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lunes, 8 de agosto de 2011

Aves de rapiña


El sábado jugué un torneo de ajedrez que duró todo el día: un total de nueve partidas a un ritmo de 15 minutos por jugador más 3 segundos de incremento por jugada. Es un torneo que se celebra todos los años con motivo de las Fiestas de San Lorenzo, patrón de Huesca.

El torneo lo organiza mi club, que es el que tiene más historia, mayor presupuesto y mayor número de afiliados de los tres que hay actualmente en la ciudad. Para incentivar la participación de los jugadores del propio club, además de los jugosos premios de la clasificación general por los que pugnan los Grandes Maestros y Maestros Internacionales (600 euros para el primer clasificado, 500 para el segundo, 400 para el tercero; etc), en las bases del torneo estaban previstos tres premios para los tres socios mejor clasificados del club, de 100, 70 y 50 euros.

Como este torneo viene organizándose desde que yo tengo uso de razón, algunos perspicaces peseteros de otros clubes (o incluso de otras ciudades) han tenido tiempo de averiguar que la cuota que hay que pagar para hacerse socio de mi club es ínfima, y que ello no obliga necesariamente a ser jugador federado por mi club. Además, la condición de socio supone no pocos privilegios, como pagar una inscripción más barata en cualquier torneo organizado por mi club u optar a premios previstos para los socios de mi club como los que acabo de mencionar.

Siguiendo la tónica de las últimas ediciones, el sábado, de esos tres premios uno fue a parar a manos de un cazarrecompensas que juega en un club de Zaragoza. Se trata de un jugador de muy buen nivel pero que no mantiene ningún tipo de vínculo con mi club: jamás ha jugado una partida como federado con nosotros, en su vida ha defendido el escudo del club delante de un tablero, ni ha pasado una sola tarde impartiendo clases a las jóvenes y no tan jóvenes promesas que acuden a aprender algunos días entre semana. Qué va. Él simplemente es socio “de facto”, que es condición suficiente para ganar premios con una facilidad casi insultante, dada la diferencia de nivel entre la inmensa mayoría de jugadores de mi club y él.

Además de por su infinita ambición, el tipo en cuestión es ya famoso por ser un chaquetero que en un corto período de tiempo ha pululado por unos cuantos clubes de Aragón, esquilmando a su paso premios en metálico de todo tipo de eventos y torneos sociales. Con semejante historial, lo más gordo es que en mi club (y en otros tantos) no hagan por modificar las bases de los torneos ni los estatutos del club para poder así disuadir a este tipo de buitres… Y digo buitres porque, después de pensar un rato, he sido incapaz de encontrar una palabra que caracterice mejor a estos impresentables: son aves de rapiña, capaces de oler el dinero a kilómetros y que, una vez visualizado éste, no paran de volar en círculos hasta que ven la oportunidad de caer en picado sobre él. Y todo por cincuenta cochinos euros que a nadie nos van a sacar de la crisis; aunque hay que reconocer que para un tío que no estudia, ni trabaja ni hace nada con su vida el ajedrez puede llegar a ser una fuente de ingresos. Mejor eso que nada.

Podéis imaginar la cara, durante la entrega de premios, de un compañero de club de los de toda la vida al ver a este sujeto saliendo entre aplausos a recoger los 50 euros que le tenían que haber correspondido a él, como recompensa no sólo al buen torneo realizado sino a sus muchos años de dedicación y fidelidad al club: por de pronto, me vienen a la cabeza las incontables tardes de invierno en las que él se ha ofrecido a poner el coche y llevarnos de punta a punta de Aragón, año tras año, durante el Campeonato Autonómico por Equipos.

Mi cara también traslucía una mezcla de cabreo y estupor a partes iguales, aunque no tanto en la medida en que pude ganar otro premio por otra vía distinta de la clasificación. El premio lo obtuve gracias a que gané mi última partida, en la que una vez más pude comprobar que la pillería y los tejemanejes no sólo se dan en los altos niveles del ajedrez: a veces los jugadores mediocres tampoco escatiman en artimañas oscuras y tretas de dudosa legalidad cuando se trata de llevarse un pellizco.

Mi rival de la última partida, inferior a mí a priori, optaba a un premio de su tramo de rating si me ganaba. Yo llevaba las piezas blancas y estaba también obligado a ganar si quería obtener el premio correspondiente a mi tramo. Ya desde la apertura salí con una posición favorable, que fui mejorando poco a poco y sin correr grandes riesgos a base de ir acumulando pequeñas ventajas posicionales. Una vez la partida ya estaba decidida y me disponía yo a ejecutar una secuencia de mate en tres jugadas, mi rival se revolvió en la silla, miró inquieto hacia los lados y cuando finalmente se cercioró de que no había ningún árbitro ni ningún observador cerca dijo:

- ¿Cobras?
- ¿…Perdón? –me sobresalté, interrumpido en mis cálculos.
- Que si cobras si ganas la partida.
- Sí, casi seguro que sí.
- Lo decía porque yo si gano cobro seguro y podríamos ir a medias, pero si cobras tú ya… Entonces nada.
- Sí, algún premio me llevaré seguro –fue todo lo que acerté a decir ante el desconcierto que me produjo escuchar su oferta de amaño.
- Me alegro, entonces. Pero más te vale que cobres, ¿eh? Más que nada porque pudiendo cobrar yo y repartir… Joder, que sería una tontería que nos quedáramos los dos sin cobrar, ¿no?

