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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Del Debate, del IP, de la progresía y otros sucedáneos


El lunes noche, a las 22:00 y con puntualidad escrupulosa, encendimos la tele en mi piso de estudiantes. Esa antigualla panzuda de culo cuadrado y apellido Thomson, que tantas películas, series y buenos momentos nos ha brindado, nos permitió ser testigos televisivos de esa gran pantomima mediática que se ha dado a conocer como “el Debate”.


Parece que fue ayer cuando un Tablones más jovencito estaba despatarrado en el sofá de su casa, con 17 años, tragándose en familia los debates Rajoy-Zapatero y Pizarro-Solbes. Recuerdo que aquella noche al terminar el paripé quedé algo indiferente, con la sensación de que aquellos dos señores de la corbata me estaban intentando colar un golazo, pero no sabía muy bien por dónde.

Este año el discurso ha sido el mismo pero mi reacción ha sido distinta: me he sorprendido a mí mismo diciéndome que este par de caraduras necesitan algo más que un puñado de estadísticas y su habilidad innata para esquivar temas comprometidos para dársela con queso a este alumno de 4º de DADE. También la compañía ha sido otra: esta vez he visto el debate con mis compañeros de piso. Los tres son de Jaca, gente muy sensata y más majos que las pesetas, pero progres como ellos solos. Podéis imaginaros, entonces, el clima de efervescencia que llegó a apoderarse del chamizo que tenemos por salón durante algunos momentos de la retransmisión.

Precisamente hubo una disputa especialmente acalorada a raíz del famoso Impuesto sobre Grandes Fortunas. Hice verdaderos esfuerzos para refrenarme y no perder los papeles, pero es que me parece increíble cómo cualquier papanatas que sabe de Macroeconomía y Derecho Tributario lo que yo de ganchillo se cree autorizado para estimar la procedencia o improcedencia de un tributo, a partir de lo que ha podido leer en el periódico X o en la cadena de televisión Y. O, mejor dicho, a partir de lo que le ha parecido entender al leer o escuchar sobre un tema completamente desconocido.

Si al abordar un tema específico uno no sabe por dónde le da el aire, lo mejor que puede hacer es cerrar la boca. Más aún cuando abrirla supone erigirse en adalid de la progresía ramplona, berreando argumentos del tipo “lo justo es quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. Es triste que esta juventud iletrada de hoy en día sea así de bidimensional: o rojos o fachas, o pobres o ricos, o progresistas o retrógrados… Es triste, como digo, andar siempre buscando la cara y la cruz de todo, pero sólo así se explican puntos de vista como el que ayer expuso tan ardorosamente mi compañera de piso A.

Supongo que nunca nadie se ha detenido a explicarle a A. que en España ya existe un impuesto que grava la renta, el IRPF; ni que ese impuesto es progresivo, es decir, que aplica un mayor tipo impositivo cuanto mayor es la renta percibida. Así, frente a la exención fiscal para los que perciben ingresos anuales inferiores a 9.000 euros, contrasta el hecho de que Hacienda se queda un 43% de aquellos ingresos anuales superiores a 52.360 euros.

¿No es ya bastante justo que las rentas desiguales se redistribuyan por medio de un impuesto que las grave de forma progresiva? ¡Entonces dejad el patrimonio quieto, joder! A ver si ahora va a resultar que uno tiene el deber de soportar una mayor carga fiscal por haber ahorrado toda su vida en lugar de fundirse la nómina en cubatas, putas y otros bienes de consumo, como por lo visto hace todo el mundo en este país. Así debió de entenderlo el Gobierno cuando suprimió el Impuesto sobre Patrimonio en 2008; el mismo Gobierno que, por otra parte, ahora quiere recuperarlo. Entonces, ¿en qué quedamos?

La verdad es que con tanto vaivén aquí no hay quien se aclare, pero no me pasa desapercibido que este intento de resucitar el IP no deja de ser una argucia política para espolear a los currelas sindicados y a esos jóvenes pseudocomunistas que, de tanto fumar porros, han terminado por creerse su propia película. Una película que habla de una lucha de clases, de los pobres y de los ricos, de los buenos y de los malos. Una película que mantiene entretenidos a esos desgarramantas que sueñan con mejorar su situación sin mover un dedo, a base “quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. A base de jugar a ser Robin Hood.



