jueves, 14 de julio de 2016

Nube


Era un 20 de enero. Yo iba a aquella dichosa entrevista de trabajo en Zaragoza, mirando por la ventana del autobús mientras mi cabeza daba vueltas y más vueltas a los resultados de las pruebas médicas. Vestía traje gris, camisa blanca y una corbata en distintas tonalidades de verde que, por aquel entonces, ignoraba que no me favorecía en absoluto, como tampoco lo hacían mi corte de pelo de autodidacta y mi delgadez maratoniana.

Era para una consultora regional en expansión, pionera en el uso de software de Sun Microsystems (o algo así). Tras hora y media buceando entre el humo de la página web corporativa, yo había cumplido con mi labor de documentación. De los doce candidatos iniciales sólo quedábamos un ingeniero y yo, y esta vez era a uno de los tres socios de la empresa a quien tendríamos que convencer de nuestra idoneidad para el puesto de trabajo.

Ahí estaba yo, a falta de 11 días para el primer ejercicio de Técnico de Hacienda, traicionando mis ideales de acérrimo defensor del empleo público y mi esfuerzo de los cinco meses previos. “¿Para qué luchar contra los elementos? ¿Qué posibilidades tiene de superar tres exámenes escritos alguien que, muy lentamente y con el paso de los años, está perdiendo el don de escribir a mano?” Y mis pensamientos volvían a la cupremia, a la ceruloplasmina, a las resonancias magnéticas y a la esperanzadora ausencia en el iris del anillo de Kayser-Fleischer.

Fue entonces cuando, trasteando con el teléfono móvil, me dio por abrir Facebook y leí el mensaje que cambió mi vida. Eras una amiga de amigas y apenas nos conocíamos más que de intercambiar saludos de cortesía. Me decías que estabas algo nerviosa y me preguntabas cómo había hecho yo para preparar las preguntas cortas. En aquel momento sentí tristeza por mí y una profunda empatía hacia ti.

Te prometí un café para intercambiar impresiones a la salida de aquel examen, aunque al final no llegaría a haber café, ni tampoco examen. Al menos no por mi parte: yo me quedaría en casa autocompadeciéndome, mientras que, para mi asombro, tú arrasarías en Barcelona con apenas tres meses de preparación a media jornada.

Dos horas escasas después de salir de la entrevista recibí un correo de la responsable de Recursos Humanos comunicándome que el otro candidato encajaba mejor en el perfil que estaban buscando. Que se quedaban con el ingeniero, vaya. En aquel momento me sentí aturdido, como si me hubieran golpeado la cabeza con un mazo, pensando en la siguiente entrevista de trabajo y en la conveniencia de decorar mi Curriculum Vitae con un C1 de inglés.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo hoy puedo decir que el rechazo de mi candidatura fue una de las dos cosas buenas que me pasaron aquel día. La otra fue conocerte a ti.

Han pasado casi 18 meses desde aquel 20 de enero. 18 meses de madrugones, de largos en la piscina bajo la luz de las estrellas y de horas en la biblioteca bajo la luz del flexo; pero, ante todo, 18 meses en los que ha florecido una amistad sincera; 18 meses de lealtad, de cariño y de buenos consejos que me han ayudado a escoger el camino correcto en cada encrucijada de mi laberinto vital.

Hoy quisiera viajar 18 meses en el tiempo para poder hablarle a mi “yo” del pasado. Me gustaría tomar un café con ese chaval confuso y recién licenciado para decirle que los resultados de las pruebas médicas van a salir bien; que va a ponerse fuerte como el vinagre y pronto volverá a disfrutar del deporte; que encontrará un trabajo enriquecedor como profesor de ajedrez, y que contra todo pronóstico llegará a ser funcionario de carrera. Pero sobre todo me gustaría decirle que no va a estar solo en esta aventura, que tú vas a estar a su lado para hacerlo todo más fácil, que lo harás reír, que le enseñarás a apreciar la belleza en la música indie, en las camisas de piñas y en esos pequeños defectos que nos convierten en seres únicos.

Hoy también quisiera viajar veinticuatro horas en el tiempo para poder conocer a tu “yo” del futuro. Me devora la impaciencia por comprobar si mañana a estas horas habrás cumplido tus sueños, si tienes el pelo rosa y lágrimas de felicidad en los ojos, y si sigues buscando buhardillas en el centro de Madrid. Pero como mi máquina del tiempo está averiada, he de conformarme con cruzar los dedos y desear con todas mis fuerzas que en esa resolución del Tribunal aparezcan tus apellidos y nombre, aunque en el PDF de mi imaginación pone simplemente “Nube”. Ya sabes que es mucho más que un mote: es una metáfora de todas las cosas buenas que me han sucedido desde que te conozco, y de las que están por venir.

Ayer me decías que ahora debo disfrutar de mi libertad recién adquirida, ser feliz y recuperar mis hobbies. Escribir en este blog era uno de ellos. Otro es jugar a adivinar el futuro. Por eso tienes entre tus manos esta cajita metálica, que a partir de mañana será nuestra cápsula del tiempo. Qué difícil es saber cómo serán nuestras vidas dentro de cinco años cuando las próximas veinticuatro horas pueden cambiarlo todo, dándote o quitándote tu anhelada plaza. Pero una cosa es segura: hoy, mañana y dentro de cinco años yo seguiré a tu lado. Pase lo que pase.

Te deseo buena suerte, amiga. Tanta como tú me has traído.

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