejos de miradas indiscretas, a que el tramposo me dé bajo mano un sobre con mi parte del pastel, 50 euros. ¿Habría caído en la tentación de aceptar su oferta y dejarme ganar?

Después de pensarlo unos instantes, llegué a la conclusión de que no. Ya no sólo porque la mera idea de hacer trampa choca frontalmente contra mis principios más básicos y contra mi forma de entender la deportividad, sino también porque, desde que empecé la carrera, mi dedicación a los estudios me ha forzado a dejar de jugar la mayor parte de los torneos que jugaba antes. Ha sido en estos últimos tres años cuando he descubierto que es la intensidad con que vivo cada partida y lo mucho que disfruto jugando lo único que me mueve a competir.

jueves, 4 de agosto de 2011

Indignación: formas y colores


 Estoy indignado, señores, profundamente indignado
(que en estos tiempos que corren no es lo mismo que decir “soy indignado”). En un intento de comprender mejor los motivos de mi indignación he desarrollado en las siguientes líneas mi visión de algunas de las noticias que, en los últimos días, han sacudido la opinión pública en España y fuera de ella.

Todo empezó el pasado viernes. Volvía yo algo achispado a casa por la tarde-noche, después de pasar un día de campo y barbacoa entre amigos, cuando mi padre me salió con la noticia de marras: “hijo, para mí que de ésta no salimos: al final habrá elecciones anticipadas”. El 20-N (que es como se dice 20 de noviembre en progre), ¡qué coincidencia! Simbolismos aparte, tampoco le concedí a este detalle más importancia de la necesaria, pues por todos es sabido que recordar fechas nunca ha sido el fuerte de ZP. ¡Acordaos si no de la que lió el día del aniversario del hundimiento del Titanic!

Desde mi punto de vista, lo relevante del adelanto de los comicios generales no es la fecha, sino la propia noticia en sí: siguiendo con el símil zapateriano, imaginaos qué poco le debe de quedar a este “poderoso transatlántico” para hundirse cuando el mismo gobierno que lo capitanea ya está pensando en evacuar al comodoro Rubalcaba en un bote salvavidas, cuatro meses antes de llegar a puerto…

A partir de ahí mi enojo fue in crescendo hasta alcanzar una de sus mayores cotas ayer mismo, cuando un amigo de clase me pasó la noticia de que el diferencial del bono español a diez años con el bono alemán se disparaba hasta alcanzar el máximo histórico de 400 puntos. Me pregunto cuántas horas extra de asesores y cuántos desayunos con la Merkel y su homólogo chino habrán hecho falta para explicarle a nuestro Presidente que esto significa que, por cada 100 euros que nos sean prestados en concepto de deuda pública, al cabo de diez años tendremos que devolver 185'95.

El caso es que, de una u otra forma, alguien ha conseguido hacerle ver a nuestro Presi la gravedad de la situación y le ha instado a tomar medidas: hoy Zipizape ha interrumpido sus vacaciones en el Parque Nacional de Doñana, donde con toda probabilidad estaba buscando en la plácida existencia de los patos y los flamencos una sabia enseñanza con la que renovar su repertorio de citas-gilipolleces célebres, y ha vuelto a Madrid. Su precipitada vuelta a la capital tenía por motivo una reunión con la Salgado a eso de las 7 de la tarde. El encuentro prometía, y desde luego no ha defraudado: he estado poco menos que mordiéndome las uñas esperando a que terminara el telediario para al final oír de boca de la Ministra de Economía que “la situación es mala, pero no desesperada” y que por eso “no tomaremos medidas”. Ya está. Así de fácil.

Qué medidas, qué recortes en gastos sociales ni qué ocho cuartos: para la Salgado es mucho más cómodo dejar correr el diferencial como un caballo desbocado hasta que alcance los 500 puntos y, entonces, todo el mundo a llorar y a pedir que nos intervengan. Como eso no ocurrirá hasta enero o febrero y por entonces será el PP quien gobierne, los socialistas podrán lavarse las manos para después frotárselas mientras piensan en lo redonda que les ha salido la jugada: justo habrá sido pasarle la patata caliente al PP y estallar ésta en la cara de Mariano Rajoy.

