Mostrando entradas con la etiqueta Desengaño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desengaño. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2011

Crónica de un amanecer incompleto


Una noche más, la carpa de la Peña Alegría Laurentina está abarrotada hasta la bandera. Una marea de blanco y verde me rodea allá por donde miro. De cuando en cuando, se divisa algún rebelde con camiseta negra y sin pañoleta. “Fijo que ese panoli es de Zaragoza”, aventuro indignado.

Entre bailes, risas y abrazos, noto una repentina vibración y el corazón me da un vuelco. Me llevo la mano al bolsillo y cojo el teléfono móvil para comprobar en la pantalla principal que no hay novedades.

Falsa alarma. Era una ilusión producida por la potencia de los altavoces.

Como surgida de la nada, una mezcla de impaciencia, angustia y melancolía no tarda en apoderarse de mí. Me llevo el vaso a los labios. Está vacío.

Me abro paso hasta la barra y pido otro gin tonic. Contando con los del botellón, éste es ya el… ¿Séptimo? ¿Octavo? Todo sea por no reconocer que hace rato que he perdido la cuenta. Debo de estar dejando la cartera temblando pero ése es un problema que ya atenderé mañana. Además, como es mi dinero y no el de mis padres, puedo gastarlo en lo que me dé la gana.

De puntillas, busco unas cabezas que sobresalgan por encima de la multitud. Cuando por fin consigo avistar a esos colosos de metro noventa y pico a los que llamo amigos, vuelvo al grupo.

Bailo, o al menos eso intento, pero la música no es la más acorde con mi estado de ánimo. Me pregunto si me quedará algo de tabaco…

Hurgo en el bolsillo mágico de Doraemon hasta sacar una cajetilla algo arrugada y en las últimas. Sólo tres pitis para el resto de la noche, ¡vaya mierda!

Enciendo un cigarrillo y, casi sin darme cuenta, detengo mis bailes para pensar qué estará haciendo Ella ahora, si estará por aquí y si estará tan guapa como la última vez. Al exhalar el humo, instintivamente, no puedo evitar morderme el labio inferior. Es un tic que me sale cuando algo me preocupa.

- ¿Qué te pasa, tío? Te noto como apagado.

- Nada, joder. ¿Hacen unos chupitos?

- ¿Vodka con Martini?

- Me sirve.

Al primer chupito le sigue un segundo.

Al segundo le sucede un tercero y al tercero, un cuarto... Y así hasta que la pena estalla en una avalancha de palabras que mis labios se esfuerzan por contener en mi cabeza, sellando por una noche más las puertas de mi subconsciente sedado y alcoholizado.

“No entiendo nada ¿Por qué las mujeres se comportan así?”

“¿Qué ve Ella en ese capullo analfabeto y con pintas de colgado pseudofumeta?”

”¿Qué tiene ese jodido pinchaúvas que no tenga yo?”


Una vocecilla interior, con todos los visos de ser la de Billy, el saltamontes cazallero que hace las guardias y turnos de noche en mi conciencia cuando Pepito Grillo se coge vacaciones porque yo voy cocido, se apresura a responder no sin malicia:


“Coraje. El coraje suficiente para despegar los codos de la barra, acercarse a Ella y hablar de algo más que de trivialidades.”

Aprieto los puños con rabia, desbloqueo el móvil y miro la hora: son las 6:50 y no hay ninguna llamada ni mensaje. El indicador de batería baja parpadea en el margen superior izquierdo de la pantalla.

“Se acabó. A partir de ahora no voy a comerme más la cabeza.”

“No voy a perder ni un segundo más tirado en la cama, mirando las musarañas con cara de embobado.”

Como si de una arenga militar se tratase, noto cómo con cada palabra que suena en mi cabeza me voy envalentonando por momentos, mientras la imagen de Ella se difumina.

“Voy a poner en orden mi vida: quiero mejorar mis notas, pienso cumplir con mi propósito de ir al gimnasio con regularidad, estoy decidido a comprar de una jodida vez el temario de la oposición…”

Me resulta difícil no crecerme cuando, en mi pródiga imaginación, cada uno de mis nobles propósitos se ve respaldado por todo un coro de ángeles y arcángeles que entonan “Tablones, eres un jefe”, mientras hacen ondear los pendones y banderas de Jack Daniel’s. Así sí.

“…y, ante todo, voy a dejar de fumar y de beber como un cosaco cada vez que salgo de fiesta.”

Mientras me vengo arriba pensando en todo esto, pruebo a pellizcarme fuertemente el pómulo izquierdo y confirmo que no siento ni pizca de dolor. Mal síntoma.

Pocos minutos después llega el bajón: de súbito, parece como si la cabeza me pesara una tonelada y fuera a caérseme de su sitio encima de los hombros en cualquier momento; la música de los bafles, antes muy agradable, ahora está a punto de perforarme el tímpano; tengo la boca seca, la textura de mi lengua se asemeja a la de un estropajo sin estrenar y el estómago me da más vueltas que una lavadora en modo centrifugado.

