El sábado jugué un torneo de ajedrez que duró todo el día: un total de nueve partidas a un ritmo de 15 minutos por jugador más 3 segundos de incremento por jugada. Es un torneo que se celebra todos los años con motivo de las Fiestas de San Lorenzo, patrón de Huesca.El torneo lo organiza mi club, que es el que tiene más historia, mayor presupuesto y mayor número de afiliados de los tres que hay actualmente en la ciudad. Para incentivar la participación de los jugadores del propio club, además de los jugosos premios de la clasificación general por los que pugnan los Grandes Maestros y Maestros Internacionales (600 euros para el primer clasificado, 500 para el segundo, 400 para el tercero; etc), en las bases del torneo estaban previstos tres premios para los tres socios mejor clasificados del club, de 100, 70 y 50 euros.
Como este torneo viene organizándose desde que yo tengo uso de razón, algunos perspicaces peseteros de otros clubes (o incluso de otras ciudades) han tenido tiempo de averiguar que la cuota que hay que pagar para hacerse socio de mi club es ínfima, y que ello no obliga necesariamente a ser jugador federado por mi club. Además, la condición de socio supone no pocos privilegios, como pagar una inscripción más barata en cualquier torneo organizado por mi club u optar a premios previstos para los socios de mi club como los que acabo de mencionar.
Siguiendo la tónica de las últimas ediciones, el sábado, de esos tres premios uno fue a parar a manos de un cazarrecompensas que juega en un club de Zaragoza. Se trata de un jugador de muy buen nivel pero que no mantiene ningún tipo de vínculo con mi club: jamás ha jugado una partida como federado con nosotros, en su vida ha defendido el escudo del club delante de un tablero, ni ha pasado una sola tarde impartiendo clases a las jóvenes y no tan jóvenes promesas que acuden a aprender algunos días entre semana. Qué va. Él simplemente es socio “de facto”, que es condición suficiente para ganar premios con una facilidad casi insultante, dada la diferencia de nivel entre la inmensa mayoría de jugadores de mi club y él.
Además de por su infinita ambición, el tipo en cuestión es ya famoso por ser un chaquetero que en un corto período de tiempo ha pululado por unos cuantos clubes de Aragón, esquilmando a su paso premios en metálico de todo tipo de eventos y torneos sociales. Con semejante historial, lo más gordo es que en mi club (y en otros tantos) no hagan por modificar las bases de los torneos ni los estatutos del club para poder así disuadir a este tipo de buitres… Y digo buitres porque, después de pensar un rato, he sido incapaz de encontrar una palabra que caracterice mejor a estos impresentables: son aves de rapiña, capaces de oler el dinero a kilómetros y que, una vez visualizado éste, no paran de volar en círculos hasta que ven la oportunidad de caer en picado sobre él. Y todo por cincuenta cochinos euros que a nadie nos van a sacar de la crisis; aunque hay que reconocer que para un tío que no estudia, ni trabaja ni hace nada con su vida el ajedrez puede llegar a ser una fuente de ingresos. Mejor eso que nada.
Podéis imaginar la cara, durante la entrega de premios, de un compañero de club de los de toda la vida al ver a este sujeto saliendo entre aplausos a recoger los 50 euros que le tenían que haber correspondido a él, como recompensa no sólo al buen torneo realizado sino a sus muchos años de dedicación y fidelidad al club: por de pronto, me vienen a la cabeza las incontables tardes de invierno en las que él se ha ofrecido a poner el coche y llevarnos de punta a punta de Aragón, año tras año, durante el Campeonato Autonómico por Equipos.
Mi cara también traslucía una mezcla de cabreo y estupor a partes iguales, aunque no tanto en la medida en que pude ganar otro premio por otra vía distinta de la clasificación. El premio lo obtuve gracias a que gané mi última partida, en la que una vez más pude comprobar que la pillería y los tejemanejes no sólo se dan en los altos niveles del ajedrez: a veces los jugadores mediocres tampoco escatiman en artimañas oscuras y tretas de dudosa legalidad cuando se trata de llevarse un pellizco.
Mi rival de la última partida, inferior a mí a priori, optaba a un premio de su tramo de rating si me ganaba. Yo llevaba las piezas blancas y estaba también obligado a ganar si quería obtener el premio correspondiente a mi tramo. Ya desde la apertura salí con una posición favorable, que fui mejorando poco a poco y sin correr grandes riesgos a base de ir acumulando pequeñas ventajas posicionales. Una vez la partida ya estaba decidida y me disponía yo a ejecutar una secuencia de mate en tres jugadas, mi rival se revolvió en la silla, miró inquieto hacia los lados y cuando finalmente se cercioró de que no había ningún árbitro ni ningún observador cerca dijo:
- ¿Cobras?
- ¿…Perdón? –me sobresalté, interrumpido en mis cálculos.
- Que si cobras si ganas la partida.
- Sí, casi seguro que sí.
- Lo decía porque yo si gano cobro seguro y podríamos ir a medias, pero si cobras tú ya… Entonces nada.