Pero para encontrar el incidente que colmó mi exasperación tenemos que retrotraernos de nuevo al pasado viernes, cuando una marcha de “indignados” intentó cercar la Moncloa. En el momento en que un destacamento de policía se opuso a sus pretensiones de colarse hasta las mismas puertas a armar la algarada padre, la respuesta no se hizo esperar: una lluvia de escupitajos progres cayó sobre esos pobres agentes, ciudadanos españoles ante todo, que sólo cumplían con el deber derivado del ejercicio de su profesión de garantizar el orden público; deber previsto en sus estatutos y en la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Hasta hubo una perroflauta impudorosa que, jaleada por sus semejantes, tuvo la osadía de orinarse en las botas de uno de los agentes.
Como queda terminantemente prohibido descargar porrazos contra estos energúmenos por órdenes de Alfredo (¡que eso baja puntos en las encuestas, caray!), el agente en cuestión, claro, no pudo hacer más que reprender a esa cavernícola asilvestrada y advertirle de que no lo volviera a hacer. ¿…O qué? La “autoridad pública” lo único que tiene de autoridad es el nombre, y es ésta una de las principales características de una sociedad decadente. Cualquier pintamonas puede tomar a un agente de Policía por el pito del sereno y salir indemne, y así lo único que se consigue es fomentar la inseguridad jurídica y el “todo vale”.

Ahora bien, me da a mí que el de la incontinencia llega a ser un hombre y de poco o nada hubieran servido las órdenes de Rubalcaba de quedarse quietos como exánimes soldaditos de plomo: fijo que a ese hipotético cafre le habrían roto dos o tres costillas de un porrazo. Pero claro, siendo la infractora una mujer sólo a un “facha misógino” se le ocurriría emplear la violencia contra ella. La igualdad, señores, ese principio consagrado en el artículo 14 de nuestra Carta Magna y que sin saber muy bien cómo ha devenido en “bibianismo”, empieza por soltarle el mismo porrazo a cualquier persona que se le orine encima a un agente “sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Muchas malas noticias en tan pocos días; demasiadas. Y lo peor de todo es que me hierve la sangre sólo de pensar que mientras yo intento manifestar de forma coherente mi indignación a través de estas líneas, varios cientos de simpatizantes de la izquierda perrofláutica se están indignando también a su manera en Sol porque los 400 euros de subsidio por desempleo en su modalidad asistencial no les alcanzan para comprar todos los porros, monociclos, tiendas de campaña, cachimbas, armónicas y pelotas de malabarismos que necesitan para subsistir. Cuatrocientos euros que, permitidme que lo recuerde, al nuevo tipo de interés de los bonos nos cuestan 743'80. Y subiendo.

Más que indignante, es para mí descorazonador inferir a partir de conversaciones con amigos o gente cercana que siete de cada diez españoles ignoran qué es la prima de riesgo y su repercusión sobre la economía española y, además, “se la pela”. Sí, sí, así de llanamente: ¿a quién le importa la economía cuando dispone de 400 euros caídos del cielo para echarse el carajillo de brandy de después de comer mientras juega el musete en el bar?

¿Y a quién puede importarle el largo plazo cuando cuatro pancartas con faltas de ortografía y ochenta decibelios de ruido de rebaño bastan para conseguir que Zapatero se baje los pantalones aquí y ahora?

martes, 2 de agosto de 2011

El Topo


Hoy se cumple un mes exacto desde que acabé el último examen. Y hoy ha sido también mi primer día de bibliotequeo estival:
dos horitas y media, sin forzar la máquina, que por lo menos me han servido para reconciliarme con mi yo estudioso. No en vano, el ambientazo de prelaurentis ya se ha apoderado de la capital altoaragonesa anunciando la proximidad de las fiestas de San Lorenzo, que prometen una semana de pocos codos. Si a esto le añadimos que son dos las asignaturas que llevo para septiembre, tampoco puedo andarme con tonterías e ir postergando mi estudio indefinidamente.

He ido a mi biblioteca favorita. Está un poco lejos de mi casa si va uno andando, pero el clima de estudio que se respira una vez allí bien compensa la caminata: la sala de estudio es espaciosa, sobriamente amueblada, luminosa, con unas sillas increíblemente cómodas y -lo más importante de todo- por estas fechas no hay casi nadie.

