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sábado, 23 de julio de 2011

La extraña visitante

3:10 AM. Desde las alturas de Manhattan, un hombre y una mujer admiran en todo su esplendor la ciudad durmiente de Nueva York. Los rascacielos irrumpen majestuosos en medio del cielo nocturno, dejando adivinar una vida latente detrás de cada ventana iluminada. Da vértigo mirar hacia abajo, donde los coches no son más que destellos diminutos atravesando el cruce de la 47 con Madison a toda velocidad, en un parpadeo efímero.

Luz tenue, tonalidades pastel, ostentosos muebles de diseño y alguna pieza de decoración de estilo bohemio componen el clima del ático junto con un vinilo que da vueltas incansable sobre un viejo tocadiscos, inundando la estancia de una música que invita a relajarse. Ella está descalza, arrellanada al lado de él en uno de los sofás de cuero frente a la pared acristalada, con la mirada perdida en la negra espesura de Central Park. Ha bebido demasiado y la copa de vino tiembla ligeramente entre los dedos de su mano, mientras ríe ahora escandalosamente por algo muy gracioso y oportuno que él ha dicho o hecho.

Ella se aproxima más a él, que le dedica una amplia sonrisa. Están peligrosamente cerca y pueden sentirse, hasta el punto de que él puede oler cada gota del fragante perfume que impregna el grácil cuello de ella; puede hasta oír su excitada respiración por encima del ruido ambiental que emana del impasible tocadiscos. Están cada vez más cerca el uno de la otra. Ella se arrima más aún y abre la boca para decir algo, pero él sabe que no le dará tiempo a terminar la frase porque la besará antes. Se besarán apasionadamente y acabarán haciendo el amor envueltos en un halo de locura, deseo y frenesí.

Él sabe que, como tantas otras veces, despertará al día siguiente y se encontrará a sí mismo abrazando el hueco vacío que habrá dejado en su cama la extraña visitante antes de irse sin avisar. Sabe también que nada más abrir los ojos todavía podrá sentir el calor residual que quedará entre las sábanas junto a un fuerte sentimiento de vacío y de culpa: de vacío, porque de nada le servía sentirse deseado cuando lo único capaz de llenarle era querer y saberse querido; y de culpa, por creer que con sus escarceos amorosos estaba traicionando sus sentimientos hacia la persona que de verdad amaba.

Por suerte, sabe que esa aflicción inicial no durará más allá del tiempo que le cueste lavarse la cara, preparar café y devorar con avidez los titulares en negrita del Wall Street Journal y el Financial Times. Después de eso, se desplazará en metro hasta Pearl Street, donde se encuentra la sede de la prestigiosa firma auditora para la que trabaja. Allí pasará el día entero facturando las muchas y muy bien pagadas horas que le permiten financiar su desenfrenado estilo de vida y la hipoteca de su piso de ensueño; y cuando finalmente vuelva a éste, seguramente se dejará caer agotado sobre el mismo sofá en el que está sentado ahora y engullirá con apatía el plato de tallarines fríos de la nevera, con la voz del locutor de algún programa de radio insustancial por toda compañía.

Como de costumbre, al terminar la emisión agarrará la botella de The Glenrothes y un vaso con hielo para poder así reunir el valor necesario para hablar con la única persona capaz de hacerle sentir lleno. Tres o cuatro vasos más tarde, acabará una vez más con el teléfono móvil en la mano, un número de prefijo extranjero marcado y el pulgar bailando indeciso sobre la tecla verde de “llamar”, que terminará por no pulsar.

Así es la vida de él: la vida de un hombre retraído que vive para el trabajo. De vez en cuando, y de forma pasajera, consigue olvidar su soledad gracias a esas “extrañas visitantes” que entran en su vida con tanta facilidad como salen de la misma; pero la realidad es que la gran mayoría de las noches las pasa tirado en el sofá, con la radio sintonizada en una de esas emisoras para conductores e insomnes, imaginando qué estará haciendo su amor platónico en cada preciso instante, preguntándose si también ella dedica un pedacito de su día a pensar en él.

- Es precioso –musitó por fin ella-, algo así como una ventana abierta al mundo.
- Sí, lo es –repuso él, lacónico, antes de desencadenarse un incómodo silencio.
- ¿Qué te ocurre? De repente te has quedado callado.
- Nada, estoy bien –dijo él bajando la mirada para disimular una lágrima que rodaba por su mejilla.
- ¡Estás llorando! –se sorprendió-. En serio, ¿qué te pasa?
- Nada, estoy bien –repitió, esta vez con mayor entereza.
- ¿Quieres que me vaya?
- No lo sé –confesó él.
- ¿Es porque no te apetece estar conmigo?
- Sí, y porque es tarde –mintió.
- Entonces creo que estoy perdiendo el tiempo aquí –dijo ella visiblemente irritada antes de calzarse, coger el bolso y el abrigo y salir dando un portazo.