Pero volvamos al debate. Más allá de mi ideología política, ayer vi a dos hombres grises. Dos líderes de puñal y camarilla, deudores para con el partido que les mantiene políticamente vivos, repitiendo hasta la saciedad las mismas consignas que han ido dando por buenas las propias encuestas electorales.

Si anteayer a las diez de la noche algún extraterrestre pudo sintonizar Antena 3 desde su planeta con una megaantena capaz de captar frecuencias intergalácticas, probablemente creería que estaban emitiendo una comedia. El pobre marcianito echaría de menos las risas enlatadas en algunos puntos de las intervenciones, no digo que no, pero se descojonaría cosa mala al ver a Rajoy y al cararoedor increpándose mutuamente el haber destrozado el país en las legislaturas precedentes y recriminando al otro su despreocupación por los ciudadanos. Que si el uno quitó el “cheque-bebé”, que si el otro tuvo la culpa de la crisis del ladrillo, que si a éste no le importa la educación pública, que si aquél es el terror de las PYMEs… Demagogia de la buena, sin adulterar.


Ni de la democracia, ni de la LOREG, ni de la corrupción ni de la Administración. De ninguno de esos temas se hizo mención, salvo una somera alusión a la supresión de las Diputaciones Provinciales por parte de Rubalcabra. Se diría que tenían pactado de antemano no tratar ninguno de esos temas, como apuntaba un profesor mío ayer, pues a ninguno de los dos les interesaba airear las no pocas canalladas que uno y otro partido tienen en común. Y es que a día de hoy, sinceramente, no veo que la diferencia de facto entre los dos grandes partidos sea tanta: se limita a cuatro aspectos superficiales, casi de puro ornato, y a la elección del tema insustancial sobre el que dictar un par de Leyes capaces de traer polémica y focalizar la ira ciudadana en una banalidad que nada tenga que ver con los constantes fracasos económicos.

Muy señores míos, ¿cómo pueden tener el descaro de dirigirse a los doce millones de españoles que vimos el debate como si fuéramos gilipollas? Vayan a reírse de su familia y cuéntenles a ellos que el candidato rival miente como un bellaco y que tienen serias sospechas de que fue él quien mató a Kennedy, que a mí me la trae floja. Mientras analfabetos de la talla de Pepiño Blanco sigan siendo los responsables de administrar presupuestos de más de 20.000 millones de euros como el del Ministerio de Fomento -y encima cobren un sueldo anual de seis cifras por ello-, nada de lo que ustedes puedan contarme va a parecerme mínimamente serio.


Hace tres semanas vino la candidata al Congreso por UPyD Rosa Díez a impartir una conferencia en mi Facultad
, y puedo decir que ese día tuve la oportunidad de escuchar a alguien que poco tiene que ver con los dos elementos que anteayer se medían en desfachatez ante los ojos de sus potenciales votantes. Aquel día vi ante mí a una líder nata, carismática, sonriente, capaz de aportar ideas, enérgica en el discurso… Pero, sobre todo, me pareció ver a una auténtica demócrata. He de decir, eso sí, que no me gustó el detalle de que la buena mujer, en lo que supuestamente pretendía ser una charla sobre la reforma de la democracia, no tardara ni diez minutos en mencionar la palabra voto y proponer a UPyD como “la alternativa”.

En fin, a un mes vista de las urnas todos los asistentes sabíamos lo que podíamos esperar del discurso de Rosa y lo que no. Pero debo reconocer que yo soy el primer estudiante de Derecho disgustado con la ley electoral vigente y con la democracia de chichinabo en la que vivimos. No puedo dejar de pensar que, de remover las restricciones impuestas por la circunscripción provincial y el leonino Sistema D’Hondt, España entera podría haber presenciado una mesa redonda entre tres candidatos en lugar del grotesco cara a cara que vimos el lunes. Me desazona sobremanera saber que todo lo que no sea votar a uno de esos dos somardas el día 20 equivaldrá en la práctica a tirar mi voto a la papelera, pero es lo que tiene habitar una humilde provincia de tres escaños. Hay que joderse.