Apenas me ha dado tiempo de abrir por la primera página el manual de Derecho de la Protección Social, cuando he notado que me venía una vaporada de un olor singularmente desagradable. Era “el Topo”, que acababa de llegar.

¿Que quién es el Topo? Independientemente de lo que esta denominación sugiera, no se trata de un soplón de la Policía infiltrado en una organización criminal ni nada por el estilo. No. “El Topo” es el sobrenombre por el que algunos jóvenes de Huesca conocemos a un hombre de unos cincuenta y pocos años que frecuenta la biblioteca de la que os hablo. El apelativo se lo debe, supongo, a un aspecto físico asimilable al del mamífero que le da nombre: tiene unos ojillos diminutos ocultos detrás de unas lentes de extraordinario grosor y una naricilla pequeña que emerge en mitad de una cara perfectamente redonda. Su frente es amplia y despejada por la caída de pelo. Es tirando a bajito y algo pasado de kilos, aunque lo que de verdad le caracteriza es que hiede sobremanera.

Es un tufo indescriptible; como una mezcla de naftalina, sudor de varios días y posos resecos de café. No hace falta levantar la vista del libro para saber que el topo ha entrado por la puerta de la biblioteca: su fama y su olor le preceden. En más de una ocasión recuerdo que se ha llegado a sentar a mi lado y finalmente, pese a parecer muy descarado, me he visto en la necesidad de recoger mis cosas y cambiarme de sitio porque el hedor era tal que me impedía concentrarme en aquello que estuviera estudiando. No exagero.

A mí me da pena este asunto, y sé que está feo y es de mala educación lo de cambiarse de sitio, pero pienso que tampoco es de recibo acudir a espacios públicos sin ventilación sin cumplir unos mínimos en materia de higiene personal. La alternativa sería acercarme y decirle a un señor que no conozco de nada que debería invertir más tiempo en asearse porque huele realmente mal; y estaréis de acuerdo conmigo en que sería ésta una situación cuando menos violenta.

La pregunta que me hago es: ¿él se da cuenta de que es imposible acercarse a menos de cinco metros de él en espacios cerrados sin notar su olor?

Yo me atrevo a decir que no. Debe de vivir solo y no debe de tener a nadie cercano y con la suficiente confianza como para sacarle el tema del olor corporal con tacto y discreción. Lo más seguro es que este hombre no ponga más de una lavadora al mes, si llega. Además, no sé si será coincidencia pero me he fijado en que casi todos los días lleva el mismo atuendo: unos pantalones de tergal que le vienen grandes y que tiene que resubirse cada tres pasos que da, una camisa verde lorito horrosa y su sempiterno jersey apolillado color Burdeos, que lleva encima sea invierno o verano. En la muñeca izquierda, lleva un reloj digital enorme.

Por la descripción del Topo que os he proporcionado, podríais pensar que se trata de una especie de vagabundo mantenido por la Seguridad Social que hace su alto diario en la biblioteca para leer el periódico. Nada más lejos de la realidad, el Topo tiene un trabajo estable con el que se gana la vida dignamente y cursó además la carrera de Magisterio con un expediente inmaculado. Hasta donde yo sé, se presentó por varias veces a oposiciones para maestro y en todas ellas, tras obtener las mejores calificaciones en las pruebas escritas, fracasó estrepitosamente en la prueba oral. Nunca he tenido la oportunidad de intercambiar una sola palabra con él, pero se dice que es de esa clase de personas extremadamente brillantes y retrotraídas que piensan mucho más rápido de lo que son capaces de hablar, lo que se traduce en un atropello de palabras ininteligible.

Y aunque cierto es que lo primero que hace nada más llegar es coger un par de periódicos, que ojea con interés durante los primeros quince minutos, el resto del rato lo pasa enfrascado en la lectura de libros densísimos de física cuántica con gráficas de hiperboloides, trazados extrañísimos, vectores y fórmulas complejas de ésas que tienen más letras griegas que números. Todo esto lo hace por amor al arte y, por lo visto, es un reputadísimo miembro de la asociación de astrónomos de aquí. De hecho, se rumorea que ha hecho más de un descubrimiento de interés científico; aunque esto no sé si creérmelo porque también circulan otros bulos como que su falta de higiene personal se debe a que pasa catorce horas al día estudiando porque está preparando oposiciones para Notario. Lo que sí que vengo observando últimamente es que, poco a poco, está sustituyendo sus libros de física por otros de economía, que parece haberse convertido en su nuevo hobby al que entregarse en cuerpo y alma de forma altruista (¡y yo que estudio ADE casi a disgusto!). A juzgar por la naturaleza de sus apuntes, diría que le entusiasman la Macro y la Econometría.

