El lunes noche, a las 22:00 y con puntualidad escrupulosa, encendimos la tele en mi piso de estudiantes. Esa antigualla panzuda de culo cuadrado y apellido Thomson, que tantas películas, series y buenos momentos nos ha brindado, nos permitió ser testigos televisivos de esa gran pantomima mediática que se ha dado a conocer como “el Debate”.
Parece que fue ayer cuando un Tablones más jovencito estaba despatarrado en el sofá de su casa, con 17 años, tragándose en familia los debates Rajoy-Zapatero y Pizarro-Solbes. Recuerdo que aquella noche al terminar el paripé quedé algo indiferente, con la sensación de que aquellos dos señores de la corbata me estaban intentando colar un golazo, pero no sabía muy bien por dónde.
Este año el discurso ha sido el mismo pero mi reacción ha sido distinta: me he sorprendido a mí mismo diciéndome que este par de caraduras necesitan algo más que un puñado de estadísticas y su habilidad innata para esquivar temas comprometidos para dársela con queso a este alumno de 4º de DADE. También la compañía ha sido otra: esta vez he visto el debate con mis compañeros de piso. Los tres son de Jaca, gente muy sensata y más majos que las pesetas, pero progres como ellos solos. Podéis imaginaros, entonces, el clima de efervescencia que llegó a apoderarse del chamizo que tenemos por salón durante algunos momentos de la retransmisión.
Precisamente hubo una disputa especialmente acalorada a raíz del famoso Impuesto sobre Grandes Fortunas. Hice verdaderos esfuerzos para refrenarme y no perder los papeles, pero es que me parece increíble cómo cualquier papanatas que sabe de Macroeconomía y Derecho Tributario lo que yo de ganchillo se cree autorizado para estimar la procedencia o improcedencia de un tributo, a partir de lo que ha podido leer en el periódico X o en la cadena de televisión Y. O, mejor dicho, a partir de lo que le ha parecido entender al leer o escuchar sobre un tema completamente desconocido.
Si al abordar un tema específico uno no sabe por dónde le da el aire, lo mejor que puede hacer es cerrar la boca. Más aún cuando abrirla supone erigirse en adalid de la progresía ramplona, berreando argumentos del tipo “lo justo es quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. Es triste que esta juventud iletrada de hoy en día sea así de bidimensional: o rojos o fachas, o pobres o ricos, o progresistas o retrógrados… Es triste, como digo, andar siempre buscando la cara y la cruz de todo, pero sólo así se explican puntos de vista como el que ayer expuso tan ardorosamente mi compañera de piso A.
Supongo que nunca nadie se ha detenido a explicarle a A. que en España ya existe un impuesto que grava la renta, el IRPF; ni que ese impuesto es progresivo, es decir, que aplica un mayor tipo impositivo cuanto mayor es la renta percibida. Así, frente a la exención fiscal para los que perciben ingresos anuales inferiores a 9.000 euros, contrasta el hecho de que Hacienda se queda un 43% de aquellos ingresos anuales superiores a 52.360 euros.
¿No es ya bastante justo que las rentas desiguales se redistribuyan por medio de un impuesto que las grave de forma progresiva? ¡Entonces dejad el patrimonio quieto, joder! A ver si ahora va a resultar que uno tiene el deber de soportar una mayor carga fiscal por haber ahorrado toda su vida en lugar de fundirse la nómina en cubatas, putas y otros bienes de consumo, como por lo visto hace todo el mundo en este país. Así debió de entenderlo el Gobierno cuando suprimió el Impuesto sobre Patrimonio en 2008; el mismo Gobierno que, por otra parte, ahora quiere recuperarlo. Entonces, ¿en qué quedamos?
La verdad es que con tanto vaivén aquí no hay quien se aclare, pero no me pasa desapercibido que este intento de resucitar el IP no deja de ser una argucia política para espolear a los currelas sindicados y a esos jóvenes pseudocomunistas que, de tanto fumar porros, han terminado por creerse su propia película. Una película que habla de una lucha de clases, de los pobres y de los ricos, de los buenos y de los malos. Una película que mantiene entretenidos a esos desgarramantas que sueñan con mejorar su situación sin mover un dedo, a base “quitarles dinero a los ricos para dárselo a los pobres”. A base de jugar a ser Robin Hood.
Pero volvamos al debate. Más allá de mi ideología política, ayer vi a dos hombres grises. Dos líderes de puñal y camarilla, deudores para con el partido que les mantiene políticamente vivos, repitiendo hasta la saciedad las mismas consignas que han ido dando por buenas las propias encuestas electorales.