Mi jornada de clase de nueve horas comenzó ayer por la mañana con la siguiente frase que nos dirigió José Bermejo, Catedrático de Derecho Administrativo:


“lo que pasó ayer de diez a doce tuvo escasa relevancia para el Derecho Administrativo, muy poca para la política y ninguna para la Democracia”.

P.D.: reto desde aquí al sr. Neri, renombrado experto en corbatología, a que me explique por qué D. Alfredo llevaba -al igual que D. Mariano- una corbata azul y no una de tonos más rogelios, haciendo aprecio al color y emblema de su partido. Es un detalle que me llamó la atención.

jueves, 4 de agosto de 2011

Indignación: formas y colores


 Estoy indignado, señores, profundamente indignado
(que en estos tiempos que corren no es lo mismo que decir “soy indignado”). En un intento de comprender mejor los motivos de mi indignación he desarrollado en las siguientes líneas mi visión de algunas de las noticias que, en los últimos días, han sacudido la opinión pública en España y fuera de ella.

Todo empezó el pasado viernes. Volvía yo algo achispado a casa por la tarde-noche, después de pasar un día de campo y barbacoa entre amigos, cuando mi padre me salió con la noticia de marras: “hijo, para mí que de ésta no salimos: al final habrá elecciones anticipadas”. El 20-N (que es como se dice 20 de noviembre en progre), ¡qué coincidencia! Simbolismos aparte, tampoco le concedí a este detalle más importancia de la necesaria, pues por todos es sabido que recordar fechas nunca ha sido el fuerte de ZP. ¡Acordaos si no de la que lió el día del aniversario del hundimiento del Titanic!

Desde mi punto de vista, lo relevante del adelanto de los comicios generales no es la fecha, sino la propia noticia en sí: siguiendo con el símil zapateriano, imaginaos qué poco le debe de quedar a este “poderoso transatlántico” para hundirse cuando el mismo gobierno que lo capitanea ya está pensando en evacuar al comodoro Rubalcaba en un bote salvavidas, cuatro meses antes de llegar a puerto…

A partir de ahí mi enojo fue in crescendo hasta alcanzar una de sus mayores cotas ayer mismo, cuando un amigo de clase me pasó la noticia de que el diferencial del bono español a diez años con el bono alemán se disparaba hasta alcanzar el máximo histórico de 400 puntos. Me pregunto cuántas horas extra de asesores y cuántos desayunos con la Merkel y su homólogo chino habrán hecho falta para explicarle a nuestro Presidente que esto significa que, por cada 100 euros que nos sean prestados en concepto de deuda pública, al cabo de diez años tendremos que devolver 185'95.

El caso es que, de una u otra forma, alguien ha conseguido hacerle ver a nuestro Presi la gravedad de la situación y le ha instado a tomar medidas: hoy Zipizape ha interrumpido sus vacaciones en el Parque Nacional de Doñana, donde con toda probabilidad estaba buscando en la plácida existencia de los patos y los flamencos una sabia enseñanza con la que renovar su repertorio de citas-gilipolleces célebres, y ha vuelto a Madrid. Su precipitada vuelta a la capital tenía por motivo una reunión con la Salgado a eso de las 7 de la tarde. El encuentro prometía, y desde luego no ha defraudado: he estado poco menos que mordiéndome las uñas esperando a que terminara el telediario para al final oír de boca de la Ministra de Economía que “la situación es mala, pero no desesperada” y que por eso “no tomaremos medidas”. Ya está. Así de fácil.