Sus fotocopias y papelajos varios los lleva siempre en una mochileta roja, ajados y arrugados como un acordeón, y tal cual los extrae los vuelve a meter, sin carpeta ni funda alguna. De cuando en cuando asiente con vehemencia y, en medio de un absoluto caos de papeles desparramados por la mesa, teclea con sus dedos regordetes en la calculadora más grande que he visto en mi vida: uno de esos días que se sentó cerca de mí me atreví a echarle un vistazo y yo no tenía ni idea de para qué servían más de la mitad de las teclas.

En cierto modo, este señor me recuerda un poco a algunos grandes genios excéntricos cuya vida ha sido llevada a la gran pantalla, como el matemático John Forbes Nash en Una mente maravillosa o Raymond Babbitt, el protagonista de la película Rain man. Ambos dos son buenos ejemplos de cómo muchas veces detrás de una apariencia de dejadez, ensimismamiento o autismo se esconde una mente capaz de crear cosas que la mayoría ni siquiera somos capaces de imaginar.

Posiblemente sean personas de un perfil muy parecido al del Topo los inventores de infinidad de productos de fuerte componente tecnológico que usamos en nuestra vida cotidiana. Seguro que a esas personas que viven por y para el estudio debemos la existencia de Internet, de las placas de inducción, de las bombillas de bajo consumo o –por decir algo- de la Blackberry. La misma Blackberry que dos niñas petimetres que preparan su segunda Selectividad toqueteaban entre risitas en la otra punta de la sala mientras el Topo, a un palmo de sus vocecillas estridentes, permanecía con la vista pegada al libro sin protestar ni inmutarse.

· SiLViaHh1993 dijo: joder kiaa q mal uelee el tioo d enfrente!

domingo, 31 de julio de 2011

La canción del domingo (II)


Una semana más toca a su fin; llega el séptimo día. Por motivos análogos a los que expuse el domingo pasado, hoy tampoco me encuentro con ganas de escribir. Me encantaría ofrecer mi punto de vista acerca de la decisión del Presidente Torticero de adelantar las elecciones generales, que es desde luego el notición de la semana, del mes y del año; pero me parece un asunto demasiado serio como para abordarlo un domingo. Prometo ocuparme del tema en los próximos días.

Como ya os anticipé, los domingos voy a seguir una política de servicios mínimos que consistirá en dejaros por aquí una canción: es una forma tan válida como cualquier otra de no discurrir en exceso y a la vez sentirme realizado por haber publicado un nuevo post. El inigualable honor de ser canción del domingo en Un pararrayos en mi sombrero corresponde hoy a La Habitación Roja, un grupo que dio ayer un concierto en un bar de Huesca y del cual tuvo a bien hablarme una simpática lectora de este blog (espero que esta alusión le sirva de acicate para encontrar el botón de “Me gusta”).

Lo cierto es que nunca había escuchado nada de ellos, si bien el nombre del grupo quería sonarme familiar (tal vez porque me evoca la sala del fondo del bar Diez d’ Agosto, no lo sé...). El caso es que, después de escuchar cinco o seis de sus canciones y de culturizarme un poco en su página web oficial, puedo decir que me parecen muy recomendables y que coincido con la lectora en que ‘Younger’ es la canción que más me ha gustado. Ahí la tenéis.

Muy profunda, muy melancólica, muy... de domingo.

sábado, 30 de julio de 2011

Mi ciudad en días oscuros


La imagen que ilustra el post de hoy está tomada recientemente. Es la foto de una ciudad, de mi ciudad. De ella voy a hablaros hoy.