Por supuesto, los ángeles hace ya rato que han dejado de cantar y en su lugar sólo queda un solitario pastillero con la pancarta de "TEMAZO".

”Soy un puto borracho patético. Ojalá estuviera Ella aquí para cuidarme...” Me lamento.

”Pero, ¿no habíamos quedado en que Ella ya es parte del pasado?” Recuerda Billy, burlón, desde su garita de lo políticamente correcto.

Un brusco codazo me induce una pequeña arcada contenida, a la vez que me saca de mi ensimismamiento.

- ¡Tablones, espabila! ¿Otro chupito?

- Va, dale caña.

“Bueno, esto no cuenta. Los buenos propósitos comienzan mañana...” Me apresuro a aclarar con un cierto deje autoexculpatorio.

”Si es que después de este último chupito que te vas a tomar existe un mañana”, ironiza el cabrón de Billy, el saltamontes del sombrero de Larios.

¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!

Milagrosamente sigo en pie. En un acto reflejo, vuelvo a sacar el móvil. Esta vez está apagado y no responde a mis persistentes intentos de encenderlo.

Ya es casi de día y ante lo inmediato de la disyuntiva “a ver las vaquillas o a casa” me inclino sin pensármelo dos veces por la segunda opción. El suelo y las personas no paran de girar muy rápido a mi alrededor y, cada vez más, el cielo me estorba para dar vueltas. Necesito dejarme caer sobre la cama y dormir diez horas del tirón.

“Menos mal que no son mañana las simultáneas de ajedrez”, suspiro aliviado, “porque como los del club me vieran aparecer por el parque con esta merla que llevo encima, me prohibirían darlas de por vida.”

En una última y absurda idea de alumbrado, extraigo un bolígrafo Bic del bolsillo de Doraemon y pido una servilleta en barra. A duras penas, intento escribir algo sobre su superficie rugosa:

Los bailes se extinguen mientras se apaga la luna.
Al fondo, en las montañas, el cielo ya clarea.
Muere la noche en las carpas, duermen las estrellas.
Es Venus el broche que prende de este alma oscura.

sábado, 23 de julio de 2011

La hora de las amargas verdades

Eres un cielo, hagas lo que hagas y pienses en quien pienses. Tu sonrisa te delata y tu mirada limpia es tu mejor aval. Eres un cielo y no hay nada que puedas hacer para ocultarlo. La noche engulle mi esperanza como un hambriento vórtice y me impide mirar hacia delante. Eres un cielo. Miro hacia arriba y veo en cada estrella un piercing que embellece tu rostro inmortalizado en la oscuridad. Vuelvo a mirar al frente y un semáforo torna su luz en verde, como queriéndose apiadar de la cara de gilipollas que ofrezco a la luz de las farolas.

Eres un cielo y siento no saber más. Sé un poco de todo pero apenas dejo sabor a nada. Soy soso en el buen sentido de la palabra; me falta sal. ¿Me convierte eso en desalado o en insalubre? Supongo que un poco en ambas cosas. Siento no saber más que a menta y alquitrán. Tal vez unas lágrimas pudieran servir de aderezo al asfalto que piso en mi camino de vuelta a casa, pero se me ha olvidado cómo llorar. Es posible que tú puedas ayudarme.

Eres un cielo y no puedo enfadarme contigo porque gracias a ti soy mucho menos desastre de lo que sería si no hubieras irrumpido en mi vida. Eres un cielo y no tienes la culpa de que, por mucho que apriete los puños con fuerza, cuando los vuelva a abrir todos mis sueños se habrán escurrido entre mis dedos para salpicar el suelo de un líquido azul brillante. Eres un cielo y por eso camino con toda la entereza de que soy capaz en este momento, cubriendo mi rostro con mi máscara más inocua.

Eres un cielo, y por eso sigo todavía en pie mientras veo cómo todo se desmorona a mi alrededor. No siento la gravedad, se me nubla la vista por momentos. Creo que me estoy mareando, pero eres un cielo y por ti puedo seguir avanzando vertical, agónicamente elegante durante unos metros más… Ya está, parece que todo remite y que el suelo vuelve a colocarse bajo mis pies. Antes de que me dé cuenta estaré en casa, pegando puñetazos a la almohada porque no son horas de ponerse a dar golpes en la pared… Ya está, ya he llegado y de repente se me han quitado las ganas de golpear nada. Esta vez la culpa no es de la pared, ni de la almohada, ni del chachachá; y posiblemente tampoco mía.

