martes, 2 de agosto de 2011
El Topo
Hoy se cumple un mes exacto desde que acabé el último examen. Y hoy ha sido también mi primer día de bibliotequeo estival: dos horitas y media, sin forzar la máquina, que por lo menos me han servido para reconciliarme con mi yo estudioso. No en vano, el ambientazo de prelaurentis ya se ha apoderado de la capital altoaragonesa anunciando la proximidad de las fiestas de San Lorenzo, que prometen una semana de pocos codos. Si a esto le añadimos que son dos las asignaturas que llevo para septiembre, tampoco puedo andarme con tonterías e ir postergando mi estudio indefinidamente.
He ido a mi biblioteca favorita. Está un poco lejos de mi casa si va uno andando, pero el clima de estudio que se respira una vez allí bien compensa la caminata: la sala de estudio es espaciosa, sobriamente amueblada, luminosa, con unas sillas increíblemente cómodas y -lo más importante de todo- por estas fechas no hay casi nadie.
Apenas me ha dado tiempo de abrir por la primera página el manual de Derecho de la Protección Social, cuando he notado que me venía una vaporada de un olor singularmente desagradable. Era “el Topo”, que acababa de llegar.
¿Que quién es el Topo? Independientemente de lo que esta denominación sugiera, no se trata de un soplón de la Policía infiltrado en una organización criminal ni nada por el estilo. No. “El Topo” es el sobrenombre por el que algunos jóvenes de Huesca conocemos a un hombre de unos cincuenta y pocos años que frecuenta la biblioteca de la que os hablo. El apelativo se lo debe, supongo, a un aspecto físico asimilable al del mamífero que le da nombre: tiene unos ojillos diminutos ocultos detrás de unas lentes de extraordinario grosor y una naricilla pequeña que emerge en mitad de una cara perfectamente redonda. Su frente es amplia y despejada por la caída de pelo. Es tirando a bajito y algo pasado de kilos, aunque lo que de verdad le caracteriza es que hiede sobremanera.
Es un tufo indescriptible; como una mezcla de naftalina, sudor de varios días y posos resecos de café. No hace falta levantar la vista del libro para saber que el topo ha entrado por la puerta de la biblioteca: su fama y su olor le preceden. En más de una ocasión recuerdo que se ha llegado a sentar a mi lado y finalmente, pese a parecer muy descarado, me he visto en la necesidad de recoger mis cosas y cambiarme de sitio porque el hedor era tal que me impedía concentrarme en aquello que estuviera estudiando. No exagero.
A mí me da pena este asunto, y sé que está feo y es de mala educación lo de cambiarse de sitio, pero pienso que tampoco es de recibo acudir a espacios públicos sin ventilación sin cumplir unos mínimos en materia de higiene personal. La alternativa sería acercarme y decirle a un señor que no conozco de nada que debería invertir más tiempo en asearse porque huele realmente mal; y estaréis de acuerdo conmigo en que sería ésta una situación cuando menos violenta.
La pregunta que me hago es: ¿él se da cuenta de que es imposible acercarse a menos de cinco metros de él en espacios cerrados sin notar su olor?
Yo me atrevo a decir que no. Debe de vivir solo y no debe de tener a nadie cercano y con la suficiente confianza como para sacarle el tema del olor corporal con tacto y discreción. Lo más seguro es que este hombre no ponga más de una lavadora al mes, si llega. Además, no sé si será coincidencia pero me he fijado en que casi todos los días lleva el mismo atuendo: unos pantalones de tergal que le vienen grandes y que tiene que resubirse cada tres pasos que da, una camisa verde lorito horrosa y su sempiterno jersey apolillado color Burdeos, que lleva encima sea invierno o verano. En la muñeca izquierda, lleva un reloj digital enorme.
Por la descripción del Topo que os he proporcionado, podríais pensar que se trata de una especie de vagabundo mantenido por la Seguridad Social que hace su alto diario en la biblioteca para leer el periódico. Nada más lejos de la realidad, el Topo tiene un trabajo estable con el que se gana la vida dignamente y cursó además la carrera de Magisterio con un expediente inmaculado. Hasta donde yo sé, se presentó por varias veces a oposiciones para maestro y en todas ellas, tras obtener las mejores calificaciones en las pruebas escritas, fracasó estrepitosamente en la prueba oral. Nunca he tenido la oportunidad de intercambiar una sola palabra con él, pero se dice que es de esa clase de personas extremadamente brillantes y retrotraídas que piensan mucho más rápido de lo que son capaces de hablar, lo que se traduce en un atropello de palabras ininteligible.