Lo verdaderamente alucinante, más que el chanchullo en sí, fue el descaro y la naturalidad con que me lo propuso el tío. Como si no hubiera nada de malo en hacer trampa con tal de ganar algo de dinero; como si no importara lo más mínimo privar del premio a otro jugador que de verdad se lo mereciera por haber demostrado un buen nivel jugando al ajedrez y, lo que es más importante, por haber jugado todas sus partidas con deportividad.

Me quedé tan molesto ante semejante falta de escrúpulos que después de darle jaque mate no le tendí la mano: al fin y al cabo se trata de una muestra de respeto y, a mi juicio, aquel señor no merecía ninguno. Pero al poco de terminar la partida me sobrevino la sombra de la duda: ¿y si yo hubiera estado en situación de aceptar la oferta? ¿Qué habría pasado si la victoria no me hubiera servido para llevarme ningún premio?

Pongámonos en situación: me queda casi un minuto en el reloj; los árbitros están pendientes de las partidas de los maestros por haber más dinero en juego; no hay nadie alrededor del tablero; sólo mi rival, yo y una oferta sobre la mesa. Sólo tengo que rendirme, esperar a que termine la entrega de premios y aguardar en un lugar apartado, lejos de miradas indiscretas, a que el tramposo me dé bajo mano un sobre con mi parte del pastel, 50 euros. ¿Habría caído en la tentación de aceptar su oferta y dejarme ganar?

Después de pensarlo unos instantes, llegué a la conclusión de que no. Ya no sólo porque la mera idea de hacer trampa choca frontalmente contra mis principios más básicos y contra mi forma de entender la deportividad, sino también porque, desde que empecé la carrera, mi dedicación a los estudios me ha forzado a dejar de jugar la mayor parte de los torneos que jugaba antes. Ha sido en estos últimos tres años cuando he descubierto que es la intensidad con que vivo cada partida y lo mucho que disfruto jugando lo único que me mueve a competir.

lunes, 25 de julio de 2011

Fuckin' loser

Probablemente, una persona ajena al mundo del ajedrez que pinchara en este enlace por primera vez, quedaría gratamente impresionada por los logros y la trayectoria ascendente del joven Maestro Internacional M. E.:

Sí, Maestro Internacional. Además de promotor incansable del ajedrez en Harvard y capitán del equipo de dicha Universidad, M. E. es un jugador activísimo y un habitual en los numerosos torneos y masters que se organizan de costa a costa de los Estados Unidos. Muchas de sus partidas se han publicado en el New York Times.

De no ser porque llevo jugando al ajedrez desde los cinco años y como federado desde los ocho (con lo cual ya he tenido tiempo de forjar mi propia idea de cómo es por dentro el mundillo del ajedrez de élite), yo mismo me habría formado una imagen de este sujeto muy distinta de la que sugieren las líneas publicadas en Wikipedia.

Apostaría un cubata a que, al leer la descripción, la mayoría de vosotros habéis visualizado a un joven gafapasta y bien afeitado, con una impecable americana gris marengo y los puños de la camisa almidonados a tope, inclinado sobre el escritorio de su despacho con gesto pensativo, discurriendo un nuevo problema de ajedrez para poder presentar a tiempo el diagrama junto con la solución al editor jefe del Harvard Crimson.

Es más que posible que a estas alturas de la película os estéis preguntando por qué dedico mi post de hoy en su totalidad a este hombre. Lo cierto es que ni siquiera yo sabía de su existencia hasta hace dos semanas, durante el Open Internacional de Benasque. A este torneo se refiere la siguiente narración testimonial, de la que espero que podáis extraer alguna moraleja o, al menos, sirva para desmitificar la idea del ajedrecista profesional que tal vez alguno tengáis en la cabeza a partir de noticias de televisión o prensa escrita.

Primer día, muy avanzada la tarde. Primera ronda del Open. Son las ocho de la tarde pasadas y, después de cuatro horas, son pocas las partidas que quedan todavía en juego. En una de las mesas altas, un chaval más o menos de mi edad lleva las piezas negras. Frente a él, con las blancas, juega un tío de unos veintitantos que bien podría estar sacado de las calles del mismísimo Bronx: alto y delgado, cara de colgado y barba de una semana. Viste una chaqueta de chándal holgada, que perfectamente podría esconder una navaja automática o una Colt cargada. Calza unas zapatillas de basket marca Air.