Si anteayer a las diez de la noche algún extraterrestre pudo sintonizar Antena 3 desde su planeta con una megaantena capaz de captar frecuencias intergalácticas, probablemente creería que estaban emitiendo una comedia. El pobre marcianito echaría de menos las risas enlatadas en algunos puntos de las intervenciones, no digo que no, pero se descojonaría cosa mala al ver a Rajoy y al cararoedor increpándose mutuamente el haber destrozado el país en las legislaturas precedentes y recriminando al otro su despreocupación por los ciudadanos. Que si el uno quitó el “cheque-bebé”, que si el otro tuvo la culpa de la crisis del ladrillo, que si a éste no le importa la educación pública, que si aquél es el terror de las PYMEs… Demagogia de la buena, sin adulterar.
Ni de la democracia, ni de la LOREG, ni de la corrupción ni de la Administración. De ninguno de esos temas se hizo mención, salvo una somera alusión a la supresión de las Diputaciones Provinciales por parte de Rubalcabra. Se diría que tenían pactado de antemano no tratar ninguno de esos temas, como apuntaba un profesor mío ayer, pues a ninguno de los dos les interesaba airear las no pocas canalladas que uno y otro partido tienen en común. Y es que a día de hoy, sinceramente, no veo que la diferencia de facto entre los dos grandes partidos sea tanta: se limita a cuatro aspectos superficiales, casi de puro ornato, y a la elección del tema insustancial sobre el que dictar un par de Leyes capaces de traer polémica y focalizar la ira ciudadana en una banalidad que nada tenga que ver con los constantes fracasos económicos.
Muy señores míos, ¿cómo pueden tener el descaro de dirigirse a los doce millones de españoles que vimos el debate como si fuéramos gilipollas? Vayan a reírse de su familia y cuéntenles a ellos que el candidato rival miente como un bellaco y que tienen serias sospechas de que fue él quien mató a Kennedy, que a mí me la trae floja. Mientras analfabetos de la talla de Pepiño Blanco sigan siendo los responsables de administrar presupuestos de más de 20.000 millones de euros como el del Ministerio de Fomento -y encima cobren un sueldo anual de seis cifras por ello-, nada de lo que ustedes puedan contarme va a parecerme mínimamente serio.
Hace tres semanas vino la candidata al Congreso por UPyD Rosa Díez a impartir una conferencia en mi Facultad, y puedo decir que ese día tuve la oportunidad de escuchar a alguien que poco tiene que ver con los dos elementos que anteayer se medían en desfachatez ante los ojos de sus potenciales votantes. Aquel día vi ante mí a una líder nata, carismática, sonriente, capaz de aportar ideas, enérgica en el discurso… Pero, sobre todo, me pareció ver a una auténtica demócrata. He de decir, eso sí, que no me gustó el detalle de que la buena mujer, en lo que supuestamente pretendía ser una charla sobre la reforma de la democracia, no tardara ni diez minutos en mencionar la palabra voto y proponer a UPyD como “la alternativa”.
En fin, a un mes vista de las urnas todos los asistentes sabíamos lo que podíamos esperar del discurso de Rosa y lo que no. Pero debo reconocer que yo soy el primer estudiante de Derecho disgustado con la ley electoral vigente y con la democracia de chichinabo en la que vivimos. No puedo dejar de pensar que, de remover las restricciones impuestas por la circunscripción provincial y el leonino Sistema D’Hondt, España entera podría haber presenciado una mesa redonda entre tres candidatos en lugar del grotesco cara a cara que vimos el lunes. Me desazona sobremanera saber que todo lo que no sea votar a uno de esos dos somardas el día 20 equivaldrá en la práctica a tirar mi voto a la papelera, pero es lo que tiene habitar una humilde provincia de tres escaños. Hay que joderse.
Mi jornada de clase de nueve horas comenzó ayer por la mañana con la siguiente frase que nos dirigió José Bermejo, Catedrático de Derecho Administrativo:
“lo que pasó ayer de diez a doce tuvo escasa relevancia para el Derecho Administrativo, muy poca para la política y ninguna para la Democracia”.
P.D.: reto desde aquí al sr. Neri, renombrado experto en corbatología, a que me explique por qué D. Alfredo llevaba -al igual que D. Mariano- una corbata azul y no una de tonos más rogelios, haciendo aprecio al color y emblema de su partido. Es un detalle que me llamó la atención.