El lugar desde el que hice la foto es uno de tantos a los que me gusta acudir en mis paseos. Desde allí puedo repasar a vista de pájaro cada uno de los lugares emblemáticos de Huesca; puedo pasear con la imaginación por cada una de las calles que me han visto crecer. Pese a ser de noche y mi cámara de fotos francamente mala, además de varias hileras de farolas, puede verse al fondo cómo la Catedral se eleva por encima de los edificios del casco histórico.

Huesca es en buena medida una ciudad de funcionarios y empleados públicos, en la que el sector servicios ocupa a una gran parte de la población. A la sombra de ese tejido administrativo, encuentran cobijo una serie de autónomos y pequeños comerciantes que estimulan la vida económica de una población de poco más de 50.000 habitantes.

La escasa industria que la ciudad es capaz de atraer se resume en un puñado de PYMES que ocupan un par de polígonos industriales semivacíos. Para mayor preocupación, dos de las principales empresas que había –una de ellas constructora, por supuesto- cerraron, con consecuencias nefatas sobre el empleo y el sostenimiento de más de 300 economías domésticas. La agricultura, por su parte, se concentra mayoritariamente en el cultivo del cereal, con especial intensidad en la cebada.

Como no podía ser de otra manera, la presente crisis económica se ha dejado sentir también en las calles de mi ciudad. El impopular recorte salarial a los funcionarios conocido como "el zapatazo", sumado a las subidas de impuestos tanto a nivel estatal como local, ha privado de poder adquisitivo a una gran parte de los oscenses. Yo soy hijo de funcionarios y echando un cálculo rápido puedo afirmar que en 2011 entra en mi casa un 10% menos del dinero que entraba en 2010.

Poniéndonos en extremo simplistas, esto conlleva que por cada diez días que salíamos a tomar algo, ahora sólo podremos salir nueve. En la práctica esto supondría que, bien todos los bares ven reducido su margen de beneficios en un 10%, o bien uno de cada diez bares se verá obligado a cerrar. Esta misma idea es extensible a tiendas de ropa, muebles, electrodomésticos y, en definitiva, a cualquier empresa exclusivamente comercial u orientada al consumo.

Son malos tiempos para España, pero los malos tiempos en Huesca están todavía por llegar. El paro aquí no es todavía una realidad alarmante, pero va a ir incrementándose poco a poco, por medio de una lenta e inexorable desaceleración del consumo.

Pese a ser Huesca una ciudad bastante tranquila, en la que la vida transcurre sin grandes incidentes, se cumple como en todas partes que el desempleo, la delincuencia y la inseguridad ciudadana van de la mano. De dos años a esta parte, se están registrando casos de bandas organizadas que entran a robar en pisos en determinadas zonas de la ciudad; año y medio atrás, se perpetró un atraco a un banco; hace algunos meses atracaron una joyería; y hace tan sólo tres días se produjo un asesinato en un piso de inmigrantes. "Justo ahora, mientras abríamos, estaban levantando el cadáver", comentaba a sus clientes la dependienta de un pequeño establecimiento ubicado cerca del lugar del crimen.

¿Puede alguien explicarme qué está pasando?

Que se avecinan días oscuros, y esto es así tanto en Huesca como en cualquier otro rincón de España.

Podemos sentirnos afortunados por haber vivido la época de mayor esplendor que ha conocido y conocerá la humanidad, y digo
"y conocerá" porque hasta los gurús más optimistas saben que estos años dorados no han de volver. No había que ser un Paul Krugman para darse cuenta de que esta capa de hielo ya no aguantaba un solo idiota más patinando encima: el Estado del bienestar se resquebraja y yo no sé si quiero quedarme aquí para verlo. La idea de marchar al extranjero cobra fuerza por momentos…

Pero cuando algunas noches admiro Huesca iluminada pienso que, después de todo, tampoco estamos tan mal. Es sin duda el alumbrado eléctrico, ese servicio mínimo e ineludible que todo municipio debe prestar, uno de los símbolos del progreso de este país. Una noche más, somos un punto luminoso sobre el mapa de Google Earth: una bombilla diminuta vista desde el espacio que parece querer decirnos que, mientras luzca, aquí es posible vivir. Mejor o peor, eso ya se verá.

miércoles, 27 de julio de 2011

Ciudadano Abós

Una vez un profesor mío de Ciencias Sociales, intentando explicar el concepto de ciudadanía, se dirigió a la clase en estos términos: “cada vez que ustedes salgan a la calle, deben recordar en todo momento quiénes son. Ustedes son ciudadanos españoles pero también ciudadanos de la Unión Europea y, por encima de todo, ciudadanos del mundo”.

