Todo empezó siendo un juego, el desafío de llegar a lo más alto. Subir sin parar hasta alcanzar la cima. Ha pasado mucho tiempo desde que todo empezó y hoy, un día cualquiera, me confiesas que has sido incapaz de llevar a cabo tan ambiciosa aspiración.
Dime sinceramente, ¿qué esperabas encontrar arriba? ¿Tal vez un rótulo de neón gigante que rezase “Enhorabuena, ha llegado usted más lejos que nadie en la vida”? ¿O quizás un mirador desde el que lanzar una mirada al infinito y sentir el mundo bajo tus pies como una realidad distinta?
La única realidad, amiga mía, es que no hay cima, por lo menos no la que tú buscas. Tu subida siempre va a estar marcada por laderas escarpadas y pendientes pronunciadas, pues no hay otra cosa. Lo más sensato era subir poco a poco, haciendo descansos y deteniéndote de vez en cuando para ofrecer y recibir ayuda de otros escaladores. Tú, en cambio, preferiste continuar con tu alocado ascenso en pos de nadie sabe qué. Ni siquiera tú sabías lo que perseguías.
Pero nada es eterno, salvo la propia ladera, y llegará un momento en el que tus fuerzas habrán de flaquear. Ése será el día en que caigas de verdad: tu mano se desasirá de la roca –la misma a la que en su día estuvo firmemente agarrada- y sentirás tu cuerpo precipitándose al vacío. Entonces suplicarás por que uno de tus no tan intrépidos amigos a los que dejaste atrás siga ahí abajo para tensar la cuerda, porque de lo contrario tan sólo un mar de rocas afiladas te esperará al final para frenar tu caída.
Todo empezó siendo un juego, aunque dejó de serlo desde el día en que olvidaste que quien llega más alto es también quien más trozo tiene para caer.
Me ha gustado mucho este texto, me parece una descripción muy buena de los ambiciosos que se ciegan por ser mejores y llegar sin ayuda de nadie a lo más alto. Cima, que como bien dices, nunca se llega, porque la ambición es infinita.
ResponderEliminarGracias, aprendiz. Me alegra que te guste el texto. Lo escribí hace casi un año y ahora mismo, para mi sorpresa, no me parece la reflexión inmadura de un chaval de veinte años.
ResponderEliminarHoy lo vuelvo a leer con veintiuno y me doy cuenta de que, al menos en este tema, sigo pensando igual: la ambición sólo es buena y sana cuando es un apoyo más (y no el motivo único) a la hora de subir la ladera.