Atraído por el corro de aficionados que se ha congregado en torno al tablero, me acerco para comprobar que el jugador de blancas es un tal M. E., Maestro Internacional estadounidense. Su rival es español y a priori muy inferior a él, con un rating internacional bastante por debajo del mío, incluso. Me basta un rápido vistazo al tablero para confirmar que el favorito lleva todas las de perder: el estadounidense está a unas pocas jugadas de caer derrotado ante el español, que ejecuta las maniobras precisas sin parecer en absoluto intimidado por la multitud expectante y el escaso tiempo que le resta en el reloj. Los espectadores se indignan al comprobar que el estadounidense no cumple con la obligación de anotar las jugadas en la planilla después de cada movimiento. Uno de los árbitros de torneo, que merodea por ahí cerca, se hace el sueco y procura mantenerse alejado del tablero de la polémica. Varias jugadas más tarde, y conforme a lo esperado, M. E. se rinde. Sin dar la mano a su adversario, se levanta de la silla y se va visiblemente contrariado.

Sexto día, por la noche. Estoy jugando al futbolín por la noche con varios amigos en el bar más concurrido del pueblo. Un tío que me suena familiar se nos acerca y nos reta a jugar contra él. ¡Es el señor E.! Después de llevarse un vapuleo de órdago, el bueno de M. decide que el futbolín no es lo suyo y se va a otra parte del bar con su mejor cara de “a mí no me gusta perder ni a las canicas”.

Décimo y último día, pasado ya el mediodía. Décima y última ronda. Quedan contadas partidas por terminar. En los primeros tableros todas las partidas parecen haberse ya decidido excepto una, que aglutina a un buen puñado de espectadores. Me acerco a observar, pero antes de darme tiempo a averiguar qué está sucediendo el cerco de aficionados se abre y deja paso a un tipo en chándal que se abre camino haciendo aspavientos y hablando en inglés en voz alta. ¿Adivináis de quién se trata?

Tras abandonar la sala de juego, nuestro personaje del día estalla en una pataleta pueril y comienza a gritar a todo pulmón toda una serie de improperios en inglés: ‘I am a fuckin’ loser!!’ Fue el que más nítidamente pude distinguir. De camino a su apartamento, hotel o dondequiera que se alojara, el Maestro Internacional siguió gritando y dando patadas y golpes a vallas, bancos y demás mobiliario urbano, ante los vanos intentos de su psicólogo-amigo-acompañante de consolarle ante la adversidad.

Hace seis días. Un amigo ajedrecista nos envía a todos los que compartimos apartamento allí un e-mail enlazándonos la partida de la discordia.

Para los no entendidos, nuestro hombre tenía una posición como mínimo de tablas en el momento de perder la última partida contra su oponente, un Gran Maestro. ¿Qué ocurrió, entonces? Por el momento, la teoría de que perdió por agotársele el tiempo cobra fuerza, pero me temo que la verdad absoluta nunca la sabremos. ¿Hasta qué punto una derrota es motivo bastante para hacerle perder los estribos a una persona de semejante manera?

Sé que muchos de los jugadores que llegan a obtener un título de Maestro acaban viviendo exclusivamente del ajedrez. Puedo llegar a entender que, para ellos, de una victoria o una derrota puede depender el sustento económico de un mes entero; pero hay conductas que siempre van a parecerme intolerables. El ajedrez es para algunos un juego, para otros un deporte y hasta hay quienes aseguran que se trata de una ciencia... En cualquier caso, todo el mundo parece coincidir en la coletilla “...de caballeros”. A mi modo de ver, son comportamientos como el del señor E. los que desvirtúan esta condición.

Hoy, por la mañana. Otro ajedrecista compañero de apartamento responde al anterior e-mail, haciéndonos saber que ha descubierto que el susodicho M. E. es un tío relativamente conocido en Estados Unidos y que hasta tiene su propia entrada en wikipedia.

Hoy, después de cenar. Enciendo el portátil, abro una lata de Coca-cola y me dispongo a escribir un post titulado Fuckin’ loser. Previamente, examino las estadísticas de Google Analytics para comprobar que, de las 160 visitas a este blog recién nacido, sólo dos proceden de Estados Unidos. Después de darle vueltas a la idea durante un par de minutos, concluyo que sería mucha casualidad que se trate de él o alguien próximo, de modo que, por el momento, puedo publicar tranquilo. Eso sí, como ignoro si en EE. UU. existe el derecho al honor y a la propia imagen, y tampoco sé a ciencia cierta qué había debajo de aquella chaqueta, mejor tiramos de siglas.