Hoy, cinco o seis años después, todavía sigo preguntándome a qué se refería exactamente aquel hombrecillo histriónico de los jerséis de punto y el pelo engominado cuando nos planteaba aquellas reflexiones macrocósmicas sobre nuestra identidad. Empezaré diciendo que mi nombre es Antonio, aunque casi todos me llaman por el apellido, Abós.

Soy Abós y vivo en el país de las costas soleadas, de los toros y el flamenco. Mi existencia se desarrolla en la tierra del buen vino, de las tapas y las cañas, de las discotecas y la bacanal mediterránea: el país de la picaresca y del placer por la ociosidad, no tanto como por el descanso. Vivo en el país de los éxitos deportivos y los fracasos políticos, del mal cine y de la música mediocre. Soy votante en el mismo país que ayer gobernó Felipe y hoy gobierna Zetapé, con la inestimable ayuda de Ministerios como el de “Igual Da”. Me refiero al país donde tantísimos jetas se resumen en dos caras: los rojos y los fachas, los progres y los retrógrados, los jóvenes y los carcas...

Soy Abós, habitante del viejo continente; el de la Unión Monetaria, donde las barreras idiomáticas, culturales y afectivas se elevan muy por encima de las arancelarias. Soy parte del territorio de la Champions, la UEFA y la Eurocopa; y me enorgullezco de ser de la tierra de Churchill, de Mozart, de Kafka, de Saint-Exupéry, de Maquiavelo y de Goethe. Me estremezco con cada paso que doy sobre el escenario de la democracia, de dos revoluciones industriales y otras tantas guerras mundiales.

Soy Abós y un buen día aterricé en la “mitad” rica del planeta azul. Vivo en el mundo de la desigualdad de recursos, de las guerras encubiertas y las intimidades nimias descubiertas. Soy uno más en el hemisferio norte, donde se consume toda la droga y el crudo que enriquece a los gobiernos títeres y líderes populistas del sur, al tiempo que empobrece a millones de personas que abrazan la miseria con tanta resignación como respuestas encuentran en las religiones y el fanatismo.

Soy Abós y vivo en la época de la crisis financiera y medioambiental, de la quiebra de Bancos (de peces gordos) y banquisas por igual. Soy testigo de los adelantos de la era informática: ese campo de batalla en el que Microsoft y Apple disparan y esquivan balas virtuales, mientras algunos todavía nos lamentamos de que el verbo chatear perdiera hace tiempo el significado de “arrejuntarse con unos colegas con ánimo de beber chatos de vino”. Vivo en la edad de los avances en la medicina, en la que la cura contra el cáncer sigue siendo una incógnita; aunque duermo más tranquilo desde que sé que Sanidad reparte “píldoras del día de después” como si de golosinas se tratara. Sobrevivo en los tiempos del consumismo y de las modas veleidosas, de las revistas cuyas portadas protagonizan personas-maniquíes de cuerpo escultural, vientre plano y encefalograma más si cabe.

Soy Abós, y cada vez que salgo a la calle mi único consuelo consiste en caminar con ligereza entre esa caterva de “ciudadanos”, desoyendo las recomendaciones de marquesinas y vallas publicitarias, ignorando la barahúnda del tráfico y el levantamiento de nuevos edificios. Soy Abós y ésta es mi forma de olvidar por un momento que pertenezco a este lugar y a esta época.

sábado, 23 de julio de 2011

As time goes by

Tan apenas hace un mes desde que terminaste los exámenes y aún duele la torsión de cuello al volver la vista atrás. Es comprensible teniendo en cuenta que del ius cogens acabaste hasta ahí, hasta los mismísimos “cogens”. De momento has aprendido a escribir Tchebycheff correctamente –que no es poco- y hasta has descubierto que Stackelberg es un modelo de oligopolio y no una cerveza danesa de importación como creías. Y hablando de importaciones, lo cierto es que nunca te han “importado” gran cosa; tanto es así que la palabra “divisa” te sugiere alguien vislumbrando algo a lo lejos. La indiferencia supina que profesas a lo que estudias y haces es indiscutible, y no necesitas de una función de forma Cobb-Douglas para darte cuenta de ello. Te da absolutamente igual si la finca “La Ponderosa” se ha vendido en fraude de acreedores y eres indiferente ante la idea de que Franchico pueda o no ejercer la acción revocatoria frente a Bernardo. ¿Franchico, Bernardo…? A todo esto, ¿qué fue de Cayo, Ticio y Sempronio?

