***
Él siente
cómo alguien lo zarandea bruscamente por los hombros. Una voz de hombre percute
sus tímpanos y reverbera en su sueño; alguien le está diciendo algo. Dos palmaditas
suaves, un aterrizaje forzoso, media náusea y por fin abre los ojos con
dificultad, como si alguien le hubiera sellado los párpados con silicona. Ha
debido de quedarse dormido con el cuello doblado hacia abajo, como un avestruz,
y por eso lo primero que ve son unos zapatos negros deslustrados y los bajos de
un pantalón del mismo color. Conforme va elevando la vista, aparece una corbata
violeta sobre una camisa malva y, por fin, una cara que emerge de entre la fronda de una barba pelirroja.
-
¡Arriba, bella durmiente! Ya hemos llegado –se burla la misma voz que acaba de devolverlo
a un mundo de luz cegadora y resaca atroz.
- ¿Qué?
–acierta a decir Él, mientras recorre con sus ojos legañosos las hileras de
asientos, de delante hacia detrás. El vagón está vacío.
- Que es fin de trayecto. ¡Arriba!
–apremia el revisor.
- ¿Ya hemos llegado a Lérida?
- ¿A Lleida? Claro que sí, campeón…
Sólo que hace tres horas.
- ¿Cómo? –Él mira el reloj. Son las
20:55. Una bola de demolición le impacta de lleno en forma de doloroso flash: Ella, el cine… ¡Mierda!
- Estamos en Girona –explica la barba parlante-. A
ver, enséñame tu billete; si lo sacaste para Lleida tengo que multarte.
- ¿En
serio va a multarme? Si debo de llevar dormido desde que pasamos Zaragoza,
entienda que...
- Tu vida
cuéntasela a otro, chaval. Por lo que a mí respecta llevas las tres últimas
horas viajando de polizón, así que ya me estás enseñando el DNI. Si pagas ahora
hay una bonificación.
- Lo
siento, pero ni siquiera sé si llevo efectivo suficiente para comprarme un
billete de vuelta.
- Ya no
hay más trenes a Lleida hoy. Si no quieres hacer noche en la estación tendrás
que probar suerte con los autobuses.
Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas…, repite Él como si de un mantra se tratase mientras
arrastra la maleta sobre los charcos camino de un cajero. Ella lleva diez
minutos, quizá más, esperándolo. Puede imaginarla en la puerta del cine, impacientándose
bajo un paraguas rojo, abrigada con una gabardina sobre ese jersey blanco de
lana de ochos que tan favorecedor le queda. Soy
gilipollas, soy gilipollas… Él cierra ahora los puños con fuerza, arrugando
inconscientemente entre los dedos el recibo de pago de la multa. Soy gilipollas… Casi hasta puede verla rebuscando
en el bolso para coger el teléfono móvil y enviarle un… ¡El WhatsApp!
Él se
lleva la mano al bolsillo de la cazadora y desenfunda el móvil; casi no queda
batería. Ella acaba de escribirle preguntándole dónde se ha metido. En un buen lío, piensa Él,
preocupado por encontrar la manera de no quedarse sin novia en el día de su
aniversario: Y qué le digo, ¿debería
contarle que anoche me acabaron liando los del piso para salir de fiesta por Madrid? ¿Que
me quedé en un after porque pensé que podría dormir en el tren? ¿Que soy tan
tonto que ni siquiera he recordado poner la alarma del móvil?
El móvil vibra de pronto avisando
de que Ella ha escrito de nuevo. Él deja caer la maleta con estrépito.
“Esta noche hacemos un coito juntos. No lo
estropees llegando tarde, anda”.
Definitivamente soy gilipollas, resopla Él, imaginándola ahora arrodillada sobre la cama
semidesnuda; imaginándose a sí mismo frente a ella, mirándola a los ojos con
dulzura, besándola despacio y retirando con suavidad aquel sujetador de
pedrería que tantas veces había desabrochado.
Mientras deja
que su mente se pierda irremisiblemente en las curvas de las caderas de Ella, y
sin poder dejar de torturarse con la visión de unos pechos desnudos, firmes e inaccesibles,
Él se apresura en activar el texto predictivo para teclear unas palabras de
disculpa. Lo siento, cariño...
El
piloto de batería baja parpadea amenazador. Vamos, vamos, no te apagues ahora, suplica mientras aporrea las
teclas compulsivamente, sin apenas mirar la pantalla: me he quedado
dormido en el TALGO... Vamos, aguanta… y ahora estoy en Gerona. ¡Ya
está, enviado!
Vamos,
vamos, responde. Dime que me perdonas…,
implora Él en silencio.
Un doble
zumbido anuncia la respuesta de Ella, pero la batería se agota y ya es tarde
para leer nada. Un zumbido corto, un destello intenso y la pantalla se va a negro.
***

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