Qué medidas, qué recortes en gastos sociales ni qué ocho cuartos: para la Salgado es mucho más cómodo dejar correr el diferencial como un caballo desbocado hasta que alcance los 500 puntos y, entonces, todo el mundo a llorar y a pedir que nos intervengan. Como eso no ocurrirá hasta enero o febrero y por entonces será el PP quien gobierne, los socialistas podrán lavarse las manos para después frotárselas mientras piensan en lo redonda que les ha salido la jugada: justo habrá sido pasarle la patata caliente al PP y estallar ésta en la cara de Mariano Rajoy.

Pero para encontrar el incidente que colmó mi exasperación tenemos que retrotraernos de nuevo al pasado viernes, cuando una marcha de “indignados” intentó cercar la Moncloa. En el momento en que un destacamento de policía se opuso a sus pretensiones de colarse hasta las mismas puertas a armar la algarada padre, la respuesta no se hizo esperar: una lluvia de escupitajos progres cayó sobre esos pobres agentes, ciudadanos españoles ante todo, que sólo cumplían con el deber derivado del ejercicio de su profesión de garantizar el orden público; deber previsto en sus estatutos y en la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Hasta hubo una perroflauta impudorosa que, jaleada por sus semejantes, tuvo la osadía de orinarse en las botas de uno de los agentes.
Como queda terminantemente prohibido descargar porrazos contra estos energúmenos por órdenes de Alfredo (¡que eso baja puntos en las encuestas, caray!), el agente en cuestión, claro, no pudo hacer más que reprender a esa cavernícola asilvestrada y advertirle de que no lo volviera a hacer. ¿…O qué? La “autoridad pública” lo único que tiene de autoridad es el nombre, y es ésta una de las principales características de una sociedad decadente. Cualquier pintamonas puede tomar a un agente de Policía por el pito del sereno y salir indemne, y así lo único que se consigue es fomentar la inseguridad jurídica y el “todo vale”.

Ahora bien, me da a mí que el de la incontinencia llega a ser un hombre y de poco o nada hubieran servido las órdenes de Rubalcaba de quedarse quietos como exánimes soldaditos de plomo: fijo que a ese hipotético cafre le habrían roto dos o tres costillas de un porrazo. Pero claro, siendo la infractora una mujer sólo a un “facha misógino” se le ocurriría emplear la violencia contra ella. La igualdad, señores, ese principio consagrado en el artículo 14 de nuestra Carta Magna y que sin saber muy bien cómo ha devenido en “bibianismo”, empieza por soltarle el mismo porrazo a cualquier persona que se le orine encima a un agente “sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Muchas malas noticias en tan pocos días; demasiadas. Y lo peor de todo es que me hierve la sangre sólo de pensar que mientras yo intento manifestar de forma coherente mi indignación a través de estas líneas, varios cientos de simpatizantes de la izquierda perrofláutica se están indignando también a su manera en Sol porque los 400 euros de subsidio por desempleo en su modalidad asistencial no les alcanzan para comprar todos los porros, monociclos, tiendas de campaña, cachimbas, armónicas y pelotas de malabarismos que necesitan para subsistir. Cuatrocientos euros que, permitidme que lo recuerde, al nuevo tipo de interés de los bonos nos cuestan 743'80. Y subiendo.

Más que indignante, es para mí descorazonador inferir a partir de conversaciones con amigos o gente cercana que siete de cada diez españoles ignoran qué es la prima de riesgo y su repercusión sobre la economía española y, además, “se la pela”. Sí, sí, así de llanamente: ¿a quién le importa la economía cuando dispone de 400 euros caídos del cielo para echarse el carajillo de brandy de después de comer mientras juega el musete en el bar?

¿Y a quién puede importarle el largo plazo cuando cuatro pancartas con faltas de ortografía y ochenta decibelios de ruido de rebaño bastan para conseguir que Zapatero se baje los pantalones aquí y ahora?

sábado, 30 de julio de 2011

Mi ciudad en días oscuros


La imagen que ilustra el post de hoy está tomada recientemente. Es la foto de una ciudad, de mi ciudad. De ella voy a hablaros hoy.