3:55 AM. Desde las alturas de Manhattan, él deja morir la noche y marchitar sus sueños. Bebiendo de más lo mucho que la echa de menos, mientras cada lágrima le recuerda que su vida no siempre fue así.

El álbum de los gatos

Los días precedentes a los exámenes de septiembre fueron muy ajetreados para Máximo. El recientemente recobrado afán de superación y el incipiente pánico ante la proximidad de las terceras convocatorias habían hecho de la biblioteca su segundo hogar. El primero, por el que tan apenas se dejaba caer para comer y dormir, empezaba a echar en falta su presencia. Buena prueba de ello era el hecho de que su habitación ofrecía un aspecto bastante descuidado.

Algunos de sus CDs favoritos de rock alternativo estaban desparramados sobre la cama, todavía sin hacer. Unos cuantos ejemplares atrasados de la revista Jaque ocupaban la mayor parte del espacio útil del escritorio, junto a un tablero de ajedrez vacío y varios cientos de fichas de póquer meticulosamente agrupadas en pequeños montoncitos iguales. Sobre la silla, una montaña de ropa todavía por planchar hacía ridícula la idea de que alguien pudiera sentarse allí algún día, mientras que un arsenal de bolas de papel arrugadas -y que horas antes bien pudieron haber sido apuntes de microeconomía- salpicaban el suelo aleatoriamente. Todos esos trastos y muchos otros coexistían asombrosamente en medio del caos más absoluto que presidía la habitación de Máximo.

“Parece que aquí hace falta un poco de orden” –se dijo, ladeando la cabeza en un gesto de desaprobación-.

De modo que nada más acabar la jornada de estudio decidió ponerse manos a la obra. Se propuso empezar por lo más aburrido, planchar la ropa, pero el calor que despedía la plancha unido al bochorno proveniente de la calle hacían la atmósfera irrespirable, así que Máximo no tardó en desistir de su propósito. “Mejor será que siga con mi limpieza por otro lado” –razonó, mientras se enjugaba el sudor con una toalla-.

Y así, erguido sobre una banqueta, mientras buscaba a las revistas y CDs un hueco libre en la balda más alta de la estantería, fue como Máximo hizo su descubrimiento. Al principio no recordó de qué se trataba pero cuando extrajo el grueso volumen de la estantería no pudo reprimir una sonrisa: era “el álbum de los gatos”. Él siempre lo había llamado así en honor a la encuadernación hortera que revestía sus tapas duras de cartón: un estampado de gatos gordos, con cara de simpáticos y de colores chillones que se destacaban sobre un fondo azulón.

Máximo llevaba tantos años sin saber de la existencia de aquel álbum que había llegado a olvidar por completo las fotos que contenía; así que decidió aparcar momentáneamente sus intenciones de recoger el cuarto y abrió el álbum por la primera página.

Desde la primera instantánea, un chavalín de unos cinco años le devolvía una mirada desafiante y llena de vida, posando orgulloso junto a un castillo de arena casi tan alto como él. Tenía el mar a sus espaldas y la brisa hacía ondear aquella camiseta de Mickey Mouse que le venía un pelín holgada, al mismo tiempo que revolvía su rebelde mata de pelo rubio, con su eterno remolino imposible de peinar.

A pie de foto, la ágil e indescifrable caligrafía de médico de su madre decía únicamente:
“septiembre de 1995”.

Quince años exactos separaban a aquel pipiolo rubito de mirada limpia y despreocupada en sus ojos oscuros de ese veinteañero, con más problemas en la cabeza y menos pelo, que le contemplaba emocionado a través del tiempo.

De pronto Máximo pensó que, a pesar del paso de los años, algunas cosas no habían cambiado ni cambiarían nunca: aquel día de septiembre de 1995 dedicó una tarde entera de cubo y pala a construir aquel castillo; y quince años después, la vida no se cansaba de plantearle nuevos retos en su día a día: castillos de arena mucho mayores que habitualmente requerían de todo su tiempo, ingenio y dedicación para ser erigidos.

Pero todo problema parecía pequeño y todo obstáculo era salvable para Máximo porque, al igual que el chico de la camiseta de Mickey Mouse, nunca se rendía cuando se trataba de encontrar la felicidad.