Y aunque cierto es que lo primero que hace nada más llegar es coger un par de periódicos, que ojea con interés durante los primeros quince minutos, el resto del rato lo pasa enfrascado en la lectura de libros densísimos de física cuántica con gráficas de hiperboloides, trazados extrañísimos, vectores y fórmulas complejas de ésas que tienen más letras griegas que números. Todo esto lo hace por amor al arte y, por lo visto, es un reputadísimo miembro de la asociación de astrónomos de aquí. De hecho, se rumorea que ha hecho más de un descubrimiento de interés científico; aunque esto no sé si creérmelo porque también circulan otros bulos como que su falta de higiene personal se debe a que pasa catorce horas al día estudiando porque está preparando oposiciones para Notario. Lo que sí que vengo observando últimamente es que, poco a poco, está sustituyendo sus libros de física por otros de economía, que parece haberse convertido en su nuevo hobby al que entregarse en cuerpo y alma de forma altruista (¡y yo que estudio ADE casi a disgusto!). A juzgar por la naturaleza de sus apuntes, diría que le entusiasman la Macro y la Econometría.
Sus fotocopias y papelajos varios los lleva siempre en una mochileta roja, ajados y arrugados como un acordeón, y tal cual los extrae los vuelve a meter, sin carpeta ni funda alguna. De cuando en cuando asiente con vehemencia y, en medio de un absoluto caos de papeles desparramados por la mesa, teclea con sus dedos regordetes en la calculadora más grande que he visto en mi vida: uno de esos días que se sentó cerca de mí me atreví a echarle un vistazo y yo no tenía ni idea de para qué servían más de la mitad de las teclas.
En cierto modo, este señor me recuerda un poco a algunos grandes genios excéntricos cuya vida ha sido llevada a la gran pantalla, como el matemático John Forbes Nash en Una mente maravillosa o Raymond Babbitt, el protagonista de la película Rain man. Ambos dos son buenos ejemplos de cómo muchas veces detrás de una apariencia de dejadez, ensimismamiento o autismo se esconde una mente capaz de crear cosas que la mayoría ni siquiera somos capaces de imaginar.
Posiblemente sean personas de un perfil muy parecido al del Topo los inventores de infinidad de productos de fuerte componente tecnológico que usamos en nuestra vida cotidiana. Seguro que a esas personas que viven por y para el estudio debemos la existencia de Internet, de las placas de inducción, de las bombillas de bajo consumo o –por decir algo- de la Blackberry. La misma Blackberry que dos niñas petimetres que preparan su segunda Selectividad toqueteaban entre risitas en la otra punta de la sala mientras el Topo, a un palmo de sus vocecillas estridentes, permanecía con la vista pegada al libro sin protestar ni inmutarse.
· SiLViaHh1993 dijo: joder kiaa q mal uelee el tioo d enfrente!
Etiquetas:
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Por lo que dices no lo parece, pero también pudiera ser que padeciera algún tipo de enfermedad. Yo tenía un profesor que apestaba a semanas sin ducharse, era horrible, los primeros asientos al lado del pasillo por el que paseaba mientras dictaba unos desgastados apuntes, siempre estaban vacíos. Después de su hora no había quien entrara en clase, sólo los que habían estado con él que se acababan acostumbrando al olor. Pero lo cierto es que el hombre está casado y con dos hijos, y su hija de hecho es amiga mía y es una chica pijita de buen colegio, y por lo que sé se duchan...
ResponderEliminarLa verdad es que se duche o no el topo, es un personaje bastante interesante, pero mejor que estudie en su casa.
Y ánimo con el estudio, yo no pienso tocar mi libro hasta la semana del 22...
Es curioso el ejemplo que traes, Aprendiz.
ResponderEliminarPrecisamente mi profesor de OGI (Organización y Gestión Interna), la otra asignatura que llevo para septiembre, se parece también mucho a ese profesor tuyo que dices. El mío empieza la clase con la camisa impecable y, conforme transcurre la explicación, van apareciéndole "camachos" y otras manchas de sudor en varios puntos de la camisa. Es entonces cuando el olor aparece.
Éste, a diferencia del tuyo, no es muy dado a pasearse por los pasillos, así que lo normal es que las tres o cuatro primeras filas queden sospechosamente vacías (¡y aún nos invita el tío a que nos sentemos más cerca para enterarnos mejor!)
Me llama la atención, no obstante, el hecho de que tu profesor tenga mujer e hijos, porque son ellos quienes deberían sacarle seriamente el tema. De todas formas, quizá ese mal olor se deba a algún tipo de enfermedad que produzca una sudoración excesiva, no lo sé...
En cualquier caso, coincido contigo en que sería más adecuado que el topo estudiara en su casa. Del mismo modo que a las personas que están constantemente hablando, riendo y dando mal también debería prohibírseles acercarse a menos de 50 metros de una biblioteca. Al fin y al cabo, aunque no a través del olfato, se puede percibir perfectamente cuándo están y cuándo no sin levantar la vista de los apuntes.
Gracias por el ánimo, que siempre viene bien. Yo empezaré en serio el 16, que es cuando acaban las fiestas de aquí. Por eso intento adelantar algo ahora, jejeje.