- Sí, algún premio me llevaré seguro –fue todo lo que acerté a decir ante el desconcierto que me produjo escuchar su oferta de amaño.
- Me alegro, entonces. Pero más te vale que cobres, ¿eh? Más que nada porque pudiendo cobrar yo y repartir… Joder, que sería una tontería que nos quedáramos los dos sin cobrar, ¿no?
Lo verdaderamente alucinante, más que el chanchullo en sí, fue el descaro y la naturalidad con que me lo propuso el tío. Como si no hubiera nada de malo en hacer trampa con tal de ganar algo de dinero; como si no importara lo más mínimo privar del premio a otro jugador que de verdad se lo mereciera por haber demostrado un buen nivel jugando al ajedrez y, lo que es más importante, por haber jugado todas sus partidas con deportividad.
Me quedé tan molesto ante semejante falta de escrúpulos que después de darle jaque mate no le tendí la mano: al fin y al cabo se trata de una muestra de respeto y, a mi juicio, aquel señor no merecía ninguno. Pero al poco de terminar la partida me sobrevino la sombra de la duda: ¿y si yo hubiera estado en situación de aceptar la oferta? ¿Qué habría pasado si la victoria no me hubiera servido para llevarme ningún premio?
Pongámonos en situación: me queda casi un minuto en el reloj; los árbitros están pendientes de las partidas de los maestros por haber más dinero en juego; no hay nadie alrededor del tablero; sólo mi rival, yo y una oferta sobre la mesa. Sólo tengo que rendirme, esperar a que termine la entrega de premios y aguardar en un lugar apartado, lejos de miradas indiscretas, a que el tramposo me dé bajo mano un sobre con mi parte del pastel, 50 euros. ¿Habría caído en la tentación de aceptar su oferta y dejarme ganar?
Después de pensarlo unos instantes, llegué a la conclusión de que no. Ya no sólo porque la mera idea de hacer trampa choca frontalmente contra mis principios más básicos y contra mi forma de entender la deportividad, sino también porque, desde que empecé la carrera, mi dedicación a los estudios me ha forzado a dejar de jugar la mayor parte de los torneos que jugaba antes. Ha sido en estos últimos tres años cuando he descubierto que es la intensidad con que vivo cada partida y lo mucho que disfruto jugando lo único que me mueve a competir.
Que curioso todo esto de los torneos de ajedrez, yo estuve yendo a clases de chica y he ido a dos torneos entre colegios, pero lo dejé al poco tiempo, aunque siempre me ha gustado este juego.
ResponderEliminarSobre el tema de la deportividad la verdad se puede hablar mucho. En general cuando uno no se toma en serio las cosas puede caer en las trampas, y más cuando el fin que pretendes se puede conseguir mediante éstas. Yo me pregunto también si yo hubiera caído, y aunque me considero honrada, puede que sí (o puede que no), ya que a mí en realidad el ajedrez no me dice nada y al fin de cuentas la deportividad es un valor tan relativo como cualquier otro hoy en día, y un dinerillo siempre viene bien. Sin embargo el respeto a las personas no es algo relativo, y hacer trampa en un torneo es una falta de educación a las personas que ponen tiempo, dinero y entusiasmo para su éxito.
Me alegro de que ese hombre se fuera con las manos vacías, aunque nunca sea consciente de la vergüenza de hacer trampa.
Tu seguramente en cualquier caso hubieras ganado, porque si hubieras seguido el juego del otro, te habrías llevado también dinerillo y encima luego te habrías avergonzado y arrepentido de la trampa, que es al fin de cuentas lo importante.
Este mundillo apesta a juego sucio. Llevo tantos años dentro que ya sé de sobra cómo funcionan aquí las cosas. Lo peor de todo es que la gente concibe las trampas como algo normal.
ResponderEliminarPuedo poner por ejemplo un torneo importante que jugué el verano pasado, en el que me llevé bastante dinero gracias a una racha de suerte. Hubo jugadores con los que llevo años conviviendo en el panorama ajedrecístico que me llegaron a increpar que había sobornado a mi rival para que no compareciera en la última partida. Incluso hubo uno que dejó de hablarme por ello, y todavía a día de hoy me retira el saludo... Ya conoces el dicho: "dice el ladrón que todos son de su condición."
Para alguien como yo, que vive el ajedrez como una bonita afición, este tipo de comportamientos hace que se le quiten a uno las ganas de jugar.
No conocía de tu faceta de jugadora de ajedrez, Aprendiz. Ya echaremos alguna partida algún día por Internet... Prometo no hacer trampa ;-P
¡Besos!
Me parece usted un caballero por su actitud. Es una vergüenza la actitud de algunos que ponen el dinero por encima del honor, del esfuerzo, del deporte... ¡Se ve en tantos ámbitos aparte del del ajedrez!
ResponderEliminarPor cierto, es preocupante que pertenezca usted a un club de ajedrez. Recuerdo un chiste que oí una vez de que había una chica tan guarra, tan guarra, que en el instituto se tiraba hasta a los del club de ajedrez...jejeje... :-) Es broma, por supuesto.