Eres un cielo, ¿lo sabías? Y nada más lejos de mi intención que parecer patético, pero tengo que decírtelo: ahora mismo me siento el ser más miserable de este mundo. Mi aliento apesta a una mezcla de ginebra, licor y tabaco rancio y mis dedos se mueven inquietos sobre el teclado del ordenador portátil. No, no tengo sueño. Tú me lo quitaste desde el día en que te conocí, como también me arrebataste mi apetito, mis ganas de atender en clase y mi ilusión por cualquier otra cosa que no fueras tú.

Eres un cielo y no, creo que no lo sabías, pero ésa es la mayor de tus virtudes y el peor de tus defectos. Eres un cielo y eso te confiere poder ilimitado para convertir a quien tú quieras en la persona más feliz del mundo, pero también para causar un dolor que no deseo a nadie. Un dolor superior a cualquier estado físico o anímico; un dolor que no deja más huella que un hilillo de sangre en el labio inferior, al morder con fuerza mientras abandonas la mirada en medio de ninguna parte; un dolor que deja la mente en blanco y el alma hecha jirones.

Eres un cielo y ésa es tu mayor suerte y tu mayor problema, porque vas a seguir siéndolo el resto de tu vida.

La pared

Hoy tengo ganas de alzar la voz, de gritar a pleno pulmón hasta expulsar el alma por la boca; nada me apetece más ahora mismo que levantarme de la cama y descargar puñetazos contra la pared con toda mi fuerza, hasta que el quejido de un hueso roto me suplique “basta”. La pared está pintada de color verde, o tal vez de azul... dependiendo de la hora del día, según cómo entren los rayos de luz que se cuelan a través de la ventana. En eso me recuerda un poco a tus ojos. Creo que es por eso que los últimos meses he pasado tantas horas mirando fijamente esa pared; y seguramente es por eso que necesito hacer sangrar mis nudillos hasta teñirla entera de rojo. Sólo así me dejarás en paz y dejarás de colarte en mis sueños sin llamar a la puerta.

…Pero no, no soy un tipo violento; nunca lo he sido, y sé que no me pega nada hacer ese tipo de cosas. Así que, en lugar de eso, voy a sacar de su escondite el cuaderno verde y voy a intentar plasmar en algo coherente toda la tristeza y la rabia que me consumen por dentro lentamente.

Es adictivo. A las pocas líneas, la ansiedad y la angustia abren paso a la calma. Es una sensación agradable. Siento que todo fluye, como la tensión invisible de las piezas en una posición táctica de ajedrez; intuyo cerca la presencia de esa lógica aplastante que es mi timonel en medio de este mar de ideas. Pero, ¿sabes qué? Prefiero romper el timón, también de un puñetazo; llevo media vida a la deriva y creo que podré aguantar un poco más. No sé si ya te lo he dicho, pero lo caótico me gusta y el desorden me inspira, como también me inspira este insípido día de lluvia.

Ahora puedo decirte lo que me apetezca. Y ya no me apetece desvelarte cuál es mi color favorito, mi número de la suerte, mi película favorita, mi marca de refresco favorita ni cualquier otra de mis sandeces predilectas. Ya va siendo hora de expresarte las inquietudes que me impiden conciliar el sueño, de compartir contigo mis proyectos más ambiciosos, todo aquello capaz de frustrarme o ilusionarme hasta límites que desconoces; y, sobre todo, ya ha llegado el momento de dejarte que conozcas mis debilidades, mis secretos más dolorosos. Sólo así podrás llegar a hacerme daño realmente.

No es masoquismo, ni siquiera autocompasión. Simplemente es que no temo por mí; ya no. Últimamente tengo la sensación de que no entiendes nada de lo que intento contarte, es más, creo que no entenderías lo que siento ni aunque algún día yo lo transcribiese para ti en arial del 20. Por eso me da igual ya todo, ya no pretendo que me conozcas un poco mejor a través de estas líneas: me sirve con saber que mientras lees esto te estás sintiendo una infinitésima parte de lo mal que me siento yo ahora mismo mientras te escribo.

Me sirve con saber que entre las páginas del cuaderno verde amarillean las palabras que tú misma inspiraste desde el primer momento, esas palabras que nunca te susurrará al oído otra boca que no sea la mía. Me sirve con saber que algún día ese mismo cuaderno aparecerá envuelto en papel de regalo plateado sobre la colcha de tu cama, y no habrán sido los Reyes Magos ni tus padres: habré sido yo. Quizá ese día comprendas por fin todo lo que he intentado decirte; quizá ese día sea capaz de descansar la vista en la pared sin sentir ganas de reducirla a escombros.

Una triste sonrisa acude a mis labios cuando pienso que con el paso del tiempo sólo veré un muro de yeso estucado donde antes mi mirada se encontraba con la tuya. Pasarán los días, los meses y los años y yo seguiré siendo un idiota enamoradizo, un fantasma y un poeta trasnochado; pero tú no serás más que una imagen borrosa y lejana, como estas nubes grises que amenazan con descargar lluvia sobre mi cabeza de soñador empedernido. Como un recuerdo perdido en el laberinto de la memoria.