El lugar desde el que hice la foto es uno de tantos a los que me gusta acudir en mis paseos. Desde allí puedo repasar a vista de pájaro cada uno de los lugares emblemáticos de Huesca; puedo pasear con la imaginación por cada una de las calles que me han visto crecer. Pese a ser de noche y mi cámara de fotos francamente mala, además de varias hileras de farolas, puede verse al fondo cómo la Catedral se eleva por encima de los edificios del casco histórico.

Huesca es en buena medida una ciudad de funcionarios y empleados públicos, en la que el sector servicios ocupa a una gran parte de la población. A la sombra de ese tejido administrativo, encuentran cobijo una serie de autónomos y pequeños comerciantes que estimulan la vida económica de una población de poco más de 50.000 habitantes.

La escasa industria que la ciudad es capaz de atraer se resume en un puñado de PYMES que ocupan un par de polígonos industriales semivacíos. Para mayor preocupación, dos de las principales empresas que había –una de ellas constructora, por supuesto- cerraron, con consecuencias nefatas sobre el empleo y el sostenimiento de más de 300 economías domésticas. La agricultura, por su parte, se concentra mayoritariamente en el cultivo del cereal, con especial intensidad en la cebada.

Como no podía ser de otra manera, la presente crisis económica se ha dejado sentir también en las calles de mi ciudad. El impopular recorte salarial a los funcionarios conocido como "el zapatazo", sumado a las subidas de impuestos tanto a nivel estatal como local, ha privado de poder adquisitivo a una gran parte de los oscenses. Yo soy hijo de funcionarios y echando un cálculo rápido puedo afirmar que en 2011 entra en mi casa un 10% menos del dinero que entraba en 2010.

Poniéndonos en extremo simplistas, esto conlleva que por cada diez días que salíamos a tomar algo, ahora sólo podremos salir nueve. En la práctica esto supondría que, bien todos los bares ven reducido su margen de beneficios en un 10%, o bien uno de cada diez bares se verá obligado a cerrar. Esta misma idea es extensible a tiendas de ropa, muebles, electrodomésticos y, en definitiva, a cualquier empresa exclusivamente comercial u orientada al consumo.

Son malos tiempos para España, pero los malos tiempos en Huesca están todavía por llegar. El paro aquí no es todavía una realidad alarmante, pero va a ir incrementándose poco a poco, por medio de una lenta e inexorable desaceleración del consumo.

Pese a ser Huesca una ciudad bastante tranquila, en la que la vida transcurre sin grandes incidentes, se cumple como en todas partes que el desempleo, la delincuencia y la inseguridad ciudadana van de la mano. De dos años a esta parte, se están registrando casos de bandas organizadas que entran a robar en pisos en determinadas zonas de la ciudad; año y medio atrás, se perpetró un atraco a un banco; hace algunos meses atracaron una joyería; y hace tan sólo tres días se produjo un asesinato en un piso de inmigrantes. "Justo ahora, mientras abríamos, estaban levantando el cadáver", comentaba a sus clientes la dependienta de un pequeño establecimiento ubicado cerca del lugar del crimen.

¿Puede alguien explicarme qué está pasando?

Que se avecinan días oscuros, y esto es así tanto en Huesca como en cualquier otro rincón de España.

Podemos sentirnos afortunados por haber vivido la época de mayor esplendor que ha conocido y conocerá la humanidad, y digo
"y conocerá" porque hasta los gurús más optimistas saben que estos años dorados no han de volver. No había que ser un Paul Krugman para darse cuenta de que esta capa de hielo ya no aguantaba un solo idiota más patinando encima: el Estado del bienestar se resquebraja y yo no sé si quiero quedarme aquí para verlo. La idea de marchar al extranjero cobra fuerza por momentos…

Pero cuando algunas noches admiro Huesca iluminada pienso que, después de todo, tampoco estamos tan mal. Es sin duda el alumbrado eléctrico, ese servicio mínimo e ineludible que todo municipio debe prestar, uno de los símbolos del progreso de este país. Una noche más, somos un punto luminoso sobre el mapa de Google Earth: una bombilla diminuta vista desde el espacio que parece querer decirnos que, mientras luzca, aquí es posible vivir. Mejor o peor, eso ya se verá.