Por si esto fuera poco, todavía eres incapaz de entender cómo el individuo que dispara el arma en el “caso Thyrén” sale impune, el muy cabroncete. Pero bueno, otros se encargarán de impartir justicia. Para eso están los llamados héroes de carne y hueso, como el tipejo de la kriptonita o el embajador Elorza, que lo mismo te inventa el fondo de cohesión que te baila un vals… Yendo al meollo del asunto, concluyes que ya está bien de malgastar el verano cerrando bares y bebiendo tercios y más tercios de Stackelberg. ¡A ver si te has creído que son esos los “vicios ocultos” a los que se refiere el art. 1484 Cc.!

Ahora toca volver a la rutina y ponerse las pilas de nuevo, y no sería una mala idea empezar por lo más fácil y evidente: madrugar un poco más y dejar de invertir tiempo y tinta en transcribir cada tontería que merodea por tu cabeza. Eres consciente de que no aspiras más que a ocupar el asiento vacío de cualquier escritorzuelo esnob e insalubre, de esos que sacan a pasear su ordenador portátil al Starbucks más cercano con la esperanza –ilusos- de encontrar inspiración suficiente con la que hilar la trama de su primera novela, mientras beben con fruición de sus tazas de capuccino.

Sublime.

Y sabes que mientras redactas un nuevo mecanoscrito el tiempo fluye, como fluye el Ésera entre las piedras. El tiempo vuela y desaparece entre las montañas en forma de halcón. El tiempo corre y tú ni siquiera tienes fuerzas para caminar. Prefieres sentarte a esperar una vocación, una señal o ese estímulo poderoso que vuelva a inundarte de ganas de cambiar el mundo y de hacer las cosas mejor que bien.

El tiempo se escapa y tú persistes en tu quietud, sentado frente a la pantalla del ordenador. Esperando algo.

Something to believe in

Amanece un día más. Las primeras luces del alba vuelven a sorprenderte en tu misántropo deambular por las calles desiertas. Se apaga la luz de la última farola y tu sombra se desvanece para dejarte –ahora sí- solo en tu paseo de vuelta a casa.

Cuando por fin llegas, abres la puerta haciendo el menor ruido posible, te descalzas y avanzas de puntillas con sigilo hasta conseguir dar -a tientas- la luz de la cocina. Te dejas caer pesadamente sobre una silla y permaneces inmóvil con la cabeza apoyada en la mesa, hundida entre los brazos, durante lo que a ti te parecen no más de dos minutos.

No tienes sueño; o tal vez son los sueños los que te impiden dormir. “¡Qué más da!”, piensas mientras te levantas y te dispones a preparar una cafetera. Cinco minutos más tarde, el artefacto comienza a expulsar vapor en medio de un borboteo acompañado por ese silbido tan característico que te saca de tu ensimismamiento. Apagas el fuego y te sirves una taza.

Quema.

Mientras el café se enfría te dedicas a remover el azúcar con la cucharilla en un gesto distraído y monótono, preguntándote si no habrás metido la pata como de costumbre. Actuar como un capullo no te convierte necesariamente en un capullo –razonas-. Hasta tú reconoces que la única persona a la que serías capaz de hacer daño es a ti mismo. “¡Menudo consuelo!”.

No eres perfecto (nadie lo es salvo, tal vez, Ella) pero todavía eres capaz de ver las cosas buenas que se esconden detrás de cada persona y de cada situación. Con esta absurda conclusión, y en un ademán digno de la peor copia de Kurt Wallander, coges la taza con cuidado y bebes procurando no sorber (a Graham no le habría gustado).

Entonces caes en la cuenta de que necesitas música. Es lo único capaz de animarte o sumirte de verdad en ese estado de languidez perpetua que tan atractivo te resulta. Melancolía... no es un buen nombre; a duras penas evoca el placer de estar triste del que hablaba Victor Hugo.

