domingo, 2 de diciembre de 2012

Acertijos en la lluvia (2ª parte)


***

Él siente cómo alguien lo zarandea bruscamente por los hombros. Una voz de hombre percute sus tímpanos y reverbera en su sueño; alguien le está diciendo algo. Dos palmaditas suaves, un aterrizaje forzoso, media náusea y por fin abre los ojos con dificultad, como si alguien le hubiera sellado los párpados con silicona. Ha debido de quedarse dormido con el cuello doblado hacia abajo, como un avestruz, y por eso lo primero que ve son unos zapatos negros deslustrados y los bajos de un pantalón del mismo color. Conforme va elevando la vista, aparece una corbata violeta sobre una camisa malva y, por fin, una cara que emerge de entre la fronda de una barba pelirroja.

- ¡Arriba, bella durmiente! Ya hemos llegado –se burla la misma voz que acaba de devolverlo a un mundo de luz cegadora y resaca atroz.
- ¿Qué? –acierta a decir Él, mientras recorre con sus ojos legañosos las hileras de asientos, de delante hacia detrás. El vagón está vacío.
- Que es fin de trayecto. ¡Arriba! –apremia el revisor.
- ¿Ya hemos llegado a Lérida?
- ¿A Lleida? Claro que sí, campeón… Sólo que hace tres horas.
- ¿Cómo? –Él mira el reloj. Son las 20:55. Una bola de demolición le impacta de lleno en forma de doloroso flash: Ella, el cine… ¡Mierda!
- Estamos en Girona –explica la barba parlante-. A ver, enséñame tu billete; si lo sacaste para Lleida tengo que multarte.
- ¿En serio va a multarme? Si debo de llevar dormido desde que pasamos Zaragoza, entienda que...
- Tu vida cuéntasela a otro, chaval. Por lo que a mí respecta llevas las tres últimas horas viajando de polizón, así que ya me estás enseñando el DNI. Si pagas ahora hay una bonificación.
- Lo siento, pero ni siquiera sé si llevo efectivo suficiente para comprarme un billete de vuelta.
- Ya no hay más trenes a Lleida hoy. Si no quieres hacer noche en la estación tendrás que probar suerte con los autobuses.

Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas…, repite Él como si de un mantra se tratase mientras arrastra la maleta sobre los charcos camino de un cajero. Ella lleva diez minutos, quizá más, esperándolo. Puede imaginarla en la puerta del cine, impacientándose bajo un paraguas rojo, abrigada con una gabardina sobre ese jersey blanco de lana de ochos que tan favorecedor le queda. Soy gilipollas, soy gilipollas… Él cierra ahora los puños con fuerza, arrugando inconscientemente entre los dedos el recibo de pago de la multa. Soy gilipollas… Casi hasta puede verla rebuscando en el bolso para coger el teléfono móvil y enviarle un… ¡El WhatsApp!

Él se lleva la mano al bolsillo de la cazadora y desenfunda el móvil; casi no queda batería. Ella acaba de escribirle preguntándole dónde se ha metido. En un buen lío, piensa Él, preocupado por encontrar la manera de no quedarse sin novia en el día de su aniversario: Y qué le digo, ¿debería contarle que anoche me acabaron liando los del piso para salir de fiesta por Madrid? ¿Que me quedé en un after porque pensé que podría dormir en el tren? ¿Que soy tan tonto que ni siquiera he recordado poner la alarma del móvil?

El móvil vibra de pronto avisando de que Ella ha escrito de nuevo. Él deja caer la maleta con estrépito.

“Esta noche hacemos un coito juntos. No lo estropees llegando tarde, anda”.

Definitivamente soy gilipollas, resopla Él, imaginándola ahora arrodillada sobre la cama semidesnuda; imaginándose a sí mismo frente a ella, mirándola a los ojos con dulzura, besándola despacio y retirando con suavidad aquel sujetador de pedrería que tantas veces había desabrochado.

Mientras deja que su mente se pierda irremisiblemente en las curvas de las caderas de Ella, y sin poder dejar de torturarse con la visión de unos pechos desnudos, firmes e inaccesibles, Él se apresura en activar el texto predictivo para teclear unas palabras de disculpa. Lo siento, cariño... El piloto de batería baja parpadea amenazador. Vamos, vamos, no te apagues ahora, suplica mientras aporrea las teclas compulsivamente, sin apenas mirar la pantalla: me he quedado dormido en el TALGO...  Vamos, aguanta… y ahora estoy en Gerona. ¡Ya está, enviado!

Vamos, vamos, responde. Dime que me perdonas…, implora Él en silencio.

Un doble zumbido anuncia la respuesta de Ella, pero la batería se agota y ya es tarde para leer nada. Un zumbido corto, un destello intenso y la pantalla se va a negro.

***

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