viernes, 15 de agosto de 2014

Corrent

Corro. Devoro las manzanas del Eixample, avanzando entre la simetría de las celdas de una colmena.

Las esteladas cuelgan de los balcones, como también las redes cuelgan por la borda de los pesqueros que faenan en este caladero de votos. Si uso los rayos X puedo distinguir uno a uno a cientos de miles de individuos, sentados frente al televisor en las entrañas de sus apartamentos. Vulnerables y enlatados, simples sardinas con documento de identidad.

Relajo los brazos y amplío la zancada. Ya estoy en el Puerto Olímpico y enfilo el paseo marítimo. La brisa del mar se confunde con la vaporada caliente de calamares fritos que flota en el aire. Los tropezones de un vómito reciente se doran al sol sobre el cemento.

Abandono el Paseo y pronto llego al Maremagnum. Montjuïc se yergue imponente al fondo, desafiándome a subir hasta el castillo. Resoplo contrariado. Por lo visto a algún aprendiz de Jaume Canivell se le ocurrió que construir un hotel en mitad de la ladera sería una buena idea.

Zancada corta y braceo cómodo, prosigo mi ascenso. Los gemelos no tardan en tirar y aparecen los primeros síntomas de fatiga. El agua de las fuentes sabe y apesta a cloro, pero la humedad es pegajosa e insoportable; bebería mi propio sudor si fuese necesario.

Sigo el sendero, sorteando árboles y turistas asiáticos, subiendo escalinatas y superando pendientes. Vuelvo la cabeza y abajo, diminuto, puedo ver un carguero entrando en el puerto. Los coches parecen hormigas; las personas, píxeles; y sus problemas, insignificantes.

La ciudad se extiende a mis pies y no hay edificio lo suficientemente alto, ni persona lo suficientemente poderosa para ocultarme el horizonte.

El sol desciende lenta e inexorablemente hacia el Tibidabo y yo sigo corriendo montaña arriba, en otro patético intento de ganarle una carrera al atardecer.


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