Hurgas en los bolsillos del pantalón hasta que encuentras el iPod. Está encendido y una canción suena en modo reproducción continua. Es irónico, pero posiblemente ese bucle infinito haya sido la banda sonora de toda una noche:

’Turn out the light
and what are you left with?
Open up my hands
and find out they’re empty.
Press my face to the ground
I’ve gotta find a reason.
Just scratching around
for something to believe in:
Something to believe in…’

Blue Monday

Llevas todo el día ahí tumbado, dejando fluir la música a través de los auriculares. La lluvia golpea el cristal de la ventana y el café está frío. Al menos habrás escuchado diez veces la misma canción...

Pulsas el ‘pause’ de tu reproductor de música, te quitas los auriculares y lo dejas sobre la alfombra. Abres los ojos lentamente y, sin saber por qué, sonríes. El techo sigue ahí, las fotos y viejos recortes de periódico que revisten tres de las cuatro paredes de la habitación tampoco parecen haberse movido. Todo está exactamente como siempre ha estado... bueno, casi todo: tú estás sensiblemente más ojeroso, barbudo y arrogante.

Una vez más, te sorprendes pensando en lo de siempre; en todo y en nada; en una suerte de ‘collage’ de tonterías inconexas; en todas esas cosas que te hacían sentir bien. Coleccionas recuerdos en papel y sepia, páginas robadas de diarios sin palabras ni candado y retazos de sueños por cumplir para, algún día, terminar de componer una imagen a modo de escalofriante mural: esos malditos ojos que te tienen cautivado y que parecen burlarse de ti porque nunca sabrás si son azules o verdes. Alargas la mano hacia el primer cajón de la cómoda para extraer una pitillera y un encendedor acerado del que, con un practicado a la vez que inconsciente gesto, enseguida haces brotar una llama azulada para encender el Marlboro, Chesterfield o cualesquiera que sean tus marcas de confianza de esa dosis de ponzoña que humea entre tus labios -¿pero cuándo cojones piensas dejarlo?-.

Las volutas de humo se elevan en espirales que se difuminan en una niebla que lo envuelve todo. Te incorporas lentamente y, con cuidado, te levantas del colchón, duro y frío como el mismo suelo. Notas que aquella extraña sensación que se había adueñado de ti hacía ya un tiempo parece desaparecer por momentos. Sí, conoces bien esa sensación. Sabes lo que es vivir en esa mansión de cristal, desde cuyo interior te sientes incapaz de ver, por miedo a ser visto; y de moverte, por miedo a romper cualquiera de los pilares que mantienen en un frágil equilibrio tu pequeño universo.

Aspiras una nueva calada, tuerces el gesto, y de repente, como movido por un resorte, te diriges hacia el ropero, te calas tu mejor gabán y te dispones a salir a dar una vuelta, con sombrero pero sin paraguas -los odias-. Empezarás deambulando, sin rumbo; irás allá adonde te lleven tus pasos para tomar, una vez lo encuentres, el camino que te llevará de vuelta a allá de donde vienes. Todo volverá a ser como antes, incluso puede que tú mismo vuelvas a conocer tu mejor versión. Vamos, adelante, lárgate a hacer algo productivo. Es tan fácil...

¡Y una mierda, fácil! Sabes de sobra que no. Hoy es lunes, la semana no ha hecho más que empezar. Todavía dispones de seis días más para ordenar tus pensamientos, tus emociones y hasta ese paraíso de Diógenes al que gustas en llamar tu casa. Hoy no es el mejor día para salir de casa y lo sabes. Seguramente es por eso que vuelves a dejarte caer sobre el colchón e, inconscientemente, acabas mirando fijamente al mismo punto del techo mientras das vueltas y más vueltas a las mismas estupideces. Por eso has vuelto a perder la noción del tiempo y permaneces en ese estado catalépsico hasta que notas que los párpados quieren cerrarse. Por eso ahora presionas de nuevo el ‘play’.

Llevas todo el día ahí tumbado, dejando fluir la música a través de los auriculares. La lluvia golpea el cristal de la ventana y el café está frío. Al menos habrás escuchado once veces la misma canción...