Enhorabuena por su blog que seguiré atentamente.
Maestro, totalmente de acuerdo contigo en todo. El trapicheo de apuntarse a tu club para cobrar 50 eurillos es infame... A este paso al año que viene habrá gente que se empadrone en Huesca para cobrar el premio de mejor altoaragonés en el torneo de Benasque.
ResponderEliminarTengo que decir también que creo que nuestra etapa en el ajedrez fue la época dorada, quizá lo pienso por los buenos momentos que tengo grabados en mi memoria o por la cantidad de buena gente que conocí, pero a mi parecer por aquel entonces nos enseñaban valores a parte del ajedrez. Aprendí que ganar es importante pero no a cualquier precio, y también aprendí que para optar a la victoria hay que aceptar la posible derrota.
En los campeonatos escolares de este año fue para mi vergonzoso presenciar como los chicos de más nivel hacían tablas entre ellos casi sin jugar ya desde las primeras rondas... Ni que fueran maestros internacionales! No se que está pasando, pero no es normal.
Todavía me acuerdo de las cruentas batallas ajedrecísticas que protagonizábamos para clasificarnos para los de España y la cantidad de cervezas (más bien bebidas espirituosas de alto grado alcohólico) que nos tomábamos luego cómo buenos amigos.
Lo mejor del ajedrez sin lugar a dudas ha sido conocer personas como Antonio Abós.
Antonio,
ResponderEliminarHe tenido mis pequeños escarceos con el juego, pero la verdad nada importante.
http://cronicadeunaevolucion.blogspot.com/2010/03/grandes-juegos.html
Me moriría de la vergüenza jugar contra ti al ajedrez porque no quiero testigos de lo pésimo que juego :S jajajajajaja
Al Neri,
ResponderEliminarEs para mí un halago que un analista de su talla siga este joven blog. No le falta razón cuando dice que esto de anteponer el dinero a los valores se da también en otros ámbitos de la vida, y yo pondría por ejemplo el laboral. Supongo que cuando termine mis estudios, si mis aspiraciones de opositar se ven frustradas, acabaré recalando en alguna empresa. Muchas de ellas son un medio hostil en el que el trabajador está rodeado de malos rollos y un clima de competitividad insana: que si posibilidades de ascenso, que si primas por productividad... No dejan de ser ejemplos de cómo la ambición puede a veces atropellar por completo valores como la honradez o la camaradería.
No conocía ese chiste, jajajaja. Pero no se preocupe, que para ser ajedrecista me considero un tío bastante normal en todos los aspectos (¡o al menos así me veo yo!)
Dani,
No dé usted ideas, que al final alguno que yo me sé irá y se nos empadronará de verdad, jajajaja. Me parece bochornoso eso que dice que ha pasado en los Escolares de este año: precisamente porque son chavales y no se juegan nada, es ahora cuando más tienen que luchar sus partidas para poder llevarse la satisfacción personal de haber hecho un buen torneo.
Si alguien me preguntara por mis mejores momentos como ajedrecista, posiblemente incluiría entre ellos algún Benasque, pero sin duda relataría con todo lujo de detalles aquellos Campeonatos de España sub-16 en los que usted y yo nos hicimos buenos amigos. Es el hecho de haber conocido a personas de la calidad humana de usted o el señor Arcidriche lo que hace que me sienta orgulloso de ser ajedrecista. Con eso me quedo :-)
Aprendiz,
Me ha gustado el post al que me remites. El hecho de que te gusten el ajedrez y los juegos de mesa denota inquietudes y eso siempre es bueno; más aún si tenemos en cuenta que las mujeres ajedrecistas escasean no sabes hasta qué punto ;-)
Sí que me gustaría precisar que el ajedrez es mucho más complejo que todos los otros juegos que mencionas juntos y que no depende lo más mínimo del azar; es esta última característica la que lo convierte en deporte. Cuando uno lleva ya un tiempo jugando, adquiere conciencia de que detrás de cada jugada se esconde siempre una idea abstracta, un concepto que sería incapaz de explicar a otra persona con palabras (a diferencia de lo que ocurre con las reglas de un juego) pero que está ahí, latente, sobre el tablero. Este tipo de conceptos se aprenden a base de jugar cientos y cientos de partidas y sufrir varias dolorosas derrotas (y también un poquito de estudiar, jejeje).
Por eso te animo a que, si te gusta el ajedrez, juegues de vez en cuando alguna partida sin miedo a perder. Yo recuerdo que de pequeño también tenía un poco de pánico a la derrota, y si algún niño al que consideraba peor jugador que yo me ganaba me lo podía llegar a tomar un poco mal. Me costó mi tiempo entender esto, pero hoy sé que la derrota es tan necesaria como la victoria cuando se trata de aprender: detrás de cada partida perdida hay una valiosa lección, algo que hemos hecho mal y que podemos mejorar para la próxima vez. Y esto funciona no sólo sobre el tablero de ajedrez, sino también en el de la vida misma :-)