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lunes, 25 de julio de 2011

Fuckin' loser

Probablemente, una persona ajena al mundo del ajedrez que pinchara en este enlace por primera vez, quedaría gratamente impresionada por los logros y la trayectoria ascendente del joven Maestro Internacional M. E.:

Sí, Maestro Internacional. Además de promotor incansable del ajedrez en Harvard y capitán del equipo de dicha Universidad, M. E. es un jugador activísimo y un habitual en los numerosos torneos y masters que se organizan de costa a costa de los Estados Unidos. Muchas de sus partidas se han publicado en el New York Times.

De no ser porque llevo jugando al ajedrez desde los cinco años y como federado desde los ocho (con lo cual ya he tenido tiempo de forjar mi propia idea de cómo es por dentro el mundillo del ajedrez de élite), yo mismo me habría formado una imagen de este sujeto muy distinta de la que sugieren las líneas publicadas en Wikipedia.

Apostaría un cubata a que, al leer la descripción, la mayoría de vosotros habéis visualizado a un joven gafapasta y bien afeitado, con una impecable americana gris marengo y los puños de la camisa almidonados a tope, inclinado sobre el escritorio de su despacho con gesto pensativo, discurriendo un nuevo problema de ajedrez para poder presentar a tiempo el diagrama junto con la solución al editor jefe del Harvard Crimson.

Es más que posible que a estas alturas de la película os estéis preguntando por qué dedico mi post de hoy en su totalidad a este hombre. Lo cierto es que ni siquiera yo sabía de su existencia hasta hace dos semanas, durante el Open Internacional de Benasque. A este torneo se refiere la siguiente narración testimonial, de la que espero que podáis extraer alguna moraleja o, al menos, sirva para desmitificar la idea del ajedrecista profesional que tal vez alguno tengáis en la cabeza a partir de noticias de televisión o prensa escrita.

Primer día, muy avanzada la tarde. Primera ronda del Open. Son las ocho de la tarde pasadas y, después de cuatro horas, son pocas las partidas que quedan todavía en juego. En una de las mesas altas, un chaval más o menos de mi edad lleva las piezas negras. Frente a él, con las blancas, juega un tío de unos veintitantos que bien podría estar sacado de las calles del mismísimo Bronx: alto y delgado, cara de colgado y barba de una semana. Viste una chaqueta de chándal holgada, que perfectamente podría esconder una navaja automática o una Colt cargada. Calza unas zapatillas de basket marca Air.

Atraído por el corro de aficionados que se ha congregado en torno al tablero, me acerco para comprobar que el jugador de blancas es un tal M. E., Maestro Internacional estadounidense. Su rival es español y a priori muy inferior a él, con un rating internacional bastante por debajo del mío, incluso. Me basta un rápido vistazo al tablero para confirmar que el favorito lleva todas las de perder: el estadounidense está a unas pocas jugadas de caer derrotado ante el español, que ejecuta las maniobras precisas sin parecer en absoluto intimidado por la multitud expectante y el escaso tiempo que le resta en el reloj. Los espectadores se indignan al comprobar que el estadounidense no cumple con la obligación de anotar las jugadas en la planilla después de cada movimiento. Uno de los árbitros de torneo, que merodea por ahí cerca, se hace el sueco y procura mantenerse alejado del tablero de la polémica. Varias jugadas más tarde, y conforme a lo esperado, M. E. se rinde. Sin dar la mano a su adversario, se levanta de la silla y se va visiblemente contrariado.

Sexto día, por la noche. Estoy jugando al futbolín por la noche con varios amigos en el bar más concurrido del pueblo. Un tío que me suena familiar se nos acerca y nos reta a jugar contra él. ¡Es el señor E.! Después de llevarse un vapuleo de órdago, el bueno de M. decide que el futbolín no es lo suyo y se va a otra parte del bar con su mejor cara de “a mí no me gusta perder ni a las canicas”.

Décimo y último día, pasado ya el mediodía. Décima y última ronda. Quedan contadas partidas por terminar. En los primeros tableros todas las partidas parecen haberse ya decidido excepto una, que aglutina a un buen puñado de espectadores. Me acerco a observar, pero antes de darme tiempo a averiguar qué está sucediendo el cerco de aficionados se abre y deja paso a un tipo en chándal que se abre camino haciendo aspavientos y hablando en inglés en voz alta. ¿Adivináis de quién se trata?

Tras abandonar la sala de juego, nuestro personaje del día estalla en una pataleta pueril y comienza a gritar a todo pulmón toda una serie de improperios en inglés: ‘I am a fuckin’ loser!!’ Fue el que más nítidamente pude distinguir. De camino a su apartamento, hotel o dondequiera que se alojara, el Maestro Internacional siguió gritando y dando patadas y golpes a vallas, bancos y demás mobiliario urbano, ante los vanos intentos de su psicólogo-amigo-acompañante de consolarle ante la adversidad.

Hace seis días. Un amigo ajedrecista nos envía a todos los que compartimos apartamento allí un e-mail enlazándonos la partida de la discordia.

Para los no entendidos, nuestro hombre tenía una posición como mínimo de tablas en el momento de perder la última partida contra su oponente, un Gran Maestro. ¿Qué ocurrió, entonces? Por el momento, la teoría de que perdió por agotársele el tiempo cobra fuerza, pero me temo que la verdad absoluta nunca la sabremos. ¿Hasta qué punto una derrota es motivo bastante para hacerle perder los estribos a una persona de semejante manera?

Sé que muchos de los jugadores que llegan a obtener un título de Maestro acaban viviendo exclusivamente del ajedrez. Puedo llegar a entender que, para ellos, de una victoria o una derrota puede depender el sustento económico de un mes entero; pero hay conductas que siempre van a parecerme intolerables. El ajedrez es para algunos un juego, para otros un deporte y hasta hay quienes aseguran que se trata de una ciencia... En cualquier caso, todo el mundo parece coincidir en la coletilla “...de caballeros”. A mi modo de ver, son comportamientos como el del señor E. los que desvirtúan esta condición.

Hoy, por la mañana. Otro ajedrecista compañero de apartamento responde al anterior e-mail, haciéndonos saber que ha descubierto que el susodicho M. E. es un tío relativamente conocido en Estados Unidos y que hasta tiene su propia entrada en wikipedia.

Hoy, después de cenar. Enciendo el portátil, abro una lata de Coca-cola y me dispongo a escribir un post titulado Fuckin’ loser. Previamente, examino las estadísticas de Google Analytics para comprobar que, de las 160 visitas a este blog recién nacido, sólo dos proceden de Estados Unidos. Después de darle vueltas a la idea durante un par de minutos, concluyo que sería mucha casualidad que se trate de él o alguien próximo, de modo que, por el momento, puedo publicar tranquilo. Eso sí, como ignoro si en EE. UU. existe el derecho al honor y a la propia imagen, y tampoco sé a ciencia cierta qué había debajo de aquella chaqueta, mejor